La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

La velada de lady Harrington era, según el consenso general de la sociedad londinense, una de las pocas a las que no convenía faltar.

No tanto por la calidad de su orquesta —que era notable— ni por la abundancia de su mesa —que era generosa—, sino porque la anfitriona poseía el don singular de reunir en sus salones, en la misma noche, a personas que de otro modo nunca coincidirían y que, una vez reunidas, jamás dejaban de tener algo que decirse.

Aquella noche, Alice Thorne llegó para descubrir que lo que tenían que decirse era, en gran medida, sobre ella.

No era lo mismo que su primer baile, cuando la curiosidad había sido la de quien observa a una recién llegada y quiere formarse una opinión rápida y definitiva.

Esto era distinto: más concentrado, más deliberado, como si el nombre de Alice Thorne llevase ya varias horas circulando por los salones antes de que ella cruzara el umbral.

Tres damas se inclinaron la una hacia la otra en el instante exacto en que ella pasó a su lado. Sus abanicos subieron al unísono.

—Se montó el caballo y se marchó —alcanzó a oír Alice, sin poder determinar cuál de las tres lo había dicho.

—Se la ha visto discutir con el duque de Weston —dijo otra de ellas.

Alice tragó saliva. No le importaban lo más mínimo los cotilleos ni que hablasen de ella, pero su tía estaba a su lado y no estaba de humor para otro de sus sermones. Sin embargo, esta parecía ajena a las habladurías, sino que estaba centrada en observar el salón.

—Este baile es importante, Alice —le dijo con seriedad.

—¿No lo son todos? —preguntó ella.

—Sí. Pero lady Harrington no invita a cualquiera, y los que están esta noche en su salón son exactamente las personas que pueden decidir tu temporada. Así que, por favor, procura no protagonizar ningún incidente.

Alice abrió la boca, pero la cerró al instante, meditando las palabras que iba a pronunciar.

—Lo intentaré —dijo finalmente, que era lo más honesto que podía ofrecer.

Su tía la miró con desconfianza, pero antes de que pudiera añadir nada, una conocida la reclamó desde el otro lado del salón. Augusta se alejó con paso resuelto, no sin antes lanzar a Alice una última mirada de advertencia.

Alice se quedó sola exactamente el tiempo necesario para que las gemelas la encontrasen.

Cecily llegó primero, como siempre, con los ojos brillantes y esa energía suya que llenaba el espacio antes de que ella misma lo hiciera. Frances venía detrás, con paso más tranquilo.

—¿Es verdad que caíste al lago? —preguntó Cecily, bajando la voz.

Alice hizo una mueca.

—Ya veo que los rumores corren deprisa.

—Así es Londres —respondió Frances.

—Pues entonces Londres debería saber también que no me caí. Algo me tiró.

Cecily parpadeó, observándola confundida.

—¿Algo?

—Una resistencia bajo el agua —dijo Alice con seguridad—. Tiró del palo hacia abajo y me arrastró con él. —Dio un paso hacia delante e hizo gestos con las manos, recreando lo que sucedió.

Las gemelas se miraron entre sí con la velocidad y el hermetismo de quienes llevan toda la vida comunicándose sin palabras. Luego, volvieron a mirar a Alice.

—Muy bien —murmuró Frances con un escepticismo evidente—. Supongamos que algo te tiró. Eso no explica lo otro.

Alice estrechó los ojos.

—¿Lo otro?

—Lo del caballo —apuntó Cecily, que llevaba claramente un buen rato esperando llegar a este punto—. Alice, ¿le robaste el caballo al duque de Weston?

Alice frunció el ceño. Qué rumor más absurdo. Mira que a la alta sociedad le gustaba inventar.

—Yo no soy ninguna ladrona. No le robé nada.

Las dos gemelas la miraron.

—¿Cómo que no? —dijo Frances.

—Que no. El duque vio que estaba empapada y me dejó el caballo para que me fuese a casa con mi doncella.

—Los rumores dicen que fue a pedir prestada una calesa para ti y tu doncella y aprovechaste ese momento para robarle el caballo.

—¡Qué necedad! —Alice alzó las manos en el aire, indignada—. Él me prestó el caballo y se fue a pedir una calesa para sí mismo.

—¿Ves, Frances? —Cecily arqueó una ceja y le dedicó a su hermana una mirada de «te lo dije»—. Los rumores no eran ciertos.

—Vamos, Cecily, sabes que es imposible que eso… —Frances se interrumpió cuando vio cómo su hermana le hacía un gesto de súplica—. Es mejor no hacer caso a los rumores maliciosos —concluyó.

Alice estaba completamente de acuerdo. No iba a permitir que las malas lenguas le afectasen. Ya se cansarían de inventar falsedades sobre ella.

Y, sin embargo, los cuchicheos no amainaban.

Al contrario: cada vez que Alice creía que la conversación había derivado hacia otro asunto, captaba su nombre de nuevo, flotando entre abanicos y sonrisas falsas.

Empezaba a pensar que necesitaba ponerle fin de alguna manera, aunque no terminaba de saber cómo, cuando el tono del salón cambió de golpe.

No fue un sonido concreto. Fue más bien una alteración en el ambiente, como cuando el viento cambia de dirección sin avisar. Las conversaciones no se detuvieron, pero se transformaron: más agudas, más rápidas, orientadas todas hacia el mismo punto.

—Ha venido el duque —oyó Alice que decía alguien a su espalda.

—¿El duque de Weston? —respondió otra voz, con un asombro que no se molestaba en disimular—. Pero si nunca viene a estos bailes.

Alice no necesitó girarse para confirmar que era cierto: bastó con observar el efecto que producía. Las damas jóvenes se recomponían con disimulo, ajustándose los guantes y retocándose el cabello. Dos de ellas se encaminaron hacia el lado del salón donde, supuso Alice, acababa de aparecer Bastian.

—Solo acudió al baile que se celebró en su propia casa, y porque no le quedó más remedio —murmuró Cecily, estirando el cuello con curiosidad—. Estaba convencida de que no volvería a vérsele en un baile en toda la temporada.

—Habrá venido a recuperar su caballo —apuntó Frances, poniéndose de puntillas.

Alice puso los ojos en blanco.

—Los empleados de mi hermano le devolvieron el caballo esa misma tarde. Y la chaqueta.

—¿También le robaste la chaqueta? —dijo Frances, con una sonrisilla que delataba que, por primera vez en mucho tiempo, se estaba divirtiendo de verdad.

Cecily se tapó la boca con la mano.

—Que no robé nada —se defendió Alice, alzando la voz—. ¿Sabes qué? Da igual. —Hizo un gesto con la mano—. Voy a aclararlo ahora mismo.

—¿Adónde vas? —le preguntó Cecily.

—A exigirle al duque que aclare este malentendido.

—No creo… —comenzó Cecily, pero Alice ya se había alejado de ella.

Aunque no podía verlo, no le resultó difícil de localizar. Le bastó con seguir la dirección en que se orientaban la mayoría de los abanicos del salón.

Bastian de Weston estaba de pie cerca de una de las columnas, con los brazos a cada lado de las caderas, los hombros rectos y esa expresión constante de aburrimiento que Alice tanto detestaba.

¿Cómo era posible que pareciera no querer estar allí y, aun así, lograra adueñarse del lugar con su sola presencia?

Porque a su alrededor ya se había congregado un pequeño grupo de damas jóvenes.

Bastian las atendía con una cortesía impecable, pero era evidente a ojos de cualquiera, o eso pensó Alice, que no tenía el más mínimo interés en ninguna de ellas.

Y aquello le provocó una satisfacción que no reconocería en voz alta.

Alice se abrió paso entre los invitados con paso resuelto. Bastian la vio llegar antes de que ella llegase. Alice lo supo por el modo en que algo cambió en su expresión —muy poco, apenas un apretón leve de los labios— justo cuando quedaban tres personas entre ellos.

Las damas que lo rodeaban también la vieron. Y, a juzgar por el silencio que cayó sobre el grupo, no le pasó inadvertido a ninguna de ellas quién era.

Alice se detuvo frente a Bastian y le dedicó una reverencia breve.

—Excelencia —lo saludó.

Bastian inclinó la cabeza.

—Lady Alice Thorne.

—Haga el favor de aclarar que no he robado su caballo —dijo ella, yendo directa al grano.

Él la miró. Tenía las mejillas levemente encendidas y llevaba un vestido no muy diferente al del resto de las jóvenes del salón; y, sin embargo, a él le pareció, con diferencia, la más bella de todas.

—Tiene razón. No lo ha robado.

—¿Lo veis? —Alice miró sin el menor disimulo a las jóvenes que seguían congregadas alrededor del duque.

Estas la contemplaron con una mezcla de sorpresa y fascinación. No era habitual que una joven se condujera con semejante descaro en público.

El duque esbozó una sonrisa que Alice no supo muy bien cómo interpretar.

Él ni siquiera había tenido intención de acudir a ese baile, pero algo —que prefería no examinar con demasiado detenimiento— lo había llevado hasta allí.

Lo mismo que lo impulsaba, cada vez que Alice abría la boca, a decir exactamente lo que sabía que iba a hacerla perder la compostura.

—Lo tomó prestado sin consultarme —añadió con tono mesurado—. Pero también lo devolvió sin que yo se lo pidiera, y parece convencida de que ambas cosas se compensan entre sí.

La sonrisa de satisfacción en el rostro de Alice se evaporó, siendo sustituida por un fruncimiento de labios que a Bastian le pareció sorprendentemente atractivo. Aquella mujer era, si cabe, aún más bella enfadada.

—¿Por qué falta a la verdad?

—¿De qué me acusa, lady Alice? —preguntó él.

Alice fue consciente de las miradas que comenzaban a despertar a su alrededor. También pudo sentir los ojos oscuros de su tía fijos en ella. Estaban llamando la atención y ella no se podía permitir hacerlo.

Fue entonces cuando los primeros compases de un vals comenzaron a sonar.

Y entonces, a Alice se le ocurrió una idea. Un vals era lo suficientemente íntimo para poder hablar con él sin que nadie más los escuchase. Porque aquel malentendido necesitaba quedar resuelto, y cuanto antes, mejor.

—Creo que este baile es el nuestro —dijo Alice.

Bastian arrugó el ceño, y Alice pudo ver la sorpresa en sus ojos claros.

—No recuerdo haberle pedido un baile.

—Pues yo sí lo recuerdo —replicó ella.

—Estoy bastante seguro de que no.