La dama del norte (Costa Vasca 2) V. La confirmación del topo
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V. La confirmación del topo

El teléfono sonó a las dos de la madrugada, con el nombre de Leire en la pantalla y la lluvia de la galerna golpeando los ventanales del hotel, y Jules contestó con la voz ronca de los que se despiertan en la oscuridad con el corazón ya en marcha.

Leire lo llamaba desde Cyberzaintza, desde Vitoria, desde el fondo de servidores de la Jefatura de Coordinación de Ciberseguridad, y cuando contestó, la voz de Leire sonó diferente, sonó con esa tensión que Jules le había oído solo en las mañanas de las redadas.

—Jules —dijo Leire, con voz firme—. La IP.

la fuga. La que filtró la ventana del asalto al entramado.

La he cazado, Jules. La he cazado por el registro de la red interna de la comisaría, por el acceso a los datos de la operación, por el terminal que se conectó durante la ventana del asalto.

La IP, Jules, la que avisó al entramado de cuándo íbamos a entrar, de cuánto tiempo teníamos, de qué canal iba a usar la UVR, coincide con un terminal de la comisaría de Donostia.

Y el terminal, Jules, el que se conectó a los datos de la operación durante la ventana del asalto, es el despacho del comisario Iturriaga.

Jules se quedó muy quieto, con el teléfono en la mano y la lluvia de la galerna golpeando los ventanales, y las palabras de Leire pesándole en el pecho.

La IP de la fuga. La que había filtrado la ventana del asalto al entramado.

La que había avisado a Zabala de cuándo iban a entrar, de cuánto tiempo tenían, de qué canal iba a usar la UVR.

Y el terminal, el que se había conectado a los datos de la operación durante la ventana del asalto, era el despacho del comisario Iturriaga.

El comisario que les había dado el caso.

El comisario que había presidido las reuniones, que había firmado los informes, que había supervisado la redada de la fábrica, que había estado en la Jefatura el día de la presión de la superioridad, advirtiéndole a Irati de que el caso corría el riesgo de archivarse.

El comisario Iturriaga era la rendija.

—¿Seguro? —preguntó Jules, con voz firme—. ¿La IP, Leire, el terminal, coincide con el despacho de Iturriaga durante la ventana del asalto? ¿Es la misma, el registro, el acceso, la fuga?

—Seguro —dijo Leire, con voz firme—. La IP, Jules, el acceso a los datos de la operación, está registrada en el sistema de la comisaría de Donostia.

El terminal, Jules, el despacho del comisario Iturriaga, se conectó a los datos de la operación a las diez y media, a las diez cuarenta y cinco y a las once, durante la ventana del asalto.

Y la fuga, Jules, la que filtró la ventana al entramado, salió de ese terminal.

El comisario Iturriaga, Jules, el que les dio el caso, es el topo.

El topo interno. El que ha estado jugando contra vosotros desde el principio.

La prueba, Jules, la tengo en el registro.

La IP, el terminal, la hora, el acceso. La tengo toda, cruzada y fechada.

Y la tengo antes de que Iturriaga sepa que la tenemos.

—La pieza madre —murmuró Jules, con la lluvia golpeando los ventanales y la pantalla encendida en la mano—.

La tenemos. La real, la última capa, la que la familia creía enterrada para siempre.

Y el topo, Irati, el que ha estado jugando contra nosotros desde el principio, acaba de aparecer en el registro.

El comisario Iturriaga, Irati. El comisario Iturriaga es el topo.

Y el topo, Irati, el que ha estado a punto de cerrarnos la última capa para siempre, es la rendija que se nos estaba escapando desde el principio.

—Iturriaga —repitió Irati, con voz firme, con la lluvia golpeando los ventanales—.

El que nos dio el caso. El que estuvo a mi lado en la redada de la fábrica, el que me dijo que la superioridad quería archivar, el que me pidió el informe y me prometió presentarlo.

El hombre que me estaba escuchando, Jules, el día que le conté que la pieza madre era el corazón del caso, era el que estaba filtrando al entramado cada palabra que decía.

Y la ventana del asalto, Jules, la que filtró al entramado, salió de su despacho mientras nosotros cruzábamos la entrada sumergida.

El comisario Iturriaga, Jules, el que nos abrió las puertas, es la rendija.

Y la rendija, Jules, la que ha estado a punto de cerrarnos la última capa para siempre, se nos ha acabado de abrir, esta noche, con la pieza madre en la custodia y el registro de Leire en la mano.

Se quedaron un momento en silencio, con la lluvia golpeando los ventanales y el mar encrespado de fondo, con la noche de la galerna cerrada sobre el hotel y la certeza de que la investigación, la pieza madre, la última capa, acababa de ganar su última pieza: el nombre del comisario Mikel Iturriaga,

el topo interno, el que les había dado el caso para jugarlo contra ellos.

—Mañana —dijo Jules, con voz firme, con la lluvia golpeando los ventanales—.

Mañana, Irati, con la pieza madre en la custodia y el registro de Leire cruzado y fechado, vamos a cerrar el cerco.

Vamos a registrar el despacho de Iturriaga, vamos a encontrar el terminal, vamos a abrir la bóveda del caso del norte y vamos a cerrar la cadena entera sobre la familia Alkorta Zabala.

Pero esta noche, Irati, con la pieza madre a salvo y el topo al descubierto, esta noche es nuestra.

Esta noche, la galerna, la pieza madre, la de estar vivos, es la que el comisario Iturriaga no ha conseguido quitarnos.

Y mañana, Irati, mañana vamos a por él. Vamos a por el topo, vamos a por la familia, vamos a por la bóveda.

La lluvia siguió golpeando los ventanales del hotel, con el mar encrespado de fondo y la ciudad de Donostia dormida bajo la galerna, y los dos se quedaron un momento en silencio, con la pieza madre custodiada, con el topo al descubierto y con la certeza de que la investigación, la fábrica,

el pecio real, la última capa, se estaba cerrando sobre la familia Alkorta Zabala como el mar se cierra sobre la costa: sin prisa, sin piedad y sin devolver lo que ha decidido llevarse.

Y en esa noche, en la luz apagada del hotel, Jules supo que la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, esta vez no iba a guardar ninguno: iba a devolver la pieza madre, iba a devolver la verdad del pecio real,

iba a devolver los nombres de los que el mar se llevó y los de los que creían que el mar no les iba a pedir cuentas.