La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

A Bastian nunca le habían agradado los clubes ni las reuniones sociales que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. Le resultaba difícil comprender cómo tantos caballeros podían entregarse con tanto entusiasmo a conversaciones interminables que, en su mayor parte, no conducían a nada.

Aquella inclinación no era nueva. La había heredado de su padre junto con otras cualidades más útiles: la constancia, el sentido del deber y una disposición poco dada a perder el tiempo en distracciones superfluas.

Desde la muerte de su padre, el duque de Weston, tres años atrás —una fiebre repentina que, en el espacio de pocos días, había consumido a un hombre que hasta entonces Bastian veía inquebrantable—, aquella inclinación no había hecho sino acentuarse.

El título, las tierras y las responsabilidades que ahora recaían sobre sus hombros no le habían sido concedidos para su disfrute, sino para su cuidado.

Y Bastian no era hombre de eludir aquello que consideraba su obligación.

Había sido precisamente ese mismo sentido del deber lo que lo había llevado aquella tarde al club, pues, para su desgracia, los negocios no podían sostenerse sin la debida interacción social.

El ambiente, cargado de humo y conversaciones superpuestas, le resultaba tan poco atractivo como siempre.

Se había colocado cerca de la chimenea, vaso de brandy en mano, ligeramente apartado del resto.

Observaba más de lo que participaba, pues había aprendido tiempo atrás que incluso los comentarios más insignificantes podían convertirse, en el momento oportuno, en herramientas de considerable valor.

—Weston —lo saludó una voz a su espalda.

Dominic Thorne, vizconde de Rothwell, se encontraba a su lado.

Era un par de años menor que él, por lo que, aunque habían coincidido en Eton, no se habían movido en los mismos círculos.

Aun así, Dominic siempre le había parecido alguien con quien se podía mantener una conversación, lo cual, en opinión de Bastian, ya era un gran mérito.

—Rothwell.

—De todos los hombres que esperaba encontrarme aquí, tú no eres uno de ellos —comentó—. Ni siquiera sabía que estabas en Londres. ¿Vas a ocupar tu escaño en la Cámara de los Lores?

Bastian había escuchado que, a diferencia de él, Dominic no faltaba a una sola sesión del Parlamento.

—Nunca me ha interesado demasiado la política y, de momento, eso no ha cambiado.

Dominic esbozó una sonrisa.

—He escuchado que hay otras ocupaciones que te mantienen suficientemente entretenido. Las damas de la ciudad, por ejemplo.

Bastian entrecerró los ojos.

—No te tenía por una vieja cotilla.

Dominic se encogió de hombros.

—Londres puede llegar a ser muy aburrido. Uno no puede evitar escuchar los chismes.

—He estado ocupado administrando mis propiedades y ocupándome de las finanzas —le dijo Bastian.

Mentiría si negara que las mujeres no habían faltado, pero con ninguna había pasado más de una noche. Esa lección ya la había aprendido de la peor manera.

Dominic le dio un sorbo a su vaso.

—He de decir que eso no me sorprende en absoluto. En Eton te quedabas en tu habitación estudiando en vez de escaparte por las noches con el resto.

—Algunos nos tomábamos en serio nuestros estudios —le respondió, aunque lo cierto era que Bastian había sido un necio en aquella época.

—No te discuto que, si ya el ducado que heredaste era lucrativo, tú has sabido acrecentarlo considerablemente. No son muchos los que pueden decir lo mismo.

—Tú tampoco eres de los que se dedican a ostentar el título y a gastar lo heredado —reconoció Bastian—, a pesar de que sí eras de los que se escapaban por las noches.

Dominic soltó una pequeña carcajada.

—Me han acusado recientemente de que el título me ha cambiado.

Bastian tuvo la impresión de que no había sido una crítica precisamente amable.

—¿Y lo ha hecho?

Dominic consideró la pregunta un momento, girando el vaso entre los dedos.

—Supongo que sí —dijo e hizo una pausa—. ¿Y qué te trae por Londres al inicio de la temporada, si no es la Cámara de los Lores? —preguntó, sin ocultar su curiosidad.

No era ninguna sorpresa que, para cuantos lo conocían, cada vez que daba comienzo la temporada en Londres, Bastian pusiera rumbo a sus propiedades en Derbyshire, lo más lejos posible del bullicio de la ciudad. A sus veintiocho años, no tenía intención alguna de casarse.

—Me han dicho que la ciudad se pone muy bonita en esta época.

Dominic lo miró.

—No me digas que vas a buscar esposa.

—No —respondió Bastian con una rotundidad que no dejaba lugar a interpretaciones—, ni ahora ni en el futuro próximo. Mi madre tiene el honor de abrir la temporada con el primer baile y lo va a hacer en mi casa, con mi persona de anfitrión.

—Veo que no pareces feliz por ello.

—La reina le ha concedido ese honor y ella, por supuesto, no ha podido negarse —Bastian hizo una mueca—. Aunque creo que alberga la esperanza de que aproveche la ocasión para buscar esposa esta temporada.

No sabía por qué le estaba contando todo eso a Dominic.

Era cierto que esa misma mañana su madre había acudido a su casa para empezar a preparar el baile, pero también había aprovechado la visita para darle una extensa charla sobre sus obligaciones como hijo y heredero y sobre su particular deseo de convertirse en abuela.

Ella solo había tenido un hijo, a pesar de haber deseado siempre una familia numerosa, y no podía esperar a que él le diera muchos nietos.

Y, aunque adoraba a su madre, esa era una de las razones por las que, en vez de encerrarse en su despacho a ocuparse de los negocios y responder correspondencia, había preferido el club. Ella era más que capaz de seguir intentando convencerle mientras siguiese en la casa.

—Quizá alguna joven de la temporada logre doblegar tu resistencia —sugirió Dominic mientras le daba otro sorbo a su bebida—. He escuchado que este año son más interesantes que el anterior.

—Lo dudo mucho —Bastian entrecerró los ojos y chasqueó la lengua—, sobre todo si son todas como la que conocí el otro día. Una joven que consideraba que trepar árboles y lanzar manzanas a desconocidos era una forma perfectamente razonable de pasar la tarde.

Dominic lo miró con una ceja levantada y una sonrisa que Bastian no supo interpretar del todo.

—¿Y era hermosa?

Bastian dio un sorbo a su brandy.

—Eso no viene al caso.

—Siempre viene al caso.

Bastian no respondió, lo cual, viniendo de él, era casi una respuesta.

Casi sin darse cuenta, bajó la mirada hacia la mano con la que sostenía el vaso, la misma con la que, días atrás, había sujetado la manzana. Aún recordaba el delicado aroma a rosas que se había impregnado en la fruta.

—¿Y tú vas a buscar esposa? —le preguntó, no porque le importase, sino porque quería dejar de pensar en esa joven.

—No esta temporada. —Dominic hizo una mueca—. Aunque sí me veré obligado a acudir a algunos de los bailes. Mi hermana se presenta en sociedad.

Bastian lo miró.

—Es verdad, tienes una hermana —recordó—. Estará deseosa de comenzar la temporada.

Dominic soltó una carcajada que sorprendió a Bastian, aunque este se recuperó con rapidez.

—Debería haberse presentado hace dos temporadas, pero no se sentía preparada —dijo, y Bastian tuvo la impresión de que había algo más detrás de esas palabras.

Sin embargo, no preguntó porque no le interesaba.

Al contrario que Dominic, él no era ningún chismoso.

Bastante tenía ya con sus propios problemas como para interesarse por los de los demás.

La hermana de Dominic no sería más que otra de esas jóvenes cuyo único interés era conseguir un buen matrimonio, sin conversación interesante ni pensamiento propio que ofrecer. Una dama aburrida y anodina.

La imagen de la joven de las manzanas regresó a su mente sin que la hubiera invitado. Desde luego, aquella sí era diferente: impertinente, irritante y completamente impropia, pero ni aburrida ni anodina. Y muy bella.

—Estoy seguro de que encontrará un marido rápido y no tendrás que acudir a demasiados bailes —dijo Bastian—. Las jóvenes de su posición no tardan en hacerlo.

Dominic suspiró.

—Alice, ella... —comenzó, pero se detuvo.

Bastian lo observó.

—¿Qué?

—Nada —dijo Dominic, llevándose el vaso a los labios.

—¿Preocupado por los cazadores de dote?

—No exactamente. —Dominic ladeó la cabeza—. Me preocupa más que la dote no sea suficiente para convencerlos. —Lo dijo con evidente tono de broma, pero Bastian tuvo la impresión de que no era del todo mentira.

¿Tan fea sería la joven? Porque era la única manera de que la dote que, sin duda tendría, no atrajese a muchos caballeros.

Evidentemente, a él una dote no le importaba.

El día que se casase, lo haría con una mujer que pudiera darle hijos y que tuviese claro que era únicamente un matrimonio de conveniencia y supiera hacer honor al título de duquesa.

Que tuviese buena educación y ninguna esperanza de ocuparle más tiempo del estrictamente necesario.

No le importaba si no traía dote alguna.

—Tengo suerte de ser hijo único. No tengo hermanas de las que ocuparme.

Dominic no le respondió, pero suspiró y después se terminó su vaso de whisky.

—Parece que los dos vamos a tener que acudir a bailes a los que no nos apetece ir —añadió después de unos instantes—. Aprovechemos esta noche. —La expresión de Dominic se suavizó, pero Bastian pudo ver que seguía preocupado—. ¿Una partida de cartas? —sugirió, recuperando la sonrisa.

Bastian asintió.

—Supongo que es mejor que quedarnos aquí quejándonos de nuestra mala suerte.

—No estoy seguro, pero al menos, mientras estemos en el club, no hay riesgo de que una madre casadera nos presente a su hija.

Bastian, lejos de reírse, sintió un escalofrío.

No había caído en eso. Durante el baile del día siguiente, siendo él el anfitrión y uno de los solteros más codiciados, iba a tener que soportar a todas las madres de Londres con sus hijas casaderas acosándole sin tregua.

Definitivamente, necesitaba otro brandy.

O cinco más.