La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Augusta se llevó una mano al pecho, con exagerado dramatismo. Cuando Alice no dijo nada, le dio un suave codazo.

—Oh —dijo Alice, con extrema prudencia—. Qué... considerado.

—Si me lo permite —prosiguió él, sacando un papel cuidadosamente doblado. Sin esperar respuesta, carraspeó y comenzó:

Vuestra mirada, fulgor matinal,

más dulce que té con dos terrones de azúcar.

Vuestro paso ligero, cual grácil gacela,

que danza y deslumbra aunque no corra en la pradera,

y en ese baile, lady Alice, sentí sin demora

que mi corazón latía con notable mejora.

Alice, sin saber qué decir, mantuvo la sonrisa, aunque sentía que no debía moverse por si eso empeoraba la situación.

Su tía, al parecer, no tenía el mismo problema.

—Encantador —dijo, llevándose la mano en la que sostenía el abanico al corazón, como si le hubiera conmovido—. Verdaderamente encantador.

El señor Westbrook sonrió e hizo un gesto con la mano.

—Tan solo es un borrador.

Alice asintió.

—Se nota.

Su tía le dio un puntapié que hizo que se incorporara un poco y luego le dirigió una mirada de disculpa al señor Westbrook.

—Lo que la señorita Alice desea decir es que se aprecia en él una prometedora base. Una base que, con el debido desarrollo, podría alcanzar formas muy notables.

El señor Westbrook pareció reconfortado.

—Me esforzaré por perfeccionarlo. —Se rascó la barbilla—. Si lo desean, podría añadir una segunda parte. He considerado incluir una comparación con las estrellas, aunque aún no he resuelto la métrica, pero puedo improvisar para usted.

—No —dijo Alice, alzando la voz más de lo que debería—. Prefiero que me sorprenda cuando esté terminado —añadió cuando su tía le lanzó una mirada reprobatoria.

—Una consideración muy delicada por su parte, señorita Thorne —concedió el señor Westbrook, que era evidente que no había entendido nada, pero que se sentía halagado por el motivo equivocado—. Entonces me retiro a pulirlo. Volveré en cuanto la métrica lo permita.

—No se apresure —dijo Alice con toda la dulzura de la que fue capaz—. La paciencia es una virtud.

—La paciencia es la virtud del poeta —señaló él, y se llevó la mano al pecho por tercera vez esa mañana.

Hizo una reverencia solemne, retrocedió dos pasos y a punto estuvo de tropezar con la alfombra en sentido contrario.

El mayordomo, que había estado observando la escena con la inmovilidad de una estatua, lo sostuvo discretamente del codo para que no perdiera el equilibrio y lo condujo hacia la puerta.

Apenas hubo desaparecido el señor Westbrook, Augusta se giró hacia Alice con el abanico temblando y una expresión de reproche.

—Has sido poco considerada.

—No se ha dado ni cuenta. —Alice entornó los ojos—. El muy necio se lo ha tomado como un cumplido.

—Alice —le recriminó su tía.

—Tía, usted tampoco quería escuchar más de esa poesía. Y dudo de que un poeta sea un candidato que aprueba para mí.

—Aun así, debemos tratarlos a todos con el mismo respeto.

Antes de que Alice pudiera contestar, el mayordomo volvió a aparecer en la puerta con la misma expresión pétrea.

—El capitán Hargreaves —anunció.

El capitán entró como si no lo hubieran anunciado, sino desplegado.

Hombros rectos, barbilla en alto, chaqueta roja impecable y una espada ceremonial que Alice estaba casi segura de que no estaba permitido llevar en una visita matutina.

Se detuvo a la distancia exacta de tres pasos del sillón, juntó los talones con un chasquido seco e hizo una reverencia tan vertical que parecía más bien un saludo militar.

—Señorita Thorne —dijo con la voz de quien está acostumbrado a dar órdenes en un patio de armas—, condesa de Ashford. Permítanme presentarles mis respetos.

—Capitán —lo saludó Augusta, que parecía mucho más complacida con este que con el anterior.

La mirada del capitán se centró en Alice.

—Ayer, cuando nos presentamos, quedé prendado de usted.

Alice recordaba que la madre de las gemelas se lo había presentado a las tres a la vez, y a ninguna le había impresionado.

—Fue un placer conocerlo —respondió Alice, ganándose un asentimiento por parte de su tía.

—No soy un jovenzuelo ni un hombre que se ande con rodeos, señorita Thorne.

Por lo tanto, debo informarla de que es mi intención casarme con usted.

Pero antes quisiera exponerle mis credenciales, para que disponga de toda la información relevante al valorar mi oferta.

—Hizo una pausa. Alice, que no sabía si se esperaba que contestara a eso, optó por no hacerlo, y el capitán lo interpretó como permiso para continuar—: Si me permite un breve resumen de mis méritos, señorita: serví tres años bajo el mando del duque de Wellington en la Península.

Participé en Badajoz, en Salamanca y en Vitoria, campaña esta última en la que recibí una herida de sable en el hombro izquierdo, de la que conservo una cicatriz que estaré encantado de describir con mayor detalle en una ocasión más apropiada.

Mi asignación anual asciende a dos mil libras, hecho verificable ante cualquier notario.

Dispongo de una propiedad en Hertfordshire —modesta, pero en buen estado— y de una cuadra de cuatro caballos, todos ellos de probada disciplina.

Alice parpadeó. Casi prefería el poema. Al menos, era más dinámico.

—En cuanto a mi temperamento —prosiguió él—: es metódico, puntual y de moral firme. Me levanto a las cinco y media todos los días, incluidos los domingos. No bebo más de dos copas por velada y no juego, ni tampoco maldigo en presencia de damas.

Augusta asentía a cada punto con tanta aprobación que Alice temió que fuera a aplaudir.

El capitán fue a decir algo más, pero Alice, incapaz de seguir callada durante más tiempo, se le adelantó.

—Debe disculparme, capitán, pero a mí tampoco me gusta andarme con rodeos: no voy a aceptar su propuesta de matrimonio. No pierda más su tiempo.

—¡Alice! —la reprendió su tía, escandalizada—. Tú no puedes hablar de esa manera al capitán.

—No se preocupe, lady Ashford —dijo el capitán—. Si algo me ha gustado de la señorita Thorne, es su determinación. Además, entiendo su temor.

—¿Mi temor? —preguntó Alice.

—Teme que no sea para usted la vida de mujer de un oficial. Seguirme en los traslados, compartir los acuartelamientos, las marchas y acompañarme en las batallas. Las esposas de los oficiales siguen al regimiento, señorita Thorne. No es una vida para toda dama. Lo comprendo.

—La verdad es que, de todo lo que me ha dicho, es lo único que me parece interesante.

—¡Alice! —la amonestó su tía, abanicándose con fuerza.

—Le ruego que lo reconsidere —le dijo el capitán, que, lejos de tomar la sinceridad de Alice como una falta de respeto, parecía aún más cautivado por ella—.

Hablaré con su hermano en dos días, y confío en que para entonces me haya concedido su aprobación.

—Y, sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se marchó.

—Vaya engreimiento que tiene —murmuró Alice con los ojos entornados.

Su tía ni siquiera se molestó en contestarle esta vez.

El mayordomo, que estaba deseando tanto como Alice que aquella interminable jornada llegase a su fin, dio un discreto paso al frente y presentó al siguiente caballero. Apenas había pronunciado el nombre cuando entró el hombre de las flores.

O, mejor dicho, entró el ramo. Porque de su dueño, de momento, solo se veían dos manos enguantadas agarrando el tallo de una colección de flores tan descomunal que ocultaba por completo al hombre que la portaba.

Era un arreglo que parecía haber saqueado medio invernadero de Kew: rosas, lirios, claveles, algo que Alice identificó vagamente como orquídeas y, de manera inexplicable, una rama de laurel.

—Señorita Thorne, espero que este pequeño obsequio sea de su agrado —dijo.

—Es más bien grande —apreció Alice con una mueca.

—Es precioso, lord Thumber —añadió Augusta con una sonrisa complacida—. Pediré que traigan un jarrón.

—No se moleste, señora. Este ramo no debe ser colocado en un jarrón.

Lord Thumber dejó el ramo apoyado en la pared.

—¿No se van a morir las flores sin agua? —preguntó Alice.

—No —respondió él—. Este ramo es especial.

Fíjese. —Lo señaló con orgullo—. Cada flor lleva un significado propio, que solo cobra sentido si se leen todas a la vez.

Las rosas simbolizan la constancia. Los lirios, la pureza del ánimo.

Los claveles, la devoción silenciosa. Las orquídeas, la rareza del sentimiento que las inspira.

Y la rama de laurel… —Lord Thumber inspiró con gravedad—, la rama de laurel es por mi tío Archibald, que fue botánico y amaba los laureles, y me pareció apropiado incluirlo como un homenaje a su memoria.

Alice lo miró por encima de los pétalos.

—¿Por qué homenajea a su tío en mi ramo?

Lord Thumber hinchó ligeramente el pecho.

—Porque el tío Archibald era el hombre más sabio que he conocido, señorita Thorne. Y porque creo firmemente que todo momento importante en mi vida debe contar con su presencia, aunque sea en espíritu.

Augusta sonreía como si aquello fuera perfectamente razonable. En cambio, Alice guardó silencio porque, por primera vez en su vida, no se le ocurrió una respuesta mordaz.

Definitivamente, aquella iba a ser una mañana muy larga.