Capítulo 10
Alice no solía dormir hasta tarde. Le gustaba levantarse al alba para aprovechar el día.
Pero la noche anterior se había prolongado más de lo previsto.
Se habían ido del baile casi de madrugada y, aunque reconocía que se lo había pasado bien, también había terminado agotada.
Tampoco había ayudado que su tía la hubiese sermoneado durante todo el camino de regreso por su comportamiento poco decoroso.
Por eso, cuando la luz del día comenzaba ya a filtrarse entre las cortinas, Alice seguía en la cama, dormida.
Tan profundamente que no oyó la puerta abrirse ni los pasos apresurados dirigirse hasta el borde de la cama.
No fue hasta que sintió un fuerte tirón de las sábanas, seguido de una voz estridente que gritaba su nombre, que se despertó.
—¡Alice!
—¿Tía? —preguntó Alice, aún aturdida.
¿Es que incluso dormida no podía librarse de ella?
Sin embargo, como descubrió un instante más tarde, cuando el aire frío de la habitación rozó sus tobillos desnudos —ya que su tía le había arrancado las sábanas—, no era un sueño.
—¿Qué haces todavía dormida? —Augusta se llevó las manos a las caderas, mirándola con desaprobación—. Una dama no permanece en la cama hasta estas horas.
Alice se frotó los ojos con las manos, aún somnolienta.
—Anoche llegamos tarde...
—Eso no importa. Una dama no es perezosa.
—¿Qué hace aquí, tía?
Augusta la miró con indignación, como si la respuesta fuera evidente.
—Acompañarte.
—¿Acompañarme...?
—A recibir a tus pretendientes.
—¿Tengo que bajar aunque no venga ninguno? —preguntó, desperezándose.
—Tendrías que hacerlo aunque así fuera, pero no es el caso —dijo Augusta, con una mezcla de impaciencia y satisfacción—. Han venido a visitarte esta mañana. Están abajo, aguardando.
—Eso debe de ser un error. —Alice se incorporó, completamente despierta ahora—. Seguro que no son para mí.
Augusta resopló, indignada.
—Por supuesto que son para ti.
—Pero usted me dijo que no tendría ninguno. Me lo repitió durante todo el viaje de regreso. Me dijo que, por la manera en que me había comportado, ningún caballero querría pretenderme.
—Y, aun así, hay más de una decena esperando poder verte —suspiró Augusta—. ¿No es magnífico?
No, no lo era. En absoluto.
Alice había pensado aprovechar aquel día para trazar un plan con el que encontrar a Ingrid, no para pasarse la mañana sonriendo con corrección a una hilera de desconocidos a los que no había pedido invitar.
—No te quedes ahí —espetó Augusta, impaciente—. ¡Venga, levántate! —Y, sin esperar respuesta, se giró hacia la puerta—. ¡Ellen!
La doncella apareció casi de inmediato.
—Señora —saludó con una leve inclinación.
—Ayuda a la señorita Alice a vestirse. Escoge un vestido apropiado para recibir visitas, con el que esté hermosa, pero que no parezca que lo hemos preparado demasiado.
—Por supuesto —respondió Ellen.
—Y deprisa. No podemos hacer que esos jóvenes aguarden todo el día. Sería descortés.
Sin esperar respuesta, Augusta se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
Alice suspiró, levantándose de la cama. Al parecer, su día de descanso acababa de terminar. Con suerte, terminaría pronto. Su tía tendía a ser exagerada, así que, con un poco de fortuna, habría despachado a todos los pretendientes a media mañana.
Tía Augusta no exageraba. De hecho, se había quedado corta. Había más de quince hombres esperando frente a la puerta.
Alice los podía ver desde la ventana del salón en el que se encontraba sentada en un sillón. Su tía estaba a su lado, con una sonrisa de satisfacción y el orgullo brillando en sus ojos oscuros.
—Querida, nunca pensé decir esto, pero debo felicitarte. Has logrado en una sola velada lo que otras jóvenes no consiguen en toda una temporada: una aglomeración de caballeros en nuestra entrada.
—Me temo que no fue deliberado —musitó Alice con los labios apretados.
—Por supuesto que sería de lo más ingenuo atribuir semejante despliegue únicamente a tu encanto juvenil —continuó Augusta, que no le estaba prestando la menor atención—.
Nada de esto ha ocurrido por arte de magia.
Si no fuera por mí, seguirías siendo ignorada por media sociedad.
No ha sido tan difícil: unas presentaciones bien escogidas, un par de comentarios en los oídos adecuados y corregir ciertas impresiones poco favorables.
—Alzó ligeramente el abanico que sostenía en su mano derecha y esbozó una sonrisa—.
Tú, por tu parte, has tenido el acierto de no estropearlo, lo cual ya considero un éxito notable.
Pero no nos engañemos: la multitud de hombres en la puerta es, en gran medida, obra mía.
La noche anterior le había asegurado justo lo contrario: que lo había estropeado todo con un comportamiento poco digno de una dama.
Y eso que no la había visto discutir con el duque.
Su hermano Dominic, para la sorpresa de Alice, tampoco había mencionado aquella discusión a pesar de que había regresado en la carroza con ellas.
Lo cierto era que no quería pensar mucho en el duque de Weston.
Había algo en aquel hombre que, por su sola presencia, conseguía irritarla de una manera que nadie —y mucho menos un hombre— había logrado jamás.
Y, sin embargo, no podía evitar fijarse en que, a pesar de ser frío como el mármol, era un hombre innegablemente apuesto.
—Alice, deja de soñar despierta. —Su tía la sacó de sus pensamientos con un pequeño toque impaciente en el brazo—. Debes prestar toda tu atención a tus pretendientes.
Alice permaneció en silencio unos instantes, observando primero a su tía y luego, con inevitable resignación, la hilera de caballeros que aguardaban al otro lado de la puerta.
Nunca había visto nada semejante. Uno de ellos, visiblemente nervioso, practicaba una reverencia frente al reflejo de la ventana.
Otro discutía con un sirviente sobre el orden de entrada, como si se tratara de una audiencia real.
—¿Están haciendo fila? —preguntó, sorprendida.
—Intentándolo —dijo la tía Augusta—. El señor Whitcombe insiste en que llegó primero. El capitán Hargreaves, en cambio, afirma que su rango le concede prioridad. Y el joven señor Ellis… bueno, el joven señor Ellis parece dispuesto a desmayarse antes de ser recibido.
La ventana del salón estaba entreabierta para dejar entrar el aire tibio de abril, lo que explicaba, supuso Alice, que su tía hubiera podido escuchar las conversaciones con tanto detalle. Ella, en cambio, apenas distinguía palabras sueltas.
—Quizá deberíamos recomendarle al señor Ellis que lo haga en su propia casa —sugirió Alice.
Así, en vez de quince, tan solo tendría que recibir a catorce. Algo era algo.
—Ya ha dejado su tarjeta. —Augusta negó con la cabeza y, como si marcara una diferencia que Alice no comprendía, añadió—: Con un lazo.
Un discreto golpe en la puerta anunció la llegada del mayordomo.
—Señora, hay varios caballeros solicitando ser recibidos. ¿Desea que los reciba en orden?
Alice observó de nuevo el exterior. El señor Ellis parecía debatirse ahora entre avanzar o huir.
El capitán había adoptado una postura marcial.
Y un tercero, cuyo rostro le sonaba levemente —le había sido presentado la noche anterior, creía recordar, aunque no conseguía ponerle nombre—, sostenía un ramo tan grande que le ocultaba por completo la cara.
Augusta fue a responder, pero Alice se le adelantó.
—Que pasen todos juntos.
El mayordomo la miró con los ojos desorbitados.
—¡¿Todos a la vez?! —gritó su tía, abanicándose con el abanico. Y Alice temió que le fuera a dar, de nuevo, un síncope—. ¡¿Es que acaso has perdido la cordura?!
—¿Dónde está el problema? —Alice se encogió de hombros—. Será más eficiente.
—¡Será un escándalo! —Su tía se incorporó con tal rapidez que el abanico casi se le escapa de la mano—. ¿Recibir a más de un caballero al mismo tiempo? ¿Sin turnos? ¿Sin estructura? ¿Sin jerarquía?
El mayordomo permanecía inmóvil en la puerta.
—No veo el problema —insistió Alice—. Están todos ahí fuera de todos modos.
—Y ahí es donde deben permanecer, en orden, como personas civilizadas, no irrumpiendo en mi salón como si esto fuera un mercado.
—En realidad, es el salón de mi hermano. Además, ¿no tendría que estar Dominic aquí para dar su aprobación?
Augusta frunció el ceño y la miró de arriba abajo con esa desaprobación que siempre permanecía en sus ojos cuando se dirigía a Alice.
—Es un vizconde y tiene asuntos más importantes que atender —replicó, y Alice pensó que ella también.
Pero prefirió guardarse aquel pensamiento para sí misma, intuyendo que sus palabras no serían bien recibidas por su tía—.
Si uno de ellos decide pedir tu mano, entonces se reunirá con él y la pedirá.
Y tu hermano tomará la decisión adecuada.
—¿No debería pedirme matrimonio primero a mí y solo hablar con mi hermano si acepto?
Su tía abrió los ojos.
—Deja de decir sandeces —masculló, abanicándose con fuerza—.
Tu hermano sabe qué te conviene. —Alice fue a responder, pero, como si se negara a seguir escuchando disparates, su tía la interrumpió con un ademán de mano—.
Ya hemos perdido demasiado el tiempo. —Se giró hacia el mayordomo y ordenó—: Que pase el primero.
El mayordomo asintió y desapareció con visible alivio.
Unos pocos minutos más tarde, la puerta se abrió de nuevo y el señor Westbrook, tal y como el mayordomo anunció su nombre, entró con una rapidez que perdió casi al instante al tropezar levemente con la alfombra.
Afortunadamente, logró reconvertir el tropiezo en una reverencia tan profunda que rozó lo teatral.
Era un hombre unos pocos años mayor que ella, de cabello pelirrojo y ojos verdes. Alice lo recordaba vagamente de la noche anterior.
—Lady Alice —la saludó, llevándose una mano al pecho—, he pasado la noche en vela, incapaz de conciliar el sueño tras el honor de nuestro baile, y me he permitido componer unos modestos versos.