Capítulo 2
La mansión de la tía Augusta olía a agua de rosas.
Era lo primero que Alice notó al entrar en la casa.
También se dio cuenta de que todo allí tenía un propósito decorativo y nada estaba pensado para la comodidad.
Los muebles eran demasiado elegantes para sentarse en ellos, los jarrones demasiado frágiles para estar al alcance de nadie, y los criados parecían soldados pasando revista, tan tiesos que Alice dudó de que pudieran doblar las rodillas.
La condujeron a un salón de techos altos donde Augusta Pembridge, condesa de Ashford, la esperaba sentada con la espalda tan recta que Alice sospechó que tenía la columna vertebral hecha de caoba, como el escritorio de Dominic.
Ese pensamiento le provocó una pequeña risa que se tapó rápidamente con la mano, pero su tía ya había enarcado una ceja.
—Acabas de llegar y ya estás riéndote de algo que no has compartido —le reprendió—. Espero que en sociedad tengas más modales.
—¿Prefiere que lo comparta con usted? —le preguntó Alice mientras hacía una leve reverencia, como si acabara de recordar que era de buena educación hacerlo.
Su tía suspiró.
—No será necesario, toma asiento —ordenó, señalando el canapé frente a ella con un gesto que no admitía réplica.
Augusta la estudió en silencio mientras Alice tomaba asiento, con esa mirada que inventariaba defectos antes de que uno pudiera defenderse.
—Estás demasiado delgada. ¿No te daban de comer en el campo?
—Comía de maravilla, señora. Pero la cocinera decía que soy demasiado inquieta para engordar.
—La inquietud es un defecto que debes erradicar. Se espera de ti que seas una dama tranquila y previsible.
—Entonces procuraré quedarme tan quieta como un jarrón —respondió Alice, sin poder evitar el tono burlón que se deslizó en sus palabras—. Solo espero que los criados no intenten quitarme el polvo.
La condesa apretó los labios, transformándolos en una línea tan fina que casi desaparecieron.
—Veo que el campo no solo te ha dejado delgada, sino también impertinente. ¿Acaso tu padre te permitía responderle así?
—A mi padre solo lo vi una vez tras la muerte de mi madre. Fue en su propio funeral; no estaba en situación de decirme nada.
Augusta perdió la compostura por un instante y la miró con los ojos desorbitados, sorprendida por la crudeza de la respuesta. Se aclaró la garganta y recobró la serenidad de inmediato.
—Si pretendes sobrevivir a esta temporada, esa lengua tuya debe aprender a ser más dócil. Los caballeros buscan una esposa, no un dolor de cabeza.
—¿Quiere decirme que los hombres desean una mujer que no les moleste y que no piense por sí misma?
La condesa se llevó una mano al collar de perlas, como si necesitara comprobar que seguía en su sitio, y soltó un suspiro de cansancio.
—Lo que los hombres desean, Alice, es la ilusión de que tienen el control. Lo que tú pienses en la intimidad de tu alcoba me tiene sin cuidado, siempre y cuando en un salón sepas sonreír y callar en el momento adecuado.
Sonreír. Eso podía hacerlo. Ahora, callarse, eso era mucho más complicado. A menudo la habían acusado de no callarse ni debajo del agua, y no era una acusación baldía.
—Haré lo posible por no asfixiarme con mis propias palabras, tía —respondió Alice, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Augusta no pareció apreciar el sarcasmo; se limitó a coger la taza de té que descansaba en una mesita a su lado y le dio un sorbo.
—Dominic debió traerte antes a la ciudad. No solo vas a hacer tu debut tarde, sino con solo una semana de tiempo para la presentación ante la reina. En condiciones normales es difícil; en el tuyo, es un milagro.
—Si cree que no es posible, podemos dejar la presentación ante la reina para el año que viene. —Alice se encogió de hombros despreocupadamente—. Puedo quedarme en la ciudad como mera espectadora.
Ciertamente, esa era una posibilidad que sonaba de lo más tentadora. Demasiado para ser cierta, tal y como descubrió un segundo más tarde.
—¡Pero qué sandeces estás diciendo! —replicó su tía.
Se puso tan roja que Alice temió que le diera un síncope—.
¡¿Una espectadora?! —Augusta dejó la taza sobre el plato con un golpe tan seco que amenazó con quebrar la porcelana—.
Eres la hermana de un vizconde, una dama.
Debes presentarte ante la reina para que la sociedad sepa que existes.
No te quedarás escondida en casa de tu hermano ni pasearás por Londres como una desconocida.
Eso solo desataría rumores, ¡y no pienso permitir que el nombre de esta familia termine en boca de nadie!
A Alice no podían importarle menos los rumores. Nunca le había importado lo más mínimo lo que pensasen de ella. Pero su tía era una mujer a la que le importaban las apariencias por encima de todo.
—No voy a regresar al campo —dijo Alice con seguridad.
No podía hacerlo, no aún.
—Por supuesto que no lo vas a hacer —estuvo de acuerdo su tía—. El tiempo apremia, pero lo lograremos. Ya he llamado a mi modista; ella estará a punto de llegar. Tendrá preparado a tiempo el vestido para la presentación y todo el guardarropa que necesitas para la temporada.
—He traído mis vestidos, y…
—Los vestidos del campo no sirven para la ciudad —dijo su tía, señalando con desdén la prenda de Alice—. Ese algodón sencillo y ese estampado de flores pequeñas son para pasear por el huerto, no por la avenida.
Alice arrugó el ceño.
—Es un vestido bonito, tía.
—Es un vestido sin estructura. No tiene el corte ni la seda que se espera de una joven de tu posición aquí. El talle es demasiado alto y las mangas carecen de cualquier gracia. No, Alice, ese vestido debe regresar al baúl en el que vino.
—Es cómodo.
—Una dama no debe estar cómoda. ¿Sabes bailar?
—Por supuesto que sé bailar. He tenido profesor de baile durante años.
Su tía suspiró, aliviada.
—¿Cuál es el baile que mejor se te da?
—Las cuadrillas de campo. —Alice alzó la barbilla con orgullo—. Son las más divertidas, sobre todo cuando el ritmo se acelera al final del baile. En la última fiesta de la cosecha…
Su tía levantó una mano.
—Dios me valga, es un desastre —se lamentó, llevándose la mano a la frente en un gesto, a ojos de Alice, exageradamente teatral—.
Tu padre debió traerte a la ciudad cuando murió tu madre.
Se lo pedí, pero no quiso atender a razones.
Una jovencita necesita una figura materna para aprender lo que se espera de ella.
—Sé bailar el vals —dijo Alice, porque pensó que necesitaba decir algo antes de que su tía sufriese un colapso—. Me lo enseñó mi profesor de baile. De hecho, yo misma se lo enseñé a los sirvientes y solíamos…
Augusta empezó a abanicarse con la mano.
—¡Por favor, Alice, no sigas! —exclamó—. ¡¿A los sirvientes?! ¡¿Has bailado un vals con el servicio?!
—Solo para practicar los pasos, tía. Ellos se divertían y yo…
—¡Silencio! —la interrumpió con severidad, cerrando los ojos con fuerza—. Que no vuelva a salir una palabra semejante de tu boca. No puedes bailar el vals en público sin el permiso de, al menos, una de las patronas de Almack’s.
—Lo sé. He vivido en el campo, pero sé esas cosas. Por eso no lo bailaba en las fiestas con los vecinos. —Alice se mordió el labio inferior, pensativa—. Bueno, en una ocasión…
—No quiero saberlo, Alice —dijo su tía levantando una mano—. Lo que hicieras en el campo debe quedarse allí, enterrado bajo el lodo de los caminos. A partir de ahora, tu vida empieza de cero.
—Pero solo fue una vez y...
—¡He dicho que no quiero saberlo! —la cortó con un gesto tajante—. Ni una anécdota, ni una confesión. Ni siquiera a un cura.
—Va a disculparme, pero creo que está exagerando.
—No, no exagero. —Augusta recuperó un poco de aire—. Una sola frase imprudente puede arruinar una estirpe. La reputación es un cristal que, una vez quebrado, no se puede pegar.
—Tendré cuidado con lo que digo —cedió Alice.
Porque, ciertamente, estaba empezando a preocuparse por la salud de su tía. Parecía demasiado acalorada.
—Me aseguraré de que lo tengas —prometió Augusta—. Mañana mismo empezarás con clases de etiqueta y no, no quiero que me digas que ya has dado esas clases —dijo cuando Alice abrió la boca para hablar—. Me niego a saber qué te impartieron en ellas.
—Pero tía...
—Ni una palabra —la acalló con severidad—. Si tu profesor de baile te permitía esas familiaridades con el servicio, ¡no quiero ni imaginar qué te habrán enseñado sobre cómo comportarte en una mesa o cómo saludar a la reina!
Alice asintió.
Aquello iba a ser más difícil de lo que pensaba.
Tenía una buena educación, pero nunca habían sido demasiado estrictos con ella.
De niña había sido terca, prefiriendo disfrutar del aire libre antes que estar encerrada en una habitación, y como su padre nunca se había interesado por sus progresos, sus profesores e institutrices terminaron siendo laxos con ella.
Y, por supuesto, aquellas enseñanzas no serían suficientes para su tía, y estaba segura de que para la sociedad tampoco.
—Aprendo rápido —prometió.
Su tía la miró con fijeza. Alice pudo percibir la duda en sus ojos oscuros, algo por lo que no podía culparla.
—Lo primero que debes aprender es a estar callada. Solo debes hablar cuando te pregunten.
—¿Y si un caballero se acerca a mí pero no me pregunta nada? ¿Debo mantenerme en silencio? —La pregunta era genuina, pero su tía cogió el abanico que descansaba en su regazo y se abanicó con fuerza.
—¿Tiene calor, tía? —preguntó Alice—. Abriré la ventana.
—Siéntate —le ordenó su tía cuando comenzó a levantarse—. Una sirvienta se encargará de ello. Una dama no abre ventanas —dijo, a la vez que usaba la campanilla para llamar al servicio.
Alice no entendía la razón, pero, dada la situación, prefirió no replicar.
—Está bien.
—Y si un caballero se acerca a ti —continuó su tía una vez que una sirvienta abrió una de las ventanas y el aire fresco la ayudó a recuperarse del sofoco—, debes hablar del tiempo o de tus habilidades al pianoforte.
—No sé tocar el pianoforte.
—¿No sabes tocar el pianoforte?
—Disculpe el atrevimiento —dijo Alice—. ¿Sufre problemas de oído? Hay un remedio que limpia el conducto; puedo hacerlo con un poco de aceite de almendras y esencia de manzanilla. Iré a la cocina y se lo prepararé ahora mismo.
Augusta se quedó petrificada.
—¿A la cocina? ¿A mezclar aceites? —La mujer parecía al borde de un síncope—. Una joven noble no entra en la cocina a preparar ungüentos como una boticaria, Alice. Y mi oído está perfectamente. Lo que falla es mi entendimiento: ¿cómo es posible que no sepas tocar ni una pieza?
—Tuve una profesora, pero se marchó a los pocos meses, diciendo que mis notas le daban punzadas en las sienes.
—Una buena profesora debe ayudar a su alumna a mejorar. No importa lo que le cueste.
Alice se mordió el labio. No le parecía justo culpar a la pobre mujer.
—Es cierto que entonces yo era algo traviesa. No solo tocaba mal, sino que me pareció gracioso frotar las teclas del pianoforte con esencia de mofeta que yo misma había destilado.
Su tía ni se inmutó.
—No es excusa. Debió reprenderte e insistir. Las jóvenes se vuelven rebeldes cuando no se las educa con la debida disciplina de niñas.
Alice esbozó una sonrisa inocente.
—No era una niña, tenía dieciséis años, tía.
—¡Por la Virgen María!
—He cambiado, tía —dijo Alice, porque sintió que tenía que aclararlo. No era dada a mentir, aunque, en ocasiones como aquella, en la que la salud de su tía peligraba, prefería hacer una excepción.
—Lo que necesitas es un marido. —Augusta cruzó las manos frente a sí—. Tener hijos pronto también será de ayuda; nada aplaca tanto a una mujer como las responsabilidades de una madre.
—Primero tendría que presentarme ante la reina, tía —sugirió Alice, aunque su tía no la estaba escuchando.
—Tu hermano ha estipulado una dote muy suculenta por ti —continuó—, pero ha dejado claro que solo aceptará hombres que no necesiten ese dinero para darte una buena vida.
Lo cual, teniendo en cuenta tu carácter impertinente, será un reto.
—Augusta se irguió en la silla y añadió con soberbia—: Por suerte para las dos, me gustan los retos.
—Milady —las interrumpió una de las sirvientas—, la costurera ha llegado.
Augusta se levantó.
—Empecemos entonces. No hay tiempo que perder.
—Tía —la detuvo Alice—. Antes de que la costurera me clave mil alfileres y me deje sin respiración con el corsé, hay algo que quiero preguntarle. ¿Conoce a los Condes de Haverstock?
Augusta la miró con indignación.
—Mi modista es la mejor de Londres, no va a clavarte ningún alfiler.
—Confío en usted. —Alice no se levantó de la silla, consiguiendo que su tía frunciese el ceño—. ¿Los conoce? —insistió, ya que su tía no le había respondido, y aunque Alice sospechaba que lo había hecho adrede, ella no era de las que se daba por vencida fácilmente.
—Lord y Lady Haverstock... —Augusta entornó los ojos, haciendo un esfuerzo de memoria—. Creo que me los presentaron en una de las fiestas de la temporada anterior. No recuerdo en cuál.
—¿Podría presentármelos?
—Aparte del título y un poco de dinero heredado, no tienen nada que ofrecer. Son gente anodina, Alice. No van a ayudarte a posicionarte bien en la alta sociedad. Y tampoco tienen un hijo casadero.
—Tienen una hija de diez años. Una buena amiga es su institutriz.
—¿Tienes amigas institutrices? —le preguntó, como si ese fuese el mayor de los pecados.
—Trabajaba para los hijos de los marqueses de Rockingham. Sus tierras están cerca de las nuestras en Yorkshire. Cuando los niños se marcharon a Eton, ella vino a Londres a trabajar para los Haverstock.
—De modo que, en lugar de cultivar la amistad de los marqueses y su linaje, preferiste la compañía de su empleada.
Alice suspiró. Su tía no iba a ponérselo nada fácil.
—Me gustaría saludarla. He pensado acercarme a su casa…
—No puedes presentarte en su casa sin ser invitada.
Ella lo sabía bien. Por eso les había enviado varias cartas que ellos no habían respondido.
—Si pudiera presentármelos…
—Olvídate de ellos y de su institutriz. —Su tía hizo un ademán con la mano, cortando la conversación—. Vamos, la modista está esperando en el salón azul. —La miró de arriba abajo antes de añadir—: Y hay mucho trabajo por hacer.
Alice suspiró, pero se levantó.
Las normas de la sociedad le parecían corsés insoportables; un entramado de etiquetas y rigideces que solo servían para complicar su existencia. Y para obligarla a pasar más tiempo en Londres del que deseaba.
Después de todo, a pesar de lo que su hermano y su tía creían, no había acudido por la temporada, pues Alice no tenía la menor intención de encontrar marido. Su presencia en Londres obedecía a un propósito muy distinto.
Y no regresaría a Yorkshire hasta haberlo cumplido.