Capítulo 21
—Quietecita, jovencita.
Alice apenas había apoyado un pie en el suelo cuando la tía Augusta se colocó frente a ella.
Sin esperar respuesta, le recolocó el chal color crema sobre los hombros.
Después, le tomó la muñeca, inspeccionó el guante con el ceño fruncido y alisó la seda con los dedos, eliminando unas arrugas que, a ojos de Alice, eran completamente inexistentes.
Aunque, ¿a quién le importaba una arruga en un guante? A su tía, evidentemente.
—Mucho mejor —murmuró lady Ashford.
Retrocedió un par de pasos y sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo. Alice no supo si había superado la inspección, pero el hecho de que el ceño de su tía no se acentuara ya podía considerarse un logro considerable.
—Hoy es un día muy importante —dijo, colocándose a su lado—. Vas a presentarte en sociedad oficialmente con tu prometido. Recuerda que no debes hablar demasiado.
—Por supuesto, tía.
—Pero tampoco demasiado poco. Eso resultará extraño —continuó—. Préstale atención, sin parecer ansiosa, y no lo interrumpas en ningún momento. Responde con cortesía, pero sin extenderte. Muestra interés, pero con moderación. No lo contradigas, aunque tampoco asientas a todo sin pensar.
Alice pensó que eran demasiadas cosas para recordar, pero sabía que su tía no apreciaría si hiciese el comentario en alto.
—Entiendo.
—Mantén la compostura. Sonríe cuando corresponda, pero no en exceso. Y, por supuesto, cuida el tono de voz.
—Sí, tía.
—Ni demasiado alto ni demasiado bajo. Y evita cualquier tema incómodo.
—Naturalmente.
—O polémico.
—Por supuesto.
—Y nada de cotilleos.
—¿Y de qué va a hablar usted?
La tía Augusta enrojeció.
—¿Qué insinúas?
—Lo digo con todo el respeto —respondió Alice con genuina dulzura. No comprendía por qué su tía parecía tan ofendida—, pero eso reduce considerablemente sus temas de conversación.
—¡Yo no soy ninguna chismosa! —exclamó lady Ashford, alzando la mano en el aire—. No seas impertinente.
Alice no pudo responder, lo cual, en aquella ocasión, agradeció profundamente, pues intuía que su respuesta honesta no le iba a gustar a su tía.
—Buenas noches —las saludó una voz profunda y masculina.
Alice levantó la vista justo cuando Bastian se acercaba, deteniéndose frente a ellas con una inclinación impecable. Su tía Augusta respondió con la misma corrección, pero fue a Alice a quien él miró.
Y no fue una mirada breve. Se detuvo en su rostro, en la línea de su cuello, en la caída del vestido y volvió a sus ojos, como si todo lo demás hubiera sido solo un camino para regresar a ellos.
Aquella mirada no tenía nada que ver con la que su tía le había dedicado minutos antes. No había en ella corrección ni juicio. La de su tía no aceleraba su corazón, ni hacía que su respiración se volviera más pesada, ni despertaba ese leve hormigueo que ahora le recorría la piel.
—Duque Weston. —La voz de su tía se coló entre ellos, rompiendo el momento—. Es un placer para nosotras que nos haya invitado a la ópera. Mi sobrina ha estado toda la noche sin dormir ante la expectación.
—¿Ah, sí? —Las cejas de Bastian se arquearon con diversión—. ¿Le gusta la ópera?
—No lo sé. —Alice se encogió de hombros—. Es la primera vez que vengo.
—Mi sobrina —intervino Augusta con rapidez— ha tenido una educación musical muy completa. Simplemente no ha tenido aún ocasión de asistir a una representación adecuada. Es la primera vez que está en Londres.
—Espero que esta primera experiencia esté a la altura —dijo Bastian—. Cuento con un palco que ofrece la mejor vista del teatro.
—¿La mejor? —repitió Alice, escéptica—. ¿No le parece eso un poco presuntuoso?
Bastian fue a responder, pero la tía Augusta, quien parecía a punto de darle un síncope, habló antes de que él pudiera hacerlo.
—Deberíamos entrar. No es adecuado quedarse en la entrada.
Y, sin esperar respuesta, se volvió con decisión hacia el interior del teatro. Alice apenas tuvo tiempo de intercambiar una mirada con Bastian antes de seguirla.
Atravesaron la entrada entre un ir y venir constante de carruajes y saludos apresurados. Un lacayo les abrió las puertas. Augusta fue la primera en avanzar, recogiendo ligeramente la falda para no tropezar mientras cruzaba el umbral sin titubear.
Alice la siguió, sintiendo el cambio inmediato: el aire más cálido, el murmullo más denso, la sensación de haber dejado atrás la noche para entrar en algo mucho más contenido.
El vestíbulo los envolvió entonces: luz dorada reflejada en los espejos, voces bajas entremezcladas, y el roce constante de telas elegantes al pasar.
—Tía —murmuró Alice, viendo que la piel de su tía era de un color rojizo—, ¿se encuentra bien?
La tía Augusta ni siquiera la miró.
—Perfectamente. Y no hagas comentarios innecesarios, todos te están mirando.
A su lado, Bastian caminaba con calma, como si nada de aquello le sorprendiera en absoluto. Al ofrecerle el brazo, ella lo aceptó casi por inercia.
—Está usted muy bella esta noche, lady Alice —dijo él, lo bastante bajo como para que nadie más lo oyera.
—No lo tenía por un zalamero, duque Weston.
—Soy un hombre sincero. Aunque debo añadir algo más. —Se inclinó hacia Alice ligeramente, los labios de él rozando el lóbulo de ella—. El amarillo es su color.
Alice frunció el ceño, pensativa.
—No voy de amarillo.
Una sonrisa asomó en los labios de Bastian.
—Lo sé.
Alice puso los ojos en blanco.
—¿Sabe algo de su amigo? —le preguntó, bajando la voz.
—Solo ha pasado un día. Démosle un poco más de tiempo.
—A Ingrid puede no quedarle tiempo.
—Nicholas se está encargando. Le aseguro que es nuestra mejor opción. Lo único que podemos hacer es disfrutar de esta noche.
—Su palco, excelencia —anunció el acomodador, interrumpiendo a Alice. Después, se inclinó mientras abría la puerta con gesto ceremonioso.
Augusta tomó asiento primero. Alice dudó apenas un instante antes de sentarse a su lado, recogiendo el vestido con cuidado, consciente —demasiado consciente— de la cercanía de Bastian cuando ocupó el asiento contiguo.
Él se acomodó, apoyando ligeramente el brazo en el respaldo, lo bastante cerca como para que su presencia no pasara desapercibida, pero sin invadir.
Alice mantuvo la vista al frente, ajustando los guantes mientras la música comenzaba a elevarse suavemente desde el foso.
—Duque Weston —dijo Augusta—, he estado esperando esta función con especial interés.
Alice había pasado el suficiente tiempo con su tía durante las últimas semanas como para saber que no le entusiasmaba la ópera. De hecho, dudaba que ninguna actividad cultural; tan solo iba para que la vieran en sociedad.
—Entonces espero no decepcionarla —respondió Bastian, con la mirada fija en el escenario—. Aunque temo que la ópera tiene la mala costumbre de no ajustarse a las expectativas de nadie.
—Confiemos en que esta sea la excepción. —Augusta sostuvo su abanico—. ¿Su madre no va a venir?
—Por desgracia, tenía otro compromiso. Me ha pedido que la disculpe.
Las luces descendieron ligeramente y el murmullo del teatro se fue apagando hasta convertirse en un silencio expectante.
Desde el foso, los primeros acordes comenzaron a elevarse con suavidad.
Durante los primeros minutos, Alice esperó en silencio.
Pero cuando la introducción empezó a alargarse, cruzó las piernas y se giró levemente hacia Bastian.
—¿Siempre tarda tanto en empezar? —murmuró Alice en voz baja.
Bastian ladeó la cabeza hacia ella. No parecía siquiera sorprendido por su impaciencia.
—Están creando ambiente.
—¿Creando ambiente? —repitió Alice, frunciendo el ceño—. Eso ni siquiera tiene sentido. —Exhaló un suspiro mientras apoyaba la espalda en el asiento, que, para su sorpresa, era bastante cómodo—. No sé qué le ven a la ópera. Tan solo llevo unos minutos aquí y ya me he aburrido.
—Ni siquiera le está dando una oportunidad. Aún no ha empezado.
Alice chasqueó la lengua.
—Le he dado varios minutos y no me está entreteniendo.
—¿Ha leído el programa?
Alice bajó la vista al papel impreso que llevaba en la mano desde que el acomodador se lo había entregado y que hasta ese momento había ignorado por completo.
—Prefiero que me sorprendan —dijo, desechándolo—. Aunque, de momento, me está sorprendiendo negativamente.
Bastian arqueó una ceja.
—Tiene usted una visión muy exigente de la música.
—Tengo una visión muy práctica del entretenimiento.
—Aunque debo confesar que no me sorprende del todo. —Bastian inclinó ligeramente la cabeza, observándola con evidente diversión—. La ópera es bastante sofisticada. No todo el mundo la entiende a la primera.
Alice entrecerró los ojos.
—¿Me está usted llamando tonta?
Lo dijo un poco más alto de lo que pretendía, provocando que su tía Augusta, que estaba a su lado, la mirara con el ceño fruncido.
—Alice, la obra ha comenzado. Haz el favor de guardar silencio —la reprendió, señalándola con el abanico.
Alice abrió la boca para replicar, pero su tía ya había vuelto la vista al escenario. Se mordió el labio inferior, conteniéndose, mientras las luces descendían del todo y la música, ahora sí, se imponía con claridad.
Por el rabillo del ojo, vio cómo Bastian sonreía.
—Ha sido culpa suya —farfulló.
En el escenario, el tenor comenzó a cantar. Y Alice frunció ligeramente el ceño.
—No quiero parecer crítica…
—Pero intuyo que lo va a ser —terminó Bastian por ella.
—¿Siempre suena así?
—¿Así cómo?
—Ya sabe... —Alice mordió su labio inferior—. Como si estuviera esforzándose demasiado.
Bastian la miró, claramente divertido.
—Le aseguro que es muy aplaudido.
—Eso no significa que cante bien —replicó Alice.
—Por supuesto que no —reconoció con una mueca—. Significa que la mayoría de la gente cree que sí.
Alice soltó una pequeña risita, divertida.
Después, volvió la vista al escenario. Las voces, que al principio le habían parecido exageradas, comenzaron a tener sentido y, poco a poco, Alice comenzó a verse envuelta en la historia que contaban.
Comenzó a sentir el dolor de la protagonista, incluso la desesperación que el tenor transmitía por no poder estar con su amada.
Cruzó las piernas, acomodándose ligeramente en el asiento, mientras la obra avanzaba.
Estaba tan absorta en la función que, al principio, no notó la mano de Bastian rozando la suya.
Era un roce apenas sutil, que nadie, a excepción de ella, podía ver.
Alice ladeó la cabeza hacia Bastian, que tenía la mirada fija en el escenario, pero ella no tuvo la menor duda de que él era muy consciente de lo que estaba haciendo.
Y, aun así, no se apartó.
Porque, a pesar de que sabía que era un error, que su compromiso era una mentira, le gustaba sentir la aspereza de los dedos de Bastian sobre su piel.
Como si sintieran la tensión que se había formado entre ellos, la música comenzó a crecer, volviéndose más intensa y más rápida. Las voces se alzaron, entrelazándose en un clímax que incluso Alice, que apenas unos minutos antes había dudado de todo aquello, pudo sentir con claridad.
Y entonces, todo se detuvo. Durante un segundo, el teatro entero pareció contener la respiración. Y después, resonaron los aplausos.
Alice parpadeó, como si regresara poco a poco. La luz subió ligeramente. Y, con ella, volvió la realidad. Fue entonces cuando, casi al mismo tiempo, sus manos se separaron, como si aquel momento solo hubiera sido posible en la oscuridad.
Alice retiró la suya con calma, llevándola de nuevo a su regazo, mientras el público seguía aplaudiendo con entusiasmo. Podía sentir el rubor en sus mejillas.