La dama del norte (Costa Vasca 2) CAPÍTULO 12 — EL COLECCIONISTA
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CAPÍTULO 12 — EL COLECCIONISTA

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I. El vuelo al norte

El vuelo de Donostia a Ámsterdam salió a las seis de la mañana, con la luz de octubre baja y oblicua encendiendo el Cantábrico antes de que las nubes lo taparan, y Jules pasó las dos horas de vuelo con el expediente de la fundación Helder en el portátil,

con la ruta de las piezas marcada en el mapa y la certeza de que el coleccionista, el que enterraba las copias en las bóvedas, estaba en la ciudad de los canales.

Irati lo había despedido en el aeropuerto, con el beso de la noche de la cueva todavía en el pecho de los dos y la cadena completa del caso en las manos de ella.

Irati se quedaba en Donostia, con la pieza madre en custodia, con el informe de Idoia a punto de cerrarse y con la redada de la luna llena preparándose en el compartimento que solo los dos conocían.

Y Jules volaba a Ámsterdam, con la identidad de cobertura de Leire y la certeza de que la fundación Helder, era la pieza que faltaba en el mapa del caso.

En el aeropuerto de Schiphol, con la luz gris de la mañana y el aire de las llegadas internacionales, Jules revisó por última vez el expediente: la fundación Helder, con sede en Ámsterdam, con un despacho en la Herengracht, con un fondo de inversión cultural en Luxemburgo y con un representante,

René Delacroix, que viajaba a Bilbao una vez al mes para comprar las piezas de las subastas benéficas del norte.

La fundación, el enterrador, la que compraba las copias para enterrarlas, era la que iba a llevarlo hasta el coleccionista final, el que recibía las piezas en las bóvedas privadas, el que las hacía desaparecer para siempre.

—La fundación Helder —murmuró Jules, con el portátil en la mano y la luz gris de Schiphol alrededor—.

la Herengracht, el fondo de Luxemburgo, el representante Delacroix.

La que compra las copias, la que las sella en las bóvedas, la que las hace desaparecer para que nadie las compare con la pieza madre.

Y la que, si la seguimos hasta el final de la ruta, nos va a llevar hasta la tumba privada del coleccionista.

La ruta final de las piezas: la donación, la subasta, la compra, la bóveda y la tumba.

La ruta que el circuito lleva décadas cerrando sobre las piezas del norte.

Tomó el tren desde Schiphol hacia el centro de Ámsterdam, con la ciudad de los canales despertando bajo la luz gris de octubre y los puentes reflejándose en el agua, y cuando llegó a la estación central, con la fachada de ladrillo y las bicicletas cruzando el puente,

se quedó un momento mirando el IJ, con el agua gris y las gaviotas alrededor, y la certeza de que la fundación Helder, la Herengracht, estaba a pocas calles de donde estaba.

El aire de Ámsterdam tenía el olor de los canales y del tabaco, de la humedad de los muelles y de los tulipanes fuera de temporada, y Jules caminó por la Damrak con la maleta rodando sobre los adoquines, con los tranvías pasando y los comercios abriendo,

con la certeza de que la ciudad del enterrador se abría ante él como un mapa de canales y de fachadas que escondían bóvedas.

Cruzó el Rokin, con las vitrinas de las galerías de arte y los marchantes ajustando sus escaparates, y se detuvo un momento frente al despacho de un notario, con la placa de bronce y las letras doradas, y pensó en el bufete de Ginebra, en la pluma de la familia,

en los contratos que se firmaban en la penumbra de los despachos y en las bóvedas que se abrían solo para los nombres que no se pronunciaban.

—La ciudad del enterrador —repitió, con el portátil en la mano y el aire de los canales alrededor—.

los bancos, los notarios, las fundaciones que conservan en silencio.

La ciudad donde el dinero del circuito se lava sin hacer preguntas y donde las piezas del norte se entierran sin que nadie las vuelva a ver.

Y la ciudad, la Herengracht, donde la fundación Helder, el enterrador, el representante Delacroix, va a abrirme la puerta de la ruta de la tumba.

Caminó por el canal de la Herengracht, con las fachadas de ladrillo del siglo XVII reflejándose en el agua y los puentes de piedra cruzando el canal, y se detuvo un momento frente al número que buscaba, con el frontón clásico y la puerta de roble,

con la placa de bronce que anunciaba la fundación Helder y la discreción de las instituciones que no necesitan anunciarse.

Las ventanas de la primera planta daban al canal, con los cristales limpios y las cortinas de lino, y Jules pensó que dentro, en la penumbra de la madera, estaba el hombre que llevaba décadas enterrando las piezas del norte.

—La fundación Helder —murmuró, con la placa de bronce delante y la luz gris de octubre alrededor—.

la Herengracht, el fondo de Luxemburgo, el representante Delacroix.

La que compra las copias de las subastas del norte, la que las certifica con el perito Aranburu, la que las entrega al señor Zabala para la bóveda de la familia.

Y la que, si la sigo hasta el final de la ruta, me va a llevar hasta la tumba privada del coleccionista.

La ruta final de las piezas: la donación, la subasta, la compra, el certificado, la bóveda y la tumba.

La ruta que el circuito lleva décadas cerrando sobre las piezas del norte.

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