La dama del norte (Costa Vasca 2) IV. El duelo
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IV. El duelo

El hospital de Donostia los recibió con la luz blanca de los pasillos y el olor a desinfectante, con las puertas automáticas abriéndose y cerrándose y la lluvia de la galerna golpeando los ventanales.

Llevaron a Eneko a urgencias con el brazo vendado y la sangre seca en la camisa, con la pieza madre en la caja de conservación custodiada por los agentes del compartimento, y Irati y Jules se quedaron en la sala de espera, con la luz blanca encendiendo sus caras y el sonido de la lluvia de fondo.

—Estuvo a punto —dijo Irati, con voz firme, con las manos manchadas de sal y la luz blanca encendiendo su cara—.

Eneko, Jules, estuvo a punto de irse. Estuvo a punto de desaparecer entre las olas, como mi padre, como la trainera, como todos los que la galerna se ha llevado de esta costa.

Y yo lo vi. Lo vi desaparecer, Jules. Vi la ola, vi la roca, vi la mano tendida hacia la grúa.

Y por un momento, por un momento que se me hizo eterno, pensé que la Dama del Norte había cobrado.

Y el miedo, Jules, el miedo al mar, el que llevo veinte años guardando en el pecho, el que se llevó a mi padre, me volvió a entrar entero.

Me volvió a entrar con la galerna, con la entrada sumergida, con la ola que me arrancó la máscara.

Y esta vez, Jules, no era solo miedo por mí.

Era miedo por vosotros. Era miedo por Eneko, por ti, por la costa entera.

Era el miedo de los que quedan en la orilla.

Jules la miró un momento, con la luz blanca encendiendo su cara y la lluvia golpeando los ventanales, y se sentó a su lado con la calma de los que han estado a punto de perderlo todo y saben que las palabras no llegan solas.

—Estuvo a punto —repitió Jules, con voz firme—.

Y no se fue, Irati. No se fue porque la corriente lo devolvió, porque la roca lo cortó en vez de tragarlo, porque la lancha llegó, porque el H135 estaba en el aire, porque el compartimento funcionó.

No se fue, Irati. Y no se fue tu padre, Irati, en el sentido que importa.

Tu padre, Irati, lo cruzaste tú ahora: cruzaste la entrada sumergida, cruzaste la galerna, cruzaste el mar que se lo llevó, y saliste al otro lado con la pieza madre en las manos.

El mar, Irati, te debía una. Te debía una de hace veinte años.

Y hoy, Irati, con la entrada sumergida y la galerna encima, el mar te ha devuelto esa.

Te ha devuelto la pieza madre, te ha devuelto a Eneko, y te ha devuelto a ti, al otro lado del agua, entera.

El mar no se ha llevado a nadie de esta costa.

Y el que no se lleva, Irati, el que cruza y vuelve, es el que deja de tener miedo.

Irati se quedó mirándolo un momento, con la luz blanca encendiendo su cara y las palabras de Jules instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

Y por primera vez desde la noche que su padre salió con la trainera y no volvió, por primera vez en veinte años, Irati sintió que el miedo al mar, el que llevaba guardando en el pecho como un peso, se le aflojaba un poco, se le dejaba respirar,

se le abría hacia la luz blanca del hospital y la lluvia de la galerna golpeando los ventanales.

—El mar me debía una —repitió, con voz firme, con las manos manchadas de sal—.

Y hoy me la ha devuelto, Jules. Me ha devuelto la pieza madre, me ha devuelto a Eneko y me ha devuelto a mí, al otro lado del agua, entera.

Y yo, Jules, por primera vez en veinte años, no le tengo miedo al mar.

No le tengo miedo a la galerna, no le tengo miedo a la entrada sumergida, no le tengo miedo al fondo que se llevó a mi padre.

—La miró—. Le tengo miedo a otra cosa, Jules.

Le tengo miedo a la otra orilla. A la de quedarme en la orilla viendo cómo la galerna se lleva lo que quiero.

A la de ver desaparecer entre las olas a los que quiero.

Y hoy, Jules, he estado a punto de verte desaparecer también.

He estado a punto de quedarme en la orilla, con el grito cortándose en la garganta y la Dama del Norte cobrando.

La puerta de urgencias se abrió al fin, con la luz blanca del pasillo encendiendo la sala de espera y el médico saliendo con la carpeta en la mano y la expresión de los que dan noticias con calma.

Irati se levantó de un salto, con el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, y se quedó mirando al médico un momento, con las manos manchadas de sal y la pregunta atascada en la garganta.

—Eneko —dijo, con voz firme—. El guía, el brazo cortado, el que cayó al agua en la galerna. ¿Cómo está? ¿Está bien?

El médico asintió, con la carpeta en la mano y la luz blanca encendiendo su cara.

—Está estabilizado —dijo, con voz firme—.

El corte del brazo, la roca del arrecife, es profundo pero limpio.

Hemos limpiado la herida, hemos cerrado el corte y lo hemos dejado en observación.

Perdió sangre, pero no más de la que se puede reponer.

Está consciente, habla, se ríe, y ha pedido que le digáis que la caja, la pieza madre, no la ha soltado ni en el agua.

El guía, Irati, va a estar bien. Va a estar bien y va a poder contar la galerna del norte con el brazo en cabestrillo, que es como se cuentan las buenas historias en esta costa.

Y entonces, con la luz blanca del hospital encendiendo su cara y la lluvia de la galerna golpeando los ventanales, Irati sintió que el peso de la mañana entera, la entrada sumergida, la ola que arrancó la máscara, la mano de Eneko desapareciendo entre las olas, se le venía abajo de golpe,

y se quedó un momento mirando la luz blanca con los ojos llenos de lágrimas que no le temblaron porque no se lo permitió.

Jules se acercó, con la luz blanca encendiendo su cara y la lluvia golpeando los ventanales, y la abrazó en la sala de espera, con la sal secándose en los dos y el corazón latiéndoles en el pecho con la misma fuerza, con el olor a mar y a desinfectante y a la noche que los había tenido al borde.

—Estamos vivos —dijo Jules, con la voz ronca, con la mejilla contra su pelo—.

Los tres. Con la pieza madre en las manos y la galerna a la espalda.

Estamos vivos, Irati. Y estamos aquí, en la luz blanca del hospital, con Eneko estabilizado y la pieza madre custodiada y la investigación a punto de cerrarse.

Y yo, Irati, esta noche no quiero estar en la orilla.

No quiero quedarme en la orilla viendo cómo la galerna se lleva lo que quiero.

Esta noche, Irati, quiero estar contigo.

Quiero estar vivo contigo. Quiero recordar que estamos vivos, que la Dama del Norte no ha cogido a nadie de esta costa, que cruzamos la entrada sumergida y salimos al otro lado, enteros.

Irati levantó la cabeza, con la luz blanca del hospital encendiendo su cara y la lluvia de la galerna golpeando los ventanales, y se quedó mirando a Jules un momento, con la sal secándose en los dos y el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba.

El hombre que había cruzado la entrada sumergida con ella, el que había sujetado la caja contra su pecho mientras la ola los levantaba, el que había tirado de Eneko desde la cubierta con el mechero del padre colgando de la cadena.

El hombre que le decía, en la luz blanca del hospital, que esta noche quería estar vivo con ella.

Y el hotel de la noche de la galerna, el que daba a la bahía con la lluvia golpeando los ventanales y el mar de fondo, los recibió con la luz apagada y el silencio de la tormenta, con el olor a sal secándose en los dos y la certeza de que la noche, el rescate, la pieza madre, la galerna,

se había vuelto la noche de estar vivos.

Irati se quedó un momento junto a la ventana, con la lluvia golpeando el cristal y el mar encrespado bajo la luz de la ciudad, y sintió que el miedo al mar, el que llevaba veinte años guardando en el pecho, se le quedaba fuera, en la tormenta, en la galerna,

en la entrada sumergida que había cruzado al otro lado.

La noche les pertenecía: la pieza madre estaba a salvo y la Dama del Norte no había cobrado.

Jules se acercó, con la lluvia golpeando el cristal y la luz de la ciudad encendiendo su cara, y le cogió la mano con la calma de los que han estado a punto de perderlo todo y saben que la vida se celebra con el cuerpo.

La besó en la sien, en la mejilla, en la comisura de los labios, con la sal de la galerna todavía en los dos y el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, y la fue llevando hacia la cama con la delicadeza de los que saben que esta noche no era una noche cualquiera.

La noche del rescate, la pieza madre, la galerna, se hizo lenta, honda, sin prisa, como las noches que se celebran después de casi perderlo todo.

Jules le desabrochó la camisa con las manos todavía temblorosas de la cubierta, con el olor a sal y a desinfectante y a mar en los dos, y la fue besando por el cuello, por los hombros, por la piel que el agua de la entrada había rozado sin llevarse.

Irati se quedó un momento con los ojos cerrados, con la lluvia golpeando el cristal y el mar encrespado de fondo, y sintió que el cuerpo entero se le abría a la noche, a la certeza de estar vivos, a la urgencia de los que han estado a punto de no tener una noche más.

—Jules —dijo, con voz firme, con la lluvia golpeando el cristal y el corazón latiéndole en el pecho—.

Esta noche, Jules, la galerna, la pieza madre, la de estar vivos.

Esta noche no quiero cerrar los ojos sin decírtelo.

Sin decirte que he cruzado la entrada sumergida contigo, que he visto desaparecer a Eneko entre las olas, que he estado a punto de quedarme en la orilla viendo cómo la galerna se llevaba lo que quiero.

Y que estás vivo, Jules. Que estamos vivos.

Que la Dama del Norte no ha cogido a nadie de esta costa, y que esta noche, en esta habitación, con la lluvia y el mar de fondo, lo único que quiero es estar viva contigo.

Y la noche de la galerna se cerró sobre el hotel, con la lluvia golpeando los ventanales y el mar encrespado de fondo, con la sal secándose en los dos y el corazón latiéndoles al mismo ritmo, con la urgencia de los que han estado a punto de no tener una noche más y la certeza de que la vida,

la que el mar casi se lleva, se celebra con el cuerpo, con la piel, con la respiración que se encuentra, con la voz que dice lo que no se puede decir en la luz de la mañana.

Y cuando la lluvia amainó sobre la bahía, con el mar todavía encrespado y la ciudad dormida bajo la luz apagada, Irati se quedó un momento con la mejilla en el pecho de Jules, con la mano de él en su pelo y el corazón latiéndole con una calma que no había sentido en veinte años,

y supo que la galerna del norte, la que se llevaba a los hombres de la costa, no se había llevado a nadie más de esa costa.

Y que ella, la que había cruzado la entrada sumergida, la que había visto el mar que se llevó a su padre y había vuelto al otro lado, había dejado de tenerle miedo al mar en la noche de la pieza madre, en la habitación del hotel, en la luz apagada de la tormenta.

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