Capítulo 20 #2
—No las necesito. Todos saben que son mías.
—Le sostuvo la mirada a Frances—. Aunque usted es la primera persona en pedirme los papeles.
Normalmente la gente simplemente se aparta.
—La recorrió con una mirada breve y directa—.
Aunque entiendo que no sea de las que se apartan. Con esa belleza, no lo necesita.
—Es un impresentable.
Frances retrocedió un par de pasos, pero no pudo evitar sentir cómo sus mejillas se enrojecían, lo que provocó que Nicholas se riera. Después, miró a Bastian.
—¿Qué hacéis aquí?
—Mi prometida está buscando a una amiga.
—¿Te casas? —preguntó Nicholas, sorprendido—.
¡Enhorabuena! —exclamó, aplaudiendo, lo que hizo que Bastian entrecerrara los ojos—.
No me ha llegado la invitación de boda, ¡qué descortés por tu parte!
¿O tal vez la has enviado y no ha llegado?
No me va a quedar más remedio que tener unas palabras con el servicio de correos.
—No es necesario que haga eso —aclaró Alice, que o bien no detectó su ironía o prefirió ignorarla—. Acabamos de comprometernos. Aún no hemos enviado ninguna carta.
Nicholas se llevó una mano al corazón.
—Me deja considerablemente más aliviado.
—Deje de reírse de mi amiga —espetó Frances, dando un paso hacia Nicholas y señalándolo con el dedo.
—Solo está siendo amable —lo defendió Cecily, bajando del carruaje.
—Por Dios, Cecily —resopló Frances—. Es un ladrón.
Nicholas contempló cómo Cecily se colocaba al lado de Frances. Por primera vez, una al lado de la otra, con la claridad de la luz del día, las observó con atención, dándose cuenta de algo que no había percibido hasta ese instante.
—Gemelas —murmuró, casi para sí mismo, sin ocultar su fascinación—. No me había fijado.
—Se parecen mucho —apuntó Alice—, pero es fácil diferenciarlas.
—Lo es. —Nicholas asintió—. Jamás las confundiría.
Frances dejó de mirar a su hermana para centrar su atención de nuevo en Nicholas.
Cerró las manos en puños y alzó la barbilla para exigirle que le dijera por qué no las confundiría.
Una impresión que de cualquier otra persona se tomaría como un halago, ya que Frances consideraba que su hermana y ella eran muy diferentes, pero que de Nicholas se lo tomó como una burla.
Sin embargo, Bastian se le adelantó.
—Si has terminado la charla, voy a necesitar tu ayuda.
Nicholas recuperó su expresión risueña.
—Vaya, así que el duque de Weston me necesita.
Bastian puso los ojos en blanco, pero no cayó en su provocación.
En su lugar, procedió a contarle lo que le había sucedido a Ingrid.
Y, por primera vez desde que las gemelas lo habían conocido, Nicholas dejó aquel comportamiento burlón que parecía tener siempre y escuchó a Bastian con atención, sin interrumpir una sola vez, ya que bien sabía lo mucho que cualquier detalle, por insignificante que pareciera en un primer momento, podía importar.
—Así que quieres que la busque por ti —murmuró cuando Bastian terminó de contarle todo lo que sabía.
—Tú conoces este lado del río mejor que nadie. Si alguien la ha visto o sabe algo, tú puedes encontrarlo antes que yo.
Nicholas se llevó una mano a la barbilla.
—¿Y qué gano yo a cambio?
—Que no le denunciemos por ladrón —dijo Frances.
Nicholas la miró. Durante unos instantes, sus ojos observaron a Frances en silencio, casi calculadores. Después, ladeó la cabeza hacia Bastian y, con decisión, dijo:
—Una noche con ella y os ayudo.
—¡No soy ninguna furcia! —gritó Frances, escandalizada y furiosa—. ¡¿Cómo se atreve?!
Nicholas se giró hacia ella y alzó las manos en señal de paz.
—Tranquilícese. Me refería a una noche jugando a las cartas —aclaró con rapidez.
Aunque Bastian, que lo conocía, bien sabía que aquellas palabras que Nicholas había empleado no habían sido una confusión inocente, sino una clara provocación—.
Aunque su fogosidad resulta... —hizo una pausa breve— interesante. Y, ya que se ha ofrecido…
—¡Yo no me he ofrecido a nada! —exclamó Frances. Sus mejillas habían adquirido un color que no tenía nada que ver con el frío y que ella negaría hasta la muerte.
—Por supuesto que no. —Nicholas se pasó la lengua por los labios y miró a Frances de arriba abajo—. Pero su cuerpo habla por usted.
—¡Mi cuerpo no dice nada!
Nicholas abrió la boca para responder, pero Bastian decidió intervenir en aquella conversación, que, a sus ojos, era una auténtica pérdida de tiempo.
—¿Ya te has divertido suficiente?
—No —respondió Nicholas, con los ojos fijos en Frances—, pero tendré que conformarme. —Con un suspiro de resignación, se volvió hacia Alice con un tono más serio—. Si su amiga sigue en Londres, la encontraré. Conozco cada rincón de este lado del río y sé cómo hacer preguntas sin levantar sospechas.
—Quiero ayudar —ofreció Alice—. Conozco a Ingrid. Puedo reconocerla antes que usted.
—No lo dudo. —La miró con algo parecido al respeto—. Pero no es lugar para una dama. Seguid disfrutando de la temporada y de vuestro compromiso, dejadme que yo me encargue de este asunto.
Y, sin más, se alejó calle abajo con las manos en los bolsillos, como si la tarde hubiese transcurrido con absoluta normalidad.
Frances lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina.
—¿Quién demonios es ese hombre? —preguntó.
—Es una historia muy larga —dijo Bastian a la vez que ayudaba a Alice a subir al carruaje de nuevo.
Las gemelas subieron tras ella.
—¿Y nos la va a contar? —inquirió Cecily con curiosidad.
Bastian no dudó.
—No. Y ahora voy a despertar al cochero, a ver si está en condiciones de llevarnos de regreso.
—Bastian —lo llamó Alice antes de que él pudiese moverse—. No me importa la historia de ese hombre ni que lo conozcas, pero necesito saber si confías en él.
Los ojos claros de Bastian se fijaron en los de la joven. Y, con una intensidad que no dejaba espacio para dudas, dijo:
—Con mi vida.
Alice no necesitó más respuesta que esa.