La dama del norte (Costa Vasca 2) III. El archivo
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III. El archivo

El Archivo Histórico Provincial de Gipuzkoa estaba en el corazón de Donostia, en un edificio de piedra que olía a papel viejo y a madera, con las salas de consulta en silencio y los legajos en sus cajas de cartón neutro, esperando a que alguien los abriera.

Irati llegó a las cinco de la tarde, después de la carretera de vuelta desde Getaria, y la funcionaria del mostrador, una mujer de unos cincuenta años con las gafas colgadas del cuello y el pelo gris recogido, la miró con la curiosidad de las que conocen a todo el que pisa esa sala.

—Inspectora Sarasola —dijo, leyendo la credencial—. Ya nos habían avisado de la Jefatura. ¿Qué busca?

—Un naufragio —dijo Irati—. O mejor dicho: el rastro de un naufragio.

Un cargamento de ánforas selladas que se perdió en un temporal del siglo XVIII, cerca de la costa de Gipuzkoa, y del que no queda nada en los registros oficiales.

Necesito saber si existe alguna fuente que lo mencione.

Algo que no sea oficial. Memorias, diarios, papeles personales.

Algo que un archivo no catalogue pero que alguien conservara.

La funcionaria la miró un momento, y luego asintió con la cabeza, con esa expresión de las que llevan años guardando el archivo y saben que los mejores documentos no están en los catálogos.

—Déjeme pensarlo —dijo—. Las memorias manuscritas de los prácticos de puerto.

tenemos varias colecciones de esos fondos, de los siglos XVIII y XIX.

Los prácticos eran los que conocían la costa mejor que nadie, y algunos dejaron cuadernos de memoria con los naufragios que habían visto o de los que habían oído hablar.

No están todos catalogados con detalle, pero si lo que busca es un temporal del siglo XVIII con ánforas. Espere un momento.

La funcionaria salió de la sala y volvió al cabo de diez minutos con una caja de cartón vieja, con el polvo en los bordes, y la dejó sobre la mesa de consulta con el cuidado de quien maneja algo frágil.

—Estas son las memorias de un práctico de puerto de la primera mitad del siglo XVIII —dijo—.

Se llamaba Miguel de Arregi, y llevó su registro durante cuarenta años, entre 1710 y 1750.

Son ocho cuadernos encuadernados a mano, con la letra de la época.

No están digitalizados, y creo que nadie los ha consultado en décadas.

—La miró—. Si hay un naufragio de ánforas en esta costa en el siglo XVIII, es muy probable que este hombre lo escribiera.

Irati se sentó ante la mesa, con los ocho cuadernos de Miguel de Arregi delante, y empezó a leer.

La letra era la caligrafía apretada de los que escriben mucho y con prisa, con la tinta oxidada por los siglos, y el papel, a pesar del cuidado del archivo, tenía la fragilidad de las cosas que han sobrevivido de milagro.

Leyó los primeros cuadernos sin encontrar nada, pasando las páginas con dedos que temblaban por la emoción y por el cuidado, anotando los nombres de los puertos, las fechas de los temporales, las llegadas de los cargueros, la vida de una costa que había cambiado de lengua pero no de mar.

Y en el cuarto cuaderno, en una página de octubre, encontró lo que buscaba.

«Día 19 de octubre de 1734. Esta mañana ha entrado en puerto la noticia de que el carguero "Santa Isabel", que venía del sur con un cargamento de ánforas selladas para las casas del norte, se ha perdido en el temporal de anoche frente a la costa de Getaria.

Se han visto restos del casco en los arrecifes, y algunas piezas han llegado a la playa, pero el mar no ha devuelto el cuerpo de ninguno de los que iban a bordo. Los armadores, que son de la casa del norte, no han enviado a nadie a reclamar la carga. He preguntado por qué,

y me han dicho que las ánforas iban consignadas a un comprador que no quiere que se sepa su nombre. Nadie quiso reclamarlas. El cargamento se quedó en el fondo, con el barco, y el nombre del comprador se quedó en el silencio.»

Irati leyó la página dos veces, tres veces, con el corazón golpeándole en el pecho.

El carguero «Santa Isabel», perdido frente a Getaria en octubre de 1734, con un cargamento de ánforas selladas que nadie reclamó porque el comprador no quería que se supiera su nombre.

La pieza que había aparecido en la bajamar de Zumaia, la ánfora sellada que Ainhoa había encontrado junto al cadáver del restaurador, tenía una historia: una historia de un naufragio real, de un cargamento que nadie reclamó, de un comprador que quería el silencio.

Y esa historia, Irati lo entendió con una claridad que le quitó el aire, era la que el expolio había estado usando como certificado de autenticidad durante décadas.

—¿Ha encontrado algo? —preguntó la funcionaria, desde el mostrador, al verle la cara.

Irati levantó la vista del cuaderno, con la letra de Miguel de Arregi todavía bailándole en los ojos.

—Sí —dijo—. He encontrado la historia de una pieza.

Una pieza que se perdió en el mar en 1734, que nadie reclamó, y que alguien, tres siglos después, ha decidido que vuelva a salir.

Como si fuera real. Como si el mar la hubiera devuelto.

—Se quedó mirando el cuaderno—. Pero no es del mar. Nunca lo fue.

—¿Cómo sabe que no es del mar?

—Porque la pieza que he visto no tiene tres siglos —dijo Irati—.

Tiene tres meses. Y ahora sé de dónde saca la historia, el nombre y el certificado: de este cuaderno.

De un naufragio que nadie reclamó, escrito por un práctico de puerto que ya llevaba trescientos años muerto.

—Cerró el cuaderno con cuidado, con los dedos que le temblaban—.

El naufragio es real. La leyenda es real.

Y eso es exactamente lo que alguien ha estado usando para hacer pasar piezas falsas por piezas auténticas: la historia verdadera de un barco que se perdió y que nadie reclamó.

La funcionaria la miró un momento, con la mano en la barbilla, y luego dijo, con esa voz de las que han visto muchas cosas en los archivos:

—¿Necesita una copia?

—Necesito algo más —dijo Irati—. Necesito saber quién más ha consultado estos cuadernos. Quién más ha leído la historia del «Santa Isabel». Si alguien ha pedido ver estas memorias en los últimos años, necesito saberlo.

La funcionaria se quedó pensando un momento, y luego negó con la cabeza.

—Los registros de consulta de los fondos antiguos no se guardan con el detalle que usted necesita —dijo—.

Se apuntan en papel, y se archivan por años.

Pero hay algo que puedo hacer: puedo mirar las anotaciones de los últimos diez años, en los libros de registro, y ver si alguien ha pedido estos cuadernos.

No le prometo nada. Los libros de registro son manuales, y hay años que no están completos.

—Hágalo —dijo Irati—. Y si encuentra algo, llámeme a la Jefatura. Es importante.

Salió del archivo con la fotocopia de la página de octubre de 1734 en el bolsillo, con la historia del «Santa Isabel» instalada en el mapa del caso, y se quedó un momento en la calle, con la luz de la tarde de octubre sobre Donostia.

El naufragio era real. La leyenda de la Dama era real.

Y ambas cosas, la leyenda y el naufragio, eran la tapadera perfecta para una línea de producción de piezas falsas con historia verdadera.

La pieza del laboratorio de San Telmo, la que el mar había entregado con una carta de presentación de cadáver, no era una pieza del pecio: era una pieza hecha a medida, con el certificado de un naufragio que nadie reclamó.

Y el que la había hecho a medida, Irati lo sabía, había encontrado en el archivo la misma página que ella acababa de leer. La pregunta era quién, y cuándo, y con qué manos.

* * *