La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Cuando Dominic Thorne le envió una nota a primeras horas de la mañana pidiéndole que acudiera a su casa con la mayor discreción posible, Bastian estuvo convencido de que aquello solo podía significar una cosa: un duelo.

Teniendo en cuenta la situación tan comprometida en la que los habían encontrado a Alice y a él la noche anterior en el baile, no le sorprendió.

Por eso, mientras esperaba en el salón principal de los Thorne, de pie junto a la chimenea y con una taza de té intacta frente a él —porque nadie debería beber té antes de saber si iba a ser retado a muerte—, Bastian repasaba mentalmente si prefería pistolas o espadas.

Las pistolas le parecían más rápidas. Las espadas, en cambio, ofrecían más oportunidades para arrepentirse. Aunque, conociendo a Dominic, probablemente elegiría algo mucho menos elegante y mucho más personal. Como, tal vez, golpearlo él mismo.

Y, siendo honestos, esa opción le parecía incluso más digna. Al menos así podría defenderse sin la absurda formalidad de diez pasos, testigos solemnes y reglas ridículas sobre el honor. Un buen golpe en la mandíbula tenía algo mucho más sincero.

Desvió la mirada hacia el gran reloj del salón. Dominic se estaba tomando demasiado tiempo, y a Bastian nunca le había gustado demasiado que lo hiciesen esperar.

Aquella mañana, estaba especialmente impaciente y, aunque no quería detenerse demasiado en ello, también más inquieto de lo habitual.

No era por las posibles consecuencias de lo ocurrido la noche anterior, ya que Bastian era un hombre valiente.

No le preocupaba demasiado ni Dominic, ni su enfado, ni siquiera la posibilidad, bastante real, de acabar con un puñetazo bien merecido.

Lo que realmente le incomodaba era otra cosa.

Había estado a punto de besar a Alice Thorne. Lo había deseado. Y lo que de verdad le irritaba —con una intensidad que encontraba completamente desproporcionada— era que lo hubieran interrumpido justo antes de hacerlo.

Llevaba toda la mañana diciéndose que era un impulso sin importancia, el tipo de cosa que ocurre cuando hay luna llena y una mujer de espíritu combativo cae encima de uno desde un árbol.

Nada más. Pero entonces recordaba cómo ella se había quedado en silencio cuando él le apartó el mechón de la cara, y la explicación se deshacía antes de terminar de formularla.

No podía seguir dándole vueltas a ese pensamiento. No traería nada bueno. Necesitaba distraerse.

Por eso, se levantó del sillón y decidió salir al pasillo.

En el corredor de la planta baja reinaba la tranquilidad, aunque Bastian podía escuchar a lo lejos el murmullo de voces y el trajín del servicio.

Necesitaba moverse, pero no había dado ni dos pasos cuando, de pronto, una mano lo sujetó por la muñeca y, antes de que pudiera reaccionar, tiró de él con decisión hacia una puerta lateral que no había notado hasta ese momento.

Bastian escuchó cómo la puerta se cerraba a su espalda mientras recorría la estancia con una rápida mirada.

El espacio era reducido; parecía un pequeño cuarto de costura o de almacenaje, con una pequeña ventana desde la que entraba la luz del sol.

Había estanterías estrechas, una mesa auxiliar y varias cajas cuidadosamente apiladas.

Supo quién lo había arrastrado hasta allí sin necesidad siquiera de alzar la vista. Porque aquel aroma a rosas, suave y envolvente, era ya peligrosamente inconfundible para Bastian.

Alice estaba frente a él, con el cabello rubio recogido en un moño del que escapaban algunos mechones rebeldes, y un vestido amarillo salpicado de pequeñas flores que, para irritación de Bastian, le sentaba demasiado bien. ¿Por qué el amarillo le favorecía tanto?

Ella seguía sujetándole la mano. Bastian nunca había sido demasiado amigo del contacto ajeno, pero le gustaba sentir la suavidad y el calor de la piel de Alice contrastando con la suya.

Sus ojos descendieron hasta sus manos entrelazadas. Los de Alice hicieron lo mismo, como si acabara de reparar en ello por primera vez. Después, ella apartó la mano de la suya con rapidez, como si el contacto le hubiera quemado la piel.

Aquello no le gustó. La necesidad de tomar de nuevo su mano fue tan inmediata como inesperada, y Bastian eligió deliberadamente no darle más vueltas a ese pensamiento.

—¿No cree que esto es un poco indecoroso? —preguntó Bastian con una sonrisa involuntaria.

Alice se encogió de hombros.

—Quería hablar con usted.

—Eso ya lo había deducido, teniendo en cuenta que prácticamente me ha secuestrado. Pero no estoy seguro de que sea lo más conveniente después de lo de anoche, especialmente cuando su hermano me ha citado esta mañana y sospecho que no es precisamente para invitarme a desayunar.

Alice frunció el ceño.

—Yo no le he secuestrado.

—¿Ah, no?

—No. Tan solo le he invitado a tener una conversación más... —Alice tiró de su labio inferior, buscando la palabra correcta— discreta.

—Para que sea una invitación debería usted haberme preguntado si quería tener esa conversación, y no lo ha hecho.

Alice cruzó los brazos y preguntó con impaciencia:

—Bastian, ¿quiere usted hablar conmigo?

—¿Acaso tengo ahora otra opción? —preguntó, apoyándose sobre la pared mientras una sonrisa involuntaria adornaba sus labios.

—Se lo estoy preguntando.

—Pero lo está haciendo demasiado tarde. Debería habérmelo preguntado en el pasillo, no ahora que ya estamos encerrados.

—¿Qué más da cuándo? —Bastian fue a responder, pero Alice habló antes de que él pudiera hacerlo—.

¿Sabe qué? No importa. Siempre me hace perder el tiempo y debemos darnos prisa.

—Descruzó los brazos y bajó la voz—. Mi hermano va a darse cuenta que no esta donde debería.

Debe usted aceptar la propuesta de compromiso.

La sonrisa burlona de Bastian desapareció y la miró, confundido.

—¿Qué?

—Mi hermano le va a exigir que se case conmigo por lo que sucedió anoche, y usted le dirá que sí.

—¿Cómo sabe que es eso lo que me va a decir? —preguntó Bastian, confundido.

—Porque me lo ha dicho él. ¿Y además qué otra cosa querría hablar con usted después de lo de anoche? ¿Creía que le había citado aquí para tomar el té y discutir sobre los colores de moda esta temporada?

Bastian entrecerró los ojos.

—No sea condescendiente.

—No lo soy, es usted el que parece que no está centrado.

Él suspiró. Aquella joven era insufrible. E irresistible. Por Dios, quería besar esos labios.

—Estaba convencido de que su hermano me había citado para darme un escarmiento.

—¿Y no lo es el matrimonio?

Bastian miró a Alice durante unos instantes.

—Es la primera vez que estoy de acuerdo con usted —confesó—. ¿Y quiere casarse conmigo?

—Por supuesto que no —respondió ella, airada.

—Pero lo hará, porque su reputación se ha visto comprometida —dijo en voz alta, aunque en realidad estaba pensando para sí mismo.

Había estado demasiado ocupado toda la noche pensando en aquellos labios, en el cuerpo de ella entre sus brazos, como para reparar en lo que los rumores que lady Harrington ya habría esparcido le ocasionarían.

—Mi reputación no me importa en absoluto —murmuró Alice, resoplando—. Y no me voy a casar con usted, no diga sandeces.

Bastian se irguió lentamente, separándose de la pared. Observó a la joven mientras se frotaba los ojos, confundido. Como siempre le ocurría cuando estaba con lady Alice, no estaba entendiendo nada.

—Pero si acaba de ordenarme que debo aceptar la propuesta que su hermano me hará.

—Yo no le he ordenado nada —rebatió, poniéndose de brazos en jarras—. No doy órdenes. Yo pido las cosas con educación.

Bastian soltó una carcajada, convencido de que bromeaba, pero la manera en que ella lo miró dejó claro que no era así.

—Lady Alice, tiene usted un concepto muy equivocado de sí misma.

Ella frunció el ceño, abrió la boca para responder, pero, en el último momento, decidió no hacerlo.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo, mirándolo fijamente.

Y Bastian no podía estar más de acuerdo. Estaban perdiendo el tiempo discutiendo cuando podría tirar todo lo que había sobre la mesa, tumbarla encima y…

—¿Me está escuchando? —le preguntó ella, sacándole de sus ensoñaciones.

No. No la estaba escuchando lo más mínimo.

—Sí.

Alice frunció el ceño. No le creía en absoluto.

—Como acabo de decirle —recalcó con cansancio—, no vamos a casarnos, vamos a comprometernos.

Bastian la conocía lo suficiente para saber que aquello era uno de sus enredos.

—¿No terminan los compromisos en boda, lady Alice?

—Este no.

—¿Sabe que si nos comprometemos y rompemos su reputación seguirá inevitablemente destruida?

—Como le he dicho, no me importa mi reputación —dijo, e hizo una pausa—.

Mire, no puedo explicarle ahora todo con detalle, no tenemos tiempo.

—Dio un pequeño paso hacia él y bajó aún más la voz, como si temiera que pudieran escucharla—.

Si acepté venir a Londres no fue para buscar marido, ni disfrutar de la temporada —entornó los ojos, como si no pudiera comprender cómo alguien pudiera disfrutar de ninguna de esas dos cosas, y, por primera vez, Bastian coincidía plenamente con ella—, sino para buscar a mi amiga Ingrid.

Ella es institutriz y ha desaparecido. He averiguado que lo último que se sabe de ella es que trabajó de lavandera en Lambeth.

No puedo ir sola a preguntar allí, el decoro no lo permite, pero con un prometido, y más siendo un duque, no habrá problemas.

—¿Y ese prometido debo ser yo? —preguntó Bastian, perplejo.

—No me queda otra opción. —Alice exhaló un suspiro, hundiendo los hombros—. Después de lo de anoche, mi hermano me enviará de regreso al campo si no nos comprometemos.

—Acallar el rumor será difícil, sí. Pero soy un hombre con influencia, y su hermano también la tiene. Entre los dos podríamos restablecer su reputación sin necesidad de llegar al compromiso. Y puedo convencerle de que no la mande a Yorkshire, de que la deje disfrutar de la temporada.

—¿Y volver a la decena de pretendientes llamando a mi puerta cada mañana?

—¿Decenas?

—En realidad, eso los días más flojos.

Alice no lo dijo con altanería, sino más bien como si fuera una molestia.

Y, aun así, Bastian sintió una punzada de celos. ¿Celos? No, él no sentía celos. Ni siquiera los había sentido cuando… No, él se negaba a pensar en ella en esos momentos, ni en ninguno.

Aquella mujer formaba parte de su pasado.

—¿Y eso no le agrada? —preguntó Bastian.

Alice lo miró como si no comprendiera su pregunta.

—Como le he dicho, no quiero casarme, ni con usted ni con nadie. Mi tía me obliga a atenderlos y me hacen perder el tiempo y que no pueda encontrar a Ingrid. Y no, ninguno de ellos sirve para comprometerme falsamente.

—¿Y yo sí?

—Usted no quiere casarse. Así que no me pondrá problemas cuando yo encuentre a Ingrid y dé el compromiso por acabado. Volveré a Yorkshire y usted seguirá soltero.

—¿Y qué gano yo si acepto?

—Mi hermano me ha dicho que es un caballero de honor.

—Lo soy. Por supuesto que lo soy.

—Si no acepta casarse conmigo, aunque acalle los rumores de lo que sucedió ayer, habrá un nuevo rumor. —Alice esbozó una sonrisa—. ¿Quiere saber cuál será?

Bastian hizo una mueca.

—No, pero me lo dirá igual.

—Que es un sinvergüenza que pone en aprietos a las damas sin asumir las consecuencias.

Ella estaba intentando manipularlo.

—Y si acepto, quedaré como un hombre al que abandonan.

—Su ego podrá superarlo —señaló Alice—. Además, esta temporada las madres casaderas le dejarán en paz. Y cuando desee encontrar esposa, le aseguro que encontrará una que aprecie que me permitiese romper el compromiso, aunque estaba en su derecho de no hacerlo. Y esa dama merecerá la pena.

—Déjeme ver si lo he entendido bien —murmuró, llevándose una mano al mentón—. Gracias a que usted romperá conmigo, en el futuro aparecerá la esposa perfecta, bella, sensata y, además, profundamente agradecida por haber permitido que me abandonaran en público.

—Sí.

Bastian se preguntó si ella era consciente de las necedades que estaba diciendo. Llegó a la conclusión de que probablemente sí, pero le daba lo mismo. Lady Alice estaba decidida. Su amiga debía importarle mucho.

—Entonces... ¿acepta o no? —preguntó Alice con impaciencia.

Bastian la observó en silencio.

Con los brazos cruzados, el ceño apenas fruncido y aquella impaciencia brillándole en los ojos verdes, Alice parecía esperar que aceptara como si le estuviera proponiendo un simple paseo por el jardín y no un compromiso falso que podía convertirse en el escándalo más sonado de toda la historia de Londres.

Era absurdo e imprudente. Y, probablemente, una pésima idea. Cualquier hombre sensato se habría negado en ese mismo instante. Y Bastian se consideraba, por norma general, un hombre sensato.

Pero Alice Thorne tenía la irritante costumbre de hacerle cuestionar todas sus buenas decisiones.