La dama del norte (Costa Vasca 2) III. El intercambio en el muelle
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III. El intercambio en el muelle

El puerto de Getaria descansaba en calma a la caída de la tarde.

La luz del atardecer trazaba un resplandor cobrizo sobre el Cantábrico mientras las gaviotas se recogían en los tejados de la villa.

El muelle, limpio y brillante tras la lluvia nocturna, olía a salitre fresco, a piedra lavada y a madera de barco.

Irati y Jules caminaron despacio hasta el extremo del espigón, con dos pequeños paquetes envueltos bajo el brazo.

En la lonja se encendían las primeras luces de trabajo y desde la parroquia de San Salvador llegaba el eco pausado de las campanas. Se sentaron al borde del muelle, con las piernas suspendidas sobre el agua en calma y la vista fija en el horizonte marino.

—Las investigaciones se cierran de muchas maneras —comentó Irati rompiendo el silencio—. Con un informe exhaustivo, con una orden judicial de detención o con una pieza histórica devuelta a una vitrina. —Le tendió su paquete—. Pero a veces también con un gesto. Es para ti.

Jules desató el cordel con calma. Dentro había un ejemplar encuadernado de la monografía sobre el pecio y las leyendas de la costa que acababa de editar el Museo San Telmo. En la cubierta, una fotografía en blanco y negro del flysch bajo la niebla capturaba la esencia de lo que habían vivido.

—El testimonio de todo lo que ocurrió —dijo Jules, acariciando la tela del lomo—. La historia real de esta costa, rescatada del fondo antes de que el expolio la borrara para siempre.

—Y la que nos toca defender de ahora en adelante —añadió ella con una sonrisa serena—. Ahora te toca a ti.

Jules sacó un sobre de su abrigo, sellado con el membrete de la legación estadounidense en Madrid. Irati lo abrió y extrajo el documento oficial: la resolución firmada por la que Washington aprobaba formalmente la prórroga de su destino como enlace permanente del FBI en España.

—Aprobada —dijo Jules, mirándola directamente a los ojos—. Me quedo un año más. Destinado en Madrid, coordinando el seguimiento de las redes de blanqueo marítimo en la península.

Irati leyó las líneas dos veces, sintiendo que un peso invisible terminaba de disiparse de su pecho. Dobló el folio y lo guardó junto a su placa de la Ertzaintza.

—Un libro y un destino —dijo ella, con una calma que no sentía en años—. Parece un buen trato para sellar un caso.

* * *