La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Bond Street a media mañana era exactamente lo que Dominic había prometido: un escaparate.

Los carruajes avanzaban despacio entre el gentío, y cada diez pasos había alguien conocido a quien saludar, una sombrerera a la que fingir que se miraba con interés o un caballero que inclinaba la cabeza con una expresión que decía claramente que ya había oído algo y que estaba decidido a ver con sus propios ojos si era cierto.

Alice caminaba del brazo de Bastian con la espalda recta y la sonrisa justa. Detrás de ellos, a una distancia que garantizaba la decencia sin impedir que se escuchase cada palabra, lady Weston y lady Ashford avanzaban en tándem con miradas de felicidad.

Ambas estaban encantadas.

—¿Le ha dicho la verdad a su madre? —preguntó Alice, en voz baja, sin dejar de mirar al frente.

—No.

—Se va a disgustar cuando lo descubra.

Bastian se encogió de hombros.

—Lo superará.

Alice frunció el ceño.

—¿Y cuándo piensa decírselo?

—Cuando termine todo esto. —Bastian saludó con una inclinación a un caballero que los miraba desde la acera de enfrente con interés apenas disimulado—. Además, hay un lado positivo que usted no está considerando.

—¿Cuál?

—Que, mientras mi madre me crea comprometido, dejará de invitar a jóvenes casaderas a cada cena y de organizar excursiones al campo con familias que resultan tener hijas en edad de merecer.

Llevaba toda la temporada perfeccionando esa táctica.

—Hizo una pausa—. Usted me ha dado un respiro considerable, lady Alice.

Alice lo miró de reojo.

—Entonces la mala de esta historia soy yo.

—No he dicho eso.

—No hace falta. Su madre creerá que nos comprometemos, se ilusionará, y cuando todo esto termine y no haya boda, la culpa recaerá sobre mí. A sus ojos, seré la joven que le rompió el corazón a su hijo. —Se alisó la falda del vestido a la vez que chasqueaba la lengua—. Estupendo.

Bastian no comprendía del todo cuál era el problema. ¿Acaso no era lo que ella misma le había dicho horas antes?

—¿Se está echando atrás? —preguntó.

—No. —Alice no dudó a la hora de responder—. Pero me parece que su madre debería saber la verdad.

—¿Y su tía no merece saber también la verdad?

—Mi tía no se tomará el engaño a bien. Se lo contará a mi hermano y, antes de que me dé cuenta, estaré metida en un carruaje camino de Yorkshire.

—¿Y por qué cree que mi madre aceptará la farsa?

Era una buena pregunta. Alice apenas había cruzado unas palabras con la duquesa viuda, pero le habían bastado para darse cuenta de que era una mujer inteligente y de buen carácter. Además, le agradaba.

—Usted no es una hija casadera. Su reputación no corre ningún riesgo. —Hizo una pausa—. ¿O cree que le pedirá que rompa el compromiso?

Bastian ladeó la cabeza, luciendo reflexivo durante un instante.

—No. Probablemente, le parezca bien.

—¿Porque los caballeros ayudan a las damas?

—Porque pensará que hay posibilidades de que acabe convirtiéndose en algo real.

—Entonces es mejor no contarle nada —decidió Alice—. Así no se hará falsas ilusiones.

—¿No se las está haciendo ya? —dijo él con una sonrisa pícara.

—Puedo buscarle una dama con la que reemplazarme.

—Así que ahora es una casamentera.

—En los bailes se conocen jóvenes…

—No es necesario —le cortó Bastian—. Ya le he dicho que no voy a casarme esta temporada.

Caminaron en silencio durante unos pasos. Una sombrerera los observó pasar desde su escaparate con los ojos muy abiertos. Alice sonrió hacia ningún lado con la expresión de una joven enamorada; o eso era lo que creía ella.

—Hay algo que tenemos que aclarar.

—Ingrid —dijo él, antes de que pudiera continuar.

Alice lo miró.

—¿Cómo sabe que iba a mencionar a mi amiga?

—Porque lleva usted pensando en ello desde que salimos de la casa. Lo noto en cómo camina.

—¿En cómo camino?

—Cuando está pensando en algo que le preocupa, acelera el paso. Ahora mismo lleva un paso y medio de ventaja sobre donde debería estar.

Ella miró por el rabillo del ojo tras de sí y vio cómo su tía y la madre de Bastian se esforzaban por seguirlos. Disminuyó el paso.

—¿Por qué no me ha avisado de que iba demasiado rápido? —se quejó.

—¿Por qué debería hacerlo? —cuestionó Bastian—. No me molesta.

Alice puso los ojos en blanco. Aquel hombre era desesperante.

—Por la salud de su madre y de mi tía. Mírelas —las señaló con un movimiento de cabeza—; ambas están rojas como un tomate por seguirnos el ritmo. Les podría haber dado un síncope.

Y su tía no se había traído el abanico. Ni siquiera se podía abanicar la pobre.

—Pero sería su culpa, no la mía —puntualizó Bastian.

Alice fue a contestar, indignada por la poca consideración del duque, pero vio que la comisura de su labio inferior se curvaba.

—Se está burlando de mí —dijo ella, con la voz enfadada, aunque sus ojos estaban alegres.

—Jamás me atrevería. Es capaz de quitarse un zapato y lanzármelo.

—Yo no… —Se calló cuando recordó que el día anterior le había lanzado una rama—.

De todas maneras, eso no importa ahora —dijo, cambiando de tema.

Debía centrarse en lo verdaderamente importante—.

Antes no he podido contarle en detalle lo que le ha sucedido a mi amiga; permítame que lo haga ahora —comenzó, reconduciendo la conversación.

Alice no esperó a que él le diese permiso y, durante unos minutos, le contó todo lo que sabía hasta ese momento de Ingrid.

Bastian la escuchó con atención sin dejar de caminar, mientras a su alrededor los miembros de la alta sociedad los observaban pasar, unos con curiosidad y otros con algo que se parecía demasiado a la envidia, pero todos con el cuchicheo discreto de quien ya tiene algo que contar en su próxima visita.

—Es usted una buena amiga —murmuró Bastian cuando Alice terminó—. Otra joven no se habría preocupado por alguien de una posición tan inferior a la suya.

Alice no se ofendió porque comprendió que él no pretendía ser cruel. Se limitaba a constatar un hecho.

—Ingrid ha sido una buena amiga para mí. Su procedencia me importa bien poco. Ella me necesita y haré lo que sea necesario para encontrarla.

—¿Ha pensado que quizá no quiere que la encuentre?

—Eso es una necedad. ¿Por qué no iba a querer?

Bastian se encogió de hombros.

—Puede sentirse avergonzada por haber perdido su empleo o, simplemente, no quiere que usted se vea obligada a ayudarla.

Alice tuvo que reconocer que él tenía parte de razón.

—Pues tendrá que superarlo. No pienso parar hasta encontrarla.

Bastian no tuvo la menor duda de que lo haría.

—¿Ha denunciado a los condes de Haverstock?

—¿Serviría de algo?

—No, no lo haría —respondió Bastian con su habitual sinceridad. Eso era algo que Alice valoraba de él—. ¿Y ha tomado alguna medida contra ellos?

—No. —Alice frunció el ceño—. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque antes de embarcarme en este barco… —comenzó él.

Alice se detuvo y lo miró.

—No tenemos que ir en barco. Hay que cruzar el río, sí, pero existe el puente de Westminster para eso.

Bastian parpadeó y, después, hizo una mueca.

—Era una expresión —le aclaró.

Alice resopló.

—Pues vaya expresión más confusa.

—Es una expresión perfectamente común.

—Pues a mí me ha confundido, lo cual demuestra que no lo es tanto. —Le lanzó una mirada de suficiencia—. La próxima vez, hable con propiedad, excelencia —dijo ella, comenzando a caminar de nuevo.

—Ya hablo con propiedad —replicó él—. De todas formas, lo que estaba intentando decirle antes de que me interrumpiese…

—Yo nunca interrumpo. —Alice lo miró, ofendida—. Es de mala educación.

Bastian abrió la boca y, después, la cerró. ¿Cómo podía ser tan descarada? Sin embargo, decidió que era una batalla que no tenía ningún sentido librar en mitad de Bond Street.

—Como iba diciendo —continuó, con una paciencia que él mismo encontró admirable—, necesito saber si los condes podrían estar resentidos con usted por haber tomado alguna represalia contra ellos.

—Si fuera por mí, les quemaría la casa, con ambos dentro. —Bastian la creía perfectamente capaz—, pero no soy una delincuente —continuó—. En cuanto encuentre a Ingrid, buscaré la manera de que confiesen la verdad y el nombre de mi amiga quede limpio.

—Pagarán por ello, se lo prometo —le aseguró Bastian con una firmeza que Alice no esperaba. Porque, al fin y al cabo, Bastian no conocía de nada a Ingrid—. Pero, de momento, necesitamos que piensen que no van a tener problemas. Así no nos los darán ellos a nosotros.

—No le tenía por un justiciero —observó Alice.

—No me gusta que mis pares se aprovechen de su posición.

—¿Entonces vamos a ir esta tarde a la lavandería?

—Voy a ir yo solo. Descríbame a su amiga.

Alice arrugó el ceño. Se detuvo de golpe, pero, al darse cuenta de que su tía y la madre de Bastian estaban demasiado cerca, volvió a caminar de nuevo.

—Iré con usted.

No pensaba permitir que Bastian la dejase fuera.

—Puede ser peligroso —le advirtió él.

—Por esa razón, voy a ir —secundó Alice, decidida—. Mi amiga puede estar en peligro. No voy a quedarme en casa tumbada en mi cama mirando el techo.

—No tiene por qué quedarse mirando el techo. Puede hacer muchas otras cosas —dijo él con una media sonrisa.

—Voy a ir.

—Sea razonable. No podemos ir solos, no estamos casados. Y dudo —dijo, mirando por encima de su hombro— que su tía y mi madre accedan a venir con nosotros.

Alice puso los ojos en blanco. Y fue exactamente en ese momento cuando las vio.

Cecily y Frances salían de una sombrerera con sus respectivas doncellas y dos cajas bajo el brazo, discutiendo sobre algo.

Fue Cecily la primera en alzar la vista, y la expresión de su cara al ver a Alice del brazo de Bastian fue un poema en tres actos: sorpresa, comprensión inmediata y una alegría que intentó disimular sin éxito.

Frances tardó medio segundo más, pero llegó a las mismas conclusiones por un camino considerablemente más directo.

—Alice. —Cecily se acercó con una sonrisa luminosa y le tomó las manos—. Ya se lo había dicho a Frances: que el rumor de la fiesta de ayer iba a terminar en un compromiso. —Después, dirigió una mirada a ambos antes de preguntar con ojos implorantes—: ¿Por qué estáis comprometidos, verdad?

Bastian vio a aquella joven tan ilusionada que no pudo evitar responder:

—Lo estamos.

Cecily pegó un pequeño brinco, consiguiendo que Alice, sin quererlo, saltara con ella.

—Al final has elegido con cabeza, como debe ser —dijo Frances, con aprobación.

—En realidad —Alice echó una rápida mirada a su alrededor, comprobando que nadie podía escucharla—, es un compromiso falso.

—¿Falso? —repitió Frances, también en voz baja.

—¡Oh, eso lo hace aún más emocionante! —exclamó Cecily, con los ojos muy abiertos—. Pero ¿por qué haríais algo así? —preguntó, soltando las manos de Alice.

—Porque vosotras mismas me dijisteis que, para seguir buscando a Ingrid, necesitaba un hombre con título que me acompañase.

—Y te has buscado un duque —murmuró Frances—. Nada menos que un duque.

Bastian tuvo la ligera sensación de que se habían olvidado completamente de que él estaba allí.

Y, aunque era una falta de respeto, lo pasó por alto porque estaba entretenido escuchándolas.

Además, con su posición, siempre era el centro de atención.

Todos querían complacerlo, todos buscaban ganarse su aprobación.

Y que, por una vez, no sucediese, le pareció refrescante.

—Sí, pero resulta que no es suficiente —suspiró Alice.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Cecily.

—Que vosotras dos acabáis de apuntaros a un plan muy interesante para esta tarde —Alice esbozó una sonrisa—. Uno en el que no hacen falta las doncellas. —Miró a Bastian con una complicidad inexistente, pues él no estaba comprendiendo nada—. ¿A que sí?

Las gemelas se miraron sin entender nada, pero asintieron. Ayudarían a Alice en lo que necesitase. Era prácticamente lo único en lo que siempre estaban de acuerdo.

—¿Quiere que lleve a tres damas solteras a un barrio peligroso? —preguntó Bastian.

—Por supuesto que no —dijo Alice—. Quiero que nos acompañe a la heladería.

Cecily parpadeó.

—¿Vamos a pasar la tarde en la heladería?

—Claro que no. —Alice hizo una mueca—. Pero es lo que los demás pensarán.

Bastian la miró fijamente.

—O sea que lo que quiere es que mienta a todo el mundo.

Alice lo consideró un instante.

—Prefiero llamarlo discreción estratégica —dijo. Cuando Bastian entrecerró los ojos, añadió—: Pero sí, básicamente eso.