Capítulo 4
Para las jóvenes que aguardaban en la antesala del Palacio de St. James, aquel día era especial. El día para el que las habían preparado desde su nacimiento, el día con el que llevaban años soñando.
Pero para Alice no era más que un trámite que estaba obligada a superar si quería seguir en Londres. No tenía nada en contra de la reina, por supuesto, pero tampoco alcanzaba a entender la necesidad de que una mujer a la que jamás había visto le otorgara su visto bueno para existir en sociedad.
Tampoco estaba contenta con el vestido. El blanco nunca había sido su color favorito; era demasiado fácil de ensuciar, y ella tenía una habilidad especial para conseguirlo.
Para más inri, la cola era larga y pesada, y las tres plumas blancas que el protocolo exigía llevar en el tocado amenazaban con hacerla perder el equilibrio cada vez que giraba la cabeza.
—Erguida —le murmuró Augusta al oído.
—Estoy erguida, tía.
—Más.
Alice se preguntó cuánto más erguida podía estar antes de que su columna vertebral se partiese en dos. Pero se abstuvo de decirlo en voz alta, algo que ya era un progreso para ella.
A su alrededor, las demás jóvenes aguardaban con expresiones que oscilaban entre la emoción contenida y el terror puro. Todas de blanco, todas con sus plumas, todas con las manos perfectamente cruzadas sobre el regazo. Desde cierto ángulo, pensó Alice, parecían un rebaño de cisnes nerviosos.
Fue entonces cuando escuchó una voz a su izquierda.
—Es mucho mejor de lo que me imaginaba —suspiró alguien con devoción—. Cada detalle, cada columna, es magnífico.
—Es un pasillo, Cecily —respondió otra voz, seca pero sin crueldad—. Tiene paredes y suelo como cualquier otro.
Alice giró la cabeza, arriesgando las plumas, y encontró a dos jóvenes casi idénticas. Casi. Una contemplaba la antesala como si fuera el lugar más precioso en el que había estado nunca; la otra, sin embargo, observaba a las demás debutantes con ojo clínico.
Sintió una simpatía instantánea por ambas.
Como si lo hubiera percibido, la joven de mirada clínica desvió sus ojos color ámbar hacia ella. Alice no apartó los suyos.
—Cecily, deja de suspirar, que llamas la atención —le reprendió a su hermana en voz baja.
La aludida se volvió con una sonrisa tan luminosa que parecía llevar horas guardada.
—¡Oh! —exclamó Cecily, mirándola—. ¿No es todo esto increíble?
—El pasillo —respondió Alice— o el día en general?
—¡Todo! Llevaba años imaginando este momento. ¿Usted no?
Alice dudó un instante.
—No exactamente. Lo cierto es que nunca había pensado en este día.
—¡Eso es imposible! Toda joven sueña con este momento: con el vestido, con la reverencia, con la reina mirándote…
—Cecily —la interrumpió su hermana—, algunas solo queremos que la reina nos dé su beneplácito para poder encontrar el marido adecuado.
Cecily puso los ojos en blanco.
—Eres demasiado práctica, Frances. Hoy solo es el inicio. Empiezan los bailes, los pretendientes acudiendo a casa con flores, los paseos por Hyde Park, los valses…
—Y las mañanas recibiendo visitas que no has pedido, las tardes respondiendo notas y las noches sonriendo a hombres que no te interesan —completó Frances.
Cecily la miró como si acabara de decir algo imperdonable.
—¿Es que no te emociona nada?
—Me emociona encontrar un hombre sensato con una fortuna estable. Lo cual, te aseguro, requiere tanta estrategia como cualquier batalla.
Alice las miró a una y a otra: Cecily, con sus ojos brillantes llenos de romanticismo, y Frances, con esa calma de quien ya lo tiene todo calculado. Tan iguales, pero tan diferentes a la vez.
—¿Y tú qué esperas de este día? —le preguntó Cecily, rompiendo sus pensamientos.
Alice hizo una mueca.
—Si logro no tropezarme con la cola delante de la reina, ya habré conseguido mucho.
Cecily palideció visiblemente y bajó los ojos hacia su propia cola con una expresión de horror que, hasta ese momento, Alice solo había visto en personas que se enfrentaban a algo verdaderamente terrible.
—Dios mío —murmuró—. No había pensado en eso.
—Pues empieza a pensarlo —añadió Frances con pragmatismo—. Porque, si tropiezas, la cola arrastra y caes hacia delante, y entonces el problema ya no es la cola, sino las plumas. Harás el ridículo delante de la reina, lo que arruinará tu temporada antes de que haya empezado.
—Pero eso no va a pasarme —dijo Cecily, aunque mordía su labio inferior con nerviosismo.
—Si dejas de soñar despierta y miras hacia delante, no.
La mujer que estaba junto a ellas, y que Alice supuso que era su madre, las observó en silencio. Pero, en lugar de intervenir, esbozó una sonrisa tranquila, porque bien sabía que era mejor no interrumpir cuando sus hijas discutían entre ellas.
Alice la miró un instante y no pudo evitar preguntarse si su madre, de haber vivido, también habría estado allí a su lado, y si también habría sonreído así. Apartó el pensamiento con la misma rapidez con que había llegado. No era el momento para pensar en su madre.
—Alice —le murmuró al oído su tía—, deja de charlar y concéntrate. Vas a ser llamada en breve.
Alice ladeó la cabeza hacia Augusta, que la observaba con el ceño fruncido y esa constante mirada de desaprobación que siempre tenía cuando estaba con ella.
—No estoy charlando, tía.
—Estás hablando con desconocidas en lugar de mantener la compostura que se espera de ti.
Alice no pudo responder porque, en ese momento, un oficial de la corte apareció en la puerta y anunció su nombre en voz alta:
—Lady Alice Thorne, presentada por su tía, la condesa de Ashford.
Sin dudarlo, ambas acudieron a su llamada.
La sala era todo lo imponente que Augusta le había prometido: alta, dorada y silenciosa. La reina estaba sentada al fondo y Alice, que llevaba toda su vida oyendo hablar de ella, no pudo evitar observarla con atención mientras se acercaba.
Hizo la reverencia, larga y profunda, tal y como le habían enseñado, y retrocedió sin incidentes.
En su opinión, todo había ido perfectamente.
Cuando salieron por la puerta lateral que conducía a las que ya habían sido presentadas, se volvió hacia su tía con una sonrisa.
—Ha ido bien.
Augusta tardó un momento en responder.
—Has mirado a la reina como si fuera un cuadro de museo.
Alice arrugó el ceño, sin entender. No veía nada de malo en ello, aunque el tono de su tía sugería lo contrario.
—Solo quería verla de cerca.
Augusta exhaló un suspiro exageradamente largo y negó con la cabeza.
—Una dama mantiene los ojos discretamente bajos, no los clava en la reina como si quisiera memorizarla.
—Tampoco ha sido para tanto.
—Además —continuó Augusta, ignorándola—, la reverencia ha sido correcta, pero te has incorporado demasiado rápido.
Alice abrió la boca para responder cuando escuchó su nombre a sus espaldas.
—¡Alice!
Era Cecily, que corría hacia ella, con Frances siguiéndola a paso más tranquilo.
—¡La reina me ha sonreído! —exclamó Cecily, y, antes de que Alice pudiera reaccionar, la rodeó con los brazos—. ¿No es maravilloso?
Augusta las observó con una ceja levemente alzada.
—Cariño, deberías presentarte primero ante la joven antes de tomarte esas confianzas —dijo la madre de ambas, acercándose a ellas.
—No me importa en absoluto. —Alice esbozó una sonrisa despreocupada, devolviéndole el abrazo—. Me alegro mucho por ti.
—Alice, haz el favor de comportarte —se quejó su tía—. Aún estamos en el palacio.
Cecily se separó de Alice con una sonrisa que no contenía el menor rastro de arrepentimiento.
—No la culpe a ella —le dijo a Augusta con una reverencia breve—. Ha sido un momento tan especial que necesitaba compartir —se excusó y luego se giró hacia Alice como si la conociera de toda la vida—. ¿Cómo te ha ido a ti?
—No me he tropezado con la cola. —Alice se encogió de hombros.
Cecily soltó una carcajada y Frances, que acababa de llegar, enarcó una ceja.
—Entonces, el día ha ido bien para todas —dijo Frances.
—Puesto que mis hijas han olvidado sus modales, permítame presentarme —intervino la madre con una sonrisa amable—. Soy Mary, lady Wyndham. Y estas son mis hijas, Cecily y Frances.
—Augusta Pembridge, condesa de Ashford —respondió su tía con una inclinación de cabeza—. Y mi sobrina, Alice Thorne.
—El placer es nuestro —dijo lady Wyndham, con una calidez que contrastaba con la rigidez de Augusta—. Espero que podamos coincidir en los bailes de la temporada.
—Por supuesto que vamos a coincidir —prometió Cecily antes de que Augusta pudiese responder—. Alice ya es mi amiga.
—¿Le has preguntado si ella quiere serlo? —le dijo Frances.
—No hace falta. —Alice le brindó una sonrisa a Cecily—. Lo cierto es que yo también lo considero así.
La joven le había caído bien; había mostrado una simpatía tan genuina que resultaba difícil no corresponderla y, en una ciudad donde apenas conocía a nadie, le vendría bien tener una amiga.
—Vamos a ir a comer un helado. ¿Por qué no vienes? —le preguntó Cecily.
—Tenemos asuntos que atender —respondió Augusta antes de que Alice pudiese abrir la boca.
Cecily hizo un mohín que a Alice le pareció muy gracioso.
—Nos vemos pronto —le dijo cuando su tía comenzó a andar y ella la siguió.
—Son muy simpáticas —comentó cuando salieron del palacio y subieron al carruaje.
Su tía no respondió.
—¿No le agradan? —preguntó Alice mientras el carruaje se ponía en marcha.
Su tía se giró para mirarla.
—Son las hijas del marqués de Wyndham. Un hombre acaudalado y muy considerado en la sociedad.
—Eso no me dice si le agradan —insistió Alice.
Augusta la miró un momento antes de responder.
—Lady Wyndham debería ser más estricta con sus hijas. Ese abrazo ha estado fuera de lugar. Pero su familia tiene mucho peso en la sociedad y relacionarte con ellas no puede sino beneficiarte.
—Entonces le agradan.
—He dicho que son convenientes.
—Es lo mismo.
Augusta la miró con una expresión que no confirmaba ni desmentía nada, lo cual Alice interpretó como una victoria.
Las dos jóvenes le habían caído muy bien. Y necesitaba amigas, sobre todo porque necesitaba una excusa para poder salir de casa. Los cinco días que llevaba en Londres solo había salido de casa de su hermano para ir a casa de su tía, y empezaba a agobiarse.
Seguía sin saber nada de Ingrid. Tampoco había podido investigar, porque una dama como ella no podía salir a la calle sin una razón y siempre acompañada: normas que en el campo nunca habían sido tan estrictas.
Cecily y Frances podían cambiar eso. Con ellas tendría motivos para salir, para moverse por la ciudad, para acercarse al barrio donde vivían los Haverstock sin que nadie lo encontrara sospechoso. Y, además, no se sentiría tan sola.
Miró por la ventanilla del carruaje y, entre el ir y venir de la calle, distinguió una figura que le resultó inquietantemente familiar. Frunció levemente el ceño y tardó apenas un instante en reconocerlo.
Era él . El del jardín.
Alice lo siguió con la mirada mientras avanzaba con paso seguro, sin detenerse ni un segundo, como si nada a su alrededor mereciera realmente su atención.
Había en su porte una confianza que, en otras circunstancias, podría haber resultado admirable.
En su caso, sin embargo, le resultaba profundamente molesto.
Alice apartó la vista de él con un gesto de fastidio.
No sabía quién era, ni siquiera conocía su nombre.
Y no tenía el menor interés en averiguarlo.
Aquel hombre le había parecido frío y arrogante.
Solo esperaba que todos los caballeros que conociera en Londres no fuesen así o su estancia en la ciudad se volvería más larga y menos soportable de lo que ya anticipaba.
Pero, incluso con ese pensamiento, no pudo evitar volver a dedicarle una mirada fugaz mientras entraba en el local, lo suficiente para advertir la firmeza de su porte y la amplitud de sus hombros bajo el corte impecable del abrigo.