II. El café del puerto
Sabino Arrieta los esperaba en la puerta del bar del puerto, con dos tazas de café ya servidas en la mesa del fondo y el tabaco apagado en la mano, sin encenderlo, como si el respeto por el lugar que pisaba le hiciera no fumarlo todavía.
Era un hombre de cara surcada por cincuenta años de sal y de viento, con los ojos pequeños y claros de los que han mirado mucho el horizonte, y cuando Irati se sentó frente a él, la miró un momento en silencio, con una atención de los que saben medir a la gente por lo que no dice.
—Así que usted es la que encontró al chaval —dijo, al fin, con la voz ronca de los que han gritado contra el viento—. La inspectora que el mar puso en el camino del pecio.
—Sí —dijo Irati—. Lo encontré el día de la bajamar. Estaba en una poza, con la pieza al lado. Y me dijeron que usted le enseñó a bucear.
Sabino asintió, despacio, y se quedó un momento mirando la taza de café, con los dedos manchados de alquitrán girándola sobre la mesa.
—Iñaki —dijo—. Iñaki Olazabal. Era un chaval de Donostia que llegó a Getaria con diecinueve años, con los bolsillos vacíos y las manos que ya sabían lo que querían.
Quería trabajar el metal y la cerámica, y buceaba para pagarse el taller.
Le enseñé a moverse en estas aguas: las corrientes de Zumaia, las bajamares de octubre, las cartas que no están escritas.
—Levantó la vista—. Era buen chaval. Bueno con las manos y bueno con el silencio.
En esta costa, esa combinación es oro: los que saben trabajar y no preguntan, son los que los coleccionistas buscan.
—¿Y él trabajaba para coleccionistas? —preguntó Irati.
Sabino se quedó un momento mirando el mar, a través de la ventana del bar, y luego habló con la voz baja de los que cuentan las cosas que han callado mucho tiempo.
—Todos trabajaban para coleccionistas, en esta costa —dijo—.
Los que sabían bucear, los que sabían restaurar, los que sabían callar.
Los coleccionistas del norte llevan décadas comprando lo que el mar de aquí guarda: piezas, monedas, ánforas, todo lo que los naufragios han dejado en el fondo.
Y siempre han usado a los mismos: a los chavales como Iñaki, que trabajaban bien y no preguntaban.
Iñaki empezó restaurando piezas menores.
Luego empezó a bucear en las cartas que no están escritas, a sacar cosas del fondo para los que pagaban.
Y luego, hace un par de años, le pasó algo que le cambió.
—¿Qué le pasó?
Sabino apuró el café y lo dejó en la mesa, con un ruido que sonó como un punto y aparte.
—Encontró una pieza que no debía haber encontrado —dijo—.
Me contó que una noche, en una de las cuevas del litoral, las que la leyenda dice que son de la Dama, vio luces.
Luces de trabajo, no de pesca: luces eléctricas, de las que se usan en un taller.
Y en una de las entradas, atracada, una barca que no era de pesca, con un equipo de buceo profesional, de los caros, de los que solo usan los que cobran bien.
—Levantó la vista hacia Irati—. Iñaki no era tonto.
Sabía lo que significaba que alguien trabajara en las cuevas de la Dama con luz eléctrica y equipo profesional: significaba que alguien había encontrado la manera de usar la leyenda como puerta.
Y le dio miedo. Me lo dijo: «Sabino, el que trabaja en las cuevas de la Dama no está sacando lo que el mar guarda. Está metiendo lo que no debería estar ahí.»
Irati sintió un escalofrío que le subió por la espalda, allí, en el bar del puerto, con el ruido de las gaviotas afuera.
—¿Le dijo qué era lo que metía? —preguntó.
—No me lo dijo —dijo Sabino—. Y yo no se lo pregunté.
En esta costa, hay preguntas que no se hacen, porque las respuestas pesan más que la pregunta.
Pero le vi la cara, y le vi el miedo. Y el miedo, en un chaval que ha buceado en las peores corrientes de Zumaia, no es miedo al agua: es miedo a lo que ha visto.
Un mes después, Iñaki empezó a trabajar más de lo normal.
Restauraba piezas que no enseñaba a nadie, con un registro aparte que escondía en su taller.
Y hace dos semanas, vino a verme una última vez.
Me dijo que tenía que contarme algo, que era importante, que si le pasaba algo, yo supiera que había un nombre: el nombre de un tasador de Madrid que firmaba papeles para los coleccionistas del norte.
Y un nombre de familia, de una familia de Getaria que todo el mundo conoce y nadie nombra.
—¿Le dijo el nombre? —preguntó Irati, con voz firme.
Sabino se quedó mirándola un momento, con los ojos claros, y luego dijo, con la voz de los que han decidido que ha llegado el momento de soltar la carga:
—No me lo dijo. Me dijo que si lo decía, no lo iba a contar en voz alta, porque los nombres en esta costa son llaves, y las llaves se guardan.
Pero me dijo que yo sabía de quién hablaba.
Me dijo: «Sabino, el nombre que tiene las manos limpias de Getaria, ese es el nombre.»
Y yo sabía de quién hablaba. Porque en Getaria, hay una familia que ha hecho más por el pueblo que nadie: que ha pagado la restauración de la iglesia, que ha subvencionado el museo, que ha comprado el barco viejo del puerto para convertirlo en escuela de vela.
La familia Alkorta. Todo el pueblo les debe algo.
Y nadie, en Getaria, dice su nombre en voz alta cuando hay cosas que no deberían saberse.
Irati se quedó muy quieta. El nombre de la familia Alkorta, que había salido en el taller del restaurador muerto, que había salido de la boca del dueño de la galería de Donostia, que había salido de la boca del viejo pescador del puerto,
se le instalaba en el centro del pecho con la solidez de una losa.
Era la tercera vez que el nombre aparecía.
Y en los casos, Irati lo sabía, la tercera vez era la que decidía si el nombre era una coincidencia o era el camino.
—¿Y las luces? —preguntó—. Las luces de las cuevas. ¿Volvió a verlas?
Sabino negó con la cabeza.
—No. Pero sé dónde estaban. —La miró con una gravedad que Irati no le había visto—.
Y se lo voy a decir, inspectora, porque el chaval que me enseñó a querer esta costa está muerto, y porque usted ha venido con Iturriaga, y porque Iturriaga sabe que yo no miento.
Hay una cueva en el acantilado de Getaria, entre el puerto y la playa, que se abre con la marea baja y que no sale en ninguna carta.
La leyenda dice que es la puerta principal de la Dama: la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve.
Nadie la toca desde hace generaciones. Pero la noche que Iñaki me contó lo de las luces, me dijo que las luces estaban ahí.
En la cueva de la Dama. En la puerta principal.
El silencio se hizo en la mesa del bar, con el ruido de las gaviotas afuera y el olor del café y del mar.
Iturriaga y Irati se miraron, y en la mirada de Iturriaga, Irati leyó lo que ya sabía: que la geografía del mito, la línea invisible que nadie cruzaba, era exactamente el lugar que el expolio había elegido para esconder lo que no quería que se viera.
—¿Puedo pedirle una cosa? —preguntó Irati, al fin.
—Dígame.
—Que no hable con nadie de esto. Ni con la familia, ni con los vecinos, ni con los que van al bar. Si el que está detrás de esto sabe que nosotros hemos mirado hacia la cueva, la cueva se va a vaciar antes de que lleguemos.
Sabino se quedó mirándola un momento, con los ojos claros, y luego asintió, despacio, con esa solemnidad de los que han entendido.
—Iñaki era mi gente —dijo—. Y usted viene del mar.
Lo que el mar me ha puesto delante, yo lo guardo.
Pero le advierto una cosa, inspectora: la cueva de la Dama no es un lugar para los que no la conocen.
Si van a mirar, vayan con alguien que sepa leer la marea.
Porque la Dama, a los que no respetan su territorio, se los queda. Los guarda con los otros nombres.
Irati salió del bar con la mirada de Sabino en la espalda, con el nombre de la familia Alkorta y la cueva de la Dama instalados en el mapa que llevaba construyendo desde la bajamar de Zumaia, y supo que el caso, a partir de aquel momento, tenía un territorio, una leyenda y una puerta.
Y que la puerta estaba abierta, esperando a que alguien la mirara.
* * *