La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

El carruaje de alquiler que Bastian había contratado era perfectamente anónimo: sin librea, sin escudo, sin ningún detalle que permitiese relacionarlo con nadie de alcurnia.

Era, en todos los sentidos, un vehículo diseñado para pasar completamente desapercibido.

Lo cual habría funcionado considerablemente mejor si sus ocupantes hubieran tenido la misma filosofía.

—¿Por qué no hemos venido en tu carruaje? —preguntó Frances, acomodándose en el asiento—. Al menos, tendría cojines.

—Para pasar desapercibidos —dijo Bastian desde el asiento de enfrente.

—¿Y este traqueteo forma parte del plan?

—Frances —le riñó Cecily mientras le daba un suave codazo en las costillas.

—Es una pregunta legítima. —Frances se encogió de hombros—. Llevamos diez minutos y ya noto que se me están reorganizando las costillas.

—El carruaje del duque lleva sus armas en la puerta —explicó Alice—. Cualquiera que lo vea sabrá quién va dentro.

—Entiendo —musitó Frances—. Así que, para que nadie nos reconozca, hemos cogido el coche más desvencijado de Londres.

—No es desvencijado —se quejó Bastian con el ceño fruncido.

El coche eligió ese momento para dar un tumbo sobre un adoquín mal colocado que hizo que los cuatro se agarrasen a lo que tenían más cerca.

—Sí que lo es —dijo Alice—, pero es perfecto. Así, podemos mezclarnos sin problemas.

Frances miró por la ventanilla. Las calles se habían ido estrechando a medida que avanzaban hacia el sur, y el paisaje había cambiado por completo.

Ya no había escaparates elegantes ni damas con sombrillas.

Las aceras las ocupaban mujeres con delantales y cofias de algodón, hombres en chaquetas de lana gastada, vendedores ambulantes con sus carros y niños corriendo entre las piernas de los adultos.

Los edificios eran más bajos, más oscuros, con la piedra ennegrecida por el hollín y la ropa tendida entre las ventanas.

El olor a río y a carbón se había colado por las rendijas del coche, provocando que Frances arrugara la nariz. Se volvió hacia Bastian con una ceja levantada.

—¿De verdad creéis que vamos a pasar desapercibidas? —cuestionó—. De ellas me lo esperaba, viven en las nubes. —Alice chasqueó la lengua y fue a abrir la boca cuando Frances la señaló con la cabeza, pero esta habló antes de que pudiera hacerlo—. ¿Pero de usted, excelencia? No me lo esperaba.

—No espero pasar desapercibido cuando baje del carruaje, pero sí antes de hacerlo —le explicó Bastian—. No deseo llamar la atención antes de tiempo.

—Yo no tengo la mejor intención de bajar —dijo Frances—. Y tú tampoco lo harás —añadió, mirando a su hermana.

—¿Por qué no? —preguntó Cecily.

—Somos las acompañantes. No tenemos que correr más riesgos de los necesarios.

—¿Y Alice?

—Yo sí voy a ir —respondió rápidamente Alice.

—Y por eso, lady Frances tiene razón —intervino Bastian—. Es mejor que se queden en el carruaje. Ya tengo bastante con asegurarme de que usted —señaló a Alice con la barbilla— no se meta en problemas.

—Yo nunca me meto en problemas.

—Sí que lo haces —respondieron ambas gemelas a la vez.

—¡Qué oportuno! —Alice se palmeó los muslos con las manos—. Tenéis que poneros de acuerdo precisamente ahora, y en mi contra.

Las dos se echaron a reír. Alice, contagiada, no tardó en seguirlas.

Bastian observó a las tres jóvenes reírse juntas y pensó que rara vez había visto a Alice Thorne así. Sin el escudo de las réplicas afiladas ni la tensión de tener que demostrar algo. Solo ella, con sus amigas, completamente en su elemento. Y no pudo evitar alegrarse de que las hubiera conocido.

—Bien —dijo Bastian, antes de que la situación se alargase más—. Nosotros bajamos. —Señaló a Alice y después miró a las gemelas—, vosotras esperáis.

—Tampoco es necesario que sea un desagradable —se quejó Alice, provocando que las gemelas la mirasen boquiabiertas.

—Solo estoy constatando un hecho —replicó Bastian con un resoplido.

—Lo puede constatar con más educación.

Bastian no respondió.

El coche se detuvo frente a la lavandería. Bastian bajó primero y le ofreció la mano a Alice. La calle olía a río, a jabón de lejía y a carbón húmedo. Desde dentro llegaba el ruido sordo del agua hirviendo y el golpeteo rítmico de la ropa contra las tablas.

—Déjeme hablar a mí —dijo Alice, en voz baja, antes de entrar a la lavandería. Bastian la miró, perplejo.

—¿Perdón?

—Que no diga una palabra —respondió Alice—. ¿Por qué a Bastian le costaba tanto comprender las cosas?—. Confíe en mí, sé cómo hacer que la gente hable. Es un don que tengo —añadió con orgullo.

Bastian tuvo que morderse el labio inferior para no echarse a reír.

—¿Ah, sí? ¿Va a amenazarla? ¿O tal vez chantajearla?

—No diga tonterías —resopló Alice, chasqueando la lengua—. Simplemente, voy a ser amable.

—Entonces tendrá que hacer un esfuerzo muy grande para conseguirlo.

Si las miradas matasen, el duque estaría en el suelo en ese momento.

—Es usted insoportable.

—Ya estamos comprometidos, no necesita conquistarme con tanto halago —le respondió Bastian con ironía.

Alice entrecerró los ojos.

—Bien sabe Dios lo que tengo que aguantar con este hombre —farfulló para sí misma.

Y Bastian estuvo a punto de soltar una carcajada. Aquella mujer era increíblemente maleducada, impulsiva y completamente incapaz de morderse la lengua. Y, sin embargo, cuanto más tiempo pasaba con ella, más seguro estaba de que era la persona más fascinante que había conocido en toda su vida.

Bastian comenzó a andar de nuevo y ambos entraron en la lavandería.

El calor los recibió de golpe, espeso y húmedo, cargado de vapor y del olor áspero del jabón.

Era una sala larga, con el techo bajo, llena de grandes tinas de madera sobre las que se inclinaban varias mujeres con los brazos hasta los codos.

Las miradas no tardaron en encontrarlos.

Una mujer de mediana edad, ancha de hombros y con el cabello bajo una cofia húmeda, se limpió las manos en el delantal y avanzó hacia ellos.

—¿Qué quieren? —preguntó con evidente enfado, como si le molestase que miembros de la alta sociedad se encontrasen allí.

—Buenas —saludó Alice, ignorando su mal humor—. ¿Es usted la regente?

—Lo soy.

Alice se alivió por su buena suerte.

—Busco a alguien que trabajó aquí. Una joven llamada Ingrid.

La mujer la miró con una inexpresividad casi absoluta.

—No me suena.

—¿Seguro? —insistió Alice—. De cabello castaño y ojos azules. Un poco más alta que yo. Y de modales refinados.

La mujer continuó sin alterar el gesto.

—Aquí no trabaja ninguna así.

—Trabajó —la corrigió—. El mes pasado. Sé que estuvo aquí porque me lo han dicho personas de confianza. Y sé que dejó de venir de un día para otro, sin avisar. —Hizo una pausa—. Es mi amiga. Le ruego que, si sabe algo, me lo diga, pues estoy muy preocupada por ella.

La mujer la miró. Luego miró a Bastian y luego volvió a Alice.

—¿Se ha metido en problemas?

Alice suspiró.

—Es lo que intento averiguar.

—¿De verdad es su amiga? Una señorita como usted y una lavandera...

—Era institutriz. Ha terminado en la calle por culpa de sus últimos patrones. La engañaron y la trataron como si no valiese nada.

La mujer torció la boca.

—Como suelen hacer los de su clase con el resto.

Alice fue a responder, pero Bastian se adelantó.

—Soy el duque de Weston, y le aseguro que no todos somos así. Yo trato a mis empleados con el respeto que merecen.

La mujer lo miró sin inmutarse, pero Alice puso los ojos en blanco.

—Si no menciona su título cada cinco minutos, le da un vahído —farfulló Alice, llevándose las manos a las caderas—. Es más fuerte que él.

—¿Es que a todo le tiene que encontrar usted una queja? —Bastian resopló—. Lo he dicho para que la mujer entienda que puede confiar en mí.

—O para que le hagan una reverencia —añadió Alice con retintín—. Parece que es lo que le gusta.

—No será por las que me hace usted.

Eso era cierto. Alice tendía a olvidarse de ellas. Pero, en ese momento, con una solemnidad completamente impostada, recogió ligeramente la falda y le hizo la reverencia más exagerada y teatral que Bastian había visto en su vida.

—¿Mejor así, excelencia? —preguntó con una sonrisa inocente, enderezándose.

—Discúlpenme —dijo la lavandera antes de que Bastian pudiera responderle—. ¿Esto es alguna clase de broma?

—Por supuesto que no —contestó Alice, girándose de nuevo hacia ella—. Me tomo muy en serio la búsqueda de mi querida amiga Ingrid. Es este hombre —señaló a Bastian— el que me desespera.

—¿Que yo la desespero? —preguntó él, indignado.

La lavandera no tuvo ninguna duda de que iban a empezar a discutir de nuevo. Así que decidió que era mejor decirles todo lo que sabía.

—Su amiga estuvo trabajando aquí un tiempo, pero no sé nada de ella desde hace tres semanas. Habrá encontrado otro trabajo. Aquí, la gente va y viene.

—No lo creo —dijo Alice—. Pero, aunque así fuese, seguiría viviendo en el mismo sitio. Me han dicho que alguien de aquí mencionó que tenía habitación en Southwark.

—No fui yo quien lo menciono. Aquí trabajan muchas mujeres, pudo ser cualquiera de ellas; algunas hablaban con ella. Y es cierto que muchas viven por allí Lo siento, pero no puedo ayudarles más.

Alice asintió despacio, como si aceptase la respuesta, aunque realmente no lo hacía.

No pensaba rendirse. Si era necesario, interrogaría a todas las mujeres que se encontraban allí trabajando.

Pero entonces, por encima del hombro de la mujer, alguien llamó su atención.

Al fondo de la sala, casi oculta tras una columna de vapor y una fila de sábanas colgadas a secar, había una joven que no estaba trabajando.

Estaba completamente quieta, con la cabeza ligeramente girada hacia ellos, y, en cuanto sus ojos se encontraron con los de Alice, se movió.

—Perdone un momento —se disculpó.