Capitulo 7
Cuando la viuda del conde de Weston se proponía algo, resultaba —como Bastian sabía por experiencia— absolutamente incansable.
No importaban las objeciones, ni la lógica, ni siquiera el evidente desinterés de la otra parte. Su determinación avanzaba con la elegancia de una dama y la persistencia del general más experimentado.
Aquella mañana, por desgracia, el objetivo era él.
—Los preparativos del baile ya están a punto, un paseo por Hyde Park nos vendrá bien a los dos antes de la gran noche —había sugerido ella, como si fuese una sugerencia espontánea sin ningún tipo de objetivo detrás.
Bastian, que conocía demasiado bien a su madre, no se había molestado en discutir. Había aprendido desde que era un niño qué batallas podía ganar y cuáles era mejor rendirse antes de empezar.
—Deberías considerar seriamente la cuestión —comenzó su madre—. No puedes evitarla indefinidamente.
—¿Qué cuestión, exactamente? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—El matrimonio, Bastian. Los treinta son buena edad para tener un hijo.
—Tengo veintiocho años, madre.
—Por eso, solo tienes dos años para ser padre. ¿Sabes que un embarazo dura nueve meses?
Bastian suspiró. Lo sabía perfectamente, pero su madre no esperaba una respuesta, así que él no se la dio.
Observó a los jinetes que pasaban por Rotten Row, a las damas que fingían no mirar mientras lo miraban todo, y a los caballeros que inclinaban la cabeza con estudiada indiferencia. Todo Londres parecía empeñado en desempeñar su papel.
Y, por supuesto, su madre no quería que él fuera la excepción.
—Encuentro admirable —respondió al fin— la capacidad de la sociedad para convertir una decisión personal en un asunto público.
Su madre no sonrió. Nunca sonreía cuando él intentaba esquivar el tema.
—Bastian, ahora eres el duque de Weston, ya va siendo momento de que empieces a pensar en una esposa.
—He pensado en ello, madre. Lamentablemente, no he encontrado todavía ninguna razón convincente para llevarlo a cabo.
—He recibido algunas propuestas —añadió ella, esta vez con un matiz casi conciliador—.
Familias buenas, y muchachas bien educadas.
No todas tienen que ser como... —Se interrumpió, como si hubiera reconsiderado sus propias palabras—.
No tienes que decidir nada. ¿Por qué no las conoces?
Te pasaré sus nombres y tú les pides un baile esta noche.
Bastian se pasó una mano por la cara con cansancio.
—Eso suena sospechosamente a una trampa.
—Suena a que tu madre intenta facilitarte las cosas —respondió ella, dándole una palmadita sobre el hombro—. Una madre siempre sabe lo que es mejor para un hijo.
Antes de que Bastian pudiera replicar —porque, por supuesto, tenía un buen contraargumento—, la atención de su madre se desvió hacia dos damas de su misma edad que se aproximaban por el sendero.
—Ah… —murmuró ella—. Lady Pembroke y lady Harrington.
—Lady Beatrice, qué placer encontrarla —exclamó una de ellas cuando estuvieron frente a ellos—. Hace una eternidad que no coincidimos.
La conversación no tardó en desviarse hacia un escándalo reciente. Algo sobre un compromiso roto y una carta que nunca debió leerse en voz alta. Intuyendo que aquella charla iba a alargarse indefinidamente, Bastian decidió retirarse.
—Si me disculpan, voy a dar un pequeño paseo.
Las tres mujeres asintieron vagamente, pero ninguna de ellas le estaba prestando la más mínima atención, algo que Bastian aprovechó.
Se dio la vuelta y se alejó de ellas, siguiendo uno de los senderos menos concurridos. El parque, lejos del bullicio principal, resultaba casi soportable. El aire era más tranquilo y, por primera vez en toda la mañana, Bastian tuvo la sensación de estar, al menos en parte, solo.
Continuó sin rumbo fijo. Giró en un sendero, luego en otro, evitando instintivamente las zonas donde el parque volvía a llenarse de voces y carruajes. Y, casi sin darse cuenta, se encontró descendiendo hacia el borde del agua.
El Serpentine.
Le gustaba el lago. La primera vez que había estado allí tenía cinco años. Era uno de los lugares favoritos de su madre en el parque, a quien le fascinaban los cisnes, y, aunque él nunca compartió ese entusiasmo, había terminado por convertirse también en uno de sus sitios preferidos.
Bastian tardó unos pocos instantes en darse cuenta de que no estaba solo. A unos pasos, cerca de la orilla del lago, una joven, de espaldas a él, se inclinaba hacia el agua mientras dejaba caer pequeñas migas de pan. Los cisnes, hambrientos, se arremolinaban a su alrededor.
—¿Quién es tan insensato para darle de comer a los cisnes? —preguntó Bastian en voz alta.
La respuesta a su pregunta llegó un segundo más tarde, cuando la joven se giró ligeramente hacia un lado y Bastian la reconoció. Era la misma joven que le había lanzado manzanas unos días antes.
Sin poder evitarlo, avanzó hasta donde ella se encontraba, quedándose a unos pasos de distancia.
—Empiezo a pensar que tiene cierta inclinación por provocar el caos.
La joven, al escuchar su voz, se giró hacia él con un sobresalto.
—Usted. —Sus ojos verdes se iluminaron.
Llevaba un vestido de muselina amarilla, ligero y de corte imperio, que se ajustaba bajo el pecho y caía con suavidad hasta rozar el suelo. Las mangas eran cortas, apenas abullonadas, y el escote, sencillo pero favorecedor, dejaba al descubierto la delicadeza de su cuello y clavículas.
Bastian tuvo que reconocer que el amarillo era, sin duda alguna, su color. Realzaba sus facciones y hacía que su piel pareciera más suave, casi dorada a la luz.
—¿Me está siguiendo? —preguntó ella.
—¿Siguiéndola? —repitió Bastian con un bufido de incredulidad. Sin duda alguna, aquella joven no dejaba de sorprenderlo—. ¿Yo a usted? ¡Por favor! ¡Ni que no tuviera mejores cosas que hacer!
La joven cruzó los brazos, aún sujetando el pan en una mano, y arrugó la nariz mientras lo observaba con sospecha.
—¿Entonces qué hace aquí? ¿Justamente donde yo estoy?
—Estaba dando un paseo —respondió Bastian—. Ni que Hyde Park fuera de su propiedad. Además, no le debo ninguna explicación de lo que hago o dejo de hacer.
La joven alzó los hombros e hizo una mueca, como si no creyera del todo sus palabras, pero descruzó los brazos. Se giró, volviendo a darle la espalda, y partió otro pequeño trozo de pan.
—Si usted lo dice... —murmuró, lanzando el trozo de pan hacia la orilla.
Los cisnes no tardaron en abalanzarse hacia él, peleándose por ver quién conseguía el pequeño trozo, como si fuera el más suculento de los manjares—.
Tranquilos —dijo ella en tono conciliador—, hay para todos. —Lanzó dos trozos más.
Bastian frunció el ceño mientras la observaba con desaprobación.
—¿Cómo se le ocurre darle de comer a los cisnes? ¿No se da cuenta de lo peligroso que es?
—¿Peligroso? —repitió ella, ladeando la cabeza hacia él con genuino desconcierto.
—Sí —reafirmó Bastian—. Está invitándolos a acercarse demasiado. Podrían atacarla. Está siendo usted una imprudente.
—¿Atacarme? —Ella se echó a reír—. ¿Cómo van a atacarme estos bellos cisnes? Son inofensivos.
—Los cisnes no tienen nada de inofensivos. Son animales territoriales.
A menudo, el ser humano cometía el error de dejarse eclipsar por la belleza exterior y no ver el peligro que podía ocultarse tras ella. Los cisnes eran criaturas de una belleza impresionante, pero Bastian sabía que esa apariencia escondía un temperamento mucho menos amable.
Tal vez, por eso aquella joven se sentía tan atraída hacia los cisnes. Había en ambos la misma contradicción: ella tenía un aspecto angelical, pero guardaba en su interior un carácter que prometía ser puro fuego.
—No me diga que le tiene miedo a los cisnes —dijo ella.
La burla en su tono de voz y la manera en la que lo miró no le agradaron a Bastian.
—No les tengo miedo —espetó—. Soy precavido, es diferente.
—Por supuesto —se regodeó ella—. Siempre hay una palabra más elegante para decir lo mismo.
Bastian apretó los labios con fastidio.
—No es lo mismo.
—Claro que lo es. —Ella esbozó una sonrisa provocadora—. No me puedo creer que le tenga miedo a unos pobres cisnes. ¿Le asustan los animales en general o solo los que tienen plumas?
Y, antes de que Bastian pudiera anticiparlo, inclinó ligeramente la cabeza, alzando las manos con un gesto breve y deliberadamente ridículo, imitando de forma muy poco disimulada el aleteo de un ave.
—¿Qué está usted haciendo? No sea ridícula.
Ella fue a responder, pero no llegó a hacerlo, porque los cisnes, que hasta ese momento habían aguardado con paciencia a que les lanzase otro trozo de pan, sin que ninguno de los dos lo advirtiera, se habían ido acercando poco a poco, expectantes.
Y, como el pan no llegaba, decidieron tomar la iniciativa.
Uno de ellos, claramente más atrevido que el resto, se abalanzó hacia la joven. El movimiento fue rápido y violento. Extendió el cuello, intentando, sin éxito, arrebatarle el pan.
Pero no se rindieron. Otros dos cisnes se acercaron hacia la joven, agitando las alas con impaciencia.
Bastian reaccionó al instante. Dispuesto a ayudarla, dio un paso hacia ella, le sujetó la muñeca con firmeza y la atrajo hacia atrás, colocándose delante para interponerse entre ella y los animales.
Con el susto, la joven abrió la mano y el pan cayó sobre la hierba, provocando que uno de los cisnes lo atrapara y, satisfecho, se alejara con el trozo, seguido por los demás.
—¿Está usted bien? —le preguntó Bastian, con genuina preocupación.
La joven parpadeó.
—Sí, sí —dijo, claramente desconcertada.
La cercanía hizo que la brisa arrastrara hasta él un aroma a rosas. El mismo que había quedado impregnado en la manzana que ella le había lanzado días atrás. Era un perfume suave y delicado, tan envolvente como irresistible.
Bastian inspiró.
—Su aroma es atrapante —murmuró, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—¿Gracias? —respondió ella, desconcertada.
Lo que menos esperaba Bastian era que las mejillas de la joven se encendieran. El leve rubor no hizo más que acentuar su belleza. Sus ojos descendieron hasta los labios de ella, que invitaban a ser besados.
¿Ella lo rechazaría si la besaba? Claro que era una dama y no podía besarla en público. ¿Pero ella desearía que la besara?
Desgraciadamente, el repentino aleteo de un cisne rompió el momento, consiguiendo que Bastian se apartara.
—Le advertí que debía tener cuidado —dijo Bastian al cabo de unos segundos, con la voz aún ronca e intentando recomponerse—. Podía haber ocurrido una tragedia.
Los cisnes, a unos metros de ellos, disfrutaban de su botín. La joven, que aún estaba confundida, miró a los animales y después a él durante unos momentos, hasta que finalmente sus ojos se detuvieron en él y negó con la cabeza.
—De verdad, es usted un exagerado.
Bastian arqueó una ceja con incredulidad.
—¿Exagerado?
La joven alzó los hombros con despreocupación.
—No ha pasado nada. Ni me han atacado, ni me han hecho daño, ni el mundo se ha acabado.
—Porque he intervenido —señaló Bastian con irritación—. Si no hubiera estado aquí...
—Hubiera pasado exactamente lo mismo —terminó ella, interrumpiéndolo, a la vez que señalaba a los cisnes—. Mírelos, están ahí, tan tranquilos.
Bastian chasqueó la lengua con indignación.
—Encima de que la ayudo y le evito un problema, ni siquiera es capaz de agradecérmelo.
—¿Evitarme un problema? —Ella se llevó las manos a las caderas—. Más bien, me ha creado uno. Porque ahora tengo que escuchar sus monsergas y me está usted produciendo dolor de cabeza.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó él—. En mis veintiocho años jamás había conocido a nadie capaz de convertir un rescate en un agravio.
Ella abrió la boca para responderle, pero cuando las primeras palabras fueron a deslizarse de su lengua, apretó los labios y chasqueó los dedos, como si acabara de acordarse de algo.
—Debo irme, mis amigas y mi dama de compañía me están esperando —dijo—. Si es que me hace usted perder el tiempo —resopló.
Y sin esperar respuesta, pasó por su lado y echó a correr hacia el sendero principal, alzando la falda con las manos para no tropezar.
—Sabía que te encontraría aquí.
Lady Beatrice se encontraba a su lado. Bastian se preguntó cuánto tiempo había estado observando a la joven alejarse.
—Madre —la saludó.
—Vamos.
Echaron a andar juntos, alejándose del lago y regresando al sendero principal.
—¿Quién era esa joven con la que hablabas en el lago?
Bastian frunció los labios. Así que su madre la había visto. ¿De qué se sorprendía? A ella nunca se le escapaba nada.
—Nadie.
—Es muy guapa. Me gusta.
Bastian no respondió.
Porque el problema era que, sin saber muy bien cómo había pasado, a él también.