Capítulo 20
Cecily había llegado a la conclusión, tras varios minutos en el interior del coche de alquiler, de que había dos tipos de esperas: las esperas tranquilas, en las que una podía leer, pensar o simplemente observar el mundo por la ventanilla, y las esperas de Frances, que consistían en un comentario cada cuarenta y cinco segundos sobre algo que le molestaba.
—El cojín de la izquierda está roto.
Cecily hizo una mueca.
—Ya lo sé.
—Y, encima, hay una mancha en el techo que no quiero identificar.
—Pues no la identifiques.
Frances entrecerró los ojos y cruzó una pierna encima de la otra a la vez que se removía con incomodidad en el asiento. Después, ladeó la cabeza hacia la ventanilla.
—Llevan demasiado tiempo ahí dentro —musitó con preocupación.
—Frances...
—Lo digo en serio. Han pasado más de doce minutos.
—Yo calculo unos veinte —dijo Cecily.
Frances abrió la boca, pero después, como si se lo pensase mejor, la cerró.
Volvió a observar desde la ventanilla. La calle seguía igual que cuando habían llegado: estrecha, concurrida, con el ruido constante del trabajo y el olor del río colándose por todas partes.
Nadie les prestaba demasiada atención, lo cual Frances agradecía.
Y, aunque seguía pareciéndole un escándalo que el duque de Weston hubiese contratado el carruaje más desvencijado de Londres, tenía que admitir que el plan tenía su lógica.
Nadie miraba dos veces un coche de alquiler en Lambeth.
Un carruaje con escudo ducal, en cambio, habría detenido el tráfico.
—¿Crees que están bien? —preguntó Frances.
—Tranquila, hermana. Están bien.
Cecily apoyó una mano sobre el hombro de Frances y lo apretó ligeramente con una sonrisa genuina.
Y, aunque Frances agradecía el gesto, no la creía.
Se habían criado en las mismas casas, habían leído los mismos libros y asistido a las mismas veladas; sin embargo, en algún punto del camino, sus miradas sobre el mundo se habían separado.
Cecily había llegado a la conclusión de que la gente era, en esencia, buena.
Frances, en cambio, estaba convencida de que era, ante todo, interesada.
—¿Y si no lo están?
—Entonces, el duque de Weston, que tiene el doble de estatura que cualquier persona de ese barrio y el triple de arrogancia, se encargará de que lo estén.
Frances lo consideró.
—Supongo —murmuró.
Fue exactamente entonces cuando la puerta del carruaje se abrió.
Ninguna de las dos había oído pasos acercarse. La puerta simplemente se abrió, como si la persona al otro lado llevara un rato esperando el momento oportuno, y en el hueco apareció un hombre que no encajaba del todo con nada.
No era un vagabundo. La ropa era oscura y sencilla, de buena confección, aunque muy usada, y la llevaba con esa comodidad de quien no piensa en lo que lleva puesto porque tiene cosas más importantes en la cabeza.
No era joven exactamente, pero tampoco mayor; las gemelas dudaron que llegase a los treinta, pero tenía el aspecto de alguien que ha vivido más de lo que sus años sugerirían.
Las miró a las dos con unos ojos oscuros que evaluaban y calculaban al mismo tiempo.
—Buenas tardes —las saludó, con una cortesía que resultaba completamente fuera de lugar—. Si son tan amables de bajar del carruaje...
Frances no se movió.
—No —se negó.
El hombre parpadeó. Cecily tuvo la impresión de que no era una respuesta que se encontrase con frecuencia.
—Ha sido una sugerencia muy educada —dijo él.
—Y esta ha sido una negativa igualmente educada —replicó Frances—. Cochero, si me hace el favor…
Silencio.
Frances frunció el ceño. Se asomó ligeramente por la ventanilla lateral, descubriendo que pescante estaba vacío.
—¿Dónde está el cochero? —preguntó, con un tono que ya no era del todo tranquilo.
—Descansando —respondió el hombre con una mueca que no llegaba a ser una sonrisa.
—¿Descansando?
—Es un eufemismo. —El hombre alzó los hombros—. Está inconsciente. No le he hecho daño permanente, si es lo que le preocupa. Cuando despierte, tendrá dolor de cabeza y muy mal humor, pero estará perfectamente.
—¡Ha golpeado al cochero! —gritó Cecily, sobrecogida.
—Era necesario —replicó el hombre, ladeando la cabeza—. Estaba empeñado en ponerme las cosas difíciles. Como estáis haciendo vosotras.
Frances se desplazó en el asiento, interponiéndose entre la puerta y su hermana con un movimiento tan automático que ni ella misma lo pensó. Porque Frances siempre, instintivamente, intentaba proteger a su hermana.
—¿Está amenazando con golpearnos? —le dijo con furia.
—Yo no golpeo a mujeres —replicó él—. Ni siquiera a las damas —añadió, burlón—. Y, con esto aclarado..., ¿me harían el favor de bajar?
—No vamos a bajar —respondió Frances, alzando la barbilla—. Y, si da un solo paso más, lo lamentará.
El hombre la miró con algo que podría haber sido diversión si sus ojos no hubiesen sido tan imposibles de leer.
—¿Tengo que preguntarle por qué?
—Porque gritaré hasta que venga todo el vecindario.
—En este barrio, los gritos no llaman la atención de nadie.
—Entonces gritaré hasta quedarme sin voz y lo dejaré sordo.
El hombre esbozó una sonrisa.
—Eso sí me lo creo.
—Bien. Entonces entendemos la situación.
El hombre apoyó un brazo en el marco de la puerta y las miró a las dos con una atención que Cecily encontró incómoda y Frances irritante, que, en el fondo, era lo mismo.
—No voy a hacerles daño —dijo.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que va a hacernos daño —replicó Frances.
—También es lo que diría alguien que de verdad no va a hacerles daño.
—No me fío de usted.
—Tiene usted razón —concedió el hombre, inclinando ligeramente la cabeza—. En vuestro lugar, yo tampoco bajaría.
—¿Entonces qué quiere? —le preguntó Frances con desconfianza.
—Lo que llevan encima. Joyas, dinero, lo que tengan... —Hizo un gesto con la mano—. Sin complicaciones y sin que nadie salga lastimado.
—Es un ladrón.
A pesar de que Cecily dijo aquellas palabras en voz baja, el hombre las escuchó.
—Prefiero trabajador independiente —replicó—, pero ladrón es más conciso, sí.
—¿Acaso tiene usted conciencia? —preguntó Frances.
—Tengo principios.
—Los ladrones no tienen principios.
—Eso demuestra que no conoce a muchos ladrones.
Frances apretó los labios.
—Gracias a Dios.
Él volvió a hacer ese gesto con la cabeza, como si anotase mentalmente una respuesta que le parecía correcta. Frances lo encontró exasperante.
—Mis principios incluyen no hacerle daño a nadie que no se lo busque, no robar a quien no puede permitírselo y no mentir más de lo estrictamente necesario —dijo, separándose apenas de la pared—. Por eso les estoy pidiendo las cosas en lugar de simplemente tomarlas.
—Qué caballeroso —murmuró Frances con sarcasmo.
Él esbozó una sonrisa ladeada.
—Lo intento.
—Pues no lo consigue.
—¿Por qué no?
—Porque los caballeros de verdad no golpean a los cocheros ni abren puertas de carruajes ajenos.
—Suerte que no sea un caballero —apuntó él, guiñándole un ojo.
—Pero ha dicho que intenta ser caballeroso.
—Incongruencias de la vida.
Frances abrió la boca. Ese hombre se estaba riendo de ella.
Cecily, que había estado observando el intercambio con la misma fascinación que miedo, decidió intervenir.
—Si le damos lo que pide, ¿nos dejará en paz?
—Cecily —le advirtió Frances.
—Es una pregunta práctica, como te gusta a ti.
—No pienso permitir que nos robe.
Cecily suspiró.
—Debemos considerar todas las opciones disponibles.
—La única opción disponible es que no le damos nada —replicó Frances, cerrando las manos en puños.
El ladrón las observaba con interés. Aquellas damas eran muy diferentes a las que él conocía. Y la verdad es que se estaba divirtiendo, pero la diversión estaba a punto de terminarse.
Unos pasos se escucharon en el callejón. El hombre los oyó antes que ellas. Se tensó apenas, un cambio tan pequeño que Frances casi no lo notó, y giró la cabeza hacia el origen del sonido.
En ese mismo momento, Bastian doblaba la esquina con Alice en brazos. Alice, que claramente estaba en medio de una discusión, vio la escena antes de terminar la frase y se quedó callada.
Bastian y el hombre intercambiaron una mirada que duró unos largos instantes.
—Weston —dijo el hombre, con una calma extraordinaria para alguien que acababa de ser descubierto robando a dos damas.
—Nicholas —lo saludó Bastian, con una calma igualmente extraordinaria para alguien que sostenía a una mujer en brazos.
—¿Le conoces? —preguntó Alice con curiosidad, mirando a Bastian.
—Nos conocemos —aclaró Nicholas antes de que Bastian pudiera responder—. De otra vida.
—¿De qué otra vida? —preguntó Frances desde el interior del carruaje.
—De una en la que los dos éramos considerablemente más jóvenes y bastante menos sensatos —dijo Nicholas.
—Usted sigue sin ser sensato.
Nicholas le guiñó un ojo y Frances frunció el ceño. Luego miró a Alice, todavía en brazos de Bastian.
—¿Vas a bajarla en algún momento?
—Cuando ella me garantice que no va a volver a entrar en ese callejón —respondió Bastian.
—¡Estoy aquí delante! —se quejó Alice.
Bastian la miró y, con una sonrisa, dijo:
—Lo sé.
Frances bajó del carruaje, se plantó frente a Nicholas y lo miró de arriba abajo.
—Ha intentado robarnos —dijo, girando la cabeza y mirando a Bastian y a su amiga.
—¿Ahora robas a damas inocentes? —le preguntó Bastian a Nicholas, dejando finalmente a Alice en el suelo.
—Esta tiene poco de inocente —señaló Nicholas con diversión, mirando a Frances, que le fulminó con la mirada—. Y no iba a robarlas, solo estaba entreteniéndome. Tenía curiosidad por saber qué hacían dos damas en mis calles.
—¿Sus calles? —preguntó Frances, confundida—. ¿Tiene las escrituras de propiedad?