La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Su hermano mayor, intuyendo la discusión que estaba a punto de suceder, agarró con suavidad el brazo del más pequeño y, junto al otro niño, se alejaron de ellos.

—¿Tú sí lo has visto, verdad? —Alice miró a Mary—. ¿Has visto cómo algo dentro del agua sostenía el palo y me tiraba hacia dentro?

—Yo… —comenzó la sirvienta, mordiendo su labio inferior con nerviosismo, sin saber qué decir—. Yo…

—Por favor —Bastian se apiadó de la joven sirvienta—, mire qué orgullosa es usted. ¿Tan difícil es reconocer que se ha caído?

—¡Es que no me he caído! —Alice se llevó las manos a las caderas—. Se lo estoy diciendo, algo ha cogido el palo que sostenía y me ha tirado hacia dentro.

—Vamos a ver… —Bastian arqueó una ceja, claramente escéptico, y dio un paso hacia ella, acortando la distancia—.

Entonces, según usted, hay algún tipo de criatura ahí abajo, con la suficiente fuerza como para agarrar su palo y tirarla al agua.

¿Y cómo exactamente llevó a cabo semejante hazaña? ¿Con las manos o con los dientes?

—Es usted un necio. —Alice lanzó un resoplido, apretando los labios—. Le estoy hablando en serio.

Bastian sonrió.

—Y yo también.

Alice sostuvo su mirada, sin retroceder ni un solo paso, aunque el agua fría le empapara el vestido y le entumeciera las piernas.

—Pues entonces escúcheme bien, porque lo que he sentido en ese palo no era el peso del agua ni mi propio impulso. Era una resistencia. Una resistencia que tiraba hacia abajo con una fuerza deliberada.

—No he oído rumores de que un monstruo habite en el Serpentine —dijo la voz de una mujer.

Alice giró la cabeza. Varios de los que paseaban por el parque en ese momento habían sido testigos de la escena y la observaban con curiosidad.

Pues sí que estaba logrando lo de no llamar la atención…

—Yo a veces he notado cómo se movía el agua de una manera extraña —intervino una joven que paseaba por allí.

—¿Ve? —le dijo Alice a Bastian, aunque las palabras le salieron entrecortadas por el frío—. Se lo he dicho, algo habita estas aguas.

Bastian la miró un instante. Había interactuado lo suficiente con aquella joven como para saber que no daría su brazo a torcer aunque se estuviera congelando. Sin decir nada, bajó del caballo, se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros.

—Está usted temblando. Va a caer enferma —le dijo él.

—Estoy bien —respondió Alice, aunque se frotó los brazos con las manos—. Nunca he caído enferma.

—Es una suerte, con lo temeraria que es. —Bastian la observó durante unos instantes, y el corazón de Alice latió con fuerza al ver la genuina preocupación en ellos. ¿Él se preocupaba por ella?—. Déjeme llevarla a casa.

—No puede ir en el caballo sola con usted, milord —intervino Ellen.

Bastian apretó los dientes. Cómo detestaba las normas de la sociedad… Alice estaba quedándose congelada, y, con lo tozuda que era, era capaz de irse a casa andando.

Escudriñó a su alrededor. Los presentes iban a pie, pero, a lo lejos, divisó a quien le pareció lord Ashbourne —un compañero de Eton—, sentado sobre una manta junto a su mujer y uno de sus hijos. También advirtió la calesa detrás de ellos.

—Tiene razón —le dijo a Ellen—. He visto a un conocido. Voy a pedirle prestada la calesa. —Señaló discretamente con la cabeza en dirección a lord Ashbourne y se alejó con paso decidido.

Alice lo siguió con la mirada. Luego miró el caballo de Bastian. Era un animal muy bien plantado. Tranquilo y obediente, a juzgar por cómo aguardaba sin moverse, con las riendas colgando.

—Supongo que tendremos que aceptar su oferta —le dijo a su doncella.

—Así es, milady. Está siendo muy caballeroso.

Alice suspiró. Para su sorpresa, el duque lo estaba siendo. Le había dejado su chaqueta y, ahora, su caballo.

—No podemos ser descorteses entonces.

Ellen asintió, pero, cuando la vio subir al caballo, abrió los ojos de golpe. Sin embargo, Alice apenas le dio tiempo a reaccionar.

—Sube —le pidió, agarrando las riendas con toda la naturalidad del mundo.

—Lady Alice, creo que…

—Si no subes, me marcho yo sola. Me estoy congelando.

Ellen la conocía lo suficiente como para saber que no eran amenazas vacías, por lo que no le quedó más remedio que aceptar la mano de su señorita y subir.

El caballo, al principio, se quedó un poco sorprendido, pero quizá, dándose cuenta, al igual que Ellen, de que obedecer a Alice era la mejor opción, no tardó en aceptar las órdenes de su nueva jinete.

Cuando pasó por el lado de Bastian, Alice le hizo una seña con la mano.

Él, que estaba llegando adonde se encontraba lord Ashbourne con su familia, la miró perplejo, pero no fue capaz de emitir palabra alguna.

—Le agradezco el gesto —dijo ella, con una leve inclinación de cabeza—. Haré que le lleven el caballo y la chaqueta a su casa. Que tenga un buen día, duque. —Y, sin darle tiempo a responder, tiró suavemente de las riendas.

Bastian solo pudo mirar cómo se alejaba.

¿Le acababa de robar el caballo?

No. No se lo había robado, pues le había dicho que pensaba devolvérselo.

Podría haberla llamado, podría haberse enfadado, podría haber hecho cualquier cosa que se esperaría de un hombre en su situación. En cambio, hizo algo que sorprendió a los presentes más que ninguna otra cosa de cuanto habían presenciado esa tarde: estalló en carcajadas.