La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Se dijo a sí misma que una joven bien educada no se abalanza sobre una bandeja. Se lo repitió dos veces. Y, por si acaso, se lo recordó una tercera.

Tomó las pinzas de plata y se sirvió los primeros dos canapés con la precisión de un cirujano.

El problema comenzó cuando fue a coger el tercero.

Fue entonces cuando todo se precipitó con esa eficiencia milimétrica que parecía reservada a las catástrofes más humillantes.

La pinza se le escurrió entre los dedos.

Alice soltó un gritito e intentó atraparla, pero el brazo se le enredó con el lazo del carnet de baile que llevaba en la muñeca.

La cintita tiró, la manga se le quedó a medio camino y, en un esfuerzo desesperado por recuperar el equilibrio, empujó con el codo una torre de hojaldres que se encontraba a su derecha y que se derrumbó con un gran estrépito.

Los hojaldres rodaron, la pinza voló y el canapé de salmón salió despedido en el aire y aterrizó en el bajo del vestido de muselina blanca de una joven que pasaba por allí en aquel preciso instante.

La joven, horrorizada, soltó un grito ahogado. Alice se quedó paralizada, sin saber qué hacer.

A su alrededor, varias cabezas se volvieron hacia ella. Desde una esquina del salón, una mujer pegó tal respingo que se le cayó el monóculo dentro del escote.

La víctima, de cabello rubio y mejillas súbitamente encendidas, contempló la mancha rosácea que se extendía por su muselina como quien contempla el anuncio de su propio fin social.

—¡Oh, Dios mío, no! —se lamentó—. ¡¿Qué voy a hacer ahora?!

Alice miró a la joven, que parecía a punto de echarse a llorar, algo que a ella le resultó francamente exagerado. Al fin y al cabo, tan solo era una mancha.

—Limpiarla —dijo Alice en un intento de ser de ayuda.

Los ojos claros de la joven se fijaron en ella, como si se diera cuenta de su existencia por primera vez. La expresión temblorosa de su rostro desapareció y sus labios se apretaron en una tensa línea, mientras la señalaba con furia.

—¡Lo ha hecho a propósito! —exclamó.

—¿A propósito? —repitió Alice, sorprendida—. ¿Por qué haría eso?

—Para quitarse la competencia, por supuesto.

—Haga el favor de dejar de decir sandeces. —Alice resopló, entornando los ojos—. Permítame que la ayude a limpiarlo.

Sin aguardar respuesta, tomó una servilleta de lino de la mesa y se inclinó hacia ella con decisión.

Pensó que unos toques discretos bastarían para atenuar la mancha.

Sin embargo, pecó de optimista, porque la mancha, lejos de desvanecerse, multiplicó su diámetro por tres y adquirió, allí donde Alice había insistido con más fervor, un inquietante matiz anaranjado que ni el mejor modista habría sabido evaporar.

—¡Pero ¿qué está haciendo?! —chilló la joven, apartándose de un salto como si Alice acabase de sacar una antorcha—. ¡Basta, basta, apártese de mí!

Alice alzó las manos en señal de paz.

—Tampoco hay razón para enfadarse.

—Me ha estropeado el vestido del todo —se lamentó la joven con lágrimas en los ojos.

—Está exagerando. Vayamos al tocador. Con un poco de agua fría yo se lo arreglo.

Alice intentó cogerla de la mano, pero la joven dio un paso atrás, alejándose.

—¡No intente nada más, se lo ruego!

Alice ladeó la cabeza al percibir un murmullo de cuchicheos, dándose cuenta del círculo de invitados que se había formado a su alrededor y que las observaban con curiosidad.

—Tengo la sensación de que estoy llamando la atención —susurró, más para sí misma que para nadie en particular.

—Confíe en mí, no es solo una sensación —dijo una voz a su espalda, con un deje de ironía seca que a Alice le heló la sangre incluso antes de volverse.

Conocía aquella voz. Por supuesto que la conocía.

Alice se giró hacia él. ¿Qué tenía ese hombre que siempre aparecía en los momentos más inoportunos?

—Usted.

—Yo —respondió Bastian, con aquella sonrisa tan irritante, haciendo una pequeña reverencia—. Por lo visto, no se conforma usted con lanzar manzanas y migas de pan. Ahora, arroja canapés.

Bastian avanzó un paso con la calma con la que un general se aproxima a un campo de batalla ya perdido. No miró en ningún momento a la joven manchada, ni a la multitud, ni a la servilleta anaranjada que Alice aún sostenía entre los dedos.

La miró a ella. Solo a ella.

—No lo he arrojado —protestó Alice—. Se me han caído.

—Parece que es usted muy torpe. Siempre se le caen.

—El tono burlón de él hizo que Alice frunciera el ceño y abriera la boca para replicar de nuevo, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, Bastian se volvió hacia la joven que tenía el vestido manchado y le dijo con tono cortés—: Confío en que se encuentre usted bien.

Mi ama de llaves la atenderá en el tocador de señoras.

Se ocupará de que el vestido parezca haber sufrido un percance menor.

—Ahora va a resultar que estamos delante de un paladín —musitó Alice, poniendo los ojos en blanco—. No se fíe —le dijo a la joven.

Pero esta no la miraba; incluso parecía haber olvidado que ella estaba allí.

—Muchas gracias, excelencia —balbuceó, e hizo una reverencia tan profunda que Alice temió por un momento que acabara en el suelo con el resto de los hojaldres.

—Acompáñala, por favor —le indicó Bastian a un lacayo que había aparecido a su lado como por arte de magia—. Y tú —añadió, volviendo apenas la cabeza hacia otro sirviente—, recoge esto antes de que nadie más decida ayudar.

Los curiosos, al comprender que el espectáculo había finalizado, comenzaron a dispersarse con la decepción de quien acaba de descubrir que el tercer acto ha sido escamoteado.

La joven manchada se alejó del brazo del lacayo, no sin antes dirigir a Alice una última mirada de reproche.

Alice, que había recuperado la capacidad de respirar, se permitió el primer parpadeo en lo que le pareció una eternidad.

—Para ser un invitado se da muchos aires.

—¿Invitado? —Bastian arqueó una ceja castaña—. Está usted en mi casa, milady.

—He conocido a la anfitriona —Alice se giró hacia él, llevándose las manos a las caderas. Una postura poco apropiada para una dama que, lejos de ofenderle, a Bastian le pareció sorprendentemente favorecedora—. Y usted no es lady Weston. ¿O pretende convencerme de lo contrario?

Bastian la miró con incredulidad.

—¿Cómo voy a convencerla de que soy lady Weston?

—No lo sé. Es usted quien dice que esta es su casa.

—Porque es mi casa.

A pesar de que estaban hablando entre susurros, tenían la atención de varios invitados.

—No lo es —insistió ella.

—No me lo puedo creer —resopló él—. ¿Quién es usted?

Alice abrió la boca para responder, pero no pudo llegar a hacerlo, porque una voz la interrumpió.

—Weston —lo saludó Dominic, acercándose a Alice—. Veo que has conocido a mi hermana.

—¿Tu hermana? —preguntó Bastian con confusión.

—¿Es el marido de lady Weston? —Alice miró a su hermano, confundida—. Es la primera vez que veo un matrimonio donde ella es considerablemente mayor que el marido.

Bastian estaba tan sorprendido de que fuese la hermana de Dominic que ni siquiera escuchó lo que ella había dicho.

—No es su marido, Alice —dijo Dominic—. Es su hijo, Bastian, el duque de Weston.

Alice lo miró.

—Por eso esa dama tan exagerada lo ha llamado excelencia —dijo, como si tratase de entender la razón.

Bastian entrecerró los ojos.

—No es exagerada, le ha tirado usted un canapé.

Alice se giró hacia Bastian.

—Que yo no le he tirado nada —dijo a la defensiva. Por el rabillo del ojo vio cómo a Dominic le temblaba el labio inferior—. Dominic, ¿no te estarás riendo? —le reprochó, ladeando la cabeza hacia él. No solo no la defendía, sino que, además, parecía encontrar la situación divertida.

—No me atrevería —respondió, pero no hizo el menor esfuerzo por disimular la sonrisa que se dibujaba en sus labios. Después, se volvió hacia Bastian—. Perdona a mi hermana, Bastian. Está algo nerviosa, ya que es su primer baile en sociedad.

Alice frunció el ceño.

—No estoy nerviosa.

Dominic suspiró.

—Alice, estoy intentando disculparte delante del duque.

—No hay ninguna razón para que me disculpes, Dominic.

Bastian observó a los dos hermanos y no pudo evitar pensar que, al menos, la joven no hacía excepciones: era igual de impertinente con todo el mundo.

—¿Estás segura? —cuestionó Dominic, enarcando una ceja.

—Por supuesto que lo estoy. —Alice alzó la barbilla—. Soy la primera en pedir disculpas cuando me equivoco. Pero no me he equivocado.

—Lady Rachel Beaumont no piensa lo mismo —la corrigió Bastian.

Alice dejó de mirar a su hermano para girarse hacia él. Volvió a llevarse las manos hacia las caderas y frunció los labios en un gesto de desaprobación.

—¿Ha estado hablando sobre mí como una vieja cotilla con esa mujer?

—No me falte al respeto —le espetó Bastian con irritación—. Lady Rachel es la joven a la que le ha tirado el canapé.

—¡Que no le he tirado nada! —Esta vez, alzó un poco la voz, llamando de nuevo la atención de los que estaban cerca.

Dominic cerró los ojos un instante, con la paciencia de un hombre que se pregunta si todavía está a tiempo de devolver a su hermana a Yorkshire antes del amanecer.

—Alice —dijo, bajando la voz—, por favor.

—¿Por favor qué? —Ella lo miró con las cejas enarcadas—. ¿Que siga permitiendo que el duque me corrija como si fuese su pupila?

—Que bajes la voz.

Bastian, en cambio, no dijo nada. Lo cierto era que no sabía qué decir. Jamás había conocido a una joven tan irrespetuosa y, al mismo tiempo, tan libre; tan alejada de lo que la sociedad esperaba de una dama, y tan visiblemente incapaz de preocuparse por ello.

—Estoy hablando bajo.

—No, no lo estás haciendo. Le debes respeto a Weston.

Alice dejó escapar un leve chasquido con la lengua y luego hizo un gesto burlón con la mano que a Bastian no le agradó.

—¿Por qué, porque es un duque?

—Porque es el anfitrión.

—Aun así. El respeto se gana.

Bastian entrecerró los ojos y dio un paso hacia ella, incapaz de seguir manteniéndose al margen.

—Me lo he ganado desde antes de heredar el título de mi padre.

Administro las propiedades de los Weston desde los veintiuno.

He doblado las ganancias de lo que mi padre dejó al morir.

Mantengo a más de trescientas familias en Derbyshire, restauro las casas de los aparceros antes de que se hundan, y…

—¿Me va a enumerar todos sus méritos? —le interrumpió Alice, con esa insolencia tan habitual en ella, claramente poco impresionada.

—¿Cómo dice?

Mientras Bastian abría y cerraba la boca como un pez, y su hermano se atragantaba queriendo que lo tragase la tierra, Alice se dio cuenta de que había ido demasiado lejos.

Puede que aquel hombre le pareciera insoportable, pero al fin y al cabo estaba en su casa y en la fiesta que iniciaba la temporada.

Si seguía así, la alta sociedad la repudiaría y su hermano la enviaría de regreso a Yorkshire y, aunque estaba deseando volver, no podía hacerlo sin haber encontrado a Ingrid.

Tenía que empezar a medir sus palabras, algo que no estaba acostumbrada a hacer.

—Si me disculpan —dijo Alice, aprovechando la perplejidad de ambos hombres—, voy a buscar a algún caballero que quiera bailar… —se interrumpió para mirar su carnet de baile— una contradanza, que es la siguiente pieza.

—Son los caballeros los que piden el baile a las damas, no al revés —la corrigió Bastian, pero Alice ya se había alejado.

—Ya te dije que mi hermana no era como el resto —dijo Dominic con un suspiro, colocándose junto a Bastian—. Tiene una lengua muy afilada. Supongo que es consecuencia de haber pasado toda su vida en el campo.

—La sociedad no está preparada para ella —dijo Bastian, casi más para él, pero Dominic lo escuchó.

—No —respondió Dominic en voz baja—. No lo está.

Los dos hombres se quedaron en silencio.

En la pista, Alice se había unido a la línea de damas del brazo del joven Cavendish.

La orquesta atacó la contradanza y ella, que se adelantó medio compás y pisó a su pareja en la primera vuelta, se echó a reír con una franqueza que no pertenecía a ese salón.

Y Bastian no podía apartar la mirada de ella.

Bailaba mal, para empezar. Sabía los pasos, sabía las figuras, pero bailaba como quien los ha aprendido en un salón pequeño con un profesor de baile que hacía años había perdido el interés por enseñar, no con los maestros de Mayfair.

Y, sin embargo, era la única persona que estaba bailando de verdad en toda la sala.

La única que reía con la garganta y no con los labios.

La única que había pisado a su pareja y lo celebraba en vez de disculparse tres veces.

La única cuyos hombros no estaban dispuestos en el ángulo exacto y no le importaba lo más mínimo.

La única que miraba al señor Cavendish a los ojos cuando cruzaban la figura, en lugar de mirarle al nudo de la corbata como exigía el decoro.

La única que brillaba con luz propia.

Y, en ese instante, Bastian supo que Alice Thorne era peligrosa para él.

Porque él ya había cometido el error de encariñarse de una mujer una vez. Y no iba a cometerlo dos veces.