La dama del norte (Costa Vasca 2) IV. La noche de la cueva
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IV. La noche de la cueva

Volvieron al caserío de la costa al anochecer, con la certeza de la cadena completa instalada en el pecho de los dos, y la noche se cerró sobre la costa con el mar en calma y el cielo limpio de octubre, con las estrellas encendidas como sal.

Cenaron en la cocina del caserío, con el vino del pueblo y la conversación de los que han pasado el día en la cueva, buscando la firma y encontrando el mechero, y cuando el fuego de la chimenea se encendió, con la luz anaranjada encendiendo la cara de los dos, Irati sintió que la noche, la cueva,

el mechero, la cadena completa, les pertenecía.

—El mechero —dijo Jules, con el vino en la mano y la luz del fuego encendiendo su cara—. El de tu padre. El que llevas en el bolsillo. ¿Puedo verlo?

Irati sacó el mechero del bolsillo y se lo dio, con la mano que no le tembló porque no se lo permitió, y Jules lo sostuvo un momento, con la luz del fuego encendiendo el metal y la pátina de los años.

—El mechero de tu padre —repitió, con la voz que se le había puesto ronca—.

Y ahora, Irati, con el mechero en la mano y la firma de Zabala en la pared de la cueva, el caso de tu padre y la investigación son el mismo caso.

Y cuando cierres la investigación, con la cadena completa al lado, vas a cerrar también el caso de tu padre.

El que llevaba veinte años esperando. El que la Dama del Norte, la que guarda los nombres, te ha devuelto esta noche.

Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Jules instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

El caso de su padre y la investigación eran el mismo caso.

Y cuando cerrara la investigación, con la cadena completa al lado, iba a cerrar también el caso de su padre.

El que llevaba veinte años esperando. El que la Dama del Norte le había devuelto aquella noche, con el mechero en la grieta de la cueva.

—El mechero —dijo, con voz firme—. Lo llevo conmigo desde que lo encontré.

Como un talismán. Y esta noche, Jules, con el mechero en el bolsillo y la cadena completa en el pecho, quiero que sepas una cosa: la investigación, el pecio, la pieza madre, el de Zabala, es el primero que no me va a dejar vacía.

Es el primero en el que no voy a estar sola cuando se cierre.

—La miró—. Y eso, Jules, es porque la investigación me ha devuelto más de lo que me ha quitado: me ha devuelto el mechero de mi padre, la firma de Zabala y a ti.

Y a ti, Jules, no pienso perderte cuando el caso se cierre.

Jules se quedó muy quieto, con la luz del fuego encendiendo su cara y las palabras de Irati instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

No pienso perderte cuando el caso se cierre.

La declaración, la inspectora que llevaba años persiguiendo casos que la dejaban vacía, la que esta vez no iba a estar sola, le llegó con una fuerza que no le había conocido.

—No pienso perderme —dijo, con voz firme—.

No pienso perderme, Irati, cuando el caso se cierre.

Llevo tres años huyendo de los casos que me consumen.

Y esta vez, con este caso, con esta costa, con esta cueva, no quiero huir.

Quiero quedarme. Quiero cerrar la investigación contigo.

Quiero ver cómo se cierra la bóveda de la familia Alkorta Zabala.

Y quiero ver cómo cierras el caso de tu padre, con el mechero en la mano y el nombre de la Dama del Norte en el expediente.

Y cuando todo se cierre, Irati, con la cadena completa al lado, quiero seguir aquí, contigo, en la costa, con el mar de fondo. Sin expedientes, sin mapas, sin miedo.

Se quedaron un momento frente al fuego, con la luz anaranjada encendiendo la cara de los dos y las palabras de la declaración instaladas en el pecho de los dos.

Y en ese momento, con el fuego de la chimenea y la noche de la costa alrededor, Irati se acercó un paso, y se quedó frente a él, con la respiración de los dos en el espacio que los separaba.

No fue un casi beso. Fue el segundo beso, la noche de la cueva, el que siguió al de la luna nueva, el que ya no tenía la tensión de los primeros, sino la certeza de los que se han encontrado.

Y cuando el beso se prolongó, con las manos de Jules encontrando las suyas y las de Irati subiendo a su cuello, la noche de la cueva, el mechero y la cadena completa, se cerró sobre los dos con la intimidad de los que han decidido no perderse.

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