Capítulo 22
El aplauso aún resonaba cuando el público comenzó a levantarse. Su tía se puso de pie, con el abanico en mano.
—Vamos —le dijo a Alice mientras se dirigía hacia la puerta del palco—. Los descansos siempre son muy cortos.
Alice se estaba levantando cuando su tía ya había cruzado el umbral.
—Y luego dice que viene por la obra —murmuró mientras observaba cómo hablaba con dos mujeres a las que recordaba haber visto vagamente en uno de los bailes a los que había asistido.
—No como usted. —Alice se sobresaltó al escuchar la voz de Bastian, que estaba a su lado. Casi se había olvidado de él—. A usted sí le está gustando. ¿Ve cómo tenía que esperar un poco? Es demasiado impaciente.
Alice se recogió la falda al pasar junto al acomodador, que mantenía la puerta abierta, y cruzó el umbral hacia el pasillo. Ciertamente le estaba gustando la función; y las vistas y la acústica del palco eran asombrosas.
Pero aquella sonrisa de «se lo dije» de Bastian le impidió reconocerlo.
—Si usted lo dice —musitó, sin mirarlo, mientras avanzaba.
—¿Por qué es tan orgullosa?
—¿Y usted por qué tiene la necesidad de tener siempre la razón?
Bastian la consideró un momento, como si la pregunta mereciese una respuesta seria.
—Porque generalmente la tengo.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que no la tiene —replicó Alice, volviéndose hacia él.
—¿De verdad le resulta tan costoso admitir que le está gustando la función? —preguntó Bastian con un resoplido.
Alice alzó los hombros y, con expresión orgullosa, dijo:
—No me está gustando especialmente.
—Se ha pasado todo el acto sin apartar los ojos del escenario.
—Estaba buscando a alguien conocido en el patio de butacas.
—¿Durante dos horas?
—Es un teatro muy grande.
—No es tan difícil. Solo tiene que decir: «usted tenía razón y yo me equivocaba».
Alice lo miró. Sin pestañear, con la barbilla apenas alzada y los labios apretados en una línea.
—Si me disculpa —dijo al cabo de unos instantes—, voy a la sala de retiro.
Y se alejó por el pasillo sin darle oportunidad de responder.
No era, se dijo Alice mientras avanzaba entre el gentío del descanso, una retirada, sino una decisión estratégica. Había una diferencia considerable entre ambas cosas, aunque en ese momento no habría sabido articular cuál era exactamente.
La sala de retiro estaba al fondo del corredor principal, según le había indicado su tía al llegar.
Una doncella de servicio la recibió con una reverencia y le ofreció agua de colonia y un cuenco de porcelana con agua fría para refrescarse las muñecas.
Alice lo agradeció más de lo que habría reconocido en voz alta: tenía las mejillas calientes de una manera que no podía atribuirse únicamente a la temperatura del teatro.
Se observó brevemente en el espejo. El peinado seguía en orden y el vestido no tenía ni una sola arruga. Su tía estaría orgullosa, o al menos no estaría decepcionada: todo estaba perfectamente en su sitio.
«Usted tenía razón y yo me equivocaba».
Las palabras resonaron en su cabeza una y otra vez.
Estaba disfrutando de la función. Claro que sí.
La soprano era extraordinaria, la puesta en escena magnífica, y la acústica del palco de Bastian era, en efecto, asombrosa.
Pero admitírselo a él, con esa sonrisa de superioridad que se dibujaba en sus labios, era algo que su orgullo se negaba a tolerar.
Aquello no era una guerra. El duque había tenido razón, punto. No había ninguna necesidad de convertirlo en una cuestión de principios. Y, sin embargo, lo estaba haciendo. Porque se negaba a darle la razón.
Se aplicó un poco más de colonia en las muñecas, agradeció de nuevo a la doncella y salió al pasillo con paso resuelto. Se dirigió a la izquierda y se dio cuenta de que el pasillo terminaba en una escalera que no recordaba haber subido.
—Qué extraño —murmuró, deteniéndose.
Dio media vuelta y, esta vez, fue hacia la derecha. Pasó junto a un grupo de caballeros que hablaban animadamente, dobló una esquina que le pareció familiar y se encontró ante una puerta que le resultaba vagamente conocida.
Se detuvo.
A su alrededor, el murmullo del descanso seguía su curso indiferente. Nadie parecía reparar en ella. Nadie, excepto los pasillos del teatro, que habían decidido reorganizarse durante su ausencia con el único propósito de dificultarle la vida.
La puerta, al menos, tenía aspecto prometedor. Si su orientación no la engañaba del todo, al otro lado debería encontrarse el corredor que llevaba de vuelta al palco. La abrió con una confianza que desapareció cuando vio adónde conducía.
Era un almacén. Cuerdas, poleas, algo que en la penumbra parecía una palmera de cartón y, al fondo, una ventana pequeña que daba a un patio interior. Alice contempló todo aquello un instante y suspiró.
—¿Puedo preguntar qué está haciendo? —la interrumpió una voz, provocando que se sobresaltase.
Se giró, sabiendo perfectamente quién estaba allí con ella.
Bastian estaba apoyado en la pared de enfrente, con los brazos cruzados y una expresión altanera.
—¿Me está siguiendo? —espetó Alice a la defensiva, llevándose las manos a las caderas.
Él se encogió de hombros.
—La he visto pasar completamente desorientada.
—No estaba desorientada. Estaba explorando.
—¿El almacén de utilería? —Bastian arqueó una ceja.
—El teatro es un lugar interesante.
Él dio un paso hacia adelante, apartándose de la pared. Exhaló un suspiro mientras se pasaba una mano por la cara.
—Lady Alice…
—¿Qué? —Alice alzó los hombros—. Hay quien viene a ver la función y hay quien aprovecha para conocer el edificio. Yo soy de las segundas.
Bastian la miró como si la diera por imposible. Después, con una sonrisa, dijo:
—El palco está en esa dirección. —Señaló con una ligera inclinación de cabeza el corredor opuesto al que ella se dirigía.
Alice miró hacia donde señalaba. Luego volvió a mirarlo a él.
—Lo sé.
—Iba en sentido contrario.
—Iba a dar un rodeo.
—¿Por un almacén sin salida?
Alice se encogió de hombros.
—Me gusta comprobar que las puertas están cerradas. Es una costumbre que tengo.
—¿Por qué le cuesta tanto reconocer las cosas? —Bastian se pasó una mano por el rostro, frotándose el puente de la nariz—. Reconózcalo, se ha perdido. No pasa nada.
Pero Alice no podía reconocerlo.
—¡Qué tonterías dice! —lanzó un resoplido, mirando de un lado a otro con nerviosismo—. Claro que no. Yo nunca me pierdo.
—Lady Alice, la puerta del almacén está abierta.
—Cierto, resulta que no estaba cerrada con llave. Tendré que avisar al acomodador. Alguien puede entrar y robar. ¿Ve cómo hago bien comprobando que las puertas están cerradas?
Hacía rato que a Bastian le parecía que la conversación no tenía sentido.
Y él no era un hombre dado a perder el tiempo en palabras vacías.
Pero, cuando se trataba de lady Alice, todo cambiaba.
Porque, a aquellas alturas, a Bastian no le quedaba más remedio que reconocer que, por alguna razón inexplicable, le gustaba pasar tiempo con aquella joven.
Había algo en la forma en que ella discutía, en cómo sostenía la mirada, en cómo se negaba a ceder incluso cuando sabía que estaba equivocada, que le resultaba estimulante.
Era tan distinta a cualquier dama que hubiera conocido que, por momentos, le parecía casi desconcertante. Y, sin embargo, precisamente por eso, no deseaba marcharse.
—¿Cree usted que alguien de la alta sociedad londinense tiene intención de robar una palmera de cartón y un juego de poleas?
—Nunca se sabe. Una palmera de cartón puede ser un gran botín.
Bastian esperó la sonrisa. La media sonrisa, al menos. Alguna señal de que lady Alice bromeaba, pero ella lo miraba con seriedad. Definitivamente, lady Alice Thorne era la mujer más obstinada que había conocido en su vida.
—Y, si alguien lo hiciese, ¿dónde cree que la va a guardar para que no la vean?
Alice lo pensó un momento.
—Podrían sacarla durante el siguiente acto. Con el ruido de la orquesta nadie oiría nada, y si la envuelven en un abrigo...
—La palmera mide dos metros —la interrumpió Bastian.
Aquello no amilanó a Alice.
—Entonces necesitarán un abrigo muy grande.
Bastian la miró con intensidad durante unos instantes. Y entonces, hizo algo que Alice no esperaba: dio un paso hacia ella, lento y deliberado, y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. Alice, en lugar de apartarse como habría hecho en cualquier otra ocasión, no se movió.
—Puede que estuviera un poco perdida —reconoció en voz baja.
Su voz no sonó tan firme como antes, pero tampoco tembló.
Entonces Bastian esbozó una sonrisa que hizo que Alice arrugara levemente el ceño—.
Pero no haga que me arrepienta por reconocerlo —añadió, girando el rostro, lo justo para acomodar la mejilla en la palma que él no había retirado.
Fue en ese momento cuando llegaron las voces desde el corredor.
Bastian ladeó la cabeza hacia el pasillo. Y sin decir nada, con la misma calma con que hacía todo lo demás, le puso la mano en el brazo y la hizo pasar al interior del almacén, cerrando la puerta tras él sin hacer ningún ruido, quedándose uno frente a el otro.
La pequeña estancia tan solo estaba iluminada por el hilo de luz tenue que entraba por la ventana que se encontraba al fondo.
Al otro lado de la puerta, las voces se acercaron. Alice reconoció la de lady Harrington. Esa mujer parecía saber cuándo podía pillarlos en una indiscreción. Ninguno de los dos habló. Las voces pasaron despacio y se fueron apagando hasta desaparecer.
—Ya se habrán ido —dijo Alice al cabo de unos segundos. Su voz salió más baja de lo que pretendía.
—Sí —estuvo de acuerdo Bastian.
Sin embargo, no abrió la puerta.
—Entonces podemos salir ya —murmuró Alice.
Pero, a pesar de sus palabras, ella tampoco hizo amago alguna de moverse.
—Podemos.