La dama del norte (Costa Vasca 2) V. El beso de la luna nueva
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V. El beso de la luna nueva

La fiesta de Getaria se apagó poco a poco, con los farolillos recogiéndose y las mesas de la sardinada quedando vacías bajo la noche sin luna, y el pueblo volvió al silencio de las madrugadas de octubre.

Irati y Jules caminaron por el puerto, con las últimas luces de los farolillos reflejándose en el agua y el mar en calma, y llegaron a la puntilla del muelle, al sitio donde la pieza madre llevaba tres siglos esperando y donde el señor del norte había confirmado la caza.

—La pieza madre —dijo Irati, con la voz baja, con el mar de fondo—.

La que llevaba tres siglos esperando en el fondo del pecio.

La que Zabala quiere para la bóveda de su familia.

Esta noche, con la luna nueva y la marea más baja, la hemos sacado del fondo con nuestras propias manos.

La hemos puesto en custodia con la cadena cerrada.

Y el señor del norte, el que quiere enterrarla, todavía no sabe dónde está.

La Dama del Norte, Jules, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, nos ha devuelto la pieza esta noche.

Y la pieza, la original, la que nadie reclamó, va a devolvernos los nombres de todos los que el circuito ha enterrado.

Jules se quedó mirando el mar un momento, con la luz de los últimos farolillos reflejándose en el agua.

—La Dama del Norte —repitió—. La que guarda los nombres.

Esta noche, Irati, con la luna nueva y la marea más baja, la Dama nos ha devuelto más que una pieza: nos ha devuelto la llave del caso.

La llave que abre la bóveda de la familia.

La llave que abre el nombre del topo. La llave que abre el nombre del señor del norte.

—La miró—. Y la llave, Irati, la que hemos sacado del fondo con nuestras propias manos, es la que va a cerrar la cadena de la familia Alkorta Zabala para siempre.

Se quedaron un momento frente al mar, con la noche sin luna y el agua en calma, con la certeza de la pieza madre en custodia y el señor del norte en el muelle instaladas en el pecho de los dos.

Y en ese momento, con el mar de fondo y la noche sin luna, Irati se acercó un paso, y se quedó frente a él, a unos centímetros, con la respiración de los dos en el espacio que los separaba.

No fue esta vez un casi beso. Fue un beso, el primero de los dos, pleno y largo, con las manos de Jules encontrando las suyas y las de Irati subiendo a su cuello, con la noche sin luna alrededor y el mar en calma de fondo.

Irati sintió que el pecho le ardía con la misma mezcla de miedo y de certeza de las noches anteriores, y que el beso, el primero, la luna nueva, era la promesa que los dos llevaban semanas sosteniendo en el aire.

—El beso de la luna nueva —dijo Irati, cuando se separaron, con la frente contra la suya y el mar de fondo—.

El primero. la noche en que la pieza madre salió del fondo.

la noche en que la Dama del Norte nos devolvió la llave del caso.

Y la noche, Jules, en que los dos sabemos que vamos a cerrar este caso juntos, con la pieza madre en custodia y el señor del norte a punto de moverse.

Jules se quedó mirándola un momento, con la frente contra la suya y la noche sin luna alrededor.

—El beso de la luna nueva —repitió—. El primero.

Y el que me dice, Irati, que este caso, el pecio, la pieza madre, el de Zabala, no me va a dejar vacío.

Que cuando se cierre, con la pieza madre en custodia y el nombre del topo en el expediente, voy a estar aquí, contigo, mirando el mar, con el beso de la luna nueva en el pecho.

Y esa certeza, Irati, vale más que todas las piezas del fondo del mar.

Se quedaron un momento frente al mar, con la noche sin luna y el agua en calma, con el beso de la luna nueva instalado en el pecho de los dos y la certeza de la pieza madre en custodia sosteniendo la noche.

La luna nueva había traído la pieza madre a la superficie.

La luna nueva había traído el beso de los dos.

Y la luna nueva, la marea más baja de las próximas semanas, había traído el momento en que la investigación empezaba a cerrarse.

La Dama del Norte quería su pieza de vuelta.

Y la pieza madre, la original, la que llevaba tres siglos esperando, ya estaba de vuelta: en la custodia del museo, con la cadena cerrada y la firma de la policía.

Pero la Dama, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, todavía no había devuelto los nombres de los que el circuito había enterrado.

Y los nombres, los del asesinado de la bajamar, los del buzo, los del guarda de la lonja, los de todos los que la familia Alkorta Zabala había enterrado para que nadie supiera que el expolio existía, eran los que el caso, con la pieza madre en custodia y el señor del norte a punto de moverse,

iba a devolver.

El señor del norte estaba en Getaria. La pieza madre estaba en custodia.

El topo estaba a punto de delatarse. Y la luna nueva, la marea más baja de las próximas semanas, había marcado el momento en que la investigación, el pecio, la pieza madre, el de Zabala, empezaba a cerrarse sobre la familia que llevaba décadas robando al mar.

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