III. La trampa #2
—¡La lancha! —gritó la voz de la UVR desde la cubierta, con la mano tendida hacia ellos—. ¡Aquí! ¡Subid! ¡Subid todos, con la pieza madre, antes de que la siguiente oleada os atrape!
Irati se agarró a la mano tendida, con la caja de Eneko delante y Jules a su espalda, y subió a la lancha con la fuerza de los que han cruzado el mar y no se rinden en la cubierta.
Subió Eneko con la caja, con la pieza madre apretada contra el pecho, con el casco salpicado de agua y la expresión de los que han cumplido.
Y subió Jules, el último, con la mano de Irati sujetándolo y el mechero del padre colgando de la cadena, con la galerna encima y el aviso rojo encendido.
Y entonces la tercera oleada grande del temporal, la que la marea había estado empujando desde el arrecife, rompió contra la lancha con una fuerza que levantó la cubierta y arrancó a Eneko de la mano que lo sujetaba.
Irati lo vio caer al agua, vio la caja de conservación soltarse de sus manos, vio la pieza madre desaparecer entre la espuma y la ola, y sintió que el grito se le quedaba atascado en la garganta, con el miedo al mar instalado en el pecho con toda la fuerza de veinte años.
—¡Eneko! —gritó, con la voz rota por el rugido del temporal, mirando el agua donde Eneko había desaparecido—. ¡Eneko! ¡La caja! ¡La pieza madre! ¡Eneko!
El agua de la galerna se cerró sobre el lugar donde Eneko había caído, con la espuma y las olas y el rugido del temporal, con el aviso rojo encendido y la lancha balanceándose entre las olas.
Irati se quedó mirando el agua un momento, con el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, con el grito atascado en la garganta y la certeza de que la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, se había cobrado el precio de la última capa.
—¡Allí! —gritó Jules, señalando un punto entre las olas, con la voz rota por el rugido del temporal—. ¡Allí! ¡Lo veo! ¡La caja! ¡Eneko!
Y entre las olas, a veinte metros de la lancha, apareció Eneko, con el casco puesto y la caja de conservación apretada contra el pecho, con la pieza madre dentro y la galerna rompiendo alrededor.
Nadaba hacia la lancha con la fuerza de los que conocen el mar del norte mejor que nadie, con la caja contra el pecho y la corriente del temporal empujándolo hacia el arrecife, con la expresión de los que no sueltan lo que llevan.
—¡La caja! —gritó la voz de la UVR desde la cubierta, con la mano tendida hacia el agua—. ¡Tened la caja! ¡Sujetad la caja y tirad de Eneko! ¡El H135 está llegando! ¡El H135 va a bajar la grúa!
Jules se lanzó al agua con la mano tendida, con el mechero del padre colgando de la cadena y la galerna encima, y agarró la caja de conservación con las dos manos, sujetando la pieza madre contra su pecho mientras la ola los levantaba.
Irati agarró la mano de Eneko desde la lancha, tirando de él con la fuerza de los que no se rinden, con voz firme, con el grito del rescate roto por el rugido del temporal.
—¡Sube! —gritó, tirando de la mano de Eneko, con la fuerza de los que han cruzado el mar y no se rinden en la cubierta—. ¡Sube, Eneko! ¡La pieza madre está a salvo! ¡Sube, por favor, sube!
El H135 apareció sobre la galerna, con las hélices cortando el viento y la grúa bajando hacia la lancha, con la tripulación de la base de Donostia en alerta y el canal del compartimento abierto.
Bajó la grúa entre las olas, con el cesto de rescate balanceándose sobre la espuma, y la tripulación de la UVR subió a Jules con la caja de conservación, subió la pieza madre con el pasador abierto y la válvula sellada, y se volvió hacia Eneko, que seguía en el agua,
con el casco puesto y la galerna rompiendo alrededor.
—¡Eneko! —gritó la voz de la UVR desde la cubierta, tendiendo la mano hacia el agua—. ¡La grúa! ¡Agárrate a la grúa, Eneko! ¡La grúa te sube, Eneko! ¡Agárrate!
Eneko levantó la mano hacia la grúa, con el casco puesto y la galerna rompiendo alrededor, y en el momento en que sus dedos tocaron la cuerda, la cuarta oleada grande del temporal rompió contra la roca del arrecife, con una fuerza que levantó la lancha y el cesto y a los hombres de la cubierta,
y Eneko desapareció entre la espuma, con la mano todavía tendida hacia la grúa y el grito de Irati cortándose en la garganta.
—¡Eneko! —gritó Irati, con la voz rota por el rugido del temporal, mirando el agua donde Eneko había desaparecido—. ¡Eneko! ¡No! ¡Eneko, no!
La galerna se cerró sobre el arrecife, con la espuma y las olas y el rugido del temporal, con el aviso rojo encendido y el H135 volando sobre la costa, con la lancha balanceándose entre las olas y la pieza madre a salvo en el cesto.
Y durante un instante, un instante que se hizo eterno en el pecho de Irati, la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, pareció haberse cobrado el precio de la última capa.
Y entonces, entre las olas, a treinta metros de la lancha, apareció Eneko otra vez, con el casco perdido y la barba salpicada de sal, con el brazo extendido y la voz rota por el rugido del temporal, luchando contra la corriente con la fuerza de los que conocen el mar del norte mejor que nadie.
—¡Aquí! —gritó, con la voz rota por el rugido del temporal, nadando hacia la lancha con la corriente a favor—. ¡Aquí! ¡No me ha cogido! ¡La Dama del Norte no me ha cogido! ¡Tened la mano! ¡Tened la mano, Irati!
Irati se lanzó a la cubierta con la mano tendida, con el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, y agarró la mano de Eneko cuando la quinta oleada grande lo empujó contra la lancha, tirando de él con la fuerza de los que no se rinden,
con el grito del rescate roto por el rugido del temporal y la certeza de que la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, no iba a coger a nadie más de esa costa.
Eneko subió a la lancha entre la espuma, con la barba salpicada de sal y la respiración rota por el esfuerzo, con el brazo cortado por la roca del arrecife y la sangre mezclándose con el agua de la cubierta.
Se quedó un momento tumbado en la cubierta, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando con un esfuerzo que Irati no había visto nunca, y cuando abrió los ojos, con la luz gris de la galerna encendiendo el cielo, sonrió con la sonrisa de los que han cruzado el mar y vuelven para contarlo.
—La pieza madre —dijo, con la voz rota por el esfuerzo, con la sangre en el brazo y la sonrisa en la cara—.
La tengo, Irati. La pieza madre, la real, la que la familia creía enterrada para siempre, está a salvo.
Está en el cesto, con el pasador abierto y la válvula sellada.
Y la Dama del Norte, Irati, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, no ha cogido a nadie de esta costa.
No ha cogido a nadie, Irati. La galerna se ha cobrado el brazo, pero no ha cogido a nadie.
La lancha giró hacia la base con la galerna encima y el aviso rojo encendido, con la pieza madre en el cesto y Eneko herido en la cubierta, con el H135 volando sobre la costa y la base de Donostia en alerta.
Y mientras la lancha se alejaba de la cueva, con la última capa cerrada a su espalda y la galerna rompiendo en el arrecife, Irati se quedó mirando el mar, y sintió que algo se le instalaba en el pecho con una claridad que no había sentido nunca.
La pieza madre estaba a salvo. la investigación se iba a cerrar.
Y la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, no había cogido a nadie más de esa costa.
La sirena de la ambulancia los esperaba en la base, con la luz azul girando sobre la cubierta y la tripulación de la UVR tendiendo las manos, con el H135 aterrizando en la helisuperficie con la grúa recogida y la caja de conservación bajando con la pieza madre dentro.
Irati bajó de la lancha con la caja en las manos, con la pieza madre apretada contra el pecho y el mar de la galerna a su espalda, y se quedó un momento mirando la caja, con la certeza de que el tesoro real, el que llevaba tres siglos en el fondo, estaba al fin en sus manos.
—La pieza madre —murmuró, con la caja contra el pecho y la luz gris de la galerna encendiendo la base—.
La que cierra la investigación. La que la familia creía enterrada para siempre.
La que la Dama del Norte ha devuelto a la luz.
Y ahora, Eneko, vamos al hospital. Vamos a Donostia, con el brazo cortado y la sangre en la camisa, y nos curas ese brazo.
Porque la galerna, Eneko, se ha cobrado el precio, pero no ha cogido a nadie.
No ha cogido a nadie de esta costa. Y tú, Eneko, el guía, el que conoce las cuevas del litoral mejor que nadie, te vas a curar ese brazo y te vas a quedar con nosotros hasta el final del caso.
Eneko asintió, con el brazo vendado por la tripulación y la sonrisa de los que han cruzado el mar y vuelven para contarlo, y subió a la ambulancia con la decisión de los que conocen el mar del norte mejor que nadie.
Y mientras la ambulancia se alejaba hacia Donostia, con la sirena cortando el viento de la galerna y el aviso rojo encendido sobre la costa, Irati se quedó mirando la caja de conservación, con la pieza madre dentro y la certeza de que la última capa se había abierto,
que el tesoro real estaba en sus manos y que la investigación, la fábrica, el pecio real, la familia Alkorta Zabala, se iba a cerrar con la pieza madre a la luz.
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