Capítulo 9
El carruaje se detuvo con un leve traqueteo frente a la casa iluminada.
Afortunadamente, el trayecto había sido breve. Alice mantuvo la vista fija en la entrada, donde la luz de los candelabros se derramaba hacia la calle y las voces llegaban amortiguadas desde dentro.
—Alice —la llamó su tía, que no había guardado silencio en todo el trayecto y parecía al borde de un desmayo—. Ya hemos llegado.
Como si no fuera evidente, pensó Alice, compartiendo una mirada con Dominic. Esta vez, sin embargo, tuvo el buen juicio de no decirlo en voz alta.
Dominic descendió primero y ofreció la mano a su tía para ayudarla. Después, se volvió hacia Alice.
—Ten cuidado —le advirtió, lo bastante bajo para que solo ella lo oyera.
Alice sabía muy bien que aquella advertencia no se refería a no tropezar con la falda del vestido al bajar del carruaje.
—Siempre lo tengo —respondió, tomando su mano y descendiendo con menos elegancia de la que le habría gustado, entorpecida por la falda, que parecía haberse propuesto hacerle la noche imposible.
—¿Lo tienes? —cuestionó Dominic con una ceja arqueada.
No, no lo tenía. Pero tampoco pensaba discutirlo allí.
Alice soltó la mano de su hermano. El aire nocturno le rozó la piel, pero apenas lo notó. Su atención estaba fija en la entrada, donde otras damas subían los escalones.
Su tía se colocó a su lado casi de inmediato, tomándole el brazo con tanta firmeza que Alice temió que pudiera dejarla sin respiración.
—Recuerda —dijo con voz chillona—, saluda primero a la anfitriona.
—Lo sé —respondió Alice con un suspiro—. Me lo ha dicho al menos veinte veces. Y solo durante el trayecto.
Su tía tiró ligeramente de su brazo para que comenzaran a avanzar.
—Nunca son suficientes.
Subieron los escalones junto a un flujo constante de invitados.
Alice mantuvo la vista al frente, sintiendo cómo algunas miradas se posaban en ella incluso antes de cruzar el umbral.
Alice, que se había criado en el campo, no estaba acostumbrada a estar rodeada de tanta gente, pero tampoco se sentía del todo incómoda siendo el centro de atención.
Al contrario, su tía parecía al borde del colapso. Alice podía sentir su temblor a través del brazo. Dominic las seguía de cerca.
Cuando llegaron a la entrada, un mayordomo les abrió paso y, tras una breve pausa, su voz resonó en el interior del salón:
—Lady Alice Thorne, acompañada de la condesa de Ashford y de su hermano, el vizconde de Rothwell.
El anuncio llamó la atención de los que se encontraban dentro.
Alice lo notó en la forma en que algunas cabezas se giraron, y en las miradas que la observaban con abierta curiosidad.
Por un instante sintió el impulso de detenerse, pero no lo hizo.
Alzó ligeramente la barbilla y avanzó a paso seguro.
Si iban a mirarla, que lo hicieran bien.
Un sirviente se acercó y le tendió un carnet de baile, una pequeña tarjeta con los nombres de las piezas de la noche. Alice lo tomó y se enroscó la cintita alrededor de la muñeca.
—Será mejor que no aceptes ningún baile —le advirtió su tía.
—¿No es a bailar a lo que se viene a un baile? —preguntó Alice mientras buscaba a sus amigas con la mirada.
—No estás preparada para bailar delante de la flor y nata de la sociedad.
—¿Y qué debo hacer, tía, quedarme quieta en una esquina?
—Por supuesto que no. —Augusta frunció los labios—. Pasearás por el salón para que los caballeros te vean. Es mejor que se imaginen cómo eres a que lo descubran en realidad.
A Alice esto le parecía una soberana tontería, pero decidió que era mejor guardarse esa opinión para ella misma.
—Lady Ashford, es un placer darle la bienvenida a mi casa —dijo una mujer menuda de mediana edad acercándose a ellos. Era la primera vez que Alice la veía, pero había algo en ella que le resultaba familiar.
—Lady Weston —la saludó su tía con entusiasmo—. El placer es mío. Mi sobrino y… —Augusta giró la cabeza a la vez que Alice para darse cuenta de que Dominic no estaba con ellas—. Estaba con nosotras hace unos instantes —se excusó, visiblemente apurada.
Lady Weston, lejos de ofenderse, esbozó una sonrisa cómplice.
—Habrá ido a la sala contigua, donde algunos caballeros están fumando.
—Es como si temiese a las jóvenes casaderas —dijo Augusta, exhalando un largo suspiro de resignación.
—Debe de ser un mal contagioso —añadió lady Weston haciendo una mueca—, pues hace rato que tampoco veo a mi hijo.
—¿Va a buscar esposa esta temporada?
—No es su deseo, pero tengo la esperanza de que alguna joven le haga cambiar de idea.
En ese momento, como si acabara de reparar en la presencia de Alice, lady Weston se volvió hacia ella con una sonrisa cortés que se congeló apenas se fijó bien en su rostro.
Alice temió por un instante haber cometido alguna impertinencia, pero, lejos de desvanecerse, la sonrisa de la dama volvió a dibujarse y se amplió aún más, adquiriendo un matiz peculiar, casi cómplice, que Alice no supo interpretar.
Era como si lady Weston acabara de reconocer en ella a alguien ya conocido, aunque Alice habría jurado no haber coincidido antes con aquella mujer.
—Discúlpame, no os he presentado —intervino Augusta—. Ella es mi sobrina y mi protegida esta temporada, Alice Thorne.
—Thorne —repitió la mujer, pensativa—. ¿Pariente del vizconde de Rothwell?
—Soy su hermana, lady Weston —respondió Alice, ganándose una mirada de desaprobación por parte de su tía: no le habían preguntado a ella directamente, por lo que no debía haber tomado la palabra. Sin embargo, a la anfitriona no pareció importarle lo más mínimo, pues la miraba con calidez.
—Puedes llamarme Beatrice, querida. Es un placer tenerte entre nosotros esta noche.
—El placer es mío. —Alice hizo una reverencia—. Debo confesar que el salón luce digno de un cuento de hadas.
—Los cuentos de hadas son para las niñas —la reprendió su tía, y Alice puso los ojos en blanco, lo que le valió otra reprimenda.
Pero Alice no le hizo el menor caso, ya que acababa de ver a Cecily y a Frances.
—Si me disculpan —dijo—, debo ir a saludar a mis amigas.
No esperó a que su tía le diese permiso, lo que provocó que Augusta sacase su abanico y comenzase a agitarlo con brío. Lady Weston, en cambio, la siguió con la mirada y una sonrisa complacida.
—Su sobrina es diferente —dijo, como quien pronuncia un cumplido; pero Augusta no se lo tomó así.
—Por suerte, aún queda mucha temporada. Conseguiré que se comporte como se espera de ella.
—Espero que no —replicó lady Weston, sorprendiendo a Augusta.
Alice tuvo que esquivar a varios invitados para llegar hasta las gemelas. Cecily fue la primera en advertir su llegada y le dedicó una sonrisa radiante; Frances, más comedida, se limitó a saludarla con una inclinación de cabeza.
—¡Alice! —exclamó Cecily, tomándola de las manos—. Estás preciosa.
—Es un vestido incómodo. —Alice suspiró y, después, miró a ambas jóvenes—. Los vuestros tampoco parecen muy cómodos.
Cecily alzó los hombros.
—No lo son, pero de eso se trata. De estar bellas, no cómodas.
—Para lo que nos están sirviendo... —murmuró Frances, chasqueando la lengua—. Ningún caballero se ha fijado en nosotras.
—Eso no es verdad —replicó Cecily, levantando la mano en la que llevaba prendido el carnet de baile—. Yo ya tengo tres bailes comprometidos. Y tú no llevas ninguno porque has declinado todas las invitaciones.
—No he dicho que ningún hombre no se haya fijado en nosotras —puntualizó Frances—. He dicho caballeros.
—Todos los presentes son caballeros.
—Caballeros dignos de figurar en mi carnet. ¿Me explico ahora con mayor claridad?
Cecily, no dispuesta a que el mal humor de su hermana le aguase su primer baile, fingió no haberla oído. Ladeó la cabeza hacia Alice y le preguntó:
—¿Has podido descansar?
—Sí —respondió Alice—. Aunque sigo preocupada por Ingrid.
—La encontraremos. —Cecily estiró su mano para tomar la de ella y darle un ligero apretón—. Pero, ahora, vamos a disfrutar del baile.
Los primeros compases de una contradanza resonaron en el salón. Los invitados se apartaron para despejar el centro, que en cuestión de instantes se llenó de parejas dispuestas a bailar.
Un joven, de cabello pelirrojo y ojos verdes, caminó hasta donde ellas con pasos seguros. Se detuvo frente a Cecily y le ofreció el brazo.
—Milady, vengo a reclamar el honor que tuvo a bien concederme.
Cecily esbozó una sonrisa encantada, aceptando el brazo y alejándose con él hacia la pista.
—Parece simpático —apreció Alice.
—Es un tercer hijo y, por si fuera poco, artista. —Frances negó con la cabeza—. Nuestro padre jamás daría su beneplácito.
—Solo van a bailar, Frances. No se van a casar.
Frances suspiró.
—Mi hermana es demasiado fantasiosa. No necesita más que un baile para dejarse engañar.
Alice miró a Frances y se dio cuenta de que, bajo toda esa fachada crítica y ese tono mordaz, en realidad había una joven que estaba preocupada por su hermana.
—No dejaremos que nadie le haga daño —le aseguró Alice, porque puede que tan solo conociera a Cecily de hacía unos pocos días, pero para ella ya era una amiga.
Frances fue a responderle, pero entonces algo —o, más bien, alguien— llamó su atención. Su madre la observaba desde el otro extremo del salón y le hizo un gesto disimulado.
—Debo acudir a su lado —dijo con resignación—. Si no lo hago, es capaz de venir a buscarme y pasearme por todo el salón. ¿Quieres venir?
Alice negó con la cabeza.
—Ve tú. Con la preocupación por Ingrid no he probado bocado. Voy a acercarme a la mesa de los canapés.
Frances asintió y se alejó con paso diligente hacia su madre.
Alice se acercó a la mesa junto al ventanal y observó las bandejas que descansaban sobre ella. Sobre el mantel de damasco se extendía una selección de comida que, tras varias horas sin probar bocado, le pareció especialmente tentadora.
Había canapés de salmón, de pepino, de paté y de huevo; también pequeños bollos glaseados y frutas escarchadas.