La dama del norte (Costa Vasca 2) II. El compromiso
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II. El compromiso

El caserío de Eneko estaba en lo alto, sobre el puerto, con la lluvia de la noche golpeando los ventanales y el fuego de la chimenea haciendo crujir la leña.

Era una casa de madera y piedra, de esas que huelen a invierno antes de que llegue el invierno, con vigas bajas y suelos que crujen con memoria, y Eneko había dejado las mantas apiladas junto al fuego, una botella de txakoli abierta sobre la mesa con dos copas,

y una nota escrita con su letra de bombero, que no se andaba con rodeos: La casa es vuestra esta noche.

Yo duermo en la hermana. No la rompáis. Irati había sonreído al leerla, y la había doblado y guardado en el bolsillo, junto a la placa.

La lluvia caía con una constancia de metrónomo contra los cristales.

Irati se sentó en el suelo frente al fuego, con las piernas recogidas y los brazos alrededor de las rodillas, y Jules le acercó una copa de txakoli y se sentó a su lado, tan cerca que los hombros se tocaban.

Durante un rato no hablaron: escucharon la lluvia, el fuego, el crujido de la madera, el viento que se colaba por la chimenea y lo hacía entrar y salir como quien asoma la cabeza a una casa ajena.

Fue un silencio de esos que no piden ser llenados, y los dos lo dejaron estar.

En la cocina, sobre la encimera de piedra, Eneko había dejado más de lo que la nota prometía: un plato de queso de Idiazabal con membrillo, pan de maíz envuelto en un trapo, un tarro de miel de la colmena que su hermana tenía tras la huerta y una botella de sidra abierta junto a el txakoli,

con dos vasos anchos esperando.

Jules se levantó, fue hasta allí y volvió con el taburete de madera y la bandeja, y lo colocó todo entre ellos, sobre el suelo delante del fuego, como quien monta una merienda para dos.

—Nueva York me enseñó a no rechazar lo que te dan sin condiciones —dijo, partiendo el pan con las manos—. Sobre todo el queso bueno.

—¿Y Madrid? —preguntó Irati, con la copa entre las manos, mirando cómo la miel goteaba del pan antes de morderlo.

—Madrid me enseñó a guardar el silencio para cuando importa. —Señaló la lluvia con la barbilla—. Como este. Los silencios de ahora no tienen urgencia, Irati. Son de los que se pueden dejar correr.

Irati mordió el pan y cerró los ojos, y durante un momento el sabor de la miel y del queso se mezcló con el olor de la leña y con la lluvia, y todo ello le supo a una cosa que no sabía nombrar.

Pensó en los inviernos de Bilbao, en los atestados en la comisaría, en las noches en que llegaba a casa con la ropa mojada y el móvil vibrando; pensó en las cenas que se tomaban de pie, contra la encimera, con un ojo en el expediente y el otro en la ventana.

Y pensó que no había tenido nunca una noche como esta, en la que nada llamaba, en la que nadie esperaba, en la que el tiempo no se medía por lo que faltaba sino por lo que estaba pasando.

—El invierno —dijo en voz baja, casi para ella misma—. No lo había pensado hasta ahora, Jules. Esta es la primera vez que se acerca un invierno sin que haya un caso abierto encima de la mesa.

Él no respondió con palabras: le pasó la mano por la nuca, apartándole el pelo que se le había escapado de la goma, y ella sintió el gesto como lo que era, una forma de decir estoy aquí para ese invierno.

La lluvia redobló contra el cristal, el fuego soltó una brasa que cayó con un chasquido sobre la piedra, y ninguno de los dos se movió para apartarla.

—Eneko —dijo Jules al rato, mirando la nota que Irati seguía llevando en el bolsillo, junto a la placa—. ¿Cuánto hace que lo conoces?

—Toda la vida —dijo Irati—. Es de los que llaman a tu madre cuando estás en Madrid, de los que te guardan la barca, de los que no te preguntan por qué has tardado tanto en volver.

—Sonrió—. La noche de la galerna, cuando todo el puerto andaba buscando la barca de su padre, fue Eneko el que me dijo que no bajara al mar, que ya había bastante dolor para una noche.

—Bebió un trago de txakoli—. Y luego, cuando el caso de Zabala empezó a enredarse, fue él el que nos dejó esta casa. Sin condiciones. Como el pan.

Jules sostuvo su mirada un momento, y en sus ojos había esa atención que Irati conocía, los que escuchan de verdad y no esperan su turno para hablar. Después bajó la vista, partió otro trozo de pan y lo untó de queso antes de ofrecérselo.

—Entonces —dijo—, el que nos deja la casa es de los que saben que la casa se le devuelve cuidada.

Se lo devolveremos. —Se rió por lo bajo—.

Yo ya le he escrito tres correos desde Nueva York preguntándole por el estado del mar.

Me los responde siempre con la misma frase: el mar está, Jules. El mar siempre está.

—¿Sabes lo que es? —dijo Irati al fin, con la copa en equilibrio sobre las rodillas—.

No recordaba un silencio así. El de Bilbao, la comisaría, el coche de vuelta, siempre era un silencio de pendiente.

El de alguien que sabe que en cualquier momento va a sonar un teléfono.

—Se giró hacia él—. Este no. Este es un silencio de puerto cerrado.

—Lo sé —dijo Jules—. Es el que yo llevaba buscando desde Nueva York.

Se quedaron otro rato en silencio, y luego empezaron a hablar, sin orden, de todo lo que la semana no les había dejado hablar: del registro del despacho de Iturriaga, de la declaración del comisario, del desmontaje de la red, del nombre de Zabala escrito en el atestado.

De la conferencia de San Telmo, de la pieza madre en su vitrina, de Ainhoa con la custodia final.

De cómo el caso, que había empezado en una bajamar con un cadáver y una pieza sobre una lona, había terminado en una plaza llena de gente que aplaudía la verdad.

—El caso se cierra —dijo Irati, resumiendo la noche entera en una frase—. La pieza madre en el museo. El pecio protegido. La comunidad cuidando lo recuperado. Y todo el mundo, en el puerto, sabe ya que la historia se puede contar.

—Y la contamos —dijo Jules—. Juntos. el cuaderno, la Dama, el señor, la fábrica, la cuenta de Ginebra. —La miró—. Y la que falta, la nuestra.

Le tomó la mano, con los dedos entrelazados, y ella sintió el calor del fuego y el calor de la piel de Jules a la vez, subiendo por el brazo hasta el pecho.

La lluvia redobló contra el cristal. Irati se giró hacia él y le miró los ojos, ese azul gris que la había mirado desde el primer catálogo, desde la primera subasta, desde la primera vez que había bajado de un tren en Bilbao.

Le pasó la mano por la mejilla, sintiendo la piel fría del exterior y el calor de dentro.

—La promesa —dijo Jules, y su voz se volvió más baja, más íntima—. La de un año más en Europa. la orilla. la casa. La nombro aquí, en el caserío, con la lluvia y el fuego. La promesa de quedarnos, Irati. la marea que vamos a seguir juntos.

Ella no contestó con palabras. Le tomó el rostro entre las manos y lo besó, despacio, con la calma de las cosas que se dicen sin prisa, y el beso se prolongó hasta que el fuego crepitó y la lluvia pareció quedarse quieta.

Jules le pasó los dedos por la nuca, apartándole el pelo, y ella sintió que la noche entera se doblaba sobre ellos como una manta.

El beso se fue haciendo más hondo, con las manos aprendiéndose de nuevo los contornos que ya conocían de memoria, y cuando se separaron para respirar, Jules tenía la frente apoyada en la suya y los ojos cerrados.

—La estancia —dijo Irati, y la palabra le salió ronca—. La de un año más, la orilla, la casa. —Le pasó la mano por la nuca—. La nombro también. La nombro con el cuerpo.

Le desabrochó la camisa, botón a botón, sin apartar los labios de los suyos, y cuando le dejó el pecho al descubierto se quedó un momento mirándolo a la luz del fuego: la piel de Jules llevaba la marca de la entrada sumergida, el buceo en el fondo del pecio, la galerna,

la de todas las noches que habían compartido desde la primera.

Le recorrió el pecho con las yemas, deteniéndose en el latido, y Jules respiró hondo, con la mano de ella sobre la piel como quien se apoya en algo que por fin no tiembla.

—La sal —murmuró Jules—. la entrada sumergida, la galerna, el fondo del pecio real. Se queda en la piel, Irati. Y es la nuestra.

Ella le desabrochó el cinturón, la bragueta, y le ayudó a salir de los pantalones mientras él le bajaba la blusa de los hombros, besándole la clavícula, el hombro, el hueco donde la nuca se encuentra con la espalda.

Se desnudaron frente al fuego, sin prisa, entre risas bajas y manos que se buscaban, y se tendieron sobre las mantas con la lluvia golpeando el cristal y la luz anaranjada dibujando sus cuerpos: el de ella, fibroso, con la cicatriz fina de la ceja y las manos de escaladora; el de él, atlético,

con la nariz rota mal soldada y el pecho que subía y bajaba con la noche.

Irati se puso encima, con las manos apoyadas en el pecho de Jules, y sintió el peso de la noche, del caso, de los años, soltándose de sus hombros en cada movimiento.

Le miró los ojos, que la miraban desde abajo con una atención total, y se movió despacio, dejando que el calor subiera por dentro como sube la marea, sin prisa, con esa cadencia de las cosas que se hacen bien porque ya se han esperado el tiempo justo.

Jules le sujetó las caderas, guiándola, y ella cerró los ojos y dejó que el fuego y la lluvia y la piel se fundieran en una sola cosa.

Él se incorporó y le besó los pechos, los costados, la cintura, mientras ella se echaba hacia atrás y le guiaba con las manos en la nuca.

El olor de la leña, de la lluvia, de la piel: todo se mezclaba con el olor de la costa que habían traído en la ropa, con la sal de la noche, y cuando el placer se fue acumulando hasta volverse insoportable, Irati bajó el cuerpo sobre el suyo y lo tomó, y se quedaron un momento inmóviles,

con la frente apoyada en la frente, sintiéndose, con la respiración rota.

Después llegó la danza, lenta al principio y más profunda después, con las manos de Jules en su cintura y los dedos de Irati enredados en su pelo.

Él la giró sobre las mantas y se movió sobre ella con la cadencia de las cosas que se dicen con el cuerpo, y ella abrió los ojos y lo miró, y en esa mirada había todo lo que no habían hecho falta palabras para decir.

El fuego crepitó, la lluvia siguió su constancia, y el placer fue subiendo como la marea hasta romper, y se abrazaron y se quedaron así, temblando, con la frente de Jules apoyada en la de Irati y el aliento mezclándose, con el silencio después, que fue de esos que no necesitan ser llenados.

Se quedaron abrazados, con las piernas enredadas y las mantas subidas hasta la cintura, mirando el fuego que se iba apagando poco a poco. La lluvia seguía cayendo sobre el caserío, y el viento seguía entrando y saliendo por la chimenea, y el mundo, ahí fuera, podía esperar.

—Washington —dijo Irati al fin, con la cabeza apoyada en el hueco del hombro de Jules y la mano de él dibujando círculos sobre su espalda—. ¿Cuánto hace que no tenías un verano allí?

—Cuatro años —dijo él—. Y nunca he vuelto con esto.

—Le apretó la mano—. La última vez que cogí un avión para Washington, Irati, volví con una orden de traslado y una maleta de dos semanas.

Esta vez volveré con la firma de una prórroga en el bolsillo y con la certeza de que el avión de vuelta ya tiene fecha.

—Hizo una pausa breve, y añadió—: La de octubre.

—¿Octubre? —Irati levantó la cabeza, con el pelo enredado—. Eso es… el mes del pecio. El mes de la primera bajamar.

—El mes en que empezó todo —dijo Jules—. Me pareció que debía ser ese. Que el año se midiera desde ahí.

Irati se apoyó sobre un codo para mirarlo, y en la penumbra del fuego la cara de Jules tenía esa luz enrojecida que le hacía los ojos todavía más claros.

Le recorrió con los dedos la línea de la mandíbula, la nariz rota que le había contado una vez en la playa de Zumaia, el hombro donde la piel guardaba la marca de la entrada sumergida, la que llevaba desde la primera inmersión en el pecio.

Le besó el hueco del cuello, despacio, y sintió el latido de la sangre bajo los labios.

—El año se mide desde ahí —repitió ella, con la voz baja—. Desde el mes en que un muerto llegó a la orilla y me trajo un caso, una pieza, y a ti. No me parece mal reloj.

—No es mal reloj —convino él, y le tomó la cara entre las manos para besarla, un beso largo y lento, de los que se dan cuando no hay nada que esperar y todo el tiempo delante.

—Tengo una condición —dijo Irati cuando se separaron, apoyándose en su pecho otra vez—. Para el reloj de octubre. Una condición de la casa.

—Dime.

—Que en el caserío haya invierno. Que cuando llueva así, esta noche, tengamos un sitio al que volver. —Le miró—. No te pido el mar todos los días, Jules. Te pido esto: una casa con fuego, y una lluvia que no se calle, y un sitio donde el silencio no tenga urgencia. Lo demás se va arreglando.

—Acepto la condición —dijo él—. Y la devuelvo con una mía: que haya queso bueno en la mesa. Porque Nueva York me enseñó eso también, que no hay promesa que aguante con hambre.

Irati se rió contra su hombro, y el ruido de su risa se mezcló con la lluvia, y por un momento la noche entera les perteneció a ellos y a nadie más.

—La mañana —dijo Irati, con la voz ronca y la mano de Jules sobre la suya—.

La de mañana, Jules. La amaneceremos juntos, la de un año más, la orilla, la casa.

—Le pasó la mano por la mejilla, sintiendo la piel caliente—.

Y la marea, la próxima, también la amaneceremos juntos.

Con la sal en la piel y la promesa sellada en la noche del caserío.

Jules le besó la frente. La lluvia siguió cayendo, el fuego se fue apagando, y la noche se cerró sobre ellos con la misma calma con que había abierto, como un mar que sube y baja, y se quedaron dormidos enredados el uno en el otro, con la promesa ya no dicha en palabras,

sino sellada con el cuerpo y con la piel, junto al fuego del caserío que Eneko les había dejado para esa noche.

* * *