La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Alice esperó una respuesta que solo concebía válida si era afirmativa.

¿Cómo iba a rechazarla? Al fin y al cabo, le había propuesto un trato justo y muy beneficioso para los dos.

Sin embargo, él la miraba como si hubiese perdido la cordura, con ese brillo en los ojos que ella no sabía identificar y que, ahora que caía en la cuenta, solía aparecer cada vez que la miraba.

Fue a abrir la boca para meterle prisa, porque la paciencia no figuraba entre sus virtudes, cuando la puerta se abrió de golpe.

Su hermano estaba al otro lado, observándolos con los ojos abiertos de par en par, como si no pudiese creer lo que estaba viendo.

Alice pensó que quizá no había sido su mejor idea encerrarse en el cuarto de costura con el duque. Aunque tampoco había muchos lugares en aquella casa donde una conversación pudiese mantenerse fuera de los oídos del servicio.

—¿Qué demonios estáis haciendo? —preguntó Dominic cuando logró encontrar su voz.

Antes de que Bastian pudiese responder, Alice corrió hacia su hermano y le dio un rápido abrazo.

Dominic frunció el ceño. Su hermana no le abrazaba desde que era una niña muy pequeña.

—No te lo vas a creer —dijo, con una amplia sonrisa, separándose de Dominic—. Bastian ha hincado la rodilla y me ha pedido matrimonio.

Dominic estrechó los ojos.

—¿En el cuarto de costura?

Alice asintió.

—¿No te parece de lo más romántico?

—No —respondió su hermano.

No obstante, aquella actitud reacia de Dominic no fue suficiente para que Alice se echara hacia atrás y siguió con su amplia y falsa sonrisa en los labios. Escuchaba tras ella la respiración del duque, pero no se volvió a mirarlo. En ese momento, no necesitaba distracciones.

—Pues para mí lo es —continuó—. ¿Te acuerdas de que siempre le pedía a nuestra madre que me contase una y otra vez el cuento de la princesa costurera que ella misma se inventó?

—No esperó a que Dominic respondiese—. En el cuento, el príncipe le pedía matrimonio en el cuarto de costura.

Yo se lo conté a Bastian anoche y él me ha dado esta sorpresa.

—Alice, odiabas los cuentos; sobre todo, los de princesas. Siempre le decías a madre que te contase historias de heroínas. Y, cuando te contaba la de Emily, le pedías que se saltase la parte en que se reencontraba con su amado.

Alice se maldijo internamente. ¿Por qué tenía que recordar él eso?

—Pues ese me gustaba —insistió ella.

Dominic negó con la cabeza.

—Tu hermana dice la verdad, Dominic —dijo Bastian, hablando por primera vez, lo cual le arrancó a Alice una sorpresa que procuró no demostrar—. Y lo único que importa es que ella me ha hecho el hombre más feliz de Inglaterra al decirme que sí.

—Del planeta —recalcó Alice.

—¿Cómo? —preguntó Bastian, ladeando la cabeza para mirarla.

—Que le he hecho el hombre más feliz del planeta al aceptar su proposición.

Bastian la miró un instante con esa expresión suya que Alice nunca sabía descifrar. Y entonces hizo algo que ella no esperaba en absoluto. Se acercó despacio, le tomó la mano y se la llevó a los labios.

—Del planeta —repitió él, en voz baja, sin apartar los ojos de los suyos—. Tiene usted razón, me he quedado corto.

Alice sintió el calor de sus labios directamente sobre su piel y tuvo que recordarse a sí misma que su hermano estaba a dos pasos y que aquello era una farsa. Ambas cosas le resultaron considerablemente más difíciles de recordar de lo que habrían debido.

—Weston, tú y yo tenemos que hablar en mi despacho —dijo Dominic, mirándoles con recelo.

—No tenéis nada de qué hablar, hermano. Ya está todo arreglado.

—Estáis comprometidos, pero debo hablar con Weston de tu dote.

—No será necesaria —dijo Bastian—. Puede quedársela Alice y usarla para lo que ella considere. Soy más que capaz de mantenerla a ella y a nuestros futuros hijos sin necesidad de la dote.

Alice sintió que le hervía la sangre. Era una farsa, sí.

Ella lo sabía y él lo sabía. Pero había algo insoportablemente presumido en la manera en que Bastian hablaba de mantenerla, de sus futuros hijos, de su dinero, como si ya hubiera decidido cómo iba a ser todo sin molestarse en preguntarle a ella.

Su opinión también contaba, aunque fuera de mentira.

—No es necesario que me mantenga, excelencia —dijo, sin poder evitar ponerse a la defensiva—, ni que rechace una dote que le pertenece.

—¿Y cómo piensa pagar sus necesidades? ¿Trabajando? —preguntó Bastian, sin terminar de entender el enfado de la joven.

Alice, que en ese momento reparó en que seguían con las manos entrelazadas, la retiró de golpe.

—Soy más que capaz de ganar mi propio dinero.

No, ella no lo era. No había sido educada para ello.

—¿Trabajando en qué? —insistió Bastian.

Había un retintín en su voz que la irritó aún más. Se llevó las manos a las caderas y alzó la barbilla.

—Puedo ser institutriz o dar clases de pianoforte.

—Tú no sabes tocar el pianoforte —le recordó su hermano, aunque ninguno de los dos le estaba haciendo el menor caso.

—Mi mujer, la duquesa de Weston, no va a trabajar de institutriz ni de profesora —dijo Bastian con severidad—. No diga sandeces.

—No digo sandeces. Solo estoy diciendo que soy capaz de mantenerme. Trabajaré de lo que haga falta; así no tendrá que volver a echarme en cara que tiene que mantenerme.

—Por todos los santos, mujer —Bastian resopló—. No estoy echándole en cara nada. Todo lo mío será también de mi esposa.

—¿Y entonces por qué no quiere coger la dote? ¿No considera que lo de su esposa debe ser también de los dos? ¿O simplemente es por orgullo?

—Por los clavos de Cristo, me está volviendo loco.

Dominic carraspeó con fuerza antes de que Alice pudiese responder, recordándoles a ambos que seguía allí.

Los dos se volvieron hacia él.

—Las parejas suelen discutir después de casarse —dijo Dominic.

Por la expresión en su rostro, Alice no sabía adivinar si su hermano se estaba divirtiendo o si, por el contrario, estaba molesto. Tal vez ambas cosas.

—Son los nervios. —Alice esbozó una sonrisa que esperaba que pareciese tierna—. La gente enamorada discute sin necesidad de estar casados. ¿A que sí, querido?

Bastian la miró. Tenía esa sonrisa, esa sonrisa falsa y perfecta que, de algún modo, le resultaba igual de devastadora que las reales, y por un instante completo se le fue completamente el hilo de lo que se suponía que tenía que decir.

El tacón de Alice aterrizó sobre su pie. ¿Por qué tenía que ser tan impaciente y bruta?

—Así es —dijo, tratando de fingir que no acababa de recibir un pisotón—. Exactamente como ella dice.

Dominic los observó durante unos segundos.

Era evidente que no se creía nada de lo que estaba sucediendo, pero también llegó a la rápida conclusión de que no le compensaba discutirlo.

A esas alturas, había aprendido que, cuando se trataba de su hermana, había cosas que, por su propia salud y tranquilidad, era mejor no saber.

—Bien —dijo al fin—. Entonces, cuanto antes sea la boda, mejor. Puedo conseguir una licencia especial. En dos días, podríais estar casados.

Alice abrió mucho los ojos. ¿Cómo que dos días? ¿Desde cuándo su hermano tenía tanta prisa por casarla? Puede que no entendiese mucho de esos menesteres, pero ella había pensado que tendría unos meses de noviazgo.

—No —dijo, tratando de no entrar en pánico.

—Alice…

—He dicho que no —repitió con seriedad, negándose a dejar que su hermano siguiera hablando—. Quiero un compromiso como es debido, Dominic. Quiero esperar a que se lean las amonestaciones. Quiero una iglesia llena de invitados y un banquete preparado con tiempo. Quiero lo que otras novias tienen.

La mentira se le deslizó de la boca con más dificultad de lo esperado.

Porque, si algún día, en el hipotético e improbable caso de que decidiese casarse, lo último que querría sería una iglesia llena de gente y un banquete interminable.

Una dispensa especial, los familiares justos y una mesa pequeña era todo cuanto habría pedido.

Odiaba la parafernalia de las bodas. Siempre le había parecido una pérdida de tiempo y dinero.

Pero Dominic no tenía por qué saber eso.

Era lo que deseaban la mayoría de jóvenes casaderas y esperaba que su hermano aceptase por válida su mentira. Alice necesitaba más tiempo que dos o tres días.

Dominic la miró un momento largo. Luego miró a Bastian, que sabiamente, no dijo nada.

—De acuerdo —cedió Dominic con un suspiro—. Pero entonces, esta misma mañana tenéis que dejaros ver juntos, que todo Londres sepa que estáis comprometidos.

—¿Esta mañana? —repitió Alice.

—Esta mañana. —Dominic no dejaba margen—. Un paseo por Bond Street. Es la hora en que todo el mundo hace sus recados. Para mediodía, no habrá en la ciudad quien no sepa que los rumores de lo que sucedió ayer han terminado en un compromiso.

—¿Y no puede ser mañana? —preguntó Alice.

—Por supuesto que no —se negó Dominic—. Hoy se creerán vuestra historia de amor —dijo con un retintín que a Alice no se le pasó desapercibido—, pero mañana creerán que Bastian ha aceptado casarse contigo obligado o por pena.

—¿Por pena? —Alice cruzó los brazos—. Prefiero que piensen que soy una furcia a que doy pena.

—Alice —le advirtió Dominic.

—Daremos ese paseo —intervino Bastian antes de que Alice lo estropeara todo—. ¿No le parece una buena idea, prometida?

—Lo estoy deseando —respondió ella con una sonrisa—. Pero antes, si me permite, debo cambiarme. Este vestido no es apropiado para dar un paseo.

Bastian asintió.

—Iré a buscar a mi madre. Estoy seguro de que estará encantada de acompañarnos. Quizá deberías avisar a tu tía, Dominic.

—Seguimos teniendo mucho de qué hablar.

Bastian no tenía la menor gana de quedarse a solas con Dominic.

Porque aquello era un disparate y, para su desgracia, Dominic era lo suficientemente inteligente para darse cuenta.

Aunque, claro, tampoco hacía falta demasiada inteligencia o astucia para ver que la idea de ese compromiso hacía aguas por todas partes.

—Tendrá que ser en otro momento —dijo. Le tomó la mano a Alice y le besó el dorso con calma—. Volveré en un rato.

Alice sonrió.

—Estaré preparada.