Capítulo 3
A Bastian le gustaba pasear. Era uno de los escasos placeres que conseguían apaciguar su ánimo.
No se trataba de un simple hábito, sino de un refugio silencioso al que acudía siempre que el mundo a su alrededor se volvía excesivo o impostado.
En aquellas veladas cargadas de cortesías vacías y sonrisas ensayadas —tan propias de los salones donde la elegancia ocultaba el tedio—, encontraba en el paseo una forma discreta de recuperar el aliento y, con él, una parte de sí mismo que no estaba sujeta a las expectativas ajenas.
Caminar le ofrecía una calma que nada más parecía concederle: el murmullo contenido de sus propios pensamientos, el leve crujir de la grava bajo sus pasos, y el aire fresco rozando su rostro con una honestidad que raras veces hallaba en compañía humana.
Había heredado aquella inclinación de su padre, un hombre que, en vida, había preferido siempre la sobriedad de los senderos solitarios a la ostentación de los grandes encuentros sociales.
Y Bastian tenía que reconocer que lady Ashford poseía un jardín muy amplio, lo bastante extenso como para ofrecer cierto alivio a quien tuviera la fortuna de perderse en él.
Había acudido al lunch acompañando a su madre.
En cualquier otra circunstancia se habría negado sin demasiados remordimientos, pero llevaba casi un año en el título y era la primera vez que ambos coincidían en Londres.
Su madre no se lo había pedido; simplemente lo había dado por hecho, que era una forma mucho más efectiva de conseguir las cosas.
Y Bastian, que sabía perfectamente cuándo había perdido una batalla antes de librarla, había cedido.
Lo que no significaba que tuviera que disfrutarlo.
Se había escabullido en cuanto había podido, sorteando con habilidad a los invitados que aún llegaban.
Sobre todo, a las madres casaderas que, aunque la temporada no había empezado aún, ya desplegaban todas sus armas con una determinación que habría impresionado a cualquier general.
Y él era uno de los solteros más codiciados de Londres.
Bastian se detuvo por un instante, permitiéndose algo tan poco habitual para alguien de su posición como no pensar en nada en particular.
Inspiró con lentitud, dejando que el aire fresco llenara sus pulmones; la primavera había llegado a Londres con una discreción que él agradecía, sin la estridencia de los salones que le esperaban dentro.
Por un momento, se sintió en paz.
Y entonces, sin previo aviso, algo impactó contra su cabeza. ¿Había llegado, por fin, el momento en el que el mundo decidía venirse abajo, y hacerlo, además, sobre su persona?
Si alguien podía tener tan mala fortuna de que le sucediese algo así, ese era él.
Bajó la mirada, aún con el ceño levemente fruncido, esperando encontrar el objeto que casi había terminado con su vida. Sin embargo, lo único que halló fue una manzana roja que reposaba junto a sus botas.
—¿Una manzana? —murmuró Bastian, inclinándose. La recogió entre los dedos para examinarla con incredulidad.
Pero su inspección fue interrumpida por una voz femenina.
—¡Oiga!
Bastian miró a su alrededor sin encontrar a nadie. ¿Ahora, además de que le llovieran manzanas del cielo, escuchaba espíritus?
—¡Aquí arriba! —volvió a gritarle la misma voz.
Bastian echó la cabeza hacia atrás y, tras un breve instante de búsqueda, dio por fin con el origen de la voz.
Allí, sobre la rama de un manzano, se encontraba una joven, acomodada con una soltura tan impropia como sorprendente.
Una de sus piernas colgaba en el aire, balanceándose con despreocupación, mientras la otra permanecía apoyada con firmeza sobre la corteza.
En su mano derecha sostenía una manzana ya mordida.
Y, en ese momento, Bastian decidió que habría preferido la posibilidad de estar viendo espíritus.
—¿Acaba usted de lanzarme una fruta? —preguntó con estupefacción.
La joven arrugó ligeramente la nariz.
A la luz que se filtraba entre las ramas, su cabello rubio adquiría reflejos dorados, casi como si el sol se hubiera detenido en él.
Su piel, clara y delicada, contrastaba con el color vivo de la manzana que sostenía, y sus facciones —suaves, casi angelicales— parecían pertenecer a alguien mucho menos inclinado a lanzar objetos desde un árbol.
—No —respondió sin el menor asomo de duda—. Se me ha caído.
Bastian esperó a que se disculpara. A fin de cuentas, a pesar de su insólita ubicación, poseía el porte de una dama, y de una dama cabía esperar, cuando menos, una disculpa.
Aunque también cabía esperar que no trepase árboles y que no estuviese sola en el jardín mientras el almuerzo se celebraba en el interior.
Sin embargo, la disculpa no llegó.
—¿No va a disculparse? —preguntó, sin poder ocultar su sorpresa.
—¿Por qué lo haría?
—Porque es lo correcto.
—Lo correcto sería no retener una manzana que no le pertenece —replicó ella con una lógica tan aplastante como irritante y, después, extendió la mano hacia él—. Así que devuélvamela.
Pero, en vez de entregársela, los dedos de Bastian se cerraron con fuerza alrededor de la fruta.
—¿Devolvérsela?
—No irá usted a apropiarse de ella. ¿O debo suponer que acostumbra a quedarse con aquello que no le pertenece?
Sus aletas nasales se le dilataron.
—¿¡Me está usted acusando de ladrón!? —exclamó con indignación.
A Bastian las mujeres le habían acusado de infinidad de cosas: de arrogante, de soberbio, de tener el corazón tan frío que haría tiritar a una piedra —y la mayor parte de ellas eran ciertas—, pero jamás lo habían llamado ladrón.
Después de todo, aunque el título lo había heredado de su padre, era él quien sostenía la fortuna y el nombre que lo acompañaban, mediante trabajo duro y constancia.
—No lo sé todavía —contestó la joven con insolencia, dándole otro mordisco a la manzana que sostenía en su mano derecha—, pero su actitud no ayuda a su defensa.
—Mi defensa no es necesaria.
—Tiene en su poder una manzana que no le pertenece.
—Ha sido usted quien la ha lanzado.
—Ya se lo he dicho, se me ha caído.
Bastian inspiró hondo y se pasó una mano por la cara, conteniendo apenas su irritación. Resultaba evidente que la lógica ya no tenía cabida en aquella conversación.
—¿Se puede saber qué hace usted colgada de un árbol como si fuera un mono?
—Respirar. Hay demasiada gente ahí dentro y muy poco aire.
Bastian pensó que eso era algo en lo que coincidían. Aunque él, al menos, había tenido la sensatez de mantener los pies en el suelo.
—No es apropiado que trepe usted a un árbol.
—¿Por qué no?
La respuesta le parecía tan evidente que, por un momento, dudó de si la pregunta era genuina. Sin embargo, al ver la confusión reflejada en el rostro de la joven, supo sin asomo de duda que lo era.
—Podría caerse.
La joven se encogió de hombros con despreocupación.
—También podría caerme un rayo, y no por eso me quedo encerrada en casa.
Bastian abrió la boca, dispuesto a replicar, pero la cerró de nuevo. La conversación era tan ridícula que, durante un instante, se encontró inesperadamente falto de argumentos, lo cual le resultó casi tan irritante como aquella joven.
—No es lo mismo —farfulló.
La joven alzó una ceja.
—¿Ah, no?
—No. Subirse a un árbol es un riesgo innecesario. Y usted está apoyada en una rama.
Ella observó la rama sobre la que se encontraba, como si la evaluara por primera vez.
—Y, sin embargo, parece bastante sólida —concluyó con soberbia, dándole otro mordisco a su manzana—. Diría que el verdadero peligro está más bien en su imaginación.
—Pero nunca se sabe. Puede caerse o... —Bastian resopló y alzó las manos en el aire—. Ni siquiera sé por qué estoy perdiendo mi tiempo discutiendo cosas ridículas con una joven insolente. Es evidente que no está usted dispuesta a entrar en razón.
La joven, que estaba a punto de dar otro mordisco a su manzana, se congeló. Su expresión dejó de ser altiva; el ceño se le frunció profundamente y sus labios rosados se apretaron en una fina línea.
—¿Insolente? —repitió, con una indignación que fue creciendo con cada palabra—. ¡¿Tiene usted la desfachatez de llamarme insolente cuando lleva los últimos minutos acusándome de comportamiento impropio, cuestionando mi cordura y, si no me equivoco, comparándome con un mono?!
—No ha sido...
Pero ella no le dejó terminar.
—¡Y ni siquiera ha considerado disculparse!
—añadió, completamente entregada ya a su propio argumento.
El rostro de la joven había adquirido un ligero tono bermellón, y Bastian no pudo evitar pensar que, incluso furiosa, era hermosa.
Demasiado hermosa. ¿Por qué estaba pensando en eso?
¿Qué diablos le ocurría?—. Lo cual, si me permite señalarlo, sí que resulta de lo más impropio.
Bastian dejó escapar una breve exhalación, alcanzando el límite de su paciencia.
¿Disculparse él? Lo que le faltaba por escuchar.
—¿Impropio? ¿Se atreve usted a hablar de lo impropio después de haberme arrojado una manzana a la cabeza?
La joven resopló y lo miró con un cansancio que irritó aún más a Bastian.
—Se me ha caído. ¿Cuántas veces se lo tengo que repetir?
—No —Bastian dio un paso hacia el árbol—, no se le ha caído. Estoy empezando a pensar que ha sido a propósito, que me la ha lanzado con la intención de darme.
La joven parpadeó con total incredulidad. Y, por un fugaz instante, Bastian tuvo la esperanza de haberla dejado sin palabras. Por supuesto que tan solo fue una ilusión.
—¿Por qué querría yo lanzarle una manzana?
Bastian se cruzó de brazos.
—No lo sé, dígamelo usted.
La joven lo miró durante unos instantes. Algo distinto pareció encenderse en su mirada.
Sin apartar los ojos de él, deslizó la mano izquierda entre los pliegues de su vestido. Un instante después, sus dedos se cerraron en torno a otra manzana. Y, sin el menor titubeo, la lanzó hacia él. Tan rápido que Bastian apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—¡Auch! —se quejó cuando la manzana cayó sobre su cabeza—. ¡Eso ha sido a propósito!
Ella esbozó una sonrisa inocente.
—Ahora sí.
—¡¿Pero acaso ha perdido usted el juicio?!
—No, tan solo le demuestro que, si quisiera haberle lanzado una manzana, no habría margen para la duda —dijo con impunidad—.
Pero parece que necesita usted pruebas más concluyentes.
—Sin darle tiempo a responder, la joven volvió a dirigir la mano izquierda hasta las faldas de su vestido y, esta vez, Bastian ya supo cuál sería su siguiente movimiento.
—Le advierto que...
Pero ella ya le estaba lanzando la manzana. Afortunadamente, Bastian ya estaba preparado y, en esta ocasión, pudo esquivarla.
—¡Deje de lanzarme manzanas! ¡Esto es inaceptable!
—Y, sin embargo, perfectamente evitable —señaló ella—. Podría haberse marchado hace ya un rato.
Eso terminó de colmar su paciencia.
—No tengo por qué retirarme de un jardín en el que estaba paseando tranquilamente.
La joven alzó la mano y Bastian atisbó otra manzana entre sus dedos.
—Ni se le ocurra... —comenzó, dispuesto a esquivarla.
Pero ella se llevó la manzana a la boca y le dio un mordisco pausado, sin apartar los ojos de él.
Bastian la miró, entre irritado y desconcertado.
—Me marcho —dijo, con una frialdad que llevaba años perfeccionando—, no porque usted me lo imponga, sino porque he decidido que esta conversación no merece ni un segundo más de mi tiempo. Buenos días, señorita.
Ella se encogió de hombros.
—Mientras se marche…
Definitivamente, aquella joven era insoportable.
Bastian no añadió nada más. Se dio la vuelta y se alejó con paso firme, decidido a no concederle ni una sola mirada adicional.
No fue hasta que llegó a su casa, horas después, cuando algo llamó su atención. Bajó la mirada hacia su mano derecha, y allí estaba, entre sus dedos, la manzana. Se quedó observándola un instante, sin entender del todo cómo había recorrido con ella todo ese camino sin darse cuenta.
Pero, en vez de enfurecerse, hizo algo que hacía años que no hacía: se rio.
Porque, aunque esperaba no volver a encontrarse jamás con aquella joven insolente, tenía que reconocer que la tarde había sido, cuando menos, entretenida.