Capítulo 6
El helado de Alice era de fresa; el de Frances, de limón; y el de Cecily, que había tardado más tiempo en decidirse, era de frambuesa.
—¡Está buenísimo! —exclamó Cecily, con un entusiasmo un poco exagerado por un simple un helado, aunque Alice estaba empezando a aprender que Cecily ponía esa misma intensidad en casi todo—. Es increíble.
—Es solo un helado —murmuró Frances.
—Es el mejor helado que he tomado en mi vida.
Frances entrecerró los ojos mientras se llevaba la cucharilla a los labios.
—Lo dices cada vez que te tomas uno.
Cecily ladeó la cabeza hacia su hermana y le sacó la lengua.
—Porque, cada vez, es verdad.
Alice esbozó una sonrisa. Se había alegrado de que sus dos nuevas amigas apareciesen al día siguiente de la presentación a la reina en la puerta de su casa para que las acompañase a pasear por Hyde Park. No habían aceptado un no por respuesta, aunque ella tampoco iba a dárselo.
Había enviado a uno de sus sirvientes con una nota a casa de su tía para avisarla de que no acudiría a la clase de etiqueta. Se imaginaba que esta entraría en cólera. Pero, aunque la apreciaba, no estaba preocupada. Acabaría superándolo, o eso esperaba Alice.
Su nueva doncella y la doncella de las gemelas las seguían a una distancia prudencial. Alice las había invitado a ir junto a ellas, pero ambas mujeres habían declinado la invitación, ruborizadas como si les hubiese pedido bañarse en el río desnudas.
Hyde Park estaba animado a esa hora de la mañana.
—Aún no se ha celebrado el primer baile, pero ya ha comenzado —murmuró Frances con resignación.
—¿Qué ha comenzado? —inquirió Cecily.
Frances la miró como si la respuesta fuera evidente, pero cuando Cecily continuó observándola en silencio, suspiró y dijo con tono cansado:
—El mercado.
—¿Hay un mercado? —preguntó Alice con ilusión—. Me encantan los mercados.
Frances ladeó la cabeza hacia ella con el ceño fruncido.
—Me refería al mercado de matrimonios.
—No lo llames así —le recriminó Cecily.
—¿Y cómo quieres que lo llame?
—La búsqueda del amor verdadero.
Frances dejó de caminar para contemplar a su hermana durante un instante, con gesto pensativo, y después negó con la cabeza.
—Definitivamente, mercado me parece más adecuado.
Cecily resopló, pero no le respondió. En su lugar, se giró hacia Alice.
—¿Y tú, cómo lo llamarías?
Alice dejó la cucharilla hundida en el helado y alzó la mirada hacia Cecily.
«Amor». Ella no creía en eso. Las personas se casaban por obligación, no por amor; por eso ella nunca se casaría. Porque a Alice no le gustaba que la obligasen a hacer nada.
—El inicio de la temporada. Supongo que me gusta llamar a las cosas por su nombre —respondió, encogiéndose de hombros.
Pero, cuando vio que ambas gemelas fruncían el ceño, lo que seguramente comenzaría una discusión interminable que a Alice no le interesaba, antes de que ninguna de las dos pudiera hablar, preguntó—: Por cierto, ¿conocéis a los Condes de Haverstock?
Había pensado ir introduciendo el tema poco a poco, con más delicadeza. Pero Alice nunca había sido mujer de rodeos, y, por mucho que las clases de etiqueta de su tía intentasen convencerla de lo contrario, eso no iba a cambiar.
Cecily asintió.
—Hemos tomado el té con lady Haverstock en alguna ocasión.
Alice esbozó una amplia sonrisa.
—Entonces no sería una falta de respeto si acudimos a su casa sin ser invitadas.
Frances entrecerró los ojos ligeramente.
—Que la conozcamos no nos da derecho a aparecer sin previo aviso.
—Entonces enviadle una nota para ir esta tarde —insistió Alice.
—¿Por qué ese interés? —preguntó Frances, más con curiosidad que con sospecha—. Lady Haverstock es una mujer bastante aburrida. Se las da de más de lo que tiene, y todo el mundo sabe que su marido se gasta el dinero en las apuestas.
—Frances —la regañó Cecily—. No está bien hablar mal de los demás.
—No estoy hablando mal, estoy diciendo la verdad.
—Mi amiga Ingrid es la institutriz de su hija y no sé nada de ella desde hace dos meses —confesó Alice, ya que sentía que podía ser sincera con las gemelas—.
Nos enviábamos cartas todas las semanas, pero ella dejó de responderme y me devolvían las mías.
He enviado cartas a los condes preguntando por ella, pero no me han respondido.
Ambas jóvenes la miraron.
—Estuvimos tomando el té en su casa junto a nuestra madre hace una semana —recordó Frances—.
A nuestra madre no le cae bien, pero hay compromisos sociales que no se pueden esquivar.
Nos contó que había enviado a su hija a pasar una temporada al campo, a casa de unos familiares, porque el aire de la ciudad no le sentaba bien.
Aunque a mí me dio la sensación de que quiere alejarla de los rumores.
—¿Qué rumores? —indagó Alice.
—Que su marido no solo gasta el dinero en apuestas, sino en mujeres de vida alegre.
—Eso solo son rumores —apuntó Cecily—, y no se debe hacer caso a ellos. —A pesar de sus palabras, la sonrisa nerviosa de sus labios sugería justamente lo contrario.
Pero a Alice no le importaban lo más mínimo los problemas del matrimonio.
—Tengo que hablar con ella y preguntarle por Ingrid —insistió.
—Probablemente habrá ido al campo con la hija —dijo Cecily para calmar a su amiga, que parecía muy preocupada.
—Ella me habría escrito contándomelo.
—Tal vez fue precipitado y no pudo avisarte. O quizá lo ha hecho cuando se ha acomodado en la casa de campo, pero te ha enviado la carta a Yorkshire —dijo Cecily, recordando que Alice le había contado esa mañana que había vivido toda su vida allí.
—Si fue al campo, ¿por qué no le reenviaron las cartas en vez de mandármelas de regreso? Y si los condes lo saben, ¿por qué no me responden?
—Es evidente que algo no va bien —dijo Frances.
—Frances —la cortó Cecily, mirándola con desaprobación.
Pero Frances se encogió de hombros.
—Solo digo lo que estamos pensando las tres.
—Pero no tienes por qué decirlo en voz alta.
Alice suspiró.
—Tengo que ir a casa de los Haverstock ahora mismo.
—No es así como se hacen las cosas —comenzó Frances—. Hay que enviar una nota, esperar respuesta, fijar una hora…
—Iremos ahora —decidió Cecily antes de que pudiese hacerlo Alice—. Voy a avisar al cochero del cambio de planes. Que nos lleve de inmediato.
—No vamos a hacer eso —dijo Frances—. No podemos.
Pero Cecily ya no la estaba escuchando. Se había girado y caminaba a paso rápido hacia donde habían dejado la calesa, con las faldas en la mano y sin mirar atrás.
—¡Cecily! —la llamó Frances.
Sin embargo, su hermana no se detuvo.
Frances la miró, luego miró a Alice, y suspiró con la resignación de quien sabe que ha perdido la batalla.
—Así no es como se hacen las cosas —repitió, antes de seguir a su hermana. Alice fue tras ellas, pero Frances la detuvo—. Espera aquí.
—¿No vamos a ir a ver a los Haverstock?
—¿Acaso tengo otra opción? —Frances exhaló un suspiro mientras miraba a su hermana, que seguía caminando sin mirar atrás—.
Pero, si vamos a presentarnos en la casa de los Haverstock sin avisar, al menos tendremos que pensar en un plan.
Tengo que alcanzar a Cecily antes de que llegue donde el cochero —murmuró, y antes de echar a correr detrás de su hermana, le dijo—: Tú solo espera aquí. No te muevas.
No moverse. Eso era algo que podía hacer.
O quizá no. Pues instantes más tarde, cuando vio un trozo de pan que a alguien se le había caído en la hierba, pensó que sería una pena desaprovecharlo.
Alice era terrible siguiendo órdenes. Incluso una tan sencilla como esa.