La dama del norte (Costa Vasca 2) II. La fiesta de Getaria
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II. La fiesta de Getaria

Getaria, a la noche de la luna nueva, era un pueblo encendido de farolillos: la fiesta de la sardinada, la que se celebraba en el puerto con las mesas largas, las sardinas a la brasa y el txakoli de las bodegas del pueblo, reunía a todo el mundo que conocía el nombre de la familia Alkorta Zabala,

que había crecido con la leyenda de la Dama del Norte y que aplaudía cada año la vitrina benéfica de la fundación.

Jules llegó a la fiesta solo, con la sonrisa de los que no tienen nada que esconder y los ojos abiertos para ver si el topo se movía, y se quedó un momento en el puerto, con las luces de los farolillos reflejándose en el agua y el murmullo de las conversaciones alrededor.

El puerto estaba lleno de caras conocidas: los comerciantes, los mecenas, los coleccionistas, la élite del norte que Irati había visto en los expedientes de Iturriaga.

Ander Alkorta, el hijo mayor del patriarca, presidía la mesa de la fundación con la chaqueta de lino y el teléfono en la mano; Kepa Sanz, el administrador, rondaba las mesas con el traje oscuro y la mirada que no se quedaba en ningún sitio; y en una mesa aparte,

con el txakoli en la mano y la sonrisa de los que han visto de todo, el representante de la fundación Helder, René Delacroix, conversaba con un hombre mayor de pelo blanco que Jules no había visto antes.

—El señor Delacroix —murmuró Jules, con el txakoli en la mano y los ojos en la mesa aparte—. El enterrador. las bóvedas de Ámsterdam. Y el hombre de pelo blanco, el que conversa con él, el que no está en los expedientes de Iturriaga. —Se quedó mirándolos un momento—. Ese es el que quiero ver.

Se quedó en la fiesta, mezclándose con las mesas, con la copa en la mano y los oídos abiertos, escuchando las conversaciones, los nombres, las risas, buscando la pieza que faltaba en el mapa del caso.

Y mientras la fiesta avanzaba, con las sardinas, el txakoli y la música de los bertsolaris, Jules esperó la señal que no llegaba: la de Irati, la pieza madre, la custodia cerrada.

Irati llegó a la fiesta pasada la medianoche, con el vestido de la fiesta y el pelo recogido, con la sonrisa de los que no tienen nada que esconder y la certeza de la pieza madre en custodia instalada en el pecho.

Entró en el puerto saludando a la gente con la naturalidad de las que conocen a todo el mundo, aceptó un vaso de txakoli y se sentó en la mesa de la asociación, con los ojos del equipo sobre ella: los de Eneko, con la atención de los que cuidan el territorio; los de Iturriaga,

con la mirada del que supervisa; los de los agentes de la comisaría, con la sonrisa de los que están de fiesta.

—¿Y la pieza? —preguntó Eneko, con la voz baja, sirviéndole txakoli—. ¿Todo en orden en el fondo?

Irati se quedó un momento con el vaso en la mano, con la sonrisa de los que no tienen nada que esconder y la noche de la fiesta alrededor.

—Todo en orden —dijo, con voz firme—. La marea más baja de las próximas semanas, la boya marcada, el fondo limpio. La inspección de rutina de la zona de la bajamar. Nada que destacar, Eneko. El mar, esta noche, no ha mostrado nada raro.

Eneko asintió, con el vaso en la mano y la sonrisa de los que están de fiesta.

—El mar, con la luna nueva —dijo—, no muestra nada. Escondido, como siempre. Pero mañana, Irati, con la luz del día, el fondo va a mostrar lo que tenga que mostrar. El mar, con la luz, no esconde tanto.

Irati se quedó muy quieta, con el vaso en la mano y las palabras de Eneko pesándole en el pecho.

Mañana, con la luz del día, el fondo iba a mostrar lo que tenía que mostrar.

Y lo que tenía que mostrar, la pieza madre ya no estaba: había salido del fondo con la noche sin luna, con la custodia cerrada y el sello de la policía.

Mañana, cuando el topo descubriera que la pieza madre ya no estaba en el fondo, el fondo iba a mostrar que la pieza había salido.

Y el topo, cuando lo descubriera, iba a tener que avisar al señor del norte.

—¿Y el señor del norte? —preguntó Irati, con la voz baja, mirando la mesa aparte donde conversaban Delacroix y el hombre de pelo blanco—. ¿Quién es el hombre que está con el señor Delacroix?

Eneko se quedó mirando la mesa aparte un momento, con el vaso en la mano y la sonrisa de los que están de fiesta.

—Ese —dijo, con la voz baja—, es el señor Zabala.

El mayor de la familia Zabala, la de Mutriku, los barcos.

El abuelo de la familia, el que manda, el que todo el mundo saluda y nadie pregunta.

La familia Zabala, Irati, es una de las más viejas de la costa.

Los de los barcos, los de las lonjas, los de los talleres de patrimonio.

El señor Zabala, dicen, lleva años comprando piezas del mar para enterrarlas en la bóveda de la familia.

Para que nadie las vea, dicen. Para que nadie las compare, dicen.

Y el señor Zabala, esta noche, con la luna nueva y la fiesta de la sardinada, está aquí, en Getaria, conversando con el señor Delacroix.

Irati se quedó muy quieta, con el vaso en la mano y las palabras de Eneko pesándole en el pecho.

El señor Zabala. El mayor de la familia Zabala, la de Mutriku, los barcos.

El abuelo de la familia, el que manda, el que todo el mundo saluda y nadie pregunta.

El que llevaba años comprando piezas del mar para enterrarlas en la bóveda de la familia.

El señor del norte. El que quería la pieza madre para el cementerio de su familia.

—El señor Zabala —repitió Irati, con la voz baja, con los ojos en la mesa aparte—.

El señor del norte. Y esta noche, en la fiesta de Getaria, con la luna nueva y la pieza madre en custodia, el señor del norte está aquí, en el puerto, conversando con el enterrador.

Sin saber que la pieza madre ya no está en el fondo del pecio.

Sin saber que la llave del caso ya está en manos de la policía.

El teléfono vibró en su bolsillo a las tres de la madrugada, cuando la fiesta empezaba a apagarse y los farolillos a parpadear.

Era un mensaje de Irati, corto, con la certeza de las que no necesitan más palabras: «Pieza madre en custodia. Cadena cerrada. La leyenda va a moverse.»

Jules se quedó mirando el mensaje un momento, con las luces de los farolillos reflejándose en el agua y la certeza de la pieza madre pesándole en el pecho.

La pieza madre estaba en custodia. La cadena estaba cerrada.

Y la leyenda, la de Zabala, el enterrador, iba a empezar a moverse.

Y entonces, en el momento en que Jules levantó la vista del teléfono, vio al hombre de pelo blanco que conversaba con Delacroix levantarse de la mesa aparte y caminar hacia el muelle, solo, con el teléfono en la mano y la mirada fija en el mar.

Jules se quedó mirándolo un momento, con las luces de los farolillos reflejándose en el agua, y supo, con una certeza que le helaba la sangre, que el hombre de pelo blanco, el que conversaba con el enterrador, el que caminaba hacia el muelle con el teléfono en la mano,

era el hombre que llevaban semanas buscando.

—Zabala —murmuró Jules, con el txakoli en la mano y los ojos en el muelle—.

El señor del norte. El enterrador. El que quiere la pieza madre para la bóveda de su familia.

Y esta noche, en la fiesta de Getaria, con la luna nueva y la pieza madre en custodia, el señor del norte está aquí, delante de mí, caminando hacia el muelle.

* * *