La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Después de cuatro días de bailes, tres desayunos con pretendientes y un almuerzo ligeramente catastrófico con la tía Augusta, Alice había desarrollado la teoría de que la temporada social era, en realidad, un experimento diseñado por alguna autoridad cruel para ver cuánto podía soportar una joven antes de perder el juicio.

Cuando por fin el último pretendiente del día —un señor de nombre impronunciable, origen desconocido y cejas extraordinariamente pobladas— se retiró del salón, el mayordomo anunció otra visita. Pero esta vez, por primera vez en muchas horas, Alice sonrió.

—La señorita Cecily Wyndham y la señorita Frances Wyndham.

—¡Hazlas pasar, por favor!

La tía Augusta, que había empezado a mostrar síntomas preocupantes de agotamiento, se incorporó.

—Iré a mi casa a descansar un rato. No permitas que sea una visita demasiado larga, tienes que dormir la siesta para estar fresca para el baile de esta noche.

Alice suspiró. Aquella tortura parecía no tener fin. Su tía aceptaba la invitación a todos y cada uno de los bailes y ella estaba exhausta. Y lo que era peor, no tenía tiempo para nada más.

—Casi prefiero no estarlo. Igual, si estoy somnolienta, los pretendientes no vienen al día siguiente.

Su tía se levantó y la miró con reprobación.

—Alice. —El tono fue el que reservaba para las sandeces verdaderamente graves—. Una dama jamás desea parecer cansada. Una dama, si ha dormido mal, lo disimula con un buen pellizco en las mejillas, una sonrisa serena y una conversación ingeniosa. No con un bostezo.

Alice hizo una mueca.

—Pues qué pesadilla.

—Qué temporada —la corrigió su tía, alzando la barbilla con altivez, a la vez que levantaba la mano en la que sostenía el abanico—.

Has tenido ya seis pedidas de mano. Tu hermano las ha rechazado todas en tu nombre y dos de ellas contaban con mi aprobación.

Pero tu hermano está siendo especialmente exigente.

Ella tenía la esperanza de que Dominic estuviese respetando sus deseos, pero no podía saberlo, ya que este no había hablado con ella.

—Algo que es de mi agrado.

—No lo es tanto cuando estás tan impertinente —le corrigió su tía—.

Si quieres terminar con la procesión de pretendientes, encuentra al caballero que sea digno de que tu hermano dé su aprobación.

Así que vas a estar fresca, vas a ser encantadora y vas a estar disponible.

—Se ajustó los guantes con dos tirones precisos y se dirigió hacia la puerta.

Sin embargo, cuando llegó a ella, se giró para decirle—: Y nada de escándalos.

Alice le brindó una sonrisa inocente.

—Huyo de los escándalos, tía.

—No, Alice, tú atraes los escándalos.

—Y eso no ha evitado que todas las mañanas la casa se llene de pretendientes. Quizá debería provocar uno lo bastante sonado. A ver si con eso me dejan en paz.

Su tía se giró en el umbral con una cara que reflejaba el terror más puro.

—Ni en broma, Alice Thorne. Ni en broma.

Augusta salió del salón antes de que Alice pudiese contestar. Estaba empezando a conocer bien a su sobrina y sabía que siempre tenía que tener la última palabra. Y ella necesitaba unas horas de sueño para poder soportar más sandeces.

Las gemelas entraron poco después juntas, como siempre, pero no con la misma cara. Cecily llegaba ya sonriendo, de buen humor, y Frances, en cambio, miraba hacia la puerta por la que acababa de desaparecer Augusta, con las cejas levemente alzadas.

—Nos hemos cruzado con tu tía en el vestíbulo —dijo Frances—. Andaba muy rápido para una señora de su edad y se ha despedido de nosotras sin detenerse.

—Parecía enfadada —añadió Cecily con preocupación.

—Siempre lo está. —Alice se encogió de hombros, despreocupada—. No le hagáis caso. —Compartiendo miradas cómplices, las tres jóvenes se rieron a la vez—. Sentaos, por favor —les pidió, señalando el espacio libre del sofá en el que estaba sentada.

Después, alargó la mano hacia la pequeña mesa auxiliar junto a ella, donde descansaba una campanilla de plata, y la hizo sonar con suavidad. Cuando el mayordomo apareció, le pidió que les sirviera el té cuanto antes.

Cuando las tres tuvieron la taza entre las manos y la bandeja delante con sus bizcochos y rebanadas finas de pan con mantequilla, Cecily fue la primera en hablar.

—¿Qué tal tus pretendientes de hoy?

—Como siempre —Alice hizo una mueca antes de dar un pequeño mordisco a una rebanada de pan—: aburridos y raros. ¿Y los vuestros?

—He tenido dos —dijo Frances—. Un tercer hijo y un poeta —añadió, poniendo los ojos en blanco.

—No me hables de poetas, por Dios —suspiró Alice—. El señor Westbrook ha regresado hoy. Y su poesía era peor que la anterior.

—No puede ser peor que el mío. Me ha comparado con un carámbano.

Alice se atragantó con el té y se echó a reír.

—Es que eres fría, Frances —dijo Cecily—. Y él lo decía como un halago sincero, por absurdo que te parezca. Tiene su mérito intentar encontrarle belleza poética a algo tan poco poético.

—Sigue siendo una metáfora malísima —apuntó Alice, y Frances le dio la razón—. A este paso, el próximo te compara con una corriente de aire —dijo, provocando que Frances se riese.

—Sois imposibles —se quejó Cecily, aunque también se estaba riendo.

—Y tú, Cecily, no nos has contado. —Alice dejó la taza sobre el platillo—. ¿Cómo ha ido hoy?

—Cuatro pretendientes, los cuatro encantadores. —Cecily cruzó las piernas, apoyando la espalda contra el respaldo del sofá—. Pero ninguno logra acelerar mi corazón —suspiró, posando una mano sobre el pecho.

—Lord Hartwell va a pedirle tu mano a padre —le dijo Frances—. Deberías aceptar. Es el heredero de un marquesado próspero. Cuando su padre muera y te conviertas en marquesa, eso sí que te acelerará el corazón.

Cecily negó con la cabeza, poco convencida ante los argumentos de su hermana.

—No me voy a casar con nadie por un título, Frances. Ni aunque fuera el heredero del mismísimo rey.

—No estoy hablando solo del título —replicó Frances con paciencia, como quien explica algo a una niña pequeña—. Estoy hablando de una casa en Grosvenor Square y otra en Northumberland, y de no tener que escuchar a madre suspirar cada vez que entra en la sala porque no has aceptado todavía a nadie.

—Pues que siga suspirando. El aire le viene bien.

Alice, sin poder evitarlo, soltó una carcajada.

—Lord Hartwell es amable —continuó Frances, sin darse por vencida—. Es apuesto. No respira por la boca, no transpira en exceso y sabe leer. En Londres, eso ya son cuatro milagros seguidos. ¿Qué más quieres, Cecily?

—Quiero amar —dijo Cecily, y la seriedad con que lo dijo hizo callar a su hermana durante un instante—. Quiero mirarlo y que me dé un vuelco por dentro. Aunque sea uno pequeño. Un temblor, una tontería, algo. Y con lord Hartwell no me da nada. Es como mirar un mueble bonito.

—Los muebles bonitos duran toda la vida.

—Y también los maridos que no te dan un vuelco. Esa es precisamente la parte que me da miedo.

—¿Te da miedo que tu futuro marido no fallezca pronto?

—A mí me lo daría —bromeó Alice, aunque después de haber conocido a sus pretendientes, ni ella misma estaba segura de si era broma del todo.

Pero, como siempre pasaba cuando las gemelas se enzarzaban en una discusión, no le hicieron el menor caso.

—Me da miedo casarme con el equivocado y ser infeliz el resto de mi vida —respondió Cecily.

—Es imposible ser infeliz con tanto patrimonio.

Cecily negó con la cabeza, pero decidió no seguir la conversación.

—No importa. No hemos venido solo para hablar de pretendientes —dijo, y miró a Alice—. Tenemos noticias. De Ingrid.

Alice se enderezó en el sofá de golpe.

—¿Qué habéis averiguado?

Frances, la más cautelosa de las tres, miró de reojo hacia la puerta y, cuando se aseguró de que no se oía a ningún criado por el pasillo, se inclinó hacia delante, bajando la voz.

—Primero, lo más importante: Ingrid no robó nada.

—Eso ya lo sabía —dijo Alice, y se dio cuenta de que le temblaba la voz—. Lo supe desde el primer momento. Conozco a Ingrid y ella no sería capaz de hacer algo así.

—Lo sabías de corazón —matizó Cecily con suavidad—. Ahora lo sabemos con pruebas. O, al menos, con algo muy parecido a pruebas.

—Hablad, por Dios.

Las gemelas intercambiaron una de esas miradas silenciosas que tenían desde la infancia y que significaban «empieza tú». Finalmente, fue Frances la que tomó la palabra.

—Martha, una de nuestras sirvientas, mantiene una relación con el dueño de una casa de empeños. Él no sabe nada de un collar empeñado que fue robado a los Haverstock. Ha preguntado al resto de dueños de casas de empeño de la ciudad y todos le han confirmado que tampoco lo han recibido.

—Puedo denunciarlos y…

—No es tan sencillo —la interrumpió Frances—. Estarán arruinados, pero siguen siendo condes. Encontrarán la manera de que alguien jure en falso por ellos y será Ingrid quien termine acusada de robo.

Alice asintió, apretando los puños. Lo último que deseaba era hundir más a su amiga.

—¿Entonces, qué puedo hacer?

—No seas impaciente —le pidió Cecily, apretando su rodilla con suavidad—. Sabemos algo más.

—¿Sabéis dónde está? —preguntó, y se sorprendió de lo firme que le salió la voz—. ¿Lo sabéis?

—Sabemos por dónde empezar. Y no es un sitio agradable, Alice.

—Me da exactamente igual que no sea agradable.

Frances se pasó la lengua por los labios, como si midiera cuánto decir.

—Nuestra doncella tiene una prima que trabaja de costurera en Cheapside.

Y esa prima conoce a una mujer que regenta una lavandería en Lambeth, al otro lado del río.

Al parecer, una muchacha con modales refinados estuvo trabajando allí dos semanas el mes pasado limpiando sábanas.

Le pagaban por jornada, y su nombre era Ingrid.

—Lambeth —repitió Alice. El nombre se le quedó pegado a la boca como ceniza. Sabía lo suficiente de Londres para saber que Lambeth no era Mayfair. No, ni por asomo.

—Está al otro lado del puente de Westminster. Es un barrio de lavanderías, talleres y obreros. No es peligroso a plena luz, pero tampoco es un lugar donde una dama casadera como nosotras tenga permitido ir.

—No puede importarme menos las normas —replicó Alice con decisión—. ¿Sigue allí?

Cecily hizo un gesto de negación con la cabeza y, por primera vez en toda la conversación, Alice percibió verdadera preocupación en sus ojos.

—Ahí está lo malo —comenzó, mordiendo su labio inferior—.

Se marchó hace unos días y nadie sabe exactamente adónde.

La mujer de la lavandería dijo que dejó de ir a trabajar sin avisar.

Pero también dijo… —hizo una pequeña pausa, como si no fuera capaz de proseguir, pero Frances la animó con la mirada— que Ingrid había estado durmiendo en Southwark.

Una pensión o una casa de huéspedes para mujeres solas.

No tenía el nombre exacto. Solo la zona.

Alice cerró los ojos un instante. Cada paso que daba Ingrid era un paso más lejos del mundo al que pertenecía, y un paso más cerca de un Londres que Alice solo conocía de oídas.

¿Y si le había pasado algo? ¿Y si alguien le había hecho algo malo? Su corazón se encogía de tan solo pensarlo.

—Tengo que ir. —Alice se levantó del sofá—. Primero iré a la lavandería. Esa mujer de la que habláis vio a Ingrid habrá notado algo. Lo que sea —murmuró, pensando en voz alta. Cualquier mínima pista le servía—. Y después, iré a Southwark.

Las gemelas compartieron una mirada.

—Alice —empezó Cecily con cuidado—, no puedes ir tú sola a Lambeth.

—Puedo llevarme a la doncella y pagar un coche de postas.

—Tu doncella correrá a contárselo a tu hermano —le advirtió Frances—. Y ningún cochero te llevará allí por mucho que le pagues.

Alice suspiró, dejándose caer de nuevo en el sofá. Porque sabía que tenían razón.

—Algo malo le ha ocurrido. Conozco a Ingrid. Quizá al principio no escribió porque no podía costear el porte de la correspondencia, pero en cuanto ganó unos chelines en esa lavandería, habría enviado una carta para tranquilizarme.

—Tal vez ha encontrado un trabajo de institutriz con alguna familia en el campo y aún no ha podido escribirte, o ha llegado la correspondencia a Yorkshire y no ha podido reenviártela —la consoló Cecily.

—No le des falsas esperanzas —dijo Frances—. Es complicado que, una vez el rumor de que es una ladrona se ha extendido, ninguna familia la contrate de institutriz.

Alice, aunque le resultaba duro, agradecía la sinceridad de su amiga.

—¿Y cómo puedo ir a Southwark? —preguntó.

—Tal vez si hablas con tu hermano. Él… —comenzó Cecily, pero Alice la interrumpió.

—Dominic nunca me haría caso. A él no le importará lo que le ha sucedido a una institutriz.

Frances y Cecily compartieron una mirada de complicidad. Frances, siempre la más pragmática, dejó su taza de té sobre la mesa y, con aire pensativo, añadió:

—Solo podrás ir acompañada de un hombre. Pero no cualquier hombre —apuntó cuando Alice abrió la boca—. Si no es tu hermano…

—Debe ser tu marido —dijo Cecily, terminando la frase por su hermana.

—No voy a casarme —replicó Alice con sequedad. Porque si algo tenía claro, era eso—. Y aunque lo hiciera, la lectura de las amonestaciones y los preparativos retrasarían la boda meses. No tenemos tanto tiempo.

—Bueno, si consiguieras un prometido que estuviera dispuesto a todo por ti… —Frances dejó la frase en el aire—. Aunque no fuera del todo decoroso que os vieran a solas, podríais encontrar la manera de cruzar el río sin levantar sospechas.

—Podría comprometerme y, después de encontrar a Ingrid, romper con él —dijo Alice, pensando en voz alta.

—Eso tiraría por la borda tu reputación —le advirtió Frances.

Pero a eso a Alice le traía sin cuidado. Ni siquiera pensaba quedarse mucho tiempo en Londres. En cuanto encontrase a Ingrid, regresaría a Yorkshire.

—¿Dónde encuentro un caballero dispuesto a comprometerse conmigo solo para ayudarme a encontrar a Ingrid? —preguntó, más para sí misma que para ellas.

Las gemelas dijeron algo más, pero Alice ya no les estaba haciendo caso. Ella necesitaba un plan.

Y lo necesitaba cuanto antes. La vida de su amiga Ingrid estaba en peligro.