La dama del norte (Costa Vasca 2) V. El encuentro
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V. El encuentro

El beso de la chimenea se prolongó hasta que el fuego bajó, hasta que las ascuas quedaron encendidas y la noche se cerró sobre la costa, y cuando Jules la levantó en brazos, con la respiración de los dos entrecortada y las manos de Irati en su cuello, el caserío se quedó en silencio,

con la puerta del dormitorio cerrándose a sus espaldas y la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación.

Irati sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas con una fuerza que no le había conocido, con la mezcla de miedo y de certeza de todas las noches anteriores, de los casi besos, de las promesas, de las manos que no se habían tocado.

Y cuando Jules la depositó en la cama, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara y la noche de la costa alrededor, Irati supo que la noche de la cueva, el mechero, la cadena completa, era la noche en que los dos, por fin, se iban a encontrar.

—La noche de la cueva —dijo Jules, con la voz ronca y la luz tenue encendiendo su cara—. el mechero, la firma, la cadena completa. Y la noche, Irati, en que los dos sabemos que no vamos a perdemos cuando el caso se cierre.

Irati se quedó mirándolo un momento, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara, y cuando contestó, la voz no le tembló porque no se lo permitió.

—La noche de la cueva —dijo—. el mechero, la firma, la cadena completa. Y la noche, Jules, en que los dos sabemos que no vamos a estar solos cuando el caso se cierre.

Las manos de Jules encontraron el borde de la camisa de Irati, y las de Irati encontraron la suya, con la calma de los que han esperado y ya no tienen prisa, con la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación y la noche de la costa alrededor.

La ropa quedó en el suelo, con la calma de los que saben que no hace falta correr, y cuando la piel de los dos se encontró, con el cuerpo de Jules sobre el de Irati y las manos recorriendo el mapa del otro,

la noche de la cueva se llenó del sonido de las respiraciones entrecortadas y de los besos que se encontraban en la oscuridad.

Los labios de Jules bajaron desde el cuello de Irati, siguiendo la línea de la clavícula, con la calma de los que quieren aprenderse el mapa de memoria, y las manos de Irati se clavaron en su espalda, con las uñas dejando marcas que la luz tenue de la lámpara no alcanzaba a iluminar.

El cuerpo de Jules encontró el suyo, con la cadera de Irati arqueándose contra él y las manos entrelazadas sobre su cabeza, con la respiración de los dos mezclándose en el espacio que ya no los separaba.

Cuando Jules entró en ella, con la calma de los que han esperado semanas y ya no tienen prisa, Irati sintió que el pecho le ardía con la misma mezcla de miedo y de certeza de todas las noches anteriores, y que el cuerpo de Jules,

el que llevaba semanas rozando el suyo en los casi besos y en las promesas, por fin se había encontrado con ella.

El ritmo fue pausado al principio, con los cuerpos aprendiéndose, con las manos de Jules guiándola y las de Irati clavándose en su espalda, y luego se hizo más profundo, más lento, más completo, con la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación y la noche de la costa alrededor.

Cuando terminó, con los cuerpos entrelazados y la respiración recuperándose, con la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación y la noche de la costa alrededor, Irati se quedó un momento mirando el techo, con la cabeza de Jules en su hombro y las manos de los dos entrelazadas.

—El encuentro —dijo, con voz firme—. la noche de la cueva.

El que siguió al beso de la luna nueva, el que cerraba la promesa de los muelles, el que me dice, Jules, que no voy a estar sola cuando el caso se cierre.

Y el que me dice, también, que la investigación, el pecio, la pieza madre, el de Zabala, es el primero que no me va a dejar vacía.

Jules se quedó mirando el techo un momento, con la cabeza de Irati en su hombro y las manos de los dos entrelazadas.

—El encuentro —repitió—. la noche de la cueva.

Y el que me dice, Irati, que este caso, el pecio, la pieza madre, el de Zabala, no me va a consumir.

Que cuando se cierre, con la cadena completa al lado, voy a estar aquí, contigo, en la costa, con el mar de fondo.

Sin expedientes, sin mapas, sin miedo. Y con la certeza de que la noche de la cueva, el mechero, la firma, es la noche en que los dos empezamos a cerrar la investigación juntos.

Se quedaron un momento en silencio, con los cuerpos entrelazados y la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación, con la noche de la cueva instalada en el pecho de los dos y la certeza de la cadena completa sosteniendo la noche.

—Mañana —dijo Irati, con la voz baja, con la cabeza en el hombro de Jules—.

Mañana presentamos el informe. Con la pieza madre, con la réplica, con la firma de la sal de laboratorio y con la fotografía de la firma de la cueva.

Y cuando el informe esté en la mesa del fiscal, con la cadena completa al lado, la investigación va a tener la prueba total del expolio.

La que va a cerrar la bóveda de la familia Alkorta Zabala para siempre.

Y el señor del norte, el que quiere la pieza madre para su cementerio, va a saber que la pieza ya no se puede enterrar.

Jules asintió, con la cabeza de Irati en su hombro y la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación.

—Mañana —repitió—. El informe. La cadena completa.

Y después, Irati, la caza del señor del norte.

el enterrador, el que quiere la pieza madre, el que lleva décadas enterrando la verdad del pecio.

La caza, Irati, la que vamos a cerrar juntos, con la pieza madre en custodia, la firma en la pared y el mechero de tu padre en el bolsillo.

Se quedaron un momento en silencio, con los cuerpos entrelazados y la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación, y Jules pasó la mano por el pelo de Irati, con la calma de los que saben que la noche no se acaba.

—El taller de Goenaga —dijo, con la voz baja—.

El de Zarautz, la mesa de tu padre. Cuando cierres la investigación, Irati, y la Dama del Norte devuelva el nombre de tu padre, vamos a ir al taller.

Los dos. Con el mechero en la mano. Y vas a poner el mechero en la mesa de tu padre, en el sitio donde lo guardaba, con las marcas de los ácidos y de las herramientas alrededor.

Y cuando el mechero esté en la mesa, Irati, con la historia del taller contada y la cadena completa cerrada, el círculo del caso del norte se va a cerrar para siempre.

El círculo que empezó en el taller de tu padre, hace veinte años, y que termina con el mechero de vuelta en la mesa, con la Dama del Norte devolviendo el nombre que guardaba.

Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Jules instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

El círculo del caso del norte, el que había empezado en el taller de su padre hace veinte años, iba a cerrarse con el mechero de vuelta en la mesa, con la Dama del Norte devolviendo el nombre que guardaba.

Y Jules, iba a estar a su lado cuando el círculo se cerrara.

—El taller de Goenaga —repitió, con voz firme—.

Cuando cierre la investigación, con el mechero en la mano y la cadena completa al lado, vamos a ir al taller.

Los dos. Y voy a poner el mechero en la mesa de mi padre, en el sitio donde lo guardaba, con las marcas de los ácidos y de las herramientas alrededor.

Y cuando el mechero esté en la mesa, Jules, con la historia del taller contada y el nombre de mi padre devuelto por la Dama del Norte, el círculo del caso se va a cerrar para siempre.

Y tú, Jules, vas a estar ahí, conmigo, mirando la mesa de mi padre, con el mar de fondo y la promesa del muelle en el pecho de los dos.

La noche se cerró sobre el caserío, con la luz tenue de la lámpara encendiendo la habitación y los cuerpos entrelazados, con la certeza de la cadena completa y el encuentro instaladas en el pecho de los dos.

La Dama del Norte quería su pieza de vuelta.

Y la pieza madre, la original, la que llevaba tres siglos esperando, ya estaba de vuelta, en la custodia del museo, con la cadena cerrada y el sello de la policía.

Pero la Dama, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, todavía no había devuelto el nombre de Irati: el de su padre, el que llevaba veinte años en el fondo del mar, el que la investigación, con la firma de Zabala en la pared y el mechero en el bolsillo, estaba a punto de devolver.

Y esa noche, en el caserío de la costa, con los cuerpos entrelazados y la noche de la cueva instalada en el pecho de los dos, Irati supo que la investigación, el pecio, la pieza madre, el de Zabala, el de su padre, se estaba cerrando sobre la familia que llevaba décadas robando al mar.

Y que la Dama del Norte, la que guarda los nombres, esta vez iba a tener que devolverlos todos.

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