IV. La subasta
La casa de subastas de Madrid estaba en un edificio del barrio de Salamanca, con la fachada de piedra y el escaparate que anunciaba la venta del viernes: pintura del siglo XIX, mobiliario antiguo, cerámica, y en la última línea del catálogo,
tres piezas de arqueología subacuática procedentes de una colección privada europea.
Irati llegó la mañana del viernes, con el tren de las siete desde Donostia, y encontró a Jules esperándola en la puerta, con el traje gris y el catálogo en la mano, con esa expresión de las horas importantes que Irati le conocía de los meses del caso de Bilbao.
—¿Has dormido algo? —preguntó él, mientras entraban.
—Lo normal —dijo Irati—. En el tren.
—Bien —dijo Jules—. Porque hoy vamos a necesitar la cabeza clara.
La pieza gemela, el lote 47, sale en la primera ronda de la sesión de arqueología.
Si el cuaderno del buzo decía que la pieza se iba a entregar o a revelar el día de la subasta, hoy es el día.
—La miró—. Y quiero que la veas con tus ojos: la misma pieza, la misma historia, la misma firma de Basáñez al pie del certificado.
Entraron en la sala de la casa de subastas, un espacio de techos altos con las butacas de terciopelo rojo y las vitrinas de las piezas iluminadas en los laterales, y se sentaron en la última fila, donde se podía ver la sala entera sin ser vistos.
El salón olía a cuero y a dinero, a los perfumes caros de los coleccionistas y a la madera pulida de las vitrinas, y a Irati, que venía de la costa, del olor del mar y del café del puerto, el olor de aquella sala le resultó ajeno y familiar a la vez:
el olor de un mundo que compraba piezas que no sabía leer.
El subastador subió al atril y comenzó la sesión.
Las piezas salieron una a una, con las pujas que subían y bajaban con la elegancia de un ritual: una jarra de plata, un bargueño, un conjunto de monedas.
Irati observó la sala, las caras de los coleccionistas, los movimientos de los teléfonos con los que los pujadores remotos seguían la sesión, y buscó, entre las caras, el hombre que Jules le había descrito: el intermediario de Lisboa, el que pagaba en efectivo,
el que había dado al dueño de la galería la dirección del caserío Alkorta.
—¿Lo ves? —murmuró Jules, sin volverse—. En la tercera fila, junto a la ventana. la gabardina beige.
Irati lo vio. Un hombre de unos cincuenta años, de pelo oscuro y cara de los que han aprendido a no mostrar nada, sentado con las manos cruzadas sobre el catálogo, sin pujar, mirando la sala con una atención que no era de comprador: era de vigilante.
No estaba allí para comprar. Estaba allí para ver.
—Lo veo —dijo—. No ha pujado en toda la sesión.
—No puja nunca —dijo Jules—. Lo he visto en tres subastas en los últimos dos años, desde la operación de Ámsterdam.
Siempre en la misma posición, siempre sin pujar, siempre mirando.
Es el ojo del circuito: el que controla que las piezas salgan a su precio y que nadie se salga del guion. Y hoy ha venido a ver la pieza gemela.
El subastador llegó al lote 47. Irati sintió que la sala entera se ponía en tensión, como si la pieza que iba a salir llevara consigo una corriente que los presentes conocían sin poder nombrarla.
El subastador tomó el lote en las manos, lo mostró a la sala con el gesto ritual de siempre, y comenzó a leer la descripción del catálogo: ánfora sellada, cerámica, procedencia colección privada europea, certificado de autenticidad de un tasador de Madrid.
—Lote 47 —dijo el subastador—. Ánfora sellada, siglo XVIII, procedencia colección privada europea, certificado.
—Hizo una pausa, miró el papel, y luego levantó la vista hacia la sala con una expresión que Irati no le había visto a ningún subastador—.
Se retira el lote. Por indicación de la casa de subastas, el lote 47 queda retirado de la venta de hoy.
Un murmullo recorrió la sala. Los coleccionistas se volvieron, las pujas se detuvieron, y en la tercera fila, junto a la ventana, Irati vio al hombre de la gabardina beige hacer el único movimiento que le había visto en toda la sesión: sacar el teléfono del bolsillo,
mirar una pantalla que se había iluminado, y levantarse, con la calma de los que han recibido una orden que ya esperaban.
—Se lo han dicho por teléfono —dijo Irati, con la voz baja—.
La pieza se ha retirado porque alguien ha avisado de que la buscábamos.
El mismo aviso, la misma filtración, el mismo mecanismo.
—Se volvió hacia Jules—. La palabra del cuaderno, la Dama, no era la fecha de entrega: era la alerta.
Alguien sabía que nosotros íbamos a estar hoy aquí, y ha retirado la pieza para que no la viéramos salir.
Jules se levantó, con el catálogo en la mano, y miró al hombre de la gabardina beige que cruzaba la sala hacia la salida, con el teléfono en la mano y la espalda recta de los que han hecho su trabajo.
—Voy tras él —dijo—. Si el ojo del circuito está en Madrid, hay alguien en la sala que le ha dado la orden. Y el que da la orden, en este circuito, es el mismo que tiene los nombres.
—Cuidado —dijo Irati—. Este es de los que no se dejan seguir.
—Por eso voy yo —dijo Jules, con una media sonrisa que no llegó a serlo—. Los que no se dejan seguir por la Ertzaintza no saben esquivar a un agente del FBI.
Salió de la sala con la calma de los que salen de una subasta sin haber pujado, y Irati se quedó un momento en la butaca, con la sala a medio terminar y el lote 47 retirado en la vitrina, pensando en la filtración.
Alguien había avisado de que la policía buscaba la pieza gemela.
Alguien dentro del circuito del arte, del mismo circuito que en el L1 había tenido una rendija interna, había movido el teléfono a tiempo de retirar la pieza.
Y el que había retirado la pieza no estaba en Madrid: estaba en el otro extremo del teléfono, en algún lugar del norte, con los nombres de todos los lotes en la mano.
Irati salió de la casa de subastas y se quedó en la calle de Salamanca, con la luz de la mañana de octubre y el ruido de la ciudad alrededor. Jules salió a los pocos minutos, con el catálogo bajo el brazo y una expresión de quien no ha encontrado lo que buscaba.
—Lo he seguido hasta la puerta de un edificio de oficinas de Serrano —dijo—.
No ha entrado en ningún coche, no ha hablado con nadie en la calle.
Ha entrado en el edificio y ha desaparecido.
Un edificio de oficinas de alquiler, de los de despachos por horas.
El ojo del circuito no se esconde en Madrid: se esconde en un despacho de alquiler por horas, en el mismo barrio que la embajada.
Gracia en el humor, o prudencia en el exceso: los dos dan miedo.
—O los dos —dijo Irati—. Pero lo importante no es dónde se esconde: es quién le ha dado la orden de retirar la pieza.
—Levantó la vista hacia el edificio—. La pieza se ha retirado porque alguien nos ha visto venir.
Y ese alguien, Jules, no está en Madrid.
Está en el norte. Está en el circuito del arte de la costa, en la misma red que el restaurador muerto, la misma que la galería, la misma que la familia Alkorta.
La filtración no es nueva: es la misma rendija que el caso de Bilbao, la misma que se abrió cuando la cabeza del dinero se quedó libre.
Jules se quedó mirándola un momento, con la luz de la mañana en la cara, y luego dijo, con la voz baja de los que han decidido compartir una sospecha:
—Sarasola, hay una cosa que te llevo dando vueltas desde ayer.
La pieza del laboratorio, el cadáver, la que Ainhoa encontró en la bajamar: esa pieza no salió del circuito.
Se quedó fuera. El mar la entregó antes de que la fundación la hiciera desaparecer.
Y si la pieza se quedó fuera, entonces hay alguien, dentro del circuito, que quería que se quedara fuera.
Alguien que quería que nosotros la encontráramos.
—La miró con una intensidad que Irati le conocía de los momentos en que la cabeza y el corazón trabajaban juntos—.
El que retira las piezas hoy es el que las dejó caer en la bajamar.
Y si es así, no es un enemigo: es un informante.
Un informante que está usando el cadáver, la pieza y la leyenda para hacernos mirar hacia donde él quiere.
Irati se quedó muy quieta en la calle de Salamanca, con el ruido de la ciudad alrededor, sintiendo que la sospecha de Jules se le instalaba en el pecho con la solidez de una llave.
Todas las piezas del mapa, pensó, encajaban con la misma pregunta: quién, dentro del circuito, quería que el caso existiera.
—Entonces —dijo, al fin—, el que nos ha retirado la pieza hoy, es el mismo que nos la puso delante en la bajamar.
Y si es así, no lo vamos a encontrar persiguiéndolo: lo vamos a encontrar mirando hacia donde él quiere que miremos.
—Se quedó un momento mirando el edificio de oficinas—.
Y ese lugar, Jules, no está en Madrid. Está en el norte.
En la cueva de la Dama. En el laboratorio que la restauradora del museo ha encontrado en la fractura de la pieza.
Caminaron un rato por el barrio de Salamanca, con el ruido de la ciudad alrededor y el catálogo de la subasta bajo el brazo de Jules, y en la esquina de una calle tranquila, junto a un café pequeño de los que no tienen cartel, se sentaron en una terraza vacía y pidieron dos aguas,
con la mañana de octubre encendida sobre Madrid.
—Hay una cosa que no te he contado de la sala —dijo Jules, girando la botella de agua entre las manos—.
Cuando el subastador anunció la retirada del lote, vi algo que no cuadraba.
El hombre de la gabardina beige, el ojo del circuito, no se sorprendió.
Nadie que no esperara la retirada se levanta con esa calma.
Pero había otro hombre, en la última fila, junto a la puerta, que sí se sorprendió: un hombre mayor, de traje oscuro, con la cara de los que no quieren ser vistos.
Cuando el lote se retiró, ese hombre se quedó mirando el catálogo abierto, sin levantar la vista, durante un tiempo que no era normal.
Y luego cerró el catálogo, se levantó y se fue, sin mirar atrás.
—La miró—. Ese hombre, Irati, no era de la casa de subastas.
Y no era de la sala. Era alguien que había venido a ver la pieza gemela, y que se marchó con las manos vacías y la cara de quien ha perdido algo.
Irati se quedó muy quieta, con la botella de agua en la mano, el ruido de Madrid alrededor.
—¿Has visto la cara? —preguntó.
—Lo bastante —dijo Jules—. Lo bastante para saber que era alguien que conocía la pieza.
Alguien que había venido a verla salir, y que la retirada le había fastidiado los planes.
Y hay una cosa más: cuando se levantó, vi que llevaba un anillo en la mano derecha.
Un anillo de sello, de los antiguos, de los que se llevan en las familias que tienen algo que sellar.
No he podido ver el escudo, pero el anillo era viejo. De los que se heredan.
El silencio se hizo en la terraza, con el ruido de Madrid alrededor y la luz de la mañana aplanándose sobre las fachadas.
—Un anillo de sello —repitió Irati—. De los que se heredan.
—Levantó la vista hacia Jules—. ¿Y si ese hombre no ha venido a ver la pieza?
¿Y si ha venido a ver quién la iba a retirar?
¿Y si el que ha ordenado la retirada y el que ha venido a verla son personas distintas, y lo que hemos visto esta mañana es una disputa interna del circuito?
Jules la miró un momento, y luego dijo, con la voz baja de los que han estado haciendo el mismo cálculo:
—Entonces esta mañana no hemos visto una filtración.
Hemos visto una pelea. La pieza gemela tenía dos dueños esperando: el que quería que saliera y el que quería que se retirara.
Y el que ha ganado esta mañana, Irati, no es el que quería que la pieza saliera.
Y si hay una pelea interna, hay una grieta.
Y las grietas, en un circuito de este tamaño, siempre se abren por algún sitio.
Irati se quedó mirando la calle, los coches, la luz de Madrid, y sintió que la mañana de la subasta, que había empezado como una filtración, se le estaba convirtiendo en algo distinto: en el mapa de una disputa que llevaba tiempo latiendo en el circuito del norte,
y que se acababa de abrir en público, en una sala de subastas de Madrid, delante de un agente del FBI y de una inspectora de la Ertzaintza.
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