La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

No importaba lo que Alice hiciese, ni lo vergonzosa que resultase su conducta a ojos de su tía: los caballeros seguían acercándose a ella, pidiéndole bailes y asegurándole que irían al día siguiente a visitarla a su casa.

Al principio había culpado a la dote que su hermano le había otorgado, pero lo cierto era que no era mayor que la de otras jóvenes que no recibían tanta atención.

Y era algo que estaba empezando a resultarle agotador.

Los bailes se habían convertido en una carga demasiado pesada y la incertidumbre sobre el paradero de Ingrid la estaba consumiendo por dentro.

Se acomodó en la rama del árbol en la que estaba sentada. No era lo más cómodo con el vestido que llevaba, pero había necesitado salir del salón. El balcón estaba repleto de invitados, así que había optado por el jardín y, casi sin pensarlo, había trepado a uno de los árboles.

Siempre lograba pensar mejor desde las alturas. Pero, esa noche, la cabeza no le respondía.

Estaba confundida.

Había disfrutado del vals con el duque. Aunque habían discutido, tal y como hacían siempre, en esos instantes había olvidado cualquier preocupación, y eso era algo que no podía permitirse.

Por eso no había dejado que la acompañara en busca de un refrigerio.

Necesitaba centrar sus pensamientos en lo que era verdaderamente importante.

El sonido de unos pasos la hizo mirar hacia abajo. Gracias a la luna llena que reinaba en el cielo —la única luz que alcanzaba ese rincón del jardín al que no llegaban ni los faroles de aceite colgados de los árboles ni los hachones del camino principal—, lo vio.

Ese hombre tenía la fea costumbre de aparecer cuando menos convenía.

Sin pensárselo dos veces, tal y como hacía siempre, tomó una pequeña rama, la rompió y la lanzó hacia abajo. Alice tenía una puntería excelente; tanto, que le dio en el hombro.

Bastian soltó un juramento y miró hacia arriba. La falta de luz no le permitía distinguirla bien, pero no tenía duda alguna de quién estaba ahí arriba.

—Lady Alice —dijo, con una calma que Alice encontró irritante—, se le ha vuelto a caer algo.

Alice sonrió.

—Esta vez, no se me ha caído. Se lo he tirado.

—¿Y por qué diablos ha hecho eso? —preguntó él, ceñudo.

—No para de acusarme de tirar cosas, así que he decidido darle la razón.

—No seré yo el que intente encontrar la lógica a sus acciones —suspiró, negando con la cabeza, como si la diera por imposible—. Debería regresar al baile.

—No pienso regresar. Me estaba faltando el aire en el salón.

—Pues yo la he visto muy cómoda aceptando las atenciones de los caballeros.

Alice frunció el ceño.

—Si no supiese que usted es un bloque de hielo que no tiene sentimientos, pensaría que está celoso.

Bastian soltó una risa seca.

—No sabe nada de mí.

—¿Está celoso entonces? —preguntó Alice.

Algo en aquella afirmación le producía un cosquilleo agradable en el fondo del estómago.

No es que le importara, por supuesto que no.

Y, sin embargo, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, le resultaba extrañamente satisfactorio pensar que aquel duque arrogante y pretencioso pudiera sentir celos por ella.

—En absoluto —respondió Bastian a la defensiva, consiguiendo que Alice ensanchara su sonrisa—. Tan solo era una observación.

Alice ladeó la cabeza, contemplándolo en silencio durante unos pocos instantes, mientras movía sus piernas en el aire.

—Tiene usted siempre la necesidad de tener la última palabra.

Bastian pensó que Alice se estaba describiendo a sí misma, pero no quería seguir discutiendo. No al aire libre y con ella subida en un árbol.

—Debería bajar. Es peligroso que esté ahí arriba, puede hacerse daño.

Sin embargo, Alice no se movió.

—Estoy perfectamente cómoda donde estoy.

—Está sentada en una rama a tres metros del suelo con un vestido de baile.

—Dos metros y medio, como mucho.

—Eso no mejora el argumento.

—Usted no mejora la compañía.

Bastian se pasó una mano por el rostro e inspiró con profundidad antes de volver a mirarla.

—Baje del árbol.

Alice cruzó los brazos a la vez que negaba con la cabeza.

—Si hay algo que odio, es que me den órdenes.

—Tómeselo como una sugerencia. Mientras baje, me da igual.

—Pues entonces rechazo su sugerencia amablemente.

Bastian suspiró, aquella joven estaba decidida a volverlo loco.

—Antes o después su tía la echará en falta y saldrá a buscarla —argumentó—. Dudo que le guste verla encima de un árbol.

—A mi tía no le gusta nada de lo que hago.

Debajo de aquella obstinación sumamente irritante, Bastian pudo percibir un hilo de vulnerabilidad.

—No la tenía por una mujer que le da importancia a las opiniones del resto.

Alice tardó un instante en contestar.

—Y no lo hago. Pero mi tía insiste en darme su opinión. —Hizo una pausa—. No sé cómo lo hacen otras jóvenes para aguantar el escrutinio continuo. —Descruzó los brazos y hundió los hombros—. La temporada es agotadora.

Él esbozó una sonrisa.

—En eso le doy la razón. He escapado a duras penas de una madre que insistía en que fuésemos a una de las salas para que su hija pudiese interpretarme una pieza del pianoforte.

—Y no lo ha hecho —lo hizo sonar como una pregunta, aunque era una afirmación.

—He salido al jardín antes de que pudiesen arrastrarme con ellas.

—Ha huido —señaló Alice, divertida—. No lo tenía por un cobarde.

—No lo soy, pero las madres de hijas casaderas me dan terror —dijo él, fingiendo un escalofrío, y ella se rio.

—Supongo que no desea casarse.

—No esta temporada.

Ni en ninguna, pero eso fue un pensamiento que Bastian prefirió guardarse para sí mismo.

—Entiendo. Aunque no es su deseo, terminará casándose.

Bastian suspiró.

—Soy hijo único, necesito un heredero.

Ella soltó una carcajada seca.

—Y hará infeliz a una pobre dama solo porque cree que debe cumplir con su deber.

Cuando él pensaba que estaban teniendo una conversación medianamente agradable, ella tenía que estropearlo.

—No lo creo. Debo cumplir con mi deber, sí. Pero no debe preocuparse por la mujer que se convierta en mi esposa. Será sumamente rica, contará con más de lo que necesite y será invitada a las fiestas de mayor prestigio.

—Y, a cambio de eso, deberá acostarse con usted para engendrar a su heredero. A eso se le llama prostitución, duque.

Él no podía creer lo que aquella joven estaba diciendo.

—Mi mujer será la duquesa de Weston y será tratada con todo el respeto que merece. Por el amor de Dios, no será ninguna fulana.

Alice se encogió de hombros.

—Un título a cambio de tener que aguantarle a usted el resto de su vida es poca cosa.

—Me está ofendiendo.

—Siento que le ofendan las verdades, excelencia. —Alice esbozó una sonrisa, sin un ápice de remordimiento—. Imagino que es de los que mantiene varias amantes.

¿Estaba ella provocándolo a propósito? ¿Acaso se estaba burlando de él? Bastian intentó mirarla a los ojos para adivinarlo, pero le resultó imposible: la luna apenas la iluminaba en ese momento.

—Un caballero soltero puede mantener las amantes que desee —replicó, apretando los dientes con irritación.

—Me apiado de la pobre joven que termine convirtiéndose en su esposa —continuó Alice—. Tendrá que soportar los comentarios de las demás mujeres y los cuchicheos en cada salón. Todo el mundo sabrá que usted mantiene amantes y, aunque ella finja no escucharlos, los rumores dolerán.

—No voy a tener amantes cuando me case.

¿Por qué siquiera le estaba dando explicaciones?

—Muy noble de su parte. —Bastian apretó aún más los dientes al escuchar el retintín en las palabras de Alice—. Entonces, cuando se case, dejará desamparadas a las pobres mujeres que cuentan con su protección.

Bastian se acarició la sien. Le estaba empezando a doler la cabeza. Quizá estaba dormido y aquella era una pesadilla; hasta cerró los ojos para comprobarlo, pero entonces una rama pequeña le golpeó en la nariz. No le hizo daño, pero sí le arrancó un respingo.

—No me tire ramas —se quejó con un resoplido.

—Se me ha caído sola. —Alice esbozó una sonrisa falsamente inocente—. Claro que no me creerá.

—¿Le importa que no la crea?

—¿Acaso debería importarme lo que un hombre que ha tenido amantes durante años y piensa abandonarlas en cuanto se case piense de mí?

Bastian frunció el ceño.

—Ha dicho que avergonzaría a mi mujer si seguía con ellas, y ahora me dice que no debo dejarlas.

—Porque la avergonzaría —señaló.

—¿Y entonces qué debo hacer, según usted?

—No casarse.

—¿Y dejar el título en manos del inútil de mi primo segundo? —Bastian ni siquiera permitió que Alice respondiera—. Confíe en mí, no pasará.

—Entonces cásese con sus amantes —respondió ella, aunque rápidamente cambió de opinión—. Claro que no puede, porque son varias y está penado. —Negó con la cabeza—. Está en un dilema, duque. Pero se lo merece, por mantenerlas.

Bastian resopló.

—No mantengo a ninguna amante —confesó, sintiendo que necesitaba terminar con aquella conversación tan absurda lo antes posible—. Nunca lo he hecho.

Alice estudió su rostro durante unos instantes, como si estuviera tratando de adivinar si sus palabras eran sinceras, y después rodó los ojos a la vez que miraba hacia el cielo.

—¿Y entonces por qué estamos discutiendo?

—¿Y a mí me lo pregunta? —rebatió Bastian con un pequeño resoplido—. No tengo la menor idea. Es usted quien lo discute todo.

Alice volvió a mirarlo.

—Ha sido usted el que me ha hecho creer que ha mantenido relaciones íntimas con otras mujeres.

—Y las he mantenido —replicó. No era una conversación para tener con una dama; en realidad, nada de lo que habían hablado esa noche lo era. Pero aquella joven conseguía hacerle olvidar cualquier regla y convicción.

—¿Quiere que pierda la cordura? —Alice agitó los brazos en el aire—. Me ha dicho que nunca ha mantenido a una amante. ¿Ha estado casado? ¿Es viudo?