Capítulo 13 #2
Alice no tenía tiempo para sandeces. Desató el pequeño lápiz del cordoncillo del carné, abrió la tarjeta, encontró el hueco correspondiente a esa pieza y escribió: Weston. Después, con todo el descaro, se lo tendió.
—¿Lo ve? —evidenció—. Aquí está.
Bastian no sabía si indignarse o aplaudir la audacia de la joven. Decidió una tercera opción: seguirle la corriente.
—Bailemos entonces —dijo, ofreciéndole el brazo, que ella aceptó—. ¿Tiene usted permiso para bailar el vals? —le preguntó mientras se dirigían a la pista.
—Con veintiún años no hace falta permiso de nadie.
Bastian enarcó una ceja.
—¿Tiene usted veintiún años?
Alice se mordió el labio inferior.
—Veinte —reconoció.
—Ajá.
—Es casi lo mismo.
—No lo es.
—Tiene razón —concordó ella cuando llegaron a la pista—. Y ahora mismo mi tía debe estar tirándose de los pelos.
Bastian la miró.
—¿Prefiere que regresemos?
—Claro que no —dijo ella, colocándose frente a él como el resto de las parejas en la pista.
Bastian posó la mano en su cintura con la misma calma con que hacía todo lo demás. Alice apoyó la suya en su hombro y procuró no pensar en que la mitad del salón los estaba mirando.
Los violines marcaron el primer tiempo, y ellos comenzaron a girar.
—Bien —murmuró Alice, cuando comprobó que los pasos no iban a traicionarla—. ¿Por qué no reconoce que no le he robado el caballo?
—He reconocido que no lo ha robado.
—Pero ha dado a entender que me lo llevé sin su permiso.
—Es que lo hizo.
—No es cierto. Usted me ofreció el caballo mientras iba a buscar una calesa.
—Eso no tiene sentido, lady Alice. ¿Por qué razón, en vez de regresar a mi casa en mi caballo, pediría prestada una calesa para hacerlo?
—Porque me ha prestado su caballo a mí y a mi doncella.
Giraron. Alice se concentró un instante en los pasos, y cuando volvió a mirarlo, encontró que él también la miraba.
—¿Nunca reconoce usted que se equivoca?
—Claro que lo hago.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
Los violines subieron medio tono y la cadencia del vals los llevó hacia el centro del salón, donde otras parejas giraban a su alrededor como planetas siguiendo su propia órbita.
—Muy bien. —Bastian exhaló un largo suspiro—. Haré saber a quien quiera escucharme que le presté mi caballo. Y que yo fui a pedirle a lord Ashbourne su calesa para ir a mi casa, porque soy demasiado vago para regresar andando.
Alice lo miró.
—¿Demasiado vago?
—Es la versión más sencilla.
—Y la menos creíble.
—Quizá —concedió Bastian—. Pero es la que más le conviene a usted, de modo que le sugiero que no la examine demasiado.
Volvieron a girar. La mano de él en su cintura la condujo con una suavidad que Alice habría preferido no notar, y los violines marcaron un compás más lento, casi como si la música también estuviera escuchando.
—No estaba dejándome su caballo, ¿verdad? —dijo ella al fin, en voz bastante más baja que antes.
Bastian no respondió de inmediato. La llevó por el arco final del salón con esa calma suya que nunca parecía esforzada, y cuando habló, lo hizo sin mirarla.
—No —reconoció.
—Su intención era que mi doncella y yo usásemos la calesa para ir a casa de mi hermano y usted regresar a la suya en su caballo.
—Así es. Usted luego tenía que enviar la calesa de regreso para que lord Ashford pudiese regresar a su casa con su familia.
—Entiendo. —Alice hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior y ahogando un suspiro. Después, ladeó la cabeza para mirar al duque—. Reconozco que a veces actúo sin pensar.
—Vaya. Creo que se ha hecho un milagro. —Bastian esbozó una sonrisa—. Está reconociendo que se ha equivocado.
Ella frunció el ceño.
—Ha sido un malentendido. No es necesario que se burle de mí.
—Confíe en mí, no me burlo de usted.
Alice lo examinó, intentando determinar si era cierto. En su expresión no había rastro de ironía, lo cual resultaba, por alguna razón, más desconcertante que si la hubiera habido. Sin embargo, antes de que pudiera responder, los violines resolvieron el último acorde y la música se apagó.
Se detuvieron. Se separaron con la distancia que exigía el decoro, y se hicieron una reverencia mutua con la formalidad que la ocasión requería. A su alrededor, las demás parejas hacían lo mismo, y el salón recuperó el murmullo habitual.
—Permítame que la lleve hasta su tía —dijo Bastian, ofreciéndole el brazo.
Alice vio a su tía observándola desde el otro lado del salón, con una mueca enfadada que no auguraba nada bueno. Lo último que necesitaba aquella noche era escuchar otro de sus sermones.
—No —dijo—. Necesito beber algo. El vals me ha dejado sedienta.
Bastian asintió.
—Entonces permítame que la acompañe hasta la mesa del ponche.
—Puedo ir sola.
—Lady Alice…
Pero Alice no le permitió terminar.
—Buenas noches, excelencia.
Y, con una leve inclinación, se alejó de él.
Bastian se quedó donde estaba, con el brazo a medio ofrecer y la frase a medio terminar, mientras la veía abrirse paso entre los invitados. Alguien a su lado dijo algo que no escuchó, porque Bastian solo tenía ojos para lady Alice Thorne.
Se preguntó, no por primera vez, por qué aquella joven seguía sorprendiéndole.
Llevaba semanas observando a Alice Thorne ignorar las normas con la misma naturalidad con que otros las seguían. Debería haberlo aprendido ya. Debería, como mínimo, haber dejado de esperar que las cosas transcurrieran de otra manera cuando ella estaba presente.
Y, sin embargo, ahí estaba, con el brazo todavía en el aire.
Dándose cuenta del aspecto ridículo que debía de tener, lo bajó despacio.
Desde la mesa del ponche, sin girarse, Alice cogió una copa y desapareció entre la multitud. ¿Qué tenía aquella joven que lo fascinaba tanto?
—Excelencia. —Una mujer, con dos hijas tras ella, lo sacó de sus cavilaciones—. Permítame presentarle a mis hijas.
Bastian, a duras penas, logró esbozar una sonrisa. Estaba atrapado. Ahora, por haber acudido a aquel baile, tendría que pasarse varias horas lidiando con madres codiciosas.
Aun así, Bastian no tenía la menor duda de que había merecido la pena.