La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1) Capítulo 1
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La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1)

La dama que desafió al duque (Saga Regencia nº 1)

Por Lexi Thurman

© inepub.com

Capítulo 1

Alice Thorne observó las calles de Londres desde la ventana del carruaje con el mismo entusiasmo con el que un prisionero mira sus cadenas. En sus veinte años había evitado aquel nido de víboras, aunque al final había terminado justo donde juró que nunca iría.

Llevaba dos años ignorando los intentos de su hermano por presentarla en sociedad. Dos años en los que se había enfrentado a él con uñas y dientes, defendiendo su derecho a quedarse en Yorkshire.

Pero, aun así, allí estaba.

El carruaje se detuvo con un movimiento seco frente a una imponente fachada en Mayfair. Alice no esperó a que el lacayo abriera la puerta; lo hizo ella misma, saltando al suelo de piedra antes de que el estribo estuviera colocado.

—Milady, las damas no bajan de esa manera del carruaje —la reprendió Margaret, su doncella.

—¿Acaso ves a alguna dama por aquí, Margaret? —replicó Alice—. Solo estoy yo.

Margaret, que llevaba sirviéndola desde que Alice apenas alcanzaba el pomo de las puertas, suspiró mientras bajaba del carruaje.

—Estamos en Londres, señorita. Aquí las paredes tienen ojos y las ventanas, lenguas. Un solo descuido y su reputación se habrá esfumado antes del anochecer.

—No me preocupa mi reputación —dijo Alice con una gran sonrisa, provocando que su doncella volviese a suspirar.

—A su madre le habría gustado que se comportara como una dama.

Alice puso los ojos en blanco. Su madre había fallecido de unas fiebres cuando ella contaba nueve años. A veces le costaba recordar su cara, pero lo que nunca olvidaría era el cariño con el que la había tratado.

—Mi madre deseaba que fuese feliz, Margaret.

—Deseaba que fuese una mujer respetada. La felicidad y el decoro no tienen por qué estar reñidos, por mucho que usted se empeñe en lo contrario.

Alice negó con la cabeza, dándose por vencida. Sabía que no iba a poder convencer a Margaret de lo contrario, pues era muy tozuda. Llevaba años intentando que la tratase con menos formalidad, sin éxito alguno.

—No puedo convertirme en algo que no está en mí.

—Por supuesto que está en usted. Es la hija de un vizconde.

No, no lo era.

Pero nadie lo sabía. Era un secreto que sus padres se habían llevado a la tumba. Un secreto que ella no debía conocer, pero que conocía.

—No quiero discutir contigo —dijo Alice—. Te agradezco que me hayas acompañado a Londres, pero ya puedes irte.

Margaret alzó una ceja pálida y se llevó las manos a las caderas.

—¿Me está despachando antes de entrar en la casa?

Alice esbozó una de sus sonrisas.

—No deseas quedarte en Londres. No te gusta la ciudad, siempre lo dices.

—No le falta razón, señorita. Pero me quedaré con usted.

—No, no lo harás. Que yo tenga que pasar por este suplicio no significa que tú tengas que hacerlo. Regresarás a Yorkshire en cuanto descanses.

Margaret suspiró.

—Tiene un tierno corazón, milady, como lo tenía su madre. Pero la temporada social no es lugar para jóvenes con corazón tierno.

Alice mordió su labio inferior.

Ella estaba en Londres para presentarse en sociedad: bailes, protocolos y la búsqueda de un marido; solo esperaba no tener que llegar tan lejos. Fue a responder, pero el mayordomo que estaba esperándolas en la puerta emitió un carraspeo, provocando que lo mirase.

—Milady, es un placer recibirla en la mansión —dijo el hombre con una breve inclinación—. Su hermano está esperándola en su despacho.

Alice posó sus ojos claros en él.

—Dile a mi hermano que primero deseo quitarme el polvo del camino, comer algo, tomar una siesta y conocer la casa.

Margaret negó con la cabeza mientras el mayordomo abría mucho los ojos.

—¿Y cuándo piensa encontrarse con él? —preguntó el hombre, desconcertado.

—Mañana. O tal vez pasado —respondió ella mientras pasaba por su lado para entrar en la mansión.

—Pero, milady, su hermano está esperándola ahora mismo en su despacho.

Alice se detuvo en seco y se giró hacia él. Le dedicó una sonrisa tan amplia que sus ojos verdes brillaron, logrando que el hombre suspirara aliviado por un segundo.

—Tienes toda la razón —le dijo con tono amable—. Ve a avisarle de inmediato; no quiero que se quede ahí encerrado toda la noche esperando a que aparezca. Pobrecito, se le va a quedar cara de mueble, y sería una pena que se perdiera la cena por mi culpa.

—Milady, yo… —comenzó el mayordomo, pero Alice ya no le prestaba atención. Clavó su mirada en una joven sirvienta que aguardaba inmóvil al pie de la escalera—. ¿Te importaría indicarme cuál es mi habitación?

La joven alternó la mirada entre Alice y el mayordomo, confundida, mientras el resto del servicio empezaba a cuchichear en voz baja por los rincones. Sin embargo, el murmullo se cortó en seco.

—Te llevarán a tu alcoba solo después de que hayas hablado conmigo.

La voz de su hermano cayó sobre el vestíbulo como una losa, imponiendo un silencio absoluto. Alice levantó la vista y lo vio allí, observándola con una autoridad que no admitía réplicas.

La última vez que se habían visto en persona había sido durante el entierro de su padre, dos años atrás.

Dominic siempre había sido bien parecido, pero ahora había en él algo distinto: el tiempo lo había terminado de esculpir.

Sus hombros se habían ensanchado, su figura se había vuelto más sólida, y el título de vizconde parecía sentarle como si siempre hubiese sido suyo.

Vestía con sobria elegancia: un frac oscuro perfectamente ajustado, chaleco claro y una corbata anudada.

Su cabello rubio, apenas unos tonos más claro que el de ella, caía con estudiado descuido sobre la frente, y sus ojos verdes —herencia compartida de su madre— parecían ahora más serenos, aunque no por ello menos penetrantes.

—Dominic. —Alice hizo una reverencia descarada que no impresionó a su hermano—. No tenías que haberte molestado en venir a darme la bienvenida. A fin de cuentas, solo soy tu hermana pequeña.

Dominic esbozó una sonrisa, impasible ante el sarcasmo de Alice.

—Es bueno ver que los aires de la ciudad no te han quitado esa lengua afilada que tanto cultivaste en el campo.

—Acabo de llegar; solo he visto la ciudad desde el carruaje. Tal vez cambie en unos días y me vuelva una mujer silenciosa y aburrida.

Fingiendo no escuchar las últimas palabras, Dominic se dio la vuelta y dijo con voz despreocupada, antes de comenzar a andar por el pasillo:

—Acompáñame, hermana.

—¿Es una invitación o una orden, Dominic? —preguntó Alice, alcanzando su paso.

—Los hermanos mayores no pueden dar órdenes a sus hermanas pequeñas. ¿No es lo que siempre decías?

Alice se mordió el labio inferior. Recordaba perfectamente cuando usaba esa frase para salirse con la suya, antes de que todo cambiara entre ellos.

—Eso fue antes de que decidieras que el título de vizconde te daba derecho a dirigir el mundo, Dominic.

—Lo que me da el título es la obligación de asegurarme de que mi hermana tiene un futuro prometedor —dijo, a la vez que abría una puerta que ella supuso que era la del despacho, y la invitó a entrar.

Alice cruzó el umbral y se detuvo. Era una estancia sobria, dominada por un imponente escritorio de caoba cubierto de documentos y paredes forradas de libros que llegaban hasta el techo. Era un lugar que respiraba orden y autoridad.

—¿Este también era el despacho de padre? —le preguntó ella.

Su padre había fallecido dos años atrás, pero ella no había llorado su muerte ni siquiera notaba su ausencia, ya que nunca había estado presente.

Dominic se sentó tras el escritorio de caoba y le señaló la silla vacía frente a él. Alice se quedó de pie, ignorando el gesto. Él alzó una ceja, impasible.

—Lo era. ¿Por qué lo preguntas?

—Es muy él —murmuró, con un ligero escalofrío, frotándose los brazos sin darse cuenta—. Huele a reglas y a silencios.

Dominic la miró durante un instante. A pesar de su postura relajada y del leve tamborileo de sus dedos sobre la mesa, su expresión se ensombreció.

—Yo no soy él, Alice.

—Lo sé.

Estaba segura de que su hermano no sabía sobre su bastardía. Si fuese así, nunca habría insistido en presentarla en sociedad.

—Me alegra que, por fin, hayas aceptado mi petición de acudir a Londres.

Alice arrugó la nariz.

—No era una petición, era una orden, Dominic.

—¿Y cuándo te ha importado eso a ti, Alice?

Nunca, pero ella necesitaba que él creyese lo contrario.

—Tal vez me habrías permitido saltarme una temporada más, pero antes o después me habrías arrastrado hasta aquí. ¿Para qué retrasarlo?

Alice sopesó decirle que, simplemente, había decidido que ya era hora de buscar marido. Pero sabía que no era tan buena mentirosa y Dominic la conocía demasiado bien como para creerse ese repentino interés por el matrimonio. Optó, entonces, por una verdad a medias.

Él la miró con sospecha, pero se abstuvo de hacer ningún comentario.

—La tía Augusta será tu madrina —continuó—. Ella se encargará de presentarte ante la reina y acompañarte a los bailes.

Augusta era la hermana menor de su padre y estaba casada con un marqués. Tenía dos hijas a las que había casado con éxito. Alice solo la había visto en dos ocasiones, durante dos breves visitas que la mujer había hecho al campo.

—Estoy deseosa de reunirme con ella —mintió descaradamente.

Lo hizo con tal efusividad que, por un instante, temió haberse excedido. Sin embargo, Dominic no pareció sospechar nada o, al menos, no lo dejó ver.

—Mañana te reunirás con ella en su casa —le dijo su hermano—. Y ahora puedes ir a tu alcoba.

Pero Alice no se movió.

—Quiero que Margaret regrese a Yorkshire.

—Eso no es un problema. Te asignaré una doncella más acorde a tu edad; te sentirás más cómoda.

—Me siento cómoda con Margaret, pero ella odia Londres. Se quedaría por mí, así que quiero que le ordenes marcharse.

Dominic asintió.

—Como desees.

—Te lo agradezco.

Alice se giró para marcharse.

—No es mi deseo ser tu enemigo, Alice —le dijo su hermano antes de que ella sostuviese el pomo de la puerta—. Pero eres una dama y es hora de que cumplas con tu deber con la familia, como todos debemos hacer.

—¿Mi deber es casarme con un hombre con título, al que no conozca de nada?

—Para eso es la temporada: para que conozcas al hombre adecuado que será tu esposo.

Ella suspiró.

—¿Y qué hay de tu deber, Dominic? —preguntó, soltando el pomo y dando un paso hacia él—. Tú también eres parte de esta familia y sigues soltero.

—Es diferente.

—No lo creo. Tú debes engendrar un varón legítimo que continúe con el legado.

—Y lo haré a su debido tiempo.

Esa era otra de las muchas injusticias de la sociedad. Un hombre de veintiséis años aún era joven; aún tenía tiempo para casarse y tener hijos. Pero una mujer como ella, con veinte años, ya se estaba acercando peligrosamente a la etiqueta de solterona.

—Voy a mi alcoba, necesito descansar —dijo Alice, cortando la conversación.

Dominic se limitó a asentir, centrando de nuevo su atención en los papeles de su escritorio. Alice lo observó un segundo antes de salir.

Mientras subía las escaleras siguiendo a la sirvienta que la había esperado, se hizo una pregunta que siempre terminaba en el mismo vacío: ¿la amaba su hermano o ella era simplemente otra pieza del patrimonio de los Thorne que debía colocar en el tablero adecuado?

No lo sabía. Y solía repetirse a sí misma que le daba lo mismo. Pero lo cierto es que deseaba que él la amase, y esa era una debilidad, y ella no podía permitirse debilidades.

—Ya estamos, milady —dijo la sirvienta, abriendo una puerta pesada—. Espero que la habitación sea de su agrado.

Alice entró sin detenerse a examinar los detalles. Nunca había necesitado lujos para sentirse cómoda y, ahora mismo, su mente estaba en otra parte.

—Gracias, puedes retirarte —le dijo a la sirvienta de la casa con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Se giró hacia Margaret, que ya estaba arrodillada frente a los baúles de cuero, sacando los vestidos con movimientos expertos para evitar que se arrugaran.

—Puedo hacerlo yo.

—Claro que puede, pero ahora está en la ciudad, y no debe.

—Deberías descansar. Mañana partes para Yorkshire.

Margaret arrugó el ceño.

—Voy a quedarme con usted.

—Mi hermano va a ponerme otra doncella. Debes partir.

Margaret se puso de pie y la miró.

—Ha sido idea suya.

Alice ni siquiera se molestó en fingir lo contrario.

—Sí.

Los ojos oscuros de Margaret estudiaron su rostro.

—Trama algo —dijo finalmente.

—Claro que no —respondió Alice.

Pero Margaret la conocía mejor que la palma de su mano.

—Nunca ha sabido mentir —suspiró—. Y siempre está tramando algo.

—Hay algo que debo hacer, eso es cierto —reconoció Alice, estirando las manos para que la mujer se las cogiera, cosa que hizo—. Y debo hacerlo sola. Regresa a Yorkshire y asegúrate de que todo sigue en su lugar cuando regrese.

Margaret la miró fijamente. Aquella joven a veces la volvía loca, pero la adoraba.

—Respetaré sus deseos. Y mentiría si no dijera que acabamos de llegar y ya deseo irme. Pero prométame que se cuidará.

Alice le brindó una sonrisa.

—Lo haré.

Margaret apretó las manos de Alice una última vez antes de soltarlas. Cruzó la estancia en silencio y se detuvo ante la puerta.

—Envíeme cartas con frecuencia. Necesito saber cómo se encuentra.

—Lo haré.

—Si no lo hace, regresaré —le advirtió con una mueca seria—. Y esta vez, no podrá lograr que me marche de su lado.

—Te prometo que lo haré.

Margaret asintió, pero no se movió por unos instantes, como si estuviese decidiendo si se arrepentía.

—Cuídese, por favor, cuídese.

—Todo va a ir bien, Margaret. Te lo prometo.

Con un último asentimiento, Margaret se marchó y la dejó sola.

Alice se acercó a la ventana. Desde allí se divisaban algunas de las casas de Mayfair. Eran lujosas e imponentes. También vio a miembros de la nobleza paseando por las calles; todo era demasiado diferente al campo.

Aquella no era la aventura que había soñado vivir. Y no estaba segura de estar preparada para ello.

Pero debía estarlo. Porque Ingrid necesitaba que lo estuviese.