II. El asalto
La roca de la entrada estaba a quince minutos de Getaria, al final de un sendero que bajaba entre los acantilados, escondida de la carretera y del puerto, con la boca de la cueva sellada abriéndose bajo la línea de la marea.
Eneko los esperaba en la roca, con el equipo de buceo ordenado y la linterna en la mano, con el casco puesto y la barba salpicada de sal, con la expresión seria de los que conocen el mar del norte mejor que nadie.
A su espalda, la galerna estaba subiendo por el horizonte, con las olas empezando a romper en el arrecife y el cielo cerrado sobre la costa.
Irati bajó de la furgoneta y se quedó un momento mirando la boca de la cueva, con la marea empezando a retirarse y las rocas de la entrada brillando bajo la luz gris.
La entrada del mar. La que la leyenda guardaba, la que nadie más usaba, la que se abría una hora antes de la bajamar y se cerraba cuarenta minutos después.
La entrada que la familia había sellado con cemento por el lado de la fábrica, sin saber que el mar, el que abría y cerraba la ventana, seguía guardando su puerta.
—La marea —dijo Eneko, señalando la línea de agua, con voz firme—.
Empieza a bajar. La entrada se abre en cuarenta minutos, con la bajamar, y se cierra cuarenta minutos después de la bajamar.
La ventana de hoy, con la galerna, es más corta: el mar va a subir antes, la entrada se va a cerrar antes, y la primera oleada grande del temporal va a entrar en la cueva.
Tenemos que entrar, recuperar la pieza madre y salir antes de que la primera oleada grande del temporal cierre la entrada.
—Se quedó un momento en silencio, mirando el mar—.
Y la primera oleada grande, Irati, el aviso rojo, llega en dos horas.
Dos horas, Irati, es la ventana que tenemos.
Entrar, recuperar la pieza madre y salir, en dos horas.
La cueva, Irati, se recorre en cuarenta minutos.
La cámara del pecio está a cien metros de la entrada, por el pasillo principal.
La pieza madre está en el pecio, en la bodega de popa, bajo la capa de sedimento que la familia selló con la trampa.
Y la trampa, Irati, la familia, la que pusieron cuando sellaron la cueva, es la que tenemos que desactivar antes de tocar la pieza madre.
La trampa de la fábrica, los gases de solvente.
Irati se quedó mirando la boca de la cueva un momento, con la marea retirándose y la galerna subiendo por el horizonte, y las palabras de Eneko pesándole en el pecho.
La trampa de la fábrica. Los gases de solvente.
La que la familia había dejado protegiendo la pieza madre cuando sellaron la cueva, la que iba a matar a quien tocara la pieza sin desactivarla primero.
—Los gases —repitió Irati, con voz firme—. Los de la fábrica, los de los disolventes, los que la familia dejó protegiendo la pieza madre. ¿Los conoces, Eneko? ¿Sabes desactivar la trampa?
Eneko asintió, con la linterna en la mano y la barba salpicada de sal.
—La conozco —dijo, con voz firme—. los disolventes, la fábrica, la que la familia usa para limpiar las réplicas.
La vi en la cueva de la fábrica, en las baldas, en los botes de la mesa de trabajo.
La trampa, Irati, la pieza madre, funciona con una válvula: la pieza está sellada en una caja de conservación, con los gases dentro, y la válvula libera el gas cuando la caja se abre sin la llave.
La llave, Irati, la caja, es un pasador de acero que se desliza en el borde, el que la familia puso cuando enterró la pieza.
Sin el pasador, la caja se abre y los gases salen.
Con el pasador, la caja se abre y los gases se mantienen dentro.
Desactivo la trampa, recupero la pieza madre y salimos. Los tres.
—Entonces bajamos —dijo Irati, con voz firme—.
Bajamos a la cueva, recorremos el pasillo, abrimos el pecio y desactivamos la trampa.
Y la UVR, Eneko, la lancha, la llamamos ahora para que esté esperando fuera, en la boca de la entrada, lista para el rescate cuando salgamos con la pieza madre.
La llamada, Eneko, la UVR, la hacemos por el canal cerrado, el compartimento, el que el entramado no conoce.
Y la lancha, Eneko, espera fuera, con la galerna encima y el aviso rojo encendido, lista para sacarnos cuando la pieza madre esté en nuestras manos.
Jules se acercó a la boca de la cueva, con la linterna en la mano y el mechero del padre colgando de la cadena, y se quedó un momento mirando la entrada, con la marea retirándose y las rocas brillando bajo la luz gris.
—La llamada —dijo, con voz firme—. la UVR, el canal cerrado, el compartimento.
La hago yo, Irati, antes de bajar. La hago con el terminal de Leire, el canal cifrado, el que no pasa por el equipo de la comisaría.
Y la lancha, Irati, espera fuera, con el H135 en el aire, con la base de Donostia en alerta y el canal del compartimento abierto.
Si la galerna cierra la entrada, si la cueva se inunda, si el escenario del entramado se vuelve contra nosotros, la UVR y el H135 nos sacan.
Nos sacan de la cueva, del agua, de la galerna.
—Entonces bajamos —dijo, al fin, con voz firme—.
Bajamos a la cueva, recuperamos la pieza madre y salimos con la UVR esperando fuera.
La ventana, la marea baja, se abre en cuarenta minutos.
La galerna llega en dos horas. Y nosotros, los tres, bajamos a la última capa con la pieza madre esperando en el fondo. —La miró—. ¿Estáis listos?
—Listos —dijo Jules, con la linterna en la mano y el mechero del padre colgando de la cadena.
—Listos —dijo Eneko, con el casco puesto y la barba salpicada de sal.
Y los tres bajaron por la entrada del mar, con las linternas encendidas y la galerna subiendo por el horizonte, con la marea retirándose bajo las rocas y la boca de la cueva abriéndose como una puerta que el mar cerraba a su espalda.
La cueva los recibió con la oscuridad, la humedad y el olor de la sal.
Recorrieron el pasillo principal, con las marcas de Eneko en la roca y el sonido del mar amortiguándose a medida que bajaban, y llegaron a la cámara del pecio con las linternas encendidas y la certeza de que la última capa, el fondo, estaba delante de ellos.
La cámara era grande, con el techo de roca y el suelo de sedimento, y en el centro, bajo la capa de arena y conchas, se veía la silueta del pecio real: el barco que se había perdido en el temporal de 1734, el que nadie había reclamado,
el que la familia había usado como fábrica de réplicas con contexto real durante décadas.
—La bodega de popa —dijo Eneko, señalando la silueta del pecio, con voz firme—.
La que está bajo la capa de sedimento, la que la familia selló con la trampa.
La pieza madre, Irati, está en la caja de conservación, con la válvula de los gases y el pasador de acero.
Yo abro el pasador, desactivo la trampa y saco la pieza madre.
Tú y Jules, Irati, vigiláis la entrada de la cueva, el mar, la que la galerna puede cerrar.
Si la galerna cierra la entrada, Irati, si el agua empieza a subir, me avisáis y salimos.
Salimos con la pieza madre o sin ella, pero salimos.
La pieza madre, Irati, no vale lo que vosotros. Nunca ha valido lo que vosotros.
—La pieza madre —repitió Irati, con voz firme—.
La que lleva tres siglos en el fondo, la que la familia creía enterrada para siempre, la que cierra la investigación.
Recupérala, Eneko. Abre la caja, desactiva la trampa, y tráela a la luz.
Y nosotros, Jules y yo, vigilamos la entrada del mar.
Vigilamos la galerna. Y si la cueva se inunda, avisamos y salimos.
—La miró—. Los tres. Con la pieza madre o sin ella, pero los tres.
Eneko asintió, con la linterna en la mano y el casco puesto, y se metió en la bodega de popa con la decisión de los que conocen las cuevas del litoral mejor que nadie.
Irati y Jules se quedaron en la cámara del pecio, con las linternas encendidas y el sonido del mar al fondo, vigilando la entrada del mar, la marea baja, la que la galerna podía cerrar.
El tiempo pasó en silencio, con el sonido del agua filtrándose por la roca y las linternas dibujando las sombras del pecio en el techo de la cámara.
Los cuarenta minutos de la ventana, los que Eneko había contado, empezaban a cumplirse.
Y la galerna, el aviso rojo, la que llegaba con olas de siete metros y rachas de ciento diez, estaba a punto de cerrar la entrada del mar.
—La marea —dijo Jules, con la linterna en la mano y la voz que no le tembló porque no se lo permitió—.
Empieza a subir, Irati. La siento en el agua, en el sonido, en la manera en que la cueva respira.
La ventana se está cerrando. La primera oleada grande del temporal está llegando.
Eneko, Irati, tiene que salir. Con la pieza madre o sin ella, tiene que salir antes de que la galerna cierre la entrada.
Irati se quedó muy quieta, con la linterna encendida y el oído puesto en el sonido del agua, y las palabras de Jules pesándole en el pecho.
La marea subiendo. La ventana cerrándose.
Y Eneko, en la bodega de popa, con la pieza madre y la trampa de los gases, con la llave del pasador en la mano y el tiempo corriéndosele encima.
Se acercó a la bodega de popa, con la linterna encendida y el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, y se quedó un momento mirando la silueta de Eneko, que trabajaba sobre la caja de conservación con la precisión de los que conocen los mecanismos de la fábrica.
—Eneko —dijo, con voz firme—. La marea está subiendo.
La ventana se está cerrando. La galerna está llegando.
La pieza madre, Eneko, se queda donde esté.
Salimos. Salimos ahora, los tres, con la pieza madre o sin ella.
La pieza madre no vale lo que tú. Nunca ha valido lo que tú.
Y la Dama del Norte, Eneko, no se lleva a nadie más de esta costa.
Eneko se volvió hacia ella, con la linterna en la mano y el casco puesto, y cuando contestó, la voz le sonó con la calma de los que han terminado el trabajo justo a tiempo.
—La pieza madre —dijo, levantando la caja de conservación, con el pasador de acero abierto y la válvula de los gases cerrada—.
La tengo, Irati. La he desactivado la trampa, la he abierto la caja y la tengo en mis manos.
La pieza madre, Irati, la real, el siglo XVIII, la que la familia creía enterrada para siempre, está aquí.
Está a salvo. Y está lista para volver a la luz.
Irati se quedó mirando la caja de conservación un momento, con la linterna encendida y la pieza madre dentro, con la certeza de que el tesoro real, el que llevaba tres siglos en el fondo, estaba al fin en sus manos, y sintió que algo se le instalaba en el pecho con una claridad que le dolía.
La pieza madre. el pecio real, la bodega de popa, la que la familia creía enterrada para siempre.
La prueba que cerraba la investigación, la que estaba al fin a la luz, con el pasador abierto y la trampa desactivada.
—La pieza madre —repitió, con voz firme—. La que cierra la investigación. Ahora, Eneko, salimos. Salimos por la entrada del mar, con la pieza madre en las manos y la UVR esperando fuera. Y salimos antes de que la galerna cierre la entrada.
Recorrieron el pasillo principal a toda velocidad, con la caja de conservación en las manos de Eneko y las linternas encendidas, con el sonido del agua subiendo por la roca y la certeza de que la ventana se estaba cerrando fuera.
Y cuando llegaron a la boca de la cueva, con la luz gris de la galerna filtrándose por la entrada, Irati vio lo que llevaba toda la mañana temiendo: la primera oleada grande del temporal, el aviso rojo, estaba rompiendo en el arrecife, y la entrada del mar, la que la marea baja había abierto,
se estaba cerrando bajo el agua.
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