La dama del norte (Costa Vasca 2) CAPÍTULO 10 — LUNA NUEVA
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CAPÍTULO 10 — LUNA NUEVA

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I. La marea más baja

La noche de la luna nueva, el cielo sobre la costa vasca estaba limpio y negro, sin luna, con las estrellas encendidas como sal y el mar en calma absoluta, esperando la marea más baja de las próximas semanas.

En el caserío de la costa, con la luz tenue de la lámpara y el equipo de buceo preparado en la entrada, Irati repasaba por tercera vez el plan de la inmersión con Ainhoa, con el mapa marcado y las coordenadas del pecio anotadas en un papel que no saldría de la habitación.

—La marea baja está a las dos de la madrugada —dijo Ainhoa, con la voz que se le ponía grave cuando las piezas le pedían cuidado—.

La inmersión la hacemos tú y yo, con la barca de la asociación, sin radio, sin móviles, sin testigos.

La pieza madre está a catorce metros, en la bodega del pecio, sellada por el sedimento.

Si la sacamos con los flotadores, con cuidado, sin tocar la estructura, la custodia del museo la recibe mañana por la mañana con la cadena cerrada.

Y el topo, Irati, no puede saber que hemos estado allí.

Irati asintió, con el neopreno puesto y la certeza de la estrategia instalada en el pecho.

—El topo no sabe nada —dijo, con voz firme—.

El topo piensa que esta noche vamos a la fiesta de Getaria, la luna nueva, los farolillos y las sardinas.

El resto del equipo piensa lo mismo. Jules y yo hemos quedado en la fiesta, como siempre, para que nadie pregunte.

Y mientras todos nos ven en la fiesta, Ainhoa, la pieza madre va a salir del fondo del pecio, con la custodia cerrada y la cadena completa al lado.

—¿Y Jules? —preguntó Ainhoa, con la voz que se le ponía grave cuando las piezas le pedían cuidado—. ¿Sabe que no vas a estar en la fiesta?

Irati se quedó mirando el mapa un momento, con la luz tenue de la lámpara alrededor.

—Jules sabe que la pieza madre sale esta noche —dijo—.

Y Jules sabe que yo no voy a estar en la fiesta.

Jules es el que se queda en la fiesta, con la cara de los que no tienen nada que esconder, con los ojos abiertos para ver si el topo se mueve.

Si el topo sospecha algo, si alguien pregunta por mí, Jules va a saberlo.

Y Jules va a avisarme antes de que el circuito reaccione.

Ainhoa se quedó mirándola un momento, con la voz que se le ponía grave cuando las piezas le pedían cuidado.

—Es la primera vez —dijo—. La primera vez que el plan depende de dos personas que confían la una en la otra.

Y la confianza, Irati, es la pieza más difícil de este caso.

La que no se encuentra en el fondo del pecio.

La que se construye con las noches, con los muelles, con las promesas que se cumplen.

Y esta noche, Irati, la confianza entre tú y Jules es la que sostiene el plan entero.

Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Ainhoa instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

La confianza. La pieza más difícil del caso.

La que se construía con las noches, con los muelles, con las promesas que se cumplían.

Y la que, esta noche, sostenía el plan entero: la de Jules en la fiesta, con los ojos abiertos, esperando que la pieza madre saliera del fondo.

—Jules cumplirá su parte —dijo, con voz firme—. Y yo cumpliré la mía. La pieza madre sale del fondo esta noche, Ainhoa, con la luna nueva y la marea más baja. Y cuando salga, con la custodia cerrada y el topo sin saber nada, la cadena de la familia Alkorta Zabala va a empezar a cerrarse.

Salieron a la noche, con el equipo en la barca de la asociación y las coordenadas del pecio en el bolsillo, y el mar en calma absoluta las recibió con la oscuridad y el silencio de las noches sin luna.

La barca se deslizó hacia la boya marcada, con el motor al mínimo y las luces apagadas, y cuando llegaron a la posición del pecio, Irati se quedó un momento mirando el agua negra, la superficie sin luna, el lugar donde la pieza madre llevaba tres siglos esperando.

—La pieza madre —murmuró, con el equipo puesto y el agua negra alrededor—. La que el circuito quiere para la bóveda de su familia. La que Zabala quiere enterrar en su cementerio. Y la que esta noche, Ainhoa, con la luna nueva y la marea más baja, va a salir a la superficie con nosotros. Bajo.

La inmersión, a catorce metros, fue más difícil que las anteriores: la oscuridad de la noche sin luna, la luz de las linternas, la corriente de la marea baja que arrastraba el sedimento.

Irati siguió a Ainhoa hacia la bodega del pecio, con las burbujas del regulador subiendo a su espalda y el corazón golpeándole contra las costillas, y cuando la linterna iluminó la estructura del pecio, el carguero de 1734, el «Santa Isabel», sintió que el tiempo se detenía.

La bodega estaba sellada por el sedimento, con las ánforas del cargamento alineadas en la penumbra, esperando a que alguien quitara las capas.

Y en el centro de la bodega, con el sedimento intacto y la luz de la linterna encendiendo su silueta, estaba la pieza madre: la ánfora original del cargamento de 1734, la que nadie reclamó, la que llevaba tres siglos esperando a que alguien la devolviera a la superficie.

Irati se quedó un momento flotando frente a la pieza madre, con la linterna encendida y las burbujas subiendo a su espalda, mirando la ánfora que el circuito entero llevaba décadas buscando.

La pieza madre. La original. La que los libros daban por perdida.

La que Zabala quería para la bóveda de su familia.

La que, cuando saliera a la superficie con la cadena de custodia cerrada, iba a cerrar la cadena de la familia Alkorta Zabala para siempre.

Ainhoa señaló la pieza con la linterna y le hizo el gesto de empezar: la colocación de los flotadores, la sujeción de las cuerdas, la preparación de la subida.

Irati asintió y trabajó junto a ella, con la calma de las que han aprendido que el fondo del mar es un lugar de precisión, y cuando los flotadores estuvieron colocados y las cuerdas sujetas, las dos tiraron juntas, con la fuerza de los que saben que la pieza pesa, y la pieza madre empezó a subir,

con el sedimento arremolinándose a su alrededor y la bodega del pecio quedando abierta por primera vez en tres siglos.

Subieron con la pieza, con la luz de las linternas cambiando a la oscuridad de la superficie, y cuando rompieron la superficie, con la pieza madre flotando entre las dos barcas y la noche sin luna alrededor, Irati se quedó mirando la ánfora un momento,

con el agua goteándole del pelo y el corazón golpeándole contra las costillas.

—La pieza madre —dijo, con la voz que le salió ronca por el esfuerzo—.

La original del cargamento de 1734. La que nadie reclamó.

La que llevaba tres siglos esperando. Y la que esta noche, Ainhoa, con la luna nueva y la marea más baja, ha salido a la superficie con nosotros.

La custodia. La cadena cerrada. Mañana por la mañana, el museo de San Telmo la recibe con la firma de la policía.

Y el topo, el que no sabe nada, el que piensa que estamos en la fiesta de Getaria, va a despertarse mañana sin saber que la pieza madre ya no está en el fondo.

Ainhoa asintió, con el agua goteándole de la coleta y la noche sin luna alrededor.

—La pieza madre está a salvo —dijo—. La custodia se cierra por la mañana.

Y el topo va a mentir a Zabala pensando que miente a favor del circuito, sin saber que está firmando su propia caza.

La estrategia es perfecta, Irati. La pieza más difícil del caso, la que Zabala quiere para la bóveda de su familia, ya no está en el fondo del pecio: está en nuestras manos.

Y las manos, Irati, las de la policía, no sueltan las llaves de los casos.

Regresaron a la barca de la asociación con la pieza madre protegida por las lonas del fondo de pesca, con las luces apagadas y el motor al mínimo, y atracaron en el pequeño embarcadero de la asociación, el que nadie vigilaba a esa hora.

Ainhoa cerró la pieza en la caja de seguridad de la asociación, con la cadena de custodia firmada a mano y el sello de la policía, y cuando la caja estuvo sellada, Irati se quedó un momento mirándola, con el agua goteándole del neopreno y la certeza de la llave del caso instalada en el pecho.

—La pieza madre —dijo, con voz firme—. En la caja de seguridad, con la cadena cerrada y el sello de la policía.

Y mañana por la mañana, Ainhoa, la llevamos al museo de San Telmo, con la custodia oficial y la firma del director.

Y el topo, el que no sabe nada, el que piensa que estoy en la fiesta de Getaria, va a desayunar mañana sin saber que la pieza madre ya no está en el fondo del pecio.

Ainhoa asintió, con la coleta húmeda y la noche alrededor.

—La custodia —dijo—. La cadena cerrada. El sello de la policía.

Y cuando la pieza madre esté en el museo, Irati, con la firma del director y la cadena de custodia completa, la prueba del caso va a ser inatacable.

La pieza original del cargamento de 1734, la que nadie reclamó, la que la familia Alkorta Zabala lleva décadas buscando, va a estar en manos de la policía, con la cadena completa al lado.

Y la familia, cuando lo sepa, va a saber que la pieza madre ya no se puede enterrar.

Irati se cambió en la caseta de la asociación, con el vestido de la fiesta y el pelo recogido, y antes de salir hacia Getaria se quedó un momento mirando la caja de seguridad, con el sello de la policía y la cadena de custodia firmada.

—A la fiesta —dijo, con voz firme—. Me toca aparecer en Getaria, con la sonrisa de los que no tienen nada que esconder, con el vestido de la fiesta y el pelo recogido.

Y mientras esté en la fiesta, Ainhoa, con la pieza madre ya a salvo en la caja de seguridad, el topo va a ver que no me he movido del sitio.

El topo va a ver que no hay nada raro en el equipo.

Y el topo, cuando Zabala le pregunte, va a decir que todo está en orden.

Y esa mentira, Ainhoa, el topo, va a ser la prueba que necesitamos para cazarlo.

Ainhoa se quedó mirándola un momento, con la coleta húmeda y la noche alrededor.

—Ve —dijo, con la voz que se le ponía grave cuando las piezas le pedían cuidado—.

Ve a la fiesta, Irati. Ve a la sardinada, al txakoli, a las mesas largas del puerto.

Y cuando estés allí, con la sonrisa de los que no tienen nada que esconder, recuerda que la pieza madre está a salvo, que la cadena está cerrada y que la investigación, el que lleva décadas esperando, ha empezado a cerrarse esta noche, con la luna nueva y la marea más baja.

La Dama del Norte, Irati, te ha devuelto la llave esta noche.

Y la llave, la pieza madre, es la que va a abrir la bóveda de la familia.

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