Capítulo 14 #2
Bastian tuvo que morderse el labio inferior para no echarse a reír.
Porque comprendió de golpe lo que estaba ocurriendo: para Alice, la única manera de que un hombre soltero hubiese tenido relaciones íntimas sin mantener formalmente a una amante era que hubiese estado casado.
El mundo, tal como ella lo entendía, no contemplaba más opciones.
Porque ella era muy inocente, más de lo que lo eran las jóvenes casaderas que desfilaban cada temporada fingiendo serlo. Alice, en cambio, era completamente real, y precisamente por eso, llamaba tanto su atención.
Y aunque no era lo correcto, no pudo evitar tomarle el pelo.
—No quisiera escandalizarla, milady, pero no es necesario haber estado casado ni mantener a una amante para haber tenido ciertas experiencias.
—¿Qué quiere decir? —le preguntó con confusión.
—Que uno puede compartir la compañía de una mujer sin comprometerse a nada más.
Alice tardó un instante en comprender sus palabras.
—Eso es propio de libertinos.
—¿Y tener amantes no?
—También —reconoció ella—. Los libertinos no deberían casarse.
—Hay mujeres que opinan que un libertino reformado es el mejor marido posible —dijo Bastian, solo para prolongar la conversación un poco más, aunque no se habría sabido explicar por qué.
—Mi propia tía lo dice. Pero porque para ella un hombre con título tiene perdonado cualquier pecado incluso antes de cometerlo.
—¿Y usted no lo cree?
—Yo creo que los libertinos no se reforman.
—Entiendo. Entonces jamás aceptaría casarse con un hombre con un pasado. Prefiere un hombre que se ha pasado toda su juventud suspirando por el verdadero amor.
Alice entrecerró los ojos. Sabía perfectamente que se estaba burlando de ella, pero lo que más le irritaba no era eso, sino la facilidad con la que conseguía enfurecerla. Apretó los dedos contra la rama sobre la que estaba sentada, obligándose a no reaccionar como una niña contrariada.
—Lo que jamás haría —replicó, alzando apenas la barbilla— sería aceptar una proposición de compromiso de un hombre como usted.
Bastian alzó una ceja.
—Tampoco se la haría.
Alice lo fulminó con la mirada.
Había esperado una réplica ingeniosa, incluso una provocación mayor, pero aquella respuesta seca, inmediata, le pinchó el orgullo más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Nos entendemos perfectamente, entonces —respondió con los labios apretados.
—Eso parece.
El silencio que siguió no fue precisamente cómodo. Alice fingió interesarse por las hojas del árbol; Bastian, abajo, parecía demasiado satisfecho consigo mismo. Finalmente, él alzó la vista otra vez.
—Y ahora, ¿no va a bajar de una vez? Me está empezando a doler el cuello.
Alice se acomodó aún más en la rama.
—No veo necesidad alguna de bajar aún —dijo, balanceando las piernas en el aire—. Márchese al interior, yo regresaré en un rato.
Y, a pesar de que no lo estaba mirando, Alice supo que Bastian no se había movido y que no tenía ninguna intención de hacerlo.
—Primero quiero asegurarme de que está sana y salva en el suelo.
Alice abrió la boca para replicar y se movió hacia el borde de la rama con toda la intención de tener la última palabra.
No la tuvo.
El pie le resbaló sobre la corteza húmeda, sintió el vacío abrirse bajo ella, y por si fuera poco, escuchó el desgarrón inequívoco de su vestido.
Fantástico. Si sobrevivía a aquella caída, su tía se encargaría personalmente de rematarla.
Ya podía imaginar su expresión de horror, la mano en el pecho y el sermón interminable sobre la impropiedad de trepar árboles como si fuese un muchacho salvaje.
Afortunadamente, Bastian la cogió antes de que llegara a la hierba, con un brazo firme alrededor de su cintura, aunque la cabeza de Alice encontró su hombro con un golpe lo bastante seco como para hacerle ver, durante un instante, una breve oscuridad.
Durante un segundo completo no supo muy bien si estaba de pie o tumbada en la hierba.
Aunque luego lo supo demasiado bien.
Estaba en brazos de Bastian. Ella le rodeaba el cuello por puro instinto, y él le sostenía la espalda con el brazo para que no se cayera.
Y estaban demasiado cerca. Lo bastante como para notar el calor de su cuerpo a través de la ropa.
Lo bastante como para percibir el leve aroma de su colonia —madera, algo especiado y masculino—.
Lo bastante como para ver esa maldita expresión suya, tan fría e inexpresiva como siempre.
Pero había algo diferente en él, algo que Alice percibió al instante. Sus ojos ya no parecían aquellos bloques de hielo con los que solía mirar al mundo. Había fuego en ellos. Un brillo oscuro e intenso que la dejó inmóvil durante un segundo y que consiguió que su pulso se acelerara.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Bastian, en voz muy baja.
—Sí —respondió ella, aunque la palabra salió más ronca de lo que habría querido.
Alice carraspeó suavemente, molesta consigo misma.
Seguramente era por la caída o por el susto.
Desde luego no tenía nada que ver con el hecho de seguir entre sus brazos, con una mano apoyada en su cuello y aquellos ojos mirándola como si pudieran leer pensamientos que ella prefería no tener—.
Suélteme —demandó, con algo más de convicción.
—Con mucho gusto —respondió Bastian, a pesar de que no la soltó. Ni siquiera hizo el menor amago de hacerlo. Cuando Alice frunció el ceño, añadió—: La soltaré en cuanto me garantice que no va a marearse.
—Yo nunca me mareo.
—También decía que no caía de los árboles, y mire.
—Es la primera vez que caigo de un árbol y ha sido por su culpa.
—Ya me extrañaba que estuviera tardando tanto en culparme.
Su tono de voz era tranquilo, casi dulce.
Antes de que Alice pudiera responder, Bastian levantó la mano libre y, con una naturalidad que hasta a él mismo le sorprendió, apartó un mechón de cabello que se había escapado del peinado de Alice.
A pesar de que sus dedos apenas rozaron la mejilla de la joven, esta no pudo evitar sentir un escalofrío recorrerle la espalda.
Maldito hombre.
—Porque estaba siendo educada —respondió, y de nuevo su voz salió más ronca de lo que pretendía.
Perfecto. Hasta su propia voz había decidido traicionarla.
—Usted no es educada —replicó él—. No se molesta en serlo.
—Con aquellos que se lo merecen, sí.
Alice sostuvo su mirada con toda la dignidad que una mujer podía reunir mientras seguía prácticamente en brazos de un duque.
Pero entonces él la miró de una forma diferente.
De una manera en la que nunca la había mirado, en la que nunca antes nadie la había mirado.
Y por un instante, Alice sintió algo que no supo nombrar, algo que le subía despacio desde el pecho hasta la garganta y que no tenía absolutamente nada que ver con el golpe en la cabeza.
—No quiero seguir discutiendo —dijo él, y esta vez su voz también había perdido parte de su ligereza habitual.
—Entonces déjeme en el suelo y márchese.
Bastian no se movió.
—Tampoco quiero eso.
Lo dijo con una intensidad tan inesperada que Alice tragó saliva.
—¿Y qué es lo que quiere?
Bastian sonrió y acercó su rostro al de ella despacio, como si quisiera darle tiempo para apartarse. Sin embargo, Alice no lo hizo.
Podía sentir su respiración sobre los labios. Podía contar las pestañas de sus ojos. Podía...
Pero un gritito escandalizado hizo que ambos mirasen hacia el camino. Bastian murmuró algo que no era exactamente un juramento, pero se le parecía mucho. Él la soltó y Alice se puso de pie de un solo movimiento, alisándose el vestido destrozado.
—No es lo que parece, tía.
Lady Ashbourne la observaba como si acabara de presenciar el fin de la civilización tal y como la conocía.
Permanecía completamente inmóvil; ni siquiera pestañeaba y Alice temió sinceramente que fuese a desmayarse allí mismo.
Pero la acompañante de su tía, lady Harrington, no parecía compartir aquella preocupación. Al contrario, sonreía.
—Llevo veinte años organizando estas fiestas —declaró con absoluta satisfacción—, y nunca falla. Siempre hay un buen escándalo que las vuelve inolvidables. Querida, no podría estar más encantada.
—Lady Harrington, le aseguro que esto no...
Sin embargo, Alice no pudo terminar.
Porque su tía reaccionó por fin, recuperando de golpe toda su capacidad de escándalo. La agarró del brazo con una fuerza sorprendente para una mujer de su tamaño.
—Ni una palabra.
—Pero... —comenzó Alice.
—Ni. Una. Palabra.
Y, con la dignidad furiosa de una general retirándose del campo de batalla, Lady Ashbourne arrastró a su sobrina hacia la calesa.