La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Se internó en la sala antes de que nadie pudiese detenerla. Al verla, la joven esquivó una tina, dobló entre dos hileras de ropa tendida y huyó hacia la salida trasera. Alice acortó el paso bordeando por el otro lado, intentando cortarle el camino, pero la joven conocía cada rincón de aquel lugar.

Abrió la puerta trasera y Alice la siguió al callejón. Era un pasaje estrecho y húmedo entre dos muros de ladrillo ennegrecido, con cajas apiladas a los lados y el suelo resbaladizo de musgo. La joven caminaba deprisa, con la cabeza gacha y los hombros tensos.

—¡Espere! —gritó Alice.

Pero la joven no se detuvo.

—¡Por favor, solo quiero saber si conoce a Ingrid!

—dijo con desesperación, a la vez que comenzaba a andar con más rapidez.

Pero, lejos de pararse, la joven aceleró el paso—.

No le voy a causar ningún problema —insistió—.

Ingrid es como una hermana para mí. Llevo semanas buscándola y estoy muy asustada.

Si sabe algo, cualquier cosa, por favor, dígamelo.

Y, cuando Alice estaba perdiendo cualquier esperanza de conmover a la joven, esta se detuvo. Sin embargo, no se volvió de inmediato. Se quedó parada en mitad del callejón con la espalda tensa, como si estuviese decidiendo algo.

Cuando finalmente se giró, Alice dio un paso para acercarse a ella. De cerca, era más joven de lo que le había parecido dentro. Dieciséis años, quizá diecisiete. Tenía los ojos oscuros y cansados.

—No me meta en líos —le suplicó. Su acento era del sur de Londres, áspero y directo—. Ya tengo bastantes.

—No es mi intención —le dijo Alice con honestidad—. Tan solo busco el paradero de mi amiga Ingrid. ¿La conocía?

—Compartíamos cuarto en Mint Street —respondió con una pequeña exhalación—. Era buena persona. No se metía con nadie.

Algo en la forma en la que pronunció aquellas últimas palabras hizo que Alice se diera cuenta de que aquella joven sabía algo más. Algo que no le estaba contando.

—¿Y…? —la presionó Alice, inclinándose ligeramente hacia ella—. Si sabe algo, por insignificante que parezca, necesito que me lo diga. Podría ser importante.

—Llevaba días diciendo que sentía que alguien la seguía, que la miraban. Yo pensé que eran imaginaciones, pero entonces, un día, me levanté y ya no estaba. —La joven se mordió el labio inferior—. Se había ido sin decir nada.

—¿Y sus cosas?

La joven la miró fijamente.

—Se las dejó. Toda su ropa, sus libros, todo. Solo se llevó lo que tenía encima.

Alice sintió que el estómago se le encogía.

—¿Por qué no lo denunció?

La joven soltó algo que podría haber sido una risa si no hubiera sonado tan amarga.

—¿Denunciar que se había marchado?

—Denunciar que sentía que la seguían, que desapareció sin avisar, sin llevarse sus cosas.

—Las chicas como nosotras, señorita, cuando abrimos la boca, terminamos peor que cuando la teníamos cerrada. Eso lo aprendes pronto por aquí.

Alice no respondió de inmediato. Miró a la joven, que sostuvo su mirada sin apartar los ojos, con esa dignidad callada de quien no pide lástima porque sabe que no sirve de nada.

—¿Sabes cómo era el hombre que ella creía que la seguía?

—Ni siquiera ella estaba segura de que la seguían, ni de si era un hombre —dijo la joven—. Se sentía observada, nada más.

—¿Y tú crees que han podido hacerle daño? —preguntó Alice con un nudo en la garganta.

—Las chicas como nosotras, a veces, desaparecen y nunca vuelve a saberse nada de ellas. —La joven se encogió de hombros con una mueca amarga—. A nadie le importa.

Alice se quedó en silencio un instante. Había algo en aquellas palabras que se le quedó pegado por dentro, como una astilla pequeña en un lugar al que no se llega fácilmente.

—A mí me importa —dijo al fin—. Y voy a encontrarla.

La joven la miró durante un momento. Lo hizo como si no creyera del todo sus palabras, como si hubiera escuchado demasiadas veces promesas que nunca se llegaron a cumplir.

Y Alice podía entenderla. Pero ella la cumpliría. Ella encontraría a Ingrid.

—Suerte —murmuró. Y, antes de que Alice pudiese decir nada más, se volvió y desapareció por el callejón.

Alice se quedó sola entre los dos muros de ladrillo oscuro, con el ruido amortiguado de la lavandería al otro lado de la puerta y el sonido lejano del río mezclándose con el viento. Aunque pronto se dio cuenta de que no estaba sola.

—¿Lo ha oído todo? —preguntó sin volverse.

—Sí —dijo Bastian.

Alice se giró con los ojos llenos de lágrimas y Bastian contuvo el impulso de consolarla porque sabía que no se lo agradecería. Si algo había aprendido de Alice era que odiaba sentirse débil.

—Ella puede estar herida o muerta —dijo Alice.

—No debes ponerte en lo peor. Es más probable que se haya marchado por iniciativa propia.

—¿Y por qué no se ha llevado sus cosas?

—Quizá tenía prisa.

Alice negó con la cabeza.

—Sé lo que estás haciendo.

—¿Y qué hago?

—Mentirme para tranquilizarme. Pero soy más que capaz de enfrentar la verdad.

—La única verdad es que tu amiga sigue desaparecida y no sabemos si por iniciativa propia o no. Pero ponerse en lo peor no la ayudará.

—Tenemos que ir adonde se quedaba a dormir y recoger sus cosas.

—No —respondió Bastian, y Alice lo miró con los ojos entrecerrados.

—No venga si no quiere.

Alice fue a avanzar, pero, antes de que pudiera hacerlo, Bastian la sujetó de la muñeca, impidiéndoselo.

—Ni siquiera te ha dicho en qué edificio vivía —comenzó, y, cuando ella abrió la boca, le puso un dedo en los labios. Alice se quedó inmóvil—. Y, aunque lo averigües, no vas a ir.

Alice se removió, soltándose del agarre.

—Tengo que recoger sus cosas.

—Si alguien la seguía y ella ha huido, esa persona puede seguir vigilando el lugar. Si te ven ir y preguntar, te pondrás en peligro.

—No me importa.

—Pues a mí sí. —Lo dijo en voz baja, sin énfasis, como quien dice algo que lleva un rato siendo verdad—. Está empezando a anochecer. Es hora de que te lleve a casa.

Alice alzó la vista al cielo. La luz había cambiado sin que ella se hubiese dado cuenta, volviéndose de ese tono gris anaranjado que precede a la oscuridad.

—Antes de irnos, hablaré con la regente de nuevo. Necesito que me dé el nombre de la chica con la que acabo de hablar y saber dónde vive.

—No va a hacer nada de eso. A partir de ahora, yo me encargo.

—Me prometió que me dejaría investigar.

—Yo no le he prometido nada.

Alice lo miró fijamente.

—Me prometió que vendría conmigo, no que vendría en mi lugar.

—Las circunstancias han cambiado.

—Las circunstancias no han cambiado. Ingrid sigue desaparecida y yo sigo siendo la única persona que la conoce lo suficiente para reconocerla o para saber qué preguntar.

—Pero ahora sabemos que alguien la seguía. Y usted va a quedarse al margen.

—Eso no va a pasar, yo…

No terminó la frase porque, en ese momento, Bastian, con la expresión serena de quien ha tomado una decisión irrevocable, la cogió en brazos.

—¡Suélteme! —se quejó Alice.

—No.

—¡Le estoy hablando! ¡Bájeme ahora mismo!

Se removió, intentando soltarse, pero él la sostuvo con firmeza, ajustando el brazo bajo sus rodillas para impedir que se deslizara.

—En cuanto lleguemos al carruaje.

—¡Esto es un abuso de autoridad! ¡Soy una persona adulta!

—Lo sé. Pesa usted lo suficiente para recordármelo.

—¡Eso es una grosería!

Bastian siguió caminando hacia el carruaje con Alice en brazos y la misma calma con que habría cruzado un salón de baile. En la entrada de la lavandería, tres lavanderas los observaban con los ojos muy abiertos. Una de ellas sonreía.

—Cuando lleguemos a casa —dijo Alice, con toda la dignidad que la situación le permitía, que era poca—, voy a escribir una carta muy detallada a su madre contándole cómo me trata.

—Mi madre le dará la razón. Pero, con eso, solo conseguirá que la aprecie más y se disguste con usted cuando descubra que nuestro compromiso es una farsa y la ha mentido.

Alice no respondió porque, para su desgracia, por lo poco que había llegado a conocer a lady Weston , sabía que, probablemente, Bastian tenía razón.