La dama del norte (Costa Vasca 2) CAPÍTULO 4 — LA DAMA DEL NORTE
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CAPÍTULO 4 — LA DAMA DEL NORTE

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I. La leyenda

Iturriaga la recogió a las ocho de la mañana en la Jefatura, con el coche oficial y dos cafés en el portavasos, y no dijo una palabra hasta que estuvieron en la carretera de Getaria, con la lluvia fina de octubre pegándose al parabrisas y el mar, a la derecha, mordiendo la línea de acantilados.

—¿Sabe por qué le he pedido que vengamos aquí? —preguntó, al fin.

—Me lo imagino —dijo Irati—. Porque el nombre del cuaderno, la Dama, no es un nombre de pieza. Es un nombre de lugar. Y los nombres de lugar, en esta costa, no se buscan en los papeles: se buscan en la gente que los lleva en la boca desde antes de que hubiera papeles.

Iturriaga asintió, sin dejar de mirar la carretera.

Era un hombre de sesenta años, de pelo gris cortado muy bajo y de manos grandes de los que han trabajado con ellas antes de mandar con la cabeza, y en los meses del caso de Bilbao, Irati había aprendido a leerle: el silencio, en él, era casi siempre una forma de hablar.

—La Dama del Norte —dijo, al fin, con la voz de los que cuentan las cosas que no se escriben—.

Yo la oí contar por primera vez a mi abuela, en un caserío de la costa, cuando tenía ocho años.

Y ella la había oído a su abuela, y esa abuela a la suya.

Es una historia que no está en ningún libro, porque las historias que importan de verdad, en esta provincia, no se escriben: se pasan de boca en boca, como la sal.

—Hizo una pausa, y cambió de marcha al llegar a la curva—.

La Dama del Norte guarda los nombres de los que el mar no devuelve.

No los cuerpos: los nombres. Cuando un hombre sale a la mar y no vuelve, y el mar no entrega su cuerpo, los viejos dicen que la Dama se ha quedado con su nombre, y que lo guarda en sus cuevas, con todos los demás nombres que el mar no ha devuelto.

Y por eso, cuando una familia pierde a uno suyo en el agua, nadie dice su nombre en voz alta cerca de la costa durante un año.

Porque el nombre, dicen, es la llave. Y la Dama no suelta las llaves.

Irati se quedó mirando el mar por la ventanilla, la línea gris del horizonte, las gaviotas que seguían un barco a lo lejos. La historia de su padre, la trainera, la galerna, el cuerpo que nunca apareció, le subió por el pecho con la fuerza de siempre, y por un momento no pudo hablar.

—¿Y las cuevas? —preguntó, cuando pudo—. Mi abuela. la mía, me contaba algo de las cuevas.

—Las cuevas —dijo Iturriaga—. Esa es la otra parte de la historia.

La Dama no solo guarda los nombres: conoce las cuevas del litoral como nadie.

Los pescadores dicen que hay grutas a lo largo de esta costa que no salen en ninguna carta, que se abren y se cierran con la marea, y que solo ella sabe dónde están.

Y hay una regla que se cumple desde hace generaciones: los pescadores no tocan ciertos pecios.

Los que están cerca de las cuevas. Los que la leyenda dice que son suyos.

Nadie los nombra, nadie los busca, nadie los toca.

—Miró a Irati por el rabillo del ojo—. Y ahora usted sabe por qué he querido contarle esto aquí.

Irati lo entendió. Lo entendió con una claridad que le puso la piel de gallina, allí, en el coche, con la lluvia en el cristal.

—El mito —dijo, despacio—. No es una leyenda. Es una geografía del silencio. Una línea invisible en el agua que la gente no cruza porque su abuela le dijo que no la cruzara.

—Exacto —dijo Iturriaga—. Y esa línea invisible, inspectora, es lo que lleva décadas protegiendo el expolio.

Las cuevas de la Dama no existen en ninguna carta náutica.

Los pecios de su zona no existen en ninguna lista de patrimonio.

Y los buceadores y los pescadores que saben que están ahí no lo dicen, no por miedo a la ley, sino por respeto a la leyenda, que en esta costa pesa más que todas las leyes escritas juntas.

—Hizo una pausa, y bajó la voz—. Quien está explotando esta costa no ha tenido que comprar a nadie.

No ha tenido que amenazar a nadie. Solo ha tenido que usar la leyenda que ya estaba aquí, y esconderse detrás de ella.

Es la coartada perfecta: nadie mira donde la leyenda dice que no hay nada.

El coche giró hacia el puerto de Getaria, y la luz de la mañana, más abierta que en la carretera, iluminó las casas del caserío, el puerto con las traineras, la torre de la iglesia que dominaba el pueblo desde el promontorio.

Iturriaga aparcó junto al puerto y se quedaron los dos un momento en el coche, mirando el mar.

—¿Sabe qué es lo que me preocupa? —preguntó Iturriaga—.

Que si el que está detrás del expolio ha usado la leyenda como pantalla, entonces también sabe que la leyenda tiene un reverso.

Las cuevas que «solo la Dama conoce» existen.

Puede que nadie las haya cartografiado, pero existen.

Y si existen, y si el laboratorio que buscamos está escondido en una de ellas, entonces el expolio no está en tierra: está en el mar.

En el territorio de la leyenda. En el territorio donde nadie mira.

Irati se quedó mirando el puerto, las traineras, las casas del caserío, y sintió que la historia de la Dama se le instalaba en la memoria con la solidez de las losas que Iturriaga le había ido poniendo desde la Jefatura.

—¿Y quién conoce las cuevas? —preguntó—. Quién, además de la leyenda, sabe dónde están.

Iturriaga se quedó un momento mirando el mar, y luego dijo, con la voz baja de los que revelan un secreto de familia:

—Los pescadores viejos de Getaria y de Mutriku.

Los que han pasado cincuenta años en estas aguas.

Y los buzos de encargo que trabajan para los coleccionistas, que han aprendido a moverse en las cartas que no están escritas.

—La miró—. Uno de esos buzos de encargo, inspectora, es el que está muerto en su mesa de autopsias.

Y el hombre que lo conocía mejor, el que le enseñó las cartas que no están escritas, está en ese barco que acaba de entrar en el puerto.

Irati siguió su mirada. Un barco de pesca, viejo y trabajado, entraba en el puerto con el motor al ralentí, y en la proa, con la ropa de agua puesta y el cigarillo en la boca, había un hombre de unos setenta años que saludó a Iturriaga con un gesto de la mano, sin prisa,

como se saluda a los que se conocen de toda la vida.

—¿Quién es? —preguntó Irati.

—Se llama Sabino Arrieta —dijo Iturriaga—.

Tiene setenta y dos años, ha pasado cincuenta y seis en esta mar, y es el último de los que saben dónde están las cuevas de la Dama.

El resto ya no está: unos murieron, otros se fueron a tierra.

Sabino es el único que queda. Y Sabino conoció al hombre que está muerto en su mesa de autopsias.

Le enseñó a bucear en estas aguas cuando el muerto era un chaval que no llegaba a los veinte.

Si alguien sabe qué hacía el restaurador en el pecio, y en qué cartas se movía, es él.

Irati se quedó mirando al viejo pescador, que amarraba el barco con movimientos lentos de quien ha hecho esa faena diez mil veces, y sintió que el caso, que hasta entonces había sido papeles y laboratorios y piezas, se le presentaba de repente con una cara, una boca y cincuenta años de memoria.

—¿Va a hablar conmigo? —preguntó.

—Va a hablar con usted —dijo Iturriaga—.

Porque yo se lo he pedido. Y porque ha oído que el chaval al que enseñó a bucear ha aparecido muerto en una poza de Zumaia, y los viejos del mar, cuando se enteran de una cosa así, necesitan contarlo.

—Abrió la puerta del coche—. Vamos. Pero con calma.

Los viejos del mar no se atienden con prisas: se atienden con tiempo y con un café.

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