IV. La confirmación de la IP
A las cuatro de la madrugada, con la fiesta apagándose y los farolillos parpadeando, Irati llegó al muelle de Getaria, con el vestido de la fiesta y el pelo recogido, y encontró a Jules con el txakoli en la mano y la mirada fija en el agua.
Le contó la inmersión, la pieza madre, la custodia cerrada, con la calma de las que han hecho lo que tenían que hacer.
Y Jules le contó lo del hombre de pelo blanco, lo de la conversación en el muelle, lo del nombre de Zabala, con la calma de los que han visto lo que tenían que ver.
—El señor del norte —dijo Irati, con la voz baja, con la luz de los farolillos reflejándose en el agua—.
El que conversaba con Delacroix. El que caminaba hacia el muelle con el teléfono en la mano.
El que acaba de confirmar que la pieza madre es la pieza de la familia.
Y que la familia irá a por ella, por las buenas o por las malas.
Jules asintió, con la luz de los farolillos reflejándose en el agua.
—El señor del norte —repitió—. El enterrador.
El que quiere la pieza madre para la bóveda de su familia.
Y esta noche, Irati, en el muelle de Getaria, con la luna nueva y la pieza madre en custodia, el señor del norte me ha dicho que la familia sabe esperar.
Y que sabe dónde buscar. La familia sabe dónde está la pieza madre. Y la familia va a ir a por ella.
Irati se quedó mirando el agua un momento, con la luz de los farolillos reflejándose en el muelle.
—Y el topo —dijo, con voz firme—. El que pensaba que estábamos en la fiesta.
El que pensaba que no había nada raro en el equipo.
El topo va a despertarse mañana sin saber que la pieza madre ya no está en el fondo.
Y cuando el señor del norte le pregunte, el topo va a decir que todo está en orden.
Y esa mentira, Jules, el topo, es la prueba que necesitamos para cazarlo.
Jules asintió, con la luz de los farolillos reflejándose en el agua.
—El topo —repitió—. El que miente al señor del norte sin saber que miente a favor nuestro.
Y cuando la mentira salga a la luz, Irati, cuando el topo descubra que la pieza madre ya no está en el fondo, va a tener que avisar al señor del norte.
Y el aviso, el topo, la IP, la llamada, va a ser la prueba que nos falta.
Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Jules pesándole en el pecho.
El aviso del topo. La llamada. La IP. La prueba que les faltaba.
El plan, la pieza madre, la custodia cerrada, la fiesta, estaba diseñado para que el topo se delatara: cuando descubriera que la pieza madre ya no estaba en el fondo, tendría que avisar al señor del norte.
Y el aviso, la llamada, la IP, sería la prueba que los llevaría hasta el topo.
—El topo —dijo, con voz firme—. Mañana, cuando el topo descubra que la pieza madre ha salido del fondo, va a llamar a su contacto.
Y la llamada, el topo, el contacto, la IP, va a ser la que lo delate.
Leire está vigilando las líneas. Leire está vigilando las IP.
Y cuando el topo llame, Jules, Leire va a ver la llamada antes de que el topo cuelgue.
La llamada llegó a las cinco y media de la madrugada, cuando el pueblo entero dormía y los farolillos ya se habían apagado. El teléfono de Irati vibró en la mesa del caserío, y cuando contestó, la voz de Leire sonó tensa, con la urgencia de las que han visto lo que no esperaban ver.
—Irati —dijo Leire, con voz firme—. La llamada del topo.
Acaba de entrar. Un número de prepago, activado hace tres días, conectado durante dos minutos con un número de la red del norte, el mismo que aparece en los registros del restaurador muerto.
La llamada ha salido de la comisaría de Donostia, Irati.
De un móvil institucional, con la IP de la red de la comisaría, conectado a las antenas del edificio central.
El topo, Irati, está dentro de la comisaría.
El topo tiene acceso a los informes, a las reuniones y al móvil institucional.
Y el topo, esta madrugada, ha llamado al número del restaurador muerto para avisar al circuito de que la pieza madre ha salido del fondo.
Irati se quedó muy quieta, con el teléfono en la mano y las palabras de Leire pesándole en el pecho.
El topo estaba dentro de la comisaría. El topo tenía acceso a los informes, a las reuniones y al móvil institucional.
Y el topo, esta madrugada, había llamado al número del restaurador muerto para avisar al circuito de que la pieza madre había salido del fondo.
La llamada, el topo, la IP de la comisaría, era la prueba que llevaban semanas buscando: la prueba de que el topo no estaba fuera del equipo, sino dentro de él, con acceso a todo.
—¿Y el móvil institucional? —preguntó Irati, con voz firme—. ¿Puedes saber de quién es?
Leire se quedó un momento en silencio, con la tensión de la madrugada en la voz.
—El móvil institucional —dijo, con la voz que se le había quedado plana—, está asignado a un mando de la comisaría.
Pero la asignación, Irati, tiene una cosa rara: el móvil está registrado a nombre del despacho de patrimonio, no a nombre de una persona concreta.
Está asignado al mando de la unidad, al que la preside, al que la supervisa.
No puedo darte un nombre, Irati. Puedo darte el rango: el mando que preside la unidad de patrimonio de la comisaría de Donostia.
El topo, Irati, es el mando de la unidad.
El topo, Irati, es de los nuestros. De los que mandan.
Irati se quedó muy quieta, con el teléfono en la mano y las palabras de Leire pesándole en el pecho.
El topo era el mando de la unidad. El que presidía las reuniones, el que conocía los informes, el que tenía acceso al móvil del restaurador muerto.
El topo era de los suyos, de los que mandaban.
La IP interna, la comisaría, el móvil institucional del mando de patrimonio, confirmaba lo que Irati había temido desde el principio: que el topo no estaba fuera del equipo, sino al frente del equipo.
—La IP interna —murmuró Irati, con el teléfono en la mano y la madrugada alrededor—.
El mando de la unidad. El que preside las reuniones.
El topo, Jules, está dentro de la comisaría, al frente de la unidad de patrimonio, con acceso a todo.
Y esta madrugada, el mando de la unidad, el que conoce los informes, ha llamado al número del restaurador muerto para avisar al circuito de que la pieza madre ha salido del fondo.
Jules se quedó muy quieto, con la madrugada alrededor y las palabras de Irati pesándole en el pecho.
—El mando de la unidad —repitió—. El que preside las reuniones.
Y el que, esta madrugada, ha llamado al número del restaurador muerto para avisar al circuito de que la pieza madre ha salido del fondo.
—La miró—. El topo, Irati, no está fuera del equipo: está al frente del equipo.
Y mientras nos cazaba, nos decía dónde estaba el topo.
Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Jules pesándole en el pecho. El topo no estaba fuera del equipo: estaba al frente del equipo. Y mientras los cazaba, les decía dónde estaba el topo. El mando de la unidad de patrimonio, era el topo.
—La IP —dijo, con voz firme—. La llamada, el móvil institucional, la comisaría, es la prueba.
Y ahora, Jules, con la pieza madre en custodia y la IP interna confirmada, el caso tiene dos piezas nuevas: la llave, la pieza madre, y el perfil, el mando de la unidad.
El mando que preside las reuniones, el que conoce los informes, el que tiene acceso al móvil del restaurador muerto.
El que, cuando descubra que la pieza madre ya no está en el fondo, va a saber que la llamada del topo ha sido registrada.
Y el que, cuando sepa que lo hemos visto, va a tener que moverse.
Y cuando se mueva, Jules, el mando de la unidad, el topo, el que avisaba al circuito desde dentro, va a delatarse con cada paso que dé.
La noche se cerró sobre el caserío, con la madrugada alrededor y la IP interna instalada en el pecho de los dos, con la pieza madre en custodia y el perfil del mando de la unidad sosteniendo la noche.
* * *