Capítulo 15
—Una proposición de matrimonio es la única opción para salvarla del desastre —dijo lady Ashford con las mejillas rojas mientras se abanicaba.
—No voy a casarme con él, tía.
—No tienes otra opción —replicó con severidad—. Estabais… estabais… —Su tía ni siquiera era capaz de terminar la frase.
Alice suspiró. ¿Por qué su tía tenía que ser tan dramática?
—No estábamos haciendo nada indecoroso. Yo estaba subida a un árbol, me caí y él me cogió en brazos.
En realidad, habían estado a punto de hacerlo. Porque el duque Weston iba a besarla. Alice lo había visto en el fuego de su mirada, en la forma en la que se había inclinado hacia ella. Y la peor parte de todas era que ella le habría dejado hacerlo, porque lo había anhelado, y aún seguía haciéndolo.
Sin embargo, eso era algo que su tía Augusta no sabía. Y que ella prefería no pensar.
—Por la Virgen María. —Su tía se levantó de la silla en la que era incapaz de seguir sentada—. ¡Hasta te has desgarrado el vestido! —La señaló con el abanico.
—Eso ha sido por culpa de una rama. Solo hay que coserlo, no es para tanto.
—No es por el vestido. Se te veía la pierna.
Alice apoyó la espalda en la silla en la que estaba sentada y echó la cabeza atrás, exhalando un suspiro cansado.
—Solo nos iluminaba la luna, tía, y me arrastraste hasta el carruaje y me metiste dentro antes de que nadie más pudiese percatarse.
—A estas alturas, todos en esa fiesta sabrán lo que ha pasado. —Lady Ashford caminaba de un lado a otro, abanicándose—. ¡Y antes del amanecer, todo Londres!
Alice se incorporó para mirar a su tía.
—Si me hubieses dejado quedarme unos instantes más, habría convencido a lady Harrington de mantener la discreción.
—No seas incrédula. No había nada que pudiésemos hacer para evitar que lo contase.
—Es una chismosa.
—La mayor chismosa de Londres —le corrigió su tía. Se volvió hacia su sobrino con el abanico en alto como si fuese un arma—. Dominic, tienes que asegurarte de que el duque le pida matrimonio —dijo, mirando a su sobrino.
Dominic no respondió de inmediato. Estaba recostado en el sillón de su despacho, con los dedos entrelazados sobre el escritorio y la expresión de quien lleva un rato escuchando y todavía no ha decidido qué piensa.
No había acudido al baile, pero, por fortuna, estaba en casa cuando su tía cruzó la puerta llamándolo a toda voz, seguida de Alice, que suspiraba e intentaba tranquilizarla.
—El duque de Weston es un hombre honorable —respondió Dominic— . Él...
—No lo es —le interrumpió Alice, provocando que dos pares de ojos se fijasen en ella.
—¿Él te ha hecho daño? ¿Te ha obligado a algo que no querías? —le preguntó su hermano, alterándose por primera vez esa noche.
—No, claro que no —aclaró Alice con rapidez—. No me refería a ese tipo de honor. Es un necio, un libertino y un…
—Será un buen marido —la interrumpió su tía, dando un paso hacia adelante y colocándose a su lado—. Aunque ha sido un escándalo, una rápida pedida de compromiso lo solucionará de momento.
—No pienso comprometerme con él —repitió Alice, cruzando los brazos por encima de su pecho.
Ni con él ni con nadie.
Y, desde luego, no porque la sociedad hubiera decidido que casi besar a un hombre bajo un árbol equivalía a firmar un contrato matrimonial.
Sí, Bastian era atractivo. Sí, había estado a punto de besarla. Y sí —aunque preferiría lanzarse de nuevo desde aquel árbol antes que admitirlo en voz alta—, una parte muy poco razonable de ella no se había opuesto en absoluto. Pero de ahí a casarse con él había una distancia considerable.
Una enorme, absurda y necesaria distancia.
Porque Bastian era arrogante, insoportable y tenía esa exasperante costumbre de mirarla como si pudiera desmontarla con una sola frase.
—Mañana, a primera hora, haré que le llegue una carta para que venga aquí —decidió Dominic, apoyando los codos sobre su escritorio de caoba—. Hablaré con él.
—Y si no acepta... ¿qué vas a hacer? —Alice arqueó una ceja hacia su hermano—. ¿Retarle a un duelo?
—No. Si no es el hombre de honor que creo y no acepta las consecuencias de mancillar tu honor, entonces tú lograrás lo que parece que siempre has deseado.
—¿Y qué es eso?
—Convertirte en una solterona que vive en el campo.
Alice no respondió.
En ese instante se dio cuenta de que estaba en apuros.
Porque si Bastian la rechazaba, regresaría a Yorkshire al día siguiente e Ingrid quedaría sin quien la buscase.
Pero si aceptaba… si aceptaba, tendría exactamente lo que las gemelas le habían dicho que necesitaba: un hombre con título, con nombre, con la reputación suficiente para abrir cualquier puerta y cerrar cualquier rumor.
Alguien que pudiese acompañarla a Lambeth sin que nadie preguntase demasiado.
No era el plan que habría elegido. Bastian era lo último que habría elegido para un falso compromiso. Pero el destino, con su habitual falta de consideración, lo había puesto como única opción.
Y, en ese momento, Alice tomó una decisión.
Bastian se comprometería con ella. Y si tenía que obligarlo, lo haría.