Capítulo 22 #2
Bastian la miraba fijamente con ese brillo en los ojos que ya había visto antes en él, pero que esta vez, era aún mas intenso. Un brillo que ella no sabía identificar, pero que provocó que un escalofrío recorriese su piel.
—Bastian, ¿que estamos haciendo? —susurró, dejándose de formalidades, ya que sentía que aquel momento era demasiado íntimo para ello.
—Ojala lo supiese —suspiró él.
Y sin pensarlo demasiado, porque Bastian parecía perder la capacidad de pensar logicamente cuando se encontraba junto lady Alice, pasó su brazo alrededor de la cintura de ella, acercándola más a él.
Los ojos de ella descendieron, deteniéndose en el punto donde sus cuerpos se tocaban, y su pecho comenzó a elevarse y descender con mayor rapidez.
Por un instante, Bastian estuvo seguro de que lo apartaría de un manotazo, escandalizada por un gesto tan impropio.
Al fin y al cabo, por muy peculiar y extravagante que fuera, lady Alice Thorne seguía siendo una dama.
Sin embargo, no lo hizo.
—Esto no es correcto —murmuró.
—¿Y cuando te ha importado hacer a ti lo correcto?
—Nunca.
—Entonces no empieces ahora —susurró.
Y, sin esperar respuesta, Bastian se inclinó hacia ella despacio, con una lentitud casi deliberada, como si quisiera darle tiempo a arrepentirse, a apartarse, a poner distancia entre los dos.
No obstante, ella no lo hizo. Porque si algo tenía claro Alice en aquellos momentos, era que no quería que él se detuviera.
Y como si hubiera leído sus pensamientos, Bastian la besó.
Fue la primera vez que alguien la besaba. Alice no era de las que soñaban con ello: ni siquiera pensó que besaría a un hombre alguna vez. Y sin embargo, en el momento en que ocurrió, descubrió que era mucho mejor de lo que habría imaginado si hubiera sido de las que imaginan estas cosas.
A la calidez de su boca. A la mano de Bastian en su mandíbula, sujetándola con una delicadeza que contrastaba con todo lo que ella creía saber de él. A tenerle tan cerca que desaparecía toda distancia y todo aire y toda posibilidad de pensar con claridad en nada.
La besó sin prisa, como quien saborea algo que ha esperado demasiado tiempo y no tiene ninguna intención de desperdiciarlo ahora que está ahí.
Alice no supo qué hacer al principio. No tenía experiencia ninguna en la que apoyarse, ningún punto de referencia, solo la calidez de su boca y la mano de Bastian en su mandíbula y una sensación en el pecho que no se parecía a nada que hubiera sentido antes, como si algo que había estado quieto mucho tiempo hubiera decidido de repente que ya no quería estarlo.
Abrió más los labios despacio, sin decidirlo del todo, y él lo tomó como la invitación que era.
La besó más hondo, con la lengua rozando la suya, y Alice emitió un sonido que no había planeado emitir y que quedó atrapado entre los dos en la penumbra del almacén.
Sintió calor en las mejillas, en las manos, en algún lugar más abajo del esternón que no supo identificar pero que era insistente e imposible de ignorar.
Fue entonces cuando algo cambió en él.
La mano en su nuca se tensó y la acercó, y el beso que había sido delicado y paciente se volvió más intenso, más urgente, y Alice dejó de pensar en el almacén y en la palmera y en su tía y en todo lo demás porque no había espacio para nada de eso, solo para él y para esa presión cálida y para sus propias manos aferradas a su camisa sin saber cuándo habían llegado hasta ahí.
Bastian apretó el brazo que le rodeaba la cintura y la acercó hasta que no hubo más distancia posible entre los dos, y Alice pensó vagamente, en el único rincón de su cabeza que todavía funcionaba, que jamás en su vida había querido tan poco que algo terminase.
Pero terminó.
Y él se separó despacio, como había empezado, sin precipitación. Le rozó los labios una última vez, casi sin querer, antes de alzar la cabeza.
Alice no abrió los ojos, que no sabía hasta ese momento que había cerrado, de inmediato. Necesitó un momento. Varios, en realidad.
Cuando por fin lo hizo, Bastian la estaba mirando desde muy cerca con una expresión que nunca le había visto, despojada de la ironía habitual, de la distancia calculada, de todo lo que normalmente ponía entre él y el mundo. Solo él, mirándola como si fuese la única mujer en la faz de la tierra.
Ninguno de los dos dijo nada durante un momento.
—Bastian —dijo, en voz muy baja.
—Lo sé —susurró él, antes de que pudiera continuar.
—¿Qué sabes?
—Que esto no debería haber pasado.
Ella levantó la cabeza y le miró a la cara.
—No iba a decir eso —dijo, con una ira que a él le pareció encantadora.
—Entonces ¿qué ibas a decir?
—Que me estás pisando.
Él bajó la vista a sus pies, dándose cuenta de que había una distancia considerable entre los dos.
—No te estoy pisando.
—Ahora no, pero porque me he apartado.
Bastian esbozó una sonrisa, alzó la mano y acarició su mejilla con el dorso de sus dedos.
—No estoy diciendo que me arrepienta.
Alice dio un paso atrás y la mano de él cayó.
—Es exactamente lo que has querido decir.
Bastian exhaló.
—Por todos los santos, Alice. Eras tú la que estaba pensando que no deberíamos habernos besado.
—Que yo lo estuviese pensando —replicó ella, irguiéndose— es cosa mía. Tú no puedes decirlo. Soy una dama, no una cualquiera, y si me has besado es porque has querido, así que ahórrate los remordimientos.
Él la miró un momento en silencio.
—No tengo ningún remordimiento.
—No es eso lo que has dicho.
Bastian se llevó las manos al rostro.
—Me estás volviendo loco —resopló. Y en aquellos momentos, no en el buen sentido.
—Debes saber que yo me arrepiento y mucho.
Bastian bajó las manos y sus ojos se fijaron en los de ella. La estudiaron con una intensidad que casi hizo que Alice confesara todos los pecados y secretos que se había guardado durante sus veinte años de vida.
—Por supuesto que no lo haces —dijo al cabo de unos segundos. Pronunció aquella afirmación con tal arrogancia y seguridad que hizo que Alice arqueara la espalda y alzara la barbilla, dando un paso hacia él.
—Sí que lo hago. Me arrepiento mucho y profundamente y ojalá no hubiera ocurrido nunca.
Bastian negó con la cabeza, suavizando la expresión a la vez que daba un paso hacia ella.
—Mientes fatal.
—Yo no...
Sin embargo, Alice no terminó la frase porque Bastian le puso la mano en la nuca, se inclinó hacia ella y la volvió a besar. Menos despacio que la primera vez. Más directo, más seguro, con la confianza de quien ya sabe lo que hay al otro lado y no tiene ningún interés en andarse con rodeos.
El beso duró solo un suspiro. Cuando se separó, Alice tenía los ojos entreabiertos y una expresión que no se parecía en nada al arrepentimiento.
—¿Sigues arrepintiéndote? —preguntó él.
Alice tardó unos segundos en responder.
—Cállate —siseó, golpeando su hombro con suavidad.
Bastian sonrió.
—Aunque es lo que menos me apetece en estos instantes, debemos salir. Va a empezar el siguiente acto.
—Sal tú primero. Después, iré yo.
—Saldremos juntos. No quiero que vuelvas a perderte.
—Yo no me he... —Se detuvo al darse cuenta de que Bastian estaba en lo cierto—. Bien. Este teatro es un laberinto. Pero si nos ven salir juntos de aquí…
—Me aseguraré de que no hay nadie en el pasillo, y una vez fuera, no hay nada de malo en que un prometido acompañe a su prometida de vuelta al palco.
Alice lo miró.
—No somos prometidos de verdad.
Él no respondió, abrió la puerta, salió y le hizo un gesto para que saliese ella al solitario pasillo. Le ofreció un brazo y ella lo cogió Anduvieron por el pasillo en silencio. El siguiente acto iba a empezar y casi todos estaban dentro.
—Tampoco estaba tan lejos —dijo Alice, rompiendo el silencio—. Podía haberlo encontrado tranquilamente.
—Lo hubieses terminado encontrando, sí —concordó él—. Lo que no has dicho es cuándo. Con suerte, antes de la siguiente función, que es en dos días.
Ella puso los ojos en blanco.
—No eres gracioso —le respondió, manteniendo la cordialidad que había empezado en el almacén—. No necesitaba que acompañes.
—Mi falta de humor es algo que mi madre siempre me recrimina. Pero ella me enseñó a ser un caballero y no quería que termines en las viejas celdas del sótano. Podrías haberte quedado atrapada.
—¿Hay celdas en el sótano?
—Así es, aunque ya no se usan. Llevaban allí a los artistas que no complacían al público. Si el patio de butacas los abucheaba lo suficiente, desaparecían directamente entre bastidores.
Alice lo miró.
—¿En serio?
Bastian soltó una carcajada. Fue a responder, pero una voz femenina, suave y perfectamente modulada, se interpuso entre ellos.
—Duque Weston.
La joven que se acercaba a ellos destacaba entre la multitud.
Alta y pelirroja, con una piel tan pálida que parecía casi translúcida bajo el resplandor dorado de los apliques del pasillo.
Caminó con elegancia hasta colocarse frente a ellos.
Era, sin duda alguna, hermosa, y Alice tuvo la sensación de que ella era muy consciente de su belleza.
—Lady Eliza.
A pesar de la cordialidad en el tono de Bastian, Alice percibió la tensión desde el primer instante. La manera en que los hombros de él se tensaron levemente, el cambio en su postura, y esa curva en sus labios que pretendía ser una sonrisa pero no lo era.
Era la primera vez que veía a Bastian Weston incómodo. Y aquello le provocó una sensación desagradable en el estómago.
—¿No me va a presentar?
Bastian tardó una fracción de segundo en reaccionar.
—Ella es lady Alice...
—Su prometida —terminó Alice por él al notar que Bastian no la presentaba como era debido.
Los ojos azules de lady Eliza, claros y seguros, la estudiaron de arriba abajo, y algo en la forma en la que lo hizo, le hizo sentirse incómoda y fuera de lugar. Y tuvo la sensación de que eso era lo que lady Eliza buscaba.
—Qué inesperado —dijo al fin, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos—.
Antes no eras de los que tomaban decisiones apresuradas.
Aunque supongo que todos tenemos derecho a cambiar de forma de ser.
Debo regresar, mi marido me está esperando en el palco —dijo, girándose hacia atrás—.
Que tenga una buena noche, duque Weston.
—¿Quién es? —preguntó Alice.
—Nadie —respondió él, mientras la conducía hacia el palco.
Su tía ya estaba sentada. No dijo nada cuando entraron, pero la mirada que les dedicó lo dijo todo y algo más.
Bastian tomó su asiento y dirigió la vista al escenario, donde los músicos terminaban de afinar.
Alice lo observó un momento de reojo. Tenía esa expresión cerrada de siempre, la de cuando no quería que nadie leyera nada en su cara, pero ella llevaba suficiente tiempo estudiándolo sin querer hacerlo como para saber que algo había cambiado desde el pasillo.
Algo pequeño, algo que lady Eliza había dejado al pasar como quien deja una ventana abierta sin molestarse en cerrarla.
No le preguntó, pues no era asunto suyo.
Se acomodó en su butaca y miró hacia el escenario sin verlo del todo.
Sin saber muy bien por qué, se llevó los dedos a los labios.
Los notó ligeramente hinchados. Retiró la mano de inmediato, con la esperanza de que nadie lo hubiera visto, y miró de reojo a su tía, que afortunadamente tenía los ojos puestos en el programa.
Luego miró a Bastian, que seguía con la vista al frente.
Menos mal.
Se obligó a mirar el escenario y centrarse en la función, ya que no podía seguir pensando en los besos que se habían dado. Aquel era un compromiso de mentira.
Pero Alice sabía, con la misma certeza con que sabía otras cosas que preferiría no saber, que esa noche iba a ser difícil de olvidar.
La calidez de su boca, sus manos sujetándola como si no hubiera ningún sitio al que tuviese que ir.
El momento en que el beso había dejado de ser suave y ella había dejado de pensar en todo lo demás.
Eso no se olvida fácilmente. Y ella era demasiado honesta consigo misma, aunque no con nadie más, para pretender que sí.
Se dijo que ya lo pensaría esa noche, en la calma de su cuarto, sin él sentado a tres asientos de distancia. Se dijo que era perfectamente capaz de separar lo que había pasado de lo que era real, y que lo que era real era un acuerdo con fecha de caducidad y nada más.
Se lo dijo dos veces.
Por si acaso, una tercera.
El telón terminó de subir. La soprano salió al escenario entre aplausos y Alice aplaudió también, mecánicamente, sin apartar los ojos del escenario y sin conseguir del todo que su cabeza se quedara allí.