La dama del norte (Costa Vasca 2) V. El enlace #2
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V. El enlace #2

—Levantó la vista hacia Iturriaga—. Comisario, necesito que me ayude a mirar el mapa con calma.

La subasta es dentro de tres semanas. La pieza está en el laboratorio.

El cadáver está identificado. El intermediario tiene nombre de ciudad, Lisboa, y el certificado tiene nombre de tasador, Basáñez.

Si seguimos el mapa sin prisas, quizá lleguemos antes que los que lo dibujaron.

Iturriaga la miró un momento, y luego asintió, despacio, con esa media sonrisa que no llegó a serlo del todo.

—Está bien —dijo—. Miremos el mapa. Pero con una condición.

—Se inclinó sobre la mesa, con las manos planas, los dedos muy abiertos—.

Cuando llegue al fondo, me lo cuenta a mí primero, antes que a nadie.

Porque en esta provincia, el que llega primero al fondo del mapa, decide quién se lleva el tesoro.

Irati se levantó, con el cuaderno en la mano, el precinto intacto, la fotocopia en el bolsillo.

—El tesoro —dijo, con la voz plana—. En esta provincia, el tesoro siempre es la verdad. Y la verdad, comisario, no se la lleva nadie.

Salió a la noche, a la lluvia de Donostia, y se metió en el coche con el cuaderno en el asiento del copiloto.

Antes de arrancar, miró el mensaje de Jules que llevaba sin leer desde la mañana, el que decía que ya estaba en el norte, que la pieza y él llegaban juntos.

Lo leyó dos veces, con la lluvia golpeando el cristal, y durante un momento, con el cuaderno a su lado, sintió que el norte, que el mar, que la pieza que el mar había entregado con una carta de presentación de cadáver,

empezaban a formar parte de ella de una manera que no había elegido pero que no podía dejar de aceptar.

Arrancó y se metió en la noche, con el cuaderno en el asiento del copiloto, rumbo a la costa, rumbo a la subasta, rumbo a la Dama del Norte, que quería su pieza de vuelta.

Y mientras conducía, con la lluvia en el cristal y el mar invisible a su izquierda, supo que el mapa que alguien había tendido no llevaba a la pieza: llevaba a la persona que había dibujado el mapa.

Y que esa persona, quienquiera que fuera, llevaba mucho tiempo esperando a que alguien lo siguiera.

La sidrería de la Parte Vieja estaba al final de una calle estrecha, con la puerta de madera oscura y el olor a chacolí y a tortilla de bacalao saliendo a la calle.

Jules estaba de pie bajo el alero, con la chaqueta de cuero mojada por la lluvia fina, mirando la calle por la que Irati iba a aparecer, y cuando la vio llegar, con el abrigo impermeable y el moño apretado contra la lluvia, sintió que el día entero de carretera y de papeles se le ordenaba de golpe,

como si la presencia de esa mujer pusiera en su sitio todas las piezas que había estado sosteniendo en las manos.

—¿Cenas conmigo? —preguntó, cuando ella se detuvo bajo el alero a su lado, con el olor de la lluvia y del chacolí entre los dos.

—Ceno contigo —dijo Irati, y durante un momento se quedaron mirando la lluvia de la Parte Vieja, sin decir nada, compartiendo el silencio que los dos conocían de los casos y de las noches—.

Pero primero —dijo ella, sacando la fotocopia del bolsillo del abrigo— quiero que leas esto.

Es lo que el restaurador escribió antes de morir.

Y es lo que va a decidir todo lo que hagamos esta semana.

Jules tomó la fotocopia y la leyó bajo la luz del alero, con la lluvia cayendo a su espalda. Cuando levantó la vista, tenía esa expresión que Irati le conocía, la de cuando la cabeza ya estaba trabajando en el siguiente movimiento.

—«La Dama quiere su pieza de vuelta» —dijo, despacio—. «La subasta del norte la tiene». —La miró—. ¿Sabes lo que esto significa, Sarasola?

—Lo sé —dijo Irati—. Significa que alguien ha tendido el mapa. Y que nosotros somos los que lo van a seguir. —Se quedó mirando la lluvia un momento—. Pero también significa que la Dama no es una leyenda. Es un nombre en clave. Y los nombres en clave, Jules, siempre llevan a un nombre verdadero.

Jules guardó la fotocopia en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al expediente, y empujó la puerta de la sidrería, dejando entrar la luz y el olor de la noche.

—Entonces —dijo, con una media sonrisa—, a cenar, y mañana a buscar a la Dama. Pero con una condición: esta vez, el mapa lo miramos juntos.

—Juntos —dijo Irati, y entró detrás de él, dejando la lluvia de la Parte Vieja a sus espaldas.

La sidrería estaba llena de mesas largas de madera y de grupos que hablaban en euskera con las botellas de chacolí sobre la mesa.

Jules eligió una mesa del fondo, junto a la ventana que daba a un patio interior, y durante un rato, mientras comían tortilla de bacalao y chorizo a la sidra, no hablaron del caso.

Hablaron de la lluvia, de los meses que habían pasado, del norte que a Jules se le había metido en la sangre, de la madre de Irati y de su cocina, del despacho de Bilbao, de las cosas que no hacían falta decir para que estuvieran entre ellos.

Cuando los platos estuvieron vacíos y las botellas casi también, Jules sacó el catálogo de la subasta y lo puso sobre la mesa, entre el pan y la sal.

—Hay una cosa que quiero que veas —dijo—.

La pieza que va a salir en Madrid no es la única.

El lote siguiente, el 48, es una pieza similar: una ánfora sin catalogar, procedencia «colección privada europea», tasada por el mismo Basáñez.

—Señaló la fotografía del catálogo—. Y el lote 49 es un conjunto de monedas de la misma costa.

Tres piezas de la misma red, la misma semana, la misma firma.

No es una subasta, Sarasola: es la liquidación de un inventario.

Irati miró el catálogo, las fotografías, los números de lote, la firma de Basáñez al pie de las tasaciones, y sintió que el mapa que había estado sosteniendo desde la bajamar de Zumaia se le ordenaba de golpe.

—Un inventario —dijo, despacio—. Una colección que alguien quiere liquidar porque sabe que va a caer.

El restaurador muerto, la pieza del mar, la subasta de Madrid: todo es la misma operación.

Alguien está sacando la mercancía del norte antes de que la red caiga.

—Levantó la vista hacia Jules—. Y la pregunta es por qué.

Qué ha hecho que la red se sienta amenazada. Qué ha roto la normalidad del silencio.

Jules se quedó mirándola un momento, con la luz del fondo de la sidrería, y luego dijo, con la voz baja de los que han decidido compartir una hipótesis:

—Puede que el que haya roto la normalidad sea el mismo que tendió la primera pieza en la bajamar.

El cadáver, la ánfora, la frase de la Dama: todo está demasiado ordenado para ser un accidente.

Alguien ha querido que nosotros encontráramos la pieza.

Alguien ha querido que el caso exista. Y si alguien ha querido que el caso exista, entonces la persona que dibujó el mapa no está fuera de la red.

Está dentro. Y nos está usando para hacer caer la red desde dentro.

En el silencio de la mesa, con el ruido de la sidrería alrededor, Irati y Jules se quedaron mirando el catálogo abierto entre los dos, las tres piezas marcadas, la firma de Basáñez, y sintieron, los dos a la vez,

que aquella noche de lluvia en la Parte Vieja de Donostia era el punto donde el mapa dejaba de ser un expediente y empezaba a ser una historia que había que contar hasta el final.

—Mañana —dijo Jules, cerrando el catálogo—. Mañana empezamos con la familia. Y con el tasador. Y con la subasta. —La miró—. Pero esta noche, Sarasola, el mapa se queda sobre la mesa. Esta noche no hay caso. Hay cena.

Irati lo miró un momento, y luego, sin decir nada, tomó su copa y bebió un trago de chacolí, con la lluvia golpeando el cristal del patio interior y el ruido de la sidrería alrededor, sintiendo que el norte, que el caso, que la Dama, que el hombre que tenía delante,

habían dejado de ser piezas separadas para convertirse en la misma corriente.

—Esta noche —dijo, bajando la copa— no hay caso.

Y por un rato, el caso se quedó sobre la mesa, y los dos se dejaron llevar por la noche de Donostia, por el vino de la sidrería, por la lluvia que no paraba de caer, sin saber que aquella era la última noche tranquila que les quedaba antes de que el mapa se cerrara sobre ellos.

* * *