Capítulo 12
Tras la marcha de las gemelas, Alice necesitaba un poco de aire fresco, por lo que, junto a su doncella Ellen, se dirigió a dar un paseo.
Lo cierto era que ella hubiese preferido salir sola, pero sabía que eso no era una posibilidad. No en Londres.
No tenía queja alguna de Ellen. Pero se tomaba su labor con tanta seriedad que la trataba con el mismo cuidado con el que se trata un objeto valioso puesto bajo custodia de una: con atención, con meticulosidad, sin que ello implicase la menor familiaridad.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo, con Ellen a su lado, sin mediar palabra alguna. Esta vez no le molestó, pues estaba demasiado sumida en sus propios pensamientos. No supo cuánto tiempo anduvo, pero, cuando se dio cuenta, estaba en Hyde Park, paseando junto al Serpentine.
Fue un sollozo lo que la detuvo y la sacó de sus pensamientos. Se acercó a la orilla, donde unos arbustos bajos le ocultaban parcialmente la vista.
Vio a tres niños. Dos de ellos, que debían tener alrededor de ocho años —o eso supuso Alice, pues ella no era diestra en calcular edades—, lanzaban miradas nerviosas hacia el agua.
El tercero, y el más pequeño, estaba sentado sobre la hierba, con el rostro enrojecido y las manos apretadas contra los ojos, llorando sin consuelo.
Así que era él el dueño de aquel llanto.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Alice con preocupación, acercándose a ellos—. ¿Estáis bien?
Los niños se sobresaltaron al verla. Dos de ellos compartieron una mirada y, durante un instante, ninguno de ellos respondió. Hasta que, finalmente, fue uno de los mayores, el de cabello pelirrojo y ojos marrones, quien miró a Alice.
—Le agradecemos su preocupación, señorita, pero está todo bien. —El joven le dedicó una sonrisa nerviosa—. Puede seguir con su paseo.
Alice frunció ligeramente el ceño. Aquella respuesta, tan apresurada, no encajaba con el temblor en la voz del muchacho ni con el llanto inconsolable del pequeño.
—No parece que esté todo bien —replicó con suavidad, inclinándose un poco para intentar ver mejor al niño que lloraba—. ¿Se ha hecho daño?
El segundo de los mayores, un chico de cabello oscuro y pecas dispersas por la nariz, dio un paso casi imperceptible hacia delante, como si quisiera interponerse entre Alice y el más pequeño.
—No, él está bien —dijo rápidamente—. Solo ha sido un pequeño susto.
—Mi hermano pequeño a veces tiende a ser un poco dramático —añadió el joven pelirrojo.
—¡No soy dramático! —gritó el niño entre sollozos, golpeando la hierba con las manos—. ¡Mi pelota…! —Se le quebró la voz antes de poder terminar. Apretó los puños, como si eso pudiera contener el llanto, pero solo consiguió que más lágrimas cayesen por sus mejillas y los hombros le temblasen más.
Los dos mayores intercambiaron una mirada incómoda.
—Se le ha caído al agua —dijo el pelirrojo con un suspiro.
—Ah, eso es todo. Pensaba que había sucedido algo grave. —Alice hizo un gesto con la mano, aliviada—. Pues se recupera la pelota y ya está. —Se inclinó un poco más hacia el niño y le dio un toquecito suave en la nariz con el dedo—. Tu hermano tiene razón, sí que eres un poco dramático.
La cara del niño, ya de tono rojizo, adquirió un tono rojo bermellón intenso.
—¡No la puedo recuperar!
—¿Por qué no? —preguntó Alice, ladeando la cabeza, confundida.
—Ha caído demasiado lejos. —No fue el niño que lloraba el que le respondió, sino su hermano mayor.
—¿Dónde ha caído exactamente?
Alice se incorporó, y el pelirrojo le señaló con el brazo extendido hacia un punto a varios metros de la orilla.
—Allí.
Alice entrecerró los ojos para enfocar mejor. A simple vista, no parecía tan lejos. El agua estaba inusualmente calma, casi inmóvil, como una lámina de cristal extendida hasta el centro.
—Ah, pero no es tan lejos.
El niño que había perdido la pelota dejó de llorar para mirarla, ilusionado.
—¿Puede recuperar mi pelota?
—Por supuesto que sí —dijo Alice, siempre optimista. Se llevó una mano al mentón, pensativa—. Tal vez si me arremango el vestido y me meto al agua…
—Milady —intervino Ellen, que hasta ese momento había permanecido al margen con la discreción de una estatua—, no creo que sea prudente. No pueden vérsele los tobillos a una dama.
Alice suspiró. Odiaba tanta norma sobre el decoro. Pero ahora, más que nunca, necesitaba no llamar la atención. Aunque eso no significaba que fuera a dejar al niño sin su pelota.
Escudriñó el lugar en busca de algo con lo que alcanzar la pelota.
—¡Esto servirá! —exclamó, agachándose a recoger un palo largo.
Victoriosa, lo sostuvo en alto un instante, evaluando su peso y su alcance, y luego avanzó con decisión hacia la orilla. La hierba, húmeda y algo resbaladiza, cedía levemente bajo sus zapatos, pero ella apenas pareció notarlo.
—Ya verás cómo en nada recuperamos tu pelota —le dijo al niño.
Este, ilusionado, se levantó y la siguió a unos pasos de distancia.
Alice se inclinó con confianza, extendiendo el palo hacia el agua. En un primer momento pensó que, tal vez, había sido demasiado optimista con la largura del palo, ya que no parecía alcanzar la pelota. Así que decidió avanzar un poco más.
—Cuidado —le advirtió uno de los niños, conteniendo la respiración.
Pero Alice, concentrada en su misión, no lo estaba escuchando.
—Casi lo tengo. Vamos, un poco más… —murmuró para sí misma, dándose ánimos.
Estiró el brazo todo lo que pudo, inclinando el torso hacia delante. La punta del palo rozó el agua, rompiendo la superficie lisa con un pequeño círculo de ondas que se expandieron lentamente.
Y la pelota se movió, pero no hacia ella, sino en dirección contraria, alejándose unos centímetros más de la orilla.
—Qué raro…
Alice tuvo la extraña sensación de que algo, bajo la superficie, había decidido apartar la pelota de su alcance.
Sin embargo, Alice no era de las que se rendían con facilidad.
Al contrario: cuanto más esquiva se volvía una cosa, mayor era su empeño en conseguirla.
Ella era una mujer que conseguía aquello que se proponía y, en ese instante, se había propuesto alcanzar aquella pelota.
Avanzó un paso más hacia la orilla. Se inclinó aún más, estirando el brazo hasta un punto que era imprudente, pero a Alice no le importó, porque consiguió que la punta del palo rozara la pelota.
Dichosa, empujó con más firmeza que antes.
La pelota se resistió un instante —apenas un segundo, como si algo la retuviera—, pero luego se deslizó hacia ella, aunque no lo suficiente.
Alice suspiró, ya que la paciencia no era una de sus virtudes, y se inclinó un poco más, volviendo a intentarlo, esta vez con más brusquedad. Sin embargo, en cuanto la punta del palo tocó la pelota, Alice sintió cómo algo que se escondía debajo del agua tiraba del palo hacia abajo.
—¡Pero qué…! —exclamó, sorprendida.
No obstante, obstinada como era, no soltó el palo, sino que tiró de él hacia atrás con más fuerza.
Pero no consiguió su propósito, porque lo que fuera que se escondía debajo del agua no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y tiró con más fuerza aún.
El palo se tensó en sus manos y, en lugar de liberarse, tiró de ella hacia delante.
Alice dio un pequeño traspié y, a pesar de que intentó recuperar el equilibrio, su propio impulso la traicionó y se precipitó hacia delante, cayendo de bruces en el lago.
El agua la recibió con un chapuzón frío y rotundo, empapándola por completo en un instante.
—¡¿Habéis visto eso?! —exclamó Alice, apartándose el cabello mojado del rostro, con el vestido empapado pegado a la piel—. ¡Había algo! ¡Algo habita debajo del lago y me ha…
Pero Alice no pudo terminar, ya que una voz masculina la interrumpió.
—¿Por qué cada vez que pienso que no me puede usted sorprender, lo hace?
Antes siquiera de darse la vuelta, Alice ya sabía a quién pertenecía aquella voz. No le gustaba en absoluto haber memorizado su tono, ni la profundidad con la que arrastraba cada palabra.
Se puso en pie de golpe dentro del agua, empapada, y se giró con toda la dignidad que pudo reunir. Alzó la barbilla, negándose a mostrar la menor debilidad ante él.
Esta vez, tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
Él estaba montado en su caballo blanco, con la confianza de un capitán salido de un campo de batalla.
Había en su postura una confianza natural, y sus hombros anchos, marcados bajo la chaqueta negra, reforzaban esa impresión de solidez y control.
Su cabello oscuro, ligeramente indómito, le caía sobre la frente, y sus ojos azules —fríos como dos témpanos de hielo— se detuvieron en ella con una intensidad que hizo que la piel de Alice, congelada por el agua, se calentara con la rapidez de una llama recién avivada.
¿Por qué aquel hombre insufrible tenía que ser tan atractivo?
—Siempre tiende a aparecer usted en los momentos menos oportunos —se quejó Alice, tratando de desviar la atención de sus pensamientos—. Márchese, no le necesitamos para nada.
Sin embargo, él no solo no le hizo el menor caso, sino que descendió de su caballo.
—Le dije que ese temperamento temerario la iba a meter en problemas. Debería tener más cuidado.
Ellos no habían vuelto a verse desde el primer baile de la temporada. Él no había acudido a ningún otro, algo que, según había escuchado, era normal en él y que Alice había agradecido. Pero, por supuesto, el destino era caprichoso, y se habían vuelto a encontrar.
—No estoy de humor para que me sermonee —resopló, quitándose un trozo de hierba que se le había pegado en la frente —. Además, no me he caído. Algo me ha tirado. —Se giró hacia los niños—. ¿Vosotros lo habéis visto, verdad?
Sin embargo, los niños no le estaban prestando la menor atención. Porque, antes de caerse, Alice había logrado empujar la pelota hasta la orilla. El más pequeño había podido alcanzarla y ahora los tres celebraban su triunfo. En realidad, el triunfo de Alice.
—Muchas gracias, señora —dijo el más pequeño, sosteniendo la pelota entre sus manos como si fuera su más preciado tesoro.