La dama del norte (Costa Vasca 2) III. La trampa
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III. La trampa

La boca de la cueva se estaba cerrando. La primera oleada grande del temporal, el aviso rojo, la galerna, había roto en el arrecife y el mar estaba subiendo por la entrada con una fuerza que Irati no había visto nunca, empujando el agua hacia el interior de la cueva,

llenando el pasillo con la espuma y el rugido del temporal.

La ventana de la marea baja, la que se abría una hora antes de la bajamar y se cerraba cuarenta minutos después, se había cerrado antes de tiempo, y el mar entero estaba entrando por la boca que la marea había abierto.

—La galerna —dijo Jules, con voz firme, con la linterna en la mano y el agua subiendo por el pasillo—.

Ha llegado antes. La primera oleada grande, el aviso rojo, ha cerrado la entrada.

La cueva se está inundando, Irati. El mar está entrando por la boca.

Y si no salimos ahora, el agua va a llenar la cámara del pecio y la entrada va a quedar sumergida.

Tenemos que salir, Irati. Tenemos que cruzar la entrada bajo el agua antes de que la galerna la llene del todo.

Tenemos que salir con la pieza madre en las manos y la UVR esperando fuera.

Irati se quedó mirando la entrada un momento, con la linterna en la mano y el agua subiendo por el pasillo, y las palabras de Jules pesándole en el pecho. La cueva se estaba inundando. El mar estaba entrando por la boca. Y la única salida, el mar, la marea baja, se estaba cerrando bajo el agua.

—La entrada —dijo, con voz firme—. La cruzamos bajo el agua.

Con el equipo de buceo, con la pieza madre en la caja de conservación, con la UVR esperando fuera.

El mar, Jules, la entrada, se cruza buceando.

Se cruza bajo la ola, bajo la espuma, bajo el rugido del temporal.

Yo sé cruzar el mar, Jules. Llevo años sabiendo cruzarlo.

Desde la noche que Ainhoa me enseñó a bucear en la bajamar, llevo años sabiendo que el mar se cruza debajo, no por encima.

Cruzamos la entrada bajo el agua, los tres, con la pieza madre en la caja y la UVR esperando fuera.

Y salimos, Jules. Salimos a la luz, con la galerna encima y la pieza madre en las manos.

Eneko se acercó a la boca de la cueva, con la caja de conservación en las manos y el casco puesto, y se quedó un momento mirando la entrada, con el agua subiendo por el pasillo y la primera oleada grande rompiendo en el arrecife.

—La entrada —dijo, con voz firme—. La cruzamos buceando, Irati.

Con la pieza madre en la caja, con el equipo de buceo, con la UVR esperando fuera.

La caja, Irati, la de conservación, flota.

Flota con la pieza madre dentro, con el pasador cerrado y la válvula sellada.

Yo llevo la caja, Irati. Yo cruzo la entrada con la caja en las manos.

Y vosotros, Irati, cruzáis conmigo, bajo el agua, con la galerna encima y la UVR esperando fuera.

La entrada, Irati, se cruza en dos minutos.

Dos minutos bajo el agua, con la pieza madre en la caja y el equipo de buceo puesto.

Cruzamos. Los tres. Con la pieza madre en las manos y la UVR esperando fuera.

Irati asintió, con la linterna en la mano y el agua subiendo por el pasillo, y se puso el equipo de buceo con la decisión de los que han aprendido que el mar se cruza debajo, no por encima.

Se ajustó la máscara, se puso las aletas, se colgó el equipo a la espalda y se quedó un momento mirando la entrada, con la primera oleada grande rompiendo en el arrecife y la certeza de que la salida del mar, la marea baja, se cruzaba bajo el agua,

con la galerna encima y la pieza madre en las manos.

—Cruzamos —dijo, con voz firme—. Cruzamos la entrada bajo el agua, los tres, con la pieza madre en la caja y la UVR esperando fuera.

Y la UVR, Jules, la llamamos ahora, por el canal del compartimento, para que sepa que salimos.

La lancha, Jules, la UVR, espera fuera, con el H135 en el aire y la base de Donostia en alerta.

Y la lancha, Jules, nos saca de la entrada, del agua, de la galerna, cuando salgamos con la pieza madre en las manos.

Jules asintió, con la linterna en la mano y el mechero del padre colgando de la cadena, y sacó el terminal de Leire, el canal cifrado, el compartimento, y marcó el número de la UVR con voz firme.

Jules colgó el terminal y se quedó un momento mirando la entrada, con la primera oleada grande rompiendo en el arrecife y la certeza de que la lancha de la UVR esperaba fuera, con el aviso rojo encendido y el H135 volando sobre la costa.

—Cruzamos —dijo, con voz firme—. Cruzamos la entrada bajo el agua, los tres, con la pieza madre en la caja y la UVR esperando fuera.

Y salimos, Irati. Salimos a la luz, con la galerna encima y la pieza madre en las manos.

Salimos de la última capa, del escenario del entramado, de la cueva que Zabala decidió.

Y la pieza madre, Irati, la que el enterrador del norte creía enterrada para siempre, vuelve a la luz.

Vuelve a la luz con nosotros. Y la investigación, Irati, se cierra con la pieza madre en las manos.

Se pusieron en fila en la boca de la cueva, con las máscaras puestas y el equipo de buceo ajustado, con la caja de conservación en las manos de Eneko y la pieza madre dentro, y se quedaron un momento mirando la entrada,

con la primera oleada grande rompiendo en el arrecife y el agua subiendo por el pasillo.

La entrada del mar, la marea baja, estaba sumergida.

La ventana se había cerrado. Y el mar entero estaba entrando por la boca, con la espuma y el rugido del temporal, con la galerna del norte cobrándose lo que se llevaba.

—Dos minutos —dijo Eneko, con la máscara puesta y la caja en las manos—.

Dos minutos bajo el agua, con la pieza madre en la caja y el equipo de buceo puesto.

Dos minutos y salimos a la luz. Bajo el agua, Irati, no hay galerna.

Bajo el agua, Irati, no hay olas ni espuma ni rugido.

Bajo el agua, Irati, solo hay el fondo, el camino y la salida.

Cruzamos el fondo, los tres, con la pieza madre en la caja y la UVR esperando fuera.

Y salimos. Los tres. Con la pieza madre o sin ella, pero los tres.

Irati asintió, con la máscara puesta y el miedo al mar instalado en el pecho, con la certeza de que la entrada se cruzaba bajo el agua, con la galerna encima y la pieza madre en las manos, y dio el paso hacia la entrada sumergida con la decisión de los que han aprendido que el mar se cruza debajo,

no por encima.

Y entonces ocurrió.

La segunda oleada grande del temporal, la que la marea había estado empujando desde el arrecife, rompió en la boca de la cueva con una fuerza que Irati no había visto nunca, llenando la entrada con el agua y la espuma y el rugido del mar entero,

empujando a los tres hacia el interior del pasillo con una corriente que los levantó de la roca.

Irati sintió el agua arrancándole la máscara, sintió la corriente arrastrándola por el pasillo, sintió la oscuridad y la espuma y el rugido del temporal alrededor, y por un momento, con el miedo al mar instalado en el pecho con toda la fuerza de veinte años, no supo dónde estaba el techo,

dónde el suelo, dónde la salida.

Y luego sintió una mano en el brazo. Una mano fuerte, la de Jules, que la sujetaba contra la roca, que le devolvía la máscara, que le gritaba algo que el rugido del temporal no la dejaba oír, y que la empujaba hacia la superficie, hacia la luz, hacia la entrada del mar,

con la certeza de los que no se rinden en el agua.

—¡Irati! —gritó Jules, con la voz rota por el rugido del temporal, sujetándola contra la roca—. ¡La entrada! ¡La cruzamos! ¡La cruzamos ahora, bajo el agua, con la pieza madre en las manos y la UVR esperando fuera!

Irati se quedó un momento agarrada a la roca, con la máscara puesta y el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, y miró alrededor buscando a Eneko, buscando la caja, buscando la pieza madre, con el agua subiendo por el pasillo y la galerna rompiendo en la boca de la cueva.

—¡Eneko! —gritó, con la voz rota por el rugido del temporal—. ¡La caja! ¡La pieza madre! ¡¿Dónde está la pieza madre?!

Eneko apareció entre la espuma, con la caja de conservación en las manos y la máscara puesta, con el casco salpicado de agua y la expresión de los que han resistido la corriente sin soltar lo que llevan.

Se acercó a Irati y a Jules, con la caja apretada contra el pecho y el agua subiendo por el pasillo, y les señaló la entrada sumergida.

—¡La caja! —gritó, con la voz rota por el rugido del temporal—. ¡La tengo! ¡La pieza madre está aquí! ¡Cruzamos! ¡Cruzamos la entrada bajo el agua, los tres, con la pieza madre en la caja y la UVR esperando fuera!

Y los tres se lanzaron a la entrada sumergida, con las máscaras puestas y las aletas calzadas, con la caja de conservación en las manos de Eneko y la pieza madre dentro, con la galerna rompiendo en la boca de la cueva y la certeza de que la salida del mar, la marea baja, se cruzaba bajo el agua,

con la corriente a favor y la UVR esperando fuera.

El agua de la entrada era oscura, fría y densa, llena de espuma y de arena y de las corrientes del temporal, y Irati la cruzó con el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, con la mano de Jules en el brazo y la caja de Eneko delante, siguiendo el fondo, siguiendo la corriente,

siguiendo la luz que empezaba a filtrarse desde fuera, desde la boca de la cueva, desde la galerna y el aviso rojo y la UVR esperando.

Y cuando la luz se hizo más grande, cuando la boca de la cueva se abrió delante de ellos, cuando la superficie empezó a dibujarse sobre sus cabezas, Irati supo que estaban saliendo.

Que la entrada del mar se había cruzado.

Que la pieza madre estaba en sus manos. Y que la galerna, el norte, la que se llevaba a los hombres de la costa sin devolverlos, no los había atrapado en la última capa.

Salieron a la superficie en la boca de la cueva, con las máscaras fuera y el agua rompiendo alrededor, con la caja de conservación en las manos de Eneko y la pieza madre dentro, con la galerna encima y la lancha de la UVR esperando fuera,

con la tripulación tendiendo las manos y las olas del temporal levantando la lancha entre la espuma.