Capítulo 8
—¿Soy yo o la semana pasada había un sofá tapizado en rojo frente a los ventanales? —dijo Cecily.
—Lo habrán empeñado —respondió Frances.
—Frances, no digas esas cosas.
—Solo es una observación.
Alice, sentada entre las dos sobre el sofá que sí seguía en su sitio, no dijo nada.
Tenía las manos cruzadas sobre el regazo con más firmeza de la necesaria y los ojos fijos en la puerta.
Estaba nerviosa. Había ido allí buscando respuestas y no se marcharía sin ellas, pero tenía la sensación de que lo que iba a descubrir no le iba a gustar.
Cecily debió notarlo, porque apretó su muñeca con suavidad.
—Todo va a ir bien.
—No he dicho nada —suspiró Alice.
Cecily sonrió.
—No hace falta.
Antes de que pudiera responder, la puerta del salón se abrió.
Alice observó a la mujer de mediana edad, con el cabello rubio recogido, que debía ser lady Haverstock, que se adentró en la estancia con la barbilla alzada, los labios fruncidos y ese porte erguido de quien ha pasado toda su vida recordándoles a los demás que existe.
Se detuvo al verlas y su expresión se abrió en una sonrisa genuina.
—Vaya, vaya. —Extendió las manos hacia las gemelas—. Qué visita tan inesperada. Estoy encantada.
—Lady Haverstock —dijeron las dos al mismo tiempo, poniéndose en pie. Alice las imitó con medio segundo de retraso.
—Sentaos, sentaos —pidió ella—. ¿Cómo está vuestra madre?
—Muy bien, gracias —respondió Cecily—. Le manda recuerdos.
—Devolvédselos. —La condesa tomó asiento frente a ellas—. ¿Y a qué debo vuestra inesperada visita?
Alice se dio cuenta de que, a pesar de mostrarse hospitalaria y amable, a lady Haverstock no le había gustado que se presentaran de improviso.
—Nuestra amiga quería hablar con usted —dijo Cecily.
Y entonces, como si por primera vez se hubiese dado cuenta de que estaba allí, posó la mirada en Alice.
—No la conozco. ¿Se encuentra en Londres para la temporada?
—No nos habíamos visto hasta este momento. —Alice obvió su pregunta—. Soy Alice Thorne.
Algo cambió en el rostro de la condesa. No fue mucho: una leve tensión en la comisura de los labios, un instante de quietud antes de que la sonrisa regresara a su lugar. Pero Alice lo vio a la perfección y, por el gesto en el rostro de Frances, estaba segura de que esta también lo había advertido.
—La hermana del vizconde de Rothwell —murmuró lady Haverstock—. Es un placer conocerla.
—No, no lo es —refutó Alice, provocando que las gemelas la miraran con idéntica confusión—. Si lo fuese, habría respondido a mis cartas y a la nota que le envié cuando llegué a Londres pidiéndole poder visitarla.
Lady Haverstock no pudo ocultar su sorpresa ante la sinceridad de Alice, aunque no tardó en cubrirla con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Tendrá que disculparme, pues no he recibido esas cartas. Tendré que hablar con seriedad con mi servicio.
Alice no tenía la menor duda de que estaba mintiendo, pero decidió que, si quería información, era mejor no insistir en ello.
—Lo importante es que por fin podemos hablar —dijo—. Mi amiga Ingrid es la institutriz de su hija.
—Lo era —la corrigió lady Haverstock—. Desgraciadamente, hemos tenido que prescindir de sus servicios.
—¿La ha despedido? —preguntó Alice, sorprendida.
Lady Haverstock dejó escapar un suspiro y hundió los hombros.
—No me ha quedado más remedio.
—¿Y no podía desprenderse de vestidos u otros bienes materiales y así poder seguir pagándola?
Una de las gemelas —o tal vez las dos, Alice no estaba segura— emitió una especie de gritito ahogado.
Lady Haverstock palideció.
—¡¿Cómo se atreve a venir a mi casa a insultarme?! —espetó con indignación, levantándose del sofá—. En esta casa no hay estrechez alguna. Hemos contratado otra institutriz, una que tiene los valores de los que carece su amiga.
—Mi amiga tiene grandes valores —la defendió Alice.
Lady Haverstock la miró con altivez.
—Si así fuese, no nos habría robado.
—¿Robado?
—Así es. Sustrajo uno de mis collares más valiosos, pero, por fortuna, el dueño de la casa de empeños adonde fue desconfió del origen del collar y nos puso sobre aviso.
—No lo creo.
El silencio que siguió fue tan tenso que hasta Frances tuvo el buen juicio de no decir nada.
—¿Me está llamando mentirosa? —preguntó lady Haverstock, muy despacio.
—Le estoy diciendo que no lo creo —repitió Alice—. Y, si fuese cierto, ¿por qué no la denunció?
No la había denunciado; si fuese así, estaría detenida y Alice lo sabría.
—Porque aceptó su culpa. Nos devolvió el dinero que le habíamos pagado como institutriz como disculpa y la dejamos marchar. Aunque, por supuesto, avisé a la nobleza para que tuviesen cuidado con ella, como era mi deber.
Alice se puso de pie.
—Así que no solo la dejó sin el dinero que había ganado honestamente, sino que, además, se aseguró de que ninguna familia de Londres volviera a contratarla.
—Protegí a las familias de esta ciudad de alguien en quien no se puede confiar. No tengo nada de lo que avergonzarme.
—En eso está equivocada: tiene mucho de lo que avergonzarse.
Lady Haverstock la observó durante unos instantes, claramente enfurecida por sus acusaciones. Pero después inclinó la cabeza hacia un lado e hizo un gesto altivo con su mano derecha.
—Me temo que esta conversación ha llegado a su fin —dijo con frialdad—. Espero que encuentren la salida sin dificultad.
—No se moleste —respondió Alice—. La encontraremos.
Las gemelas se levantaron y las tres se dirigieron hacia la puerta. Cecily le dedicó a lady Haverstock una pequeña reverencia.
—Esa mujer es odiosa —farfulló Cecily en cuanto salieron de la casa.
—¿Quien critica ahora? —se regodeó Frances—. Pero tienes razón, lo es —reconoció.
Alice se quedó de pie en la escalinata, sumida en sus pensamientos, y tardó unos segundos en hablar.
—Ingrid era hija de un profesor de escuela que poseía unas pequeñas tierras.
Todo el dinero que tenían sus padres lo usaron para darle una buena educación y costearle los estudios en un internado para señoritas, donde se formó como institutriz.
Se endeudaron para ello y, tras su muerte, Ingrid se quedó sin familia y sin nada material.
Vive de su trabajo y apenas tiene ahorros.
—¿Y por qué no te escribió en cuanto la despidieron pidiendo ayuda? —le preguntó Cecily.
—Porque no quiere ser una carga para nadie —respondió Alice, que conocía bien a su amiga—. Tengo que encontrarla.
—No será fácil —dijo Frances—. Tal vez ni siquiera siga en la ciudad.
Alice sabía que podía ser así.
—Puede que esté trabajando en la casa de alguna familia —sugirió Cecily, que tendía a ser más positiva que su hermana.
—No lo creo —negó Alice—. Con los rumores infundados es algo muy difícil además me habría escrito para decirme que estaba bien, solo para que no me preocupase.
Ella tiene que estar en una situación muy complicada.
Pero alguien tiene que saber algo de ella.
—Hizo una pausa para cerrar una de sus manos en un puño, decidida—.
Me recorreré todo Londres si es necesario.
—Londres es una ciudad grande. Y además, una dama soltera no puede andar sola preguntando a cada persona que se encuentra.
Para su desgracia, Frances tenía razón.
—No me importan las normas.
—Déjanoslo a nosotras. —Cecily apoyó una mano sobre su hombro y lo apretó con suavidad—. Nuestras sirvientas pueden preguntar a otras y nosotras conocemos a muchas familias nobles. Podemos averiguar algo sin llamar la atención.
Alice no estaba muy segura, pero asintió. De momento no podía hacer otra cosa y, en el fondo, estaba agradecida. Las gemelas se estaban portando muy bien con ella.
Subieron a la calesa, donde sus doncellas las esperaban. No hablaron en todo el trayecto, las tres sumidas en sus propios pensamientos.
—Intenta descansar. Nos vemos esta noche en el baile —se despidió Cecily cuando la calesa llegó frente a su casa.
Alice se despidió con una pequeña sonrisa.
—Milady, ¿va todo bien? —le preguntó su doncella, caminando unos pasos detrás de ella.
—Sí, Ellen. Solo necesito una siesta —mintió.
La joven doncella no parecía creerla, pero no replicó.
Cuando entraron en la casa, Alice iba a irse directa a su alcoba, pero Dominic la interceptó antes de que pudiese subir por las escaleras.
—Voy a preparar su vestido de esta noche —dijo Ellen, desapareciendo a toda prisa por las escaleras.
Alice tenía la sensación de que la joven se sentía intimidada por Dominic. Y tal vez por eso la había contratado él: para que el miedo la mantuviese leal a él y le reportase cualquier cosa que Alice hiciese o dijese.
Alice se quedó a solas con su hermano, pero este no dijo nada. Se limitó a observarla en silencio, con las manos detrás de su espalda y los dedos entrelazados.
—Si tienes algo que decir, Dominic, dilo —espetó Alice sin disimular su impaciencia—. Necesito tomar una siesta.
Dominic arrugó el ceño.
—Tú nunca tomas una siesta.
Y eso era verdad. Alice pensaba que la vida era demasiado interesante como para perder el tiempo durmiendo más de lo necesario.
—Será que Londres tiene ese efecto en mí.
—Nuestra tía está muy enfadada. Se ha presentado aquí exigiendo saber por qué no has acudido a su casa a recibir la clase de etiqueta.
La tía Augusta. Se había olvidado de ella.
—Le he enviado una nota avisando de que me iba a tomar un helado con mis nuevas amigas.
—Esta noche es el primer baile de la temporada... —comenzó Dominic, pero Alice lo interrumpió.
—¿Tú también estás preocupado de que haga el ridículo y deje mal el nombre de la familia?
—En realidad, me parece bien que hayas hecho amigas con tanta rapidez —le dijo, sorprendiéndola.
—Y supongo que esperas que encuentre marido con la misma rapidez. Así podrás deshacerte de mí.
—Alice... —comenzó Dominic, pero ella no tenía ganas de escucharlo.
Así que, sin que él le diera permiso, subió escaleras arriba hacia su alcoba.
La visita a lady Haverstock había aumentado su preocupación por Ingrid.
En ese momento necesitaba un hermano en quien poder confiar, alguien que la ayudase a encontrarla.
Tal vez, en otro tiempo, Dominic habría sido esa persona.
Pero ya no. Bien sabía Alice que Dominic le ordenaría olvidarse de Ingrid y la vigilaría aún más.
Y saberlo no hacía que doliera menos.