La dama del norte (Costa Vasca 2) CAPÍTULO 15 — LA GALERNA DEL NORTE
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CAPÍTULO 15 — LA GALERNA DEL NORTE

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I. El cebo

La mañana amaneció gris sobre la costa de Getaria, con el cielo de octubre cerrado como una tapa y el mar encrespándose hacia el noroeste, y Irati se despertó con el teléfono vibrando en la mesilla y la certeza de que la marea baja, la cueva sellada, el pecio real, estaba a seis horas de distancia.

Llevaba la noche entera sin dormir, con el mapa de Eneko en la mesita y la luz de la lámpara encendiendo la habitación, repasando la entrada del mar, el acceso que nadie más usaba, la ventana de la marea baja que la leyenda de la Dama del Norte había guardado durante décadas.

Se sentó en el borde de la cama y miró el teléfono. El mensaje no tenía número. No tenía remitente, ni prefijo, ni huella de operador: era un texto en blanco sobre fondo oscuro, con una sola línea que se encendía en la pantalla como un aviso de boya en la niebla.

«Si quieren verla antes de que el mar se la lleve, bajen por la entrada de la marea baja. Hoy. A la hora que el guía conoce.»

El mensaje era un cebo. Y lo sabía. Lo sabía con la misma claridad con la que había sabido, la noche de la llamada de Eneko, que la fábrica se había construido encima del pecio real y que la leyenda cubría la fábrica, tres capas de silencio que la familia había ido apilando durante décadas.

Lo sabía por la forma en que el mensaje nombraba la entrada de la marea baja.

Y lo sabía por la última frase, el mar que se la llevaba, la que sonaba a amenaza y a despedida y a ventana que se cierra: el entramado les decía que la pieza madre real estaba allí, intacta, esperando, y que si no bajaban hoy, con la galerna que estaba subiendo,

el mar se la iba a llevar para siempre.

—Es una trampa —dijo Irati, en voz alta, con la luz gris de la mañana encendiendo la habitación—. Es una trampa y lo sé. Y voy a entrar.

Se vistió sin encender la luz, se puso la chaqueta, se recogió el pelo y salió al pasillo con la carpeta del caso bajo el brazo, con la certeza de que la cita del entramado, el cebo, la pieza madre, era la que iba a decidir la investigación.

En la cocina, con la cafetera encendida, Jules ya estaba despierto, con el teléfono en la mano y el mechero del padre de Irati colgando de la cadena que le había regalado ella en la cueva, y cuando la vio entrar levantó la vista de la pantalla con esa mirada suya de las mañanas malas.

—La galerna —dijo Jules, sin necesidad de que ella preguntara, girando la pantalla hacia ella—.

Aemet ha activado el aviso rojo para la costa.

Viento del noroeste, olas de siete metros, rachas de ciento diez.

La borrasca llega esta tarde. Y el aviso, Irati, el litoral de Getaria, llega justo a la hora de la marea baja.

—Lo saben —dijo Irati, con voz firme—. Lo saben, Jules.

Han esperado a la galerna. Han esperado a la marea baja.

Han esperado a que el mar se pusiera a favor de ellos.

El mensaje, el cebo, la cita: todo está puesto.

La pieza madre real está en la cueva sellada, intacta, esperando.

Y el entramado nos dice que bajemos antes de que el mar se la lleve.

Es una trampa, Jules. Es el escenario que Zabala ha decidido.

Y lo peor, Jules, es que la trampa y la pieza madre real están en el mismo sitio.

Jules se quedó mirándola un momento, con la taza de café en la mano y el mechero del padre colgando de la cadena, con esa calma táctica que él tenía cuando el peligro se volvía concreto.

—Entonces —dijo Jules, con voz firme—. Si la trampa y la pieza madre están en el mismo sitio, la trampa no está pensada para la pieza.

La trampa está pensada para nosotros. El entramado no quiere que la pieza se pierda.

El entramado quiere que bajemos, que entremos, que la recuperemos, y que después.

—Se quedó un momento en silencio, con la mirada en el horizonte gris de la ventana—.

Y que después no salgamos. O que salgamos cuando ellos quieran que salgamos.

—Sí —dijo Irati, al fin, con voz firme—.

Vale la pena. La pieza madre real, Jules, la que la familia cree que nadie puede tocar, la que lleva tres siglos en el fondo del pecio, es la prueba que cierra el caso.

Sin ella, la réplica de la custodia no es más que un cebo de la familia, la facturación no tiene corazón y la bóveda del señor Alkorta sigue cerrada con sus certificados impecables.

Con ella, la cadena se cierra entera: el fragmento, la datación, el código, la facturación, la cuenta de Ginebra y la pieza madre que la familia creía enterrada para siempre.

—La miró—. Y si el entramado nos cita a su escenario, Jules, nosotros vamos a entrar en su escenario.

Vamos a entrar por la entrada que ellos no conocen, con el guía que ellos no han conseguido comprar, con la marea que ellos han esperado.

Y vamos a salir con la pieza madre en las manos. Con la galerna encima o sin ella.

Jules se quedó mirándola un momento, con la taza de café en la mano y la luz gris de la mañana encendiendo la cocina, y cuando contestó, la voz le sonó con esa gravedad suya de las decisiones que no se toman dos veces.

—Entonces bajamos —dijo—. Llamo a Eneko.

Llamo a la UVR. Y llamo a Leire, para que vigile las líneas del equipo mientras estamos dentro.

Pero antes, Irati, quiero que sepas una cosa.

—La miró, con el mechero del padre colgando de la cadena—.

Si la galerna cierra la cueva, si la salida del mar se inunda, si el escenario del entramado se vuelve contra nosotros, la pieza madre se queda donde esté.

La pieza madre, Irati, no vale lo que tú.

Nunca ha valido lo que tú. Y si esta noche tenemos que salir sin ella, salimos sin ella y la volvemos a buscar en otra marea.

La pieza madre no se lleva a nadie. La pieza madre no es la Dama.

La Dama, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, no se lleva a nadie más de esta costa. ¿Entendido?

—Entendido —dijo, al fin, con voz firme—. Bajamos. Entramos. Recuperamos la pieza madre. Y salimos vivos. Los tres. Eneko, tú y yo. Los tres, Jules. La Dama del Norte no se lleva a nadie más de esta costa.

Era la última marea baja del día. La borrasca llegaba por el noroeste. Y en la cueva sellada, en el pecio real, en el fondo de la última capa, la pieza madre los estaba esperando.

Llamaron a Eneko a las siete, con el café todavía caliente y el aviso rojo encendido en la pantalla del móvil, y el guía contestó al primer tono, con el sonido del mar al fondo y la voz ronca de los que han pasado la noche mirando el horizonte.

Escuchó el mensaje del entramado, el cebo, la cita, sin interrumpir, y cuando Irati terminó se quedó un momento en silencio, con el mar de fondo.

—La galerna —dijo Eneko, al fin, con voz firme—.

La he visto subir toda la noche, Irati. La he visto cerrarse desde el noroeste, con el aviso rojo encendido y las olas empezando a romper en el arrecife.

Y la marea baja, Irati, la de hoy, la más baja de las próximas semanas, es la que abre la entrada del mar.

La que conozco, la que nadie más usa, la que la leyenda guarda.

La entrada, Irati, se abre una hora antes de la bajamar y se cierra cuarenta minutos después.

Es una ventana. Y la ventana de hoy, con la galerna encima, es más corta.

La entrada, Irati, se va a cerrar con la primera oleada grande del temporal.

Si bajamos, tenemos que salir antes de que la galerna cierre la entrada.

Y si la galerna cierra la entrada, Irati, la cueva se inunda.

Se inunda con la pleamar, con las olas del temporal, con el mar entero entrando por la boca que la marea baja abrió.

Yo conozco la cueva, Irati. Conozco la entrada, conozco la cámara, conozco el pecio.

Y te digo una cosa: si entramos hoy, entramos con la certeza de que la salida depende del mar.

Y el mar, Irati, hoy no está para fiarse de nadie.

—La UVR —dijo Irati, con voz firme—. La llamamos a la entrada, Eneko, con la lancha esperando fuera, lista para el rescate.

Y la ventana, Eneko, la marea baja, la aprovechamos al máximo: entramos, recuperamos la pieza madre, y salimos antes de que la galerna cierre la entrada.

El mensaje del entramado nos cita a la hora que el guía conoce.

Y la hora que el guía conoce, Eneko, es la ventana.

La que ellos no conocen. La que nadie más usa.

Entramos por la entrada que el entramado no conoce, con la UVR fuera y la galerna encima.

Y salimos con la pieza madre en las manos. ¿Estás dentro, Eneko?

Al otro lado del teléfono, Eneko se quedó un momento en silencio, con el sonido del mar al fondo y la galerna subiendo por el horizonte.

—Estoy dentro —dijo, al fin, con voz firme—.

Os espero en la roca de la entrada, Irati, con el material y el mar delante.

Y la pieza madre, Irati, la que lleva tres siglos esperando, hoy sale del fondo.

Sale con la marea baja, con la galerna encima y con la entrada del mar abierta.

Y salimos los tres, Irati. Los tres. Con la pieza madre o sin ella, pero los tres.

Se pusieron en marcha a las ocho, con la furgoneta de la comisaría y el equipo de buceo en el maletero, con el aviso rojo encendido en la radio y la costa de Getaria cerrándose bajo el cielo gris.

Condujeron por la carretera del litoral, con las olas rompiendo en los acantilados y las primeras rachas del temporal sacudiendo el vehículo, y Irati se quedó mirando el mar por la ventanilla, la línea gris del horizonte, las olas que empezaban a romper más lejos, y pensó en su padre,

en la trainera, en la galerna que se lo había llevado sin devolverlo.

Jules iba al volante, con la expresión concentrada de los que conducen en temporal, mirando la carretera y el mar por turnos, y cuando la costa de Getaria apareció delante, con el monte San Antón y el puerto cerrado bajo las primeras rachas, se quedó un momento en silencio.

—La última vez que bajamos a una cueva con el aviso rojo encima —dijo, con voz firme—, salimos con la pieza en las manos y una carta de la familia citándonos a la luna llena.

Esta vez, Irati, la carta la hemos recibido antes de bajar.

Y la firma, Irati, el mensaje, el cebo, el escenario, es la misma.

La firma «Z». La de Zabala. el enterrador del norte.

—Zabala —repitió Irati, con voz firme—. El que ha decidido el escenario.

El que ha citado la marea baja, la entrada del mar, la pieza madre.

El enterrador del norte, Jules, nos ha citado a su escenario.

Y el escenario, Jules, la última capa, es el que vamos a entrar.

—La miró—. Porque la pieza madre real, la que Zabala cree que nadie puede tocar, la que lleva tres siglos en el fondo, es la prueba que cierra el caso.

Y Zabala, Jules, el enterrador del norte, ha cometido el error de los que entierran bien: ha enterrado la pieza madre tan hondo, que ha tenido que enseñarnos dónde está para citarnos.

Y ahora que nos ha enseñado dónde está, Jules, la vamos a recuperar.

Vamos a entrar en su escenario y vamos a salir con su pieza madre.

Y el enterrador del norte, Jules, el que entierra para que no vuelva, va a ver cómo su pieza madre vuelve a la luz.

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